Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 30 de 39

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Libelo contra la secta

Golpistas

 

Nuestro presidente, ese leonés de Valladolid, tiene un amigo del alma en la escena internacional, en la que por lo demás tan mal se mueve y tan solo se siente. Es el islamista Tayyip Erdogan, que en 2010 hizo una gran redada de militares supuestamente golpistas en Turquía. En Turquía tenemos una gran tradición de golpes de Estado, es cierto. Y muchos habría que decir, con la historia en la mano, que para bien. Para muy bien. Ya sé que no es muy popular hoy decir que son mejores unos golpistas que otros, aunque lo hagan continuamente los socialistas, que piensan que la Revolución Bolchevique fue chachi —y superguay, que diría Leire Pajín— y los militares que frenaron procesos de usurpación por el izquierdismo totalitario y devolvieron a sus países a una senda civilizada de democracia occidental son unos canallas que han de ser perseguidos hasta después de la muerte por nuestro juez y genial conferenciante Baltasar Garzón. Pero la historia de Europa, sobre todo, pero no sólo, demuestra que hubo golpes muy rentables para la calidad de vida de sus ciudadanos. Cierto que muchos no salieron bien, y muchos tuvieron incluso más víctimas que las que habrían provocado los regímenes que frustraron.

La miseria moral y la violencia que los golpistas son capaces de imponer, su ristra de crímenes y represión, son fácilmente reconocibles. Muchas veces hacen irreconocibles la represión y la miseria moral de los regímenes que querían derrocar o derrocaron. En Chile la dictadura de Pinochet duró unos quince años. Y lo que comenzó como una dictadura brutal fue lentamente cogiendo formas de un Estado de Derecho. Dejó un país que hoy es modélico en Latinoamérica tras una transición que emuló a la española, la que elogiamos todos los que la vivimos hasta que llegaron para descalificarla los niñatos socialistas que no la vivieron. En Cuba, en cambio, la dictadura aún existe. Con toda la brutalidad del primer día. Va ya por encima del medio siglo y sigue implacable y brutal, humillando a todos y cada uno de los cubanos, y sólo halaga a nuestros turistas del ideal —artistas, niños de la zeja zapaterista, negociantes del glamour izquierdista y buitres del turismo sexual—, a los españoles que se van de putas jineteras o a otras actuaciones quizás más lujuriosas en complicidad con el miserable régimen que tan bien los acoge. Y que sigue matando, reprimiendo a todos y tiene las cárceles llenas.

Hace unos días, aquí, en la España oficial de Rodríguez Zapatero, le dieron un homenaje a los golpistas de la UMD. Todos, por supuesto, unos fracasados. Porque no les salió nada bien y porque todos fueron represaliados por el régimen entonces existente. Y no hicieron nada ni sirvieron para nada. Todos acabaron cumpliendo penas blandísimas en castillos o penales medianamente razonables. Habrá quienes piensen que es justicia histórica un homenaje a militares que preparan un golpe contra las instituciones a las que juraron obedecer, supongo que porque los consideraban inmensamente buenos. Sus fines quizás más que sus medios. Pero también hay muchos españoles que piensan que la transición no la hicieron quienes querían derribar al régimen pasado por la fuerza de la insurrección militar, sino quienes, como Adolfo Suárez y tantísimos otros, hicieron el cambio a partir de las instituciones. Porque entendían la historia de este país.

Aquí hay muchos empeñados en olvidar que Franco murió en la cama y que fue su gente la que encauzó esa «construcción de la clase media» que no existía en nuestra desgraciada Guerra Civil pero que después evitó la siguiente. Porque aquí en España los siete demócratas que existían se fueron de este país tan cainita y maldito en cuanto comenzó la guerra. Y se quedaron todos los totalitarios de ambas partes. Para matarse entre ellos. Y había gente decente en todas partes. Y asesinos, ladrones y delincuentes de todo tipo también.

Lo insólito es que setenta años después nos haya surgido un iluminado que dice que su abuelo, gran represor y ejecutor de asturianos comunistas, era un santo laico, el capitán Lozano, ejecutado por sus compañeros. Lo absurdo es que un criminal absuelto por la amnistía de 1977, como Santiago Carrillo, que tiene sobre su conciencia la muerte de miles de nuestros compatriotas, dé clases de moral en las televisiones públicas. Lo terrible es que sigamos hablando de golpes de Estado. Como el 20 de julio de 1944 contra Hitler demostró —pese a su terrible fracaso— hay golpes que tienen mucho sentido. Evitan más males que los que provocan. Pero no se trata ya de discutir sobre golpes de Estado, que siempre son condenables cuando se dirigen contra una democracia real en la que no gobiernen dirigentes tan irrespetuosos con las reglas constitucionales como los propios golpistas: se trata de poner en evidencia la inmensa hipocresía de este izquierdismo que selecciona siempre sus condenas según conveniencia y no tiene más principios que su vocación totalitaria. Condenar el pinochetismo cuando se presume de ser palanganero del castrismo es algo que sólo los socialistas españoles pueden hacer con esa tranquilidad de conciencia que otorga la impudicia y que tanto los caracteriza.