Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 35 de 39

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Libelo contra la secta

Gramsci en el cielo

 

La fe insana en el determinismo histórico y la fobia ansiosa contra todo lo religioso han sido de las características más arraigadas en estos socialistas que, de una forma u otra, siempre acaban demostrándonos su simpatía por aquellos grupos de militantes, más que milicianos, que incendiaron conventos e iglesias desde el primer día de la llegada de la República. Todos tienen, curiosamente, un pasado de resistencia dentro del colegio religioso que viene a ser como las leyendas de resistentes antifranquistas que se han construido muchos de los líderes socialistas para sí mismos y para sus padres, el primero de ellos Zapatero. Entre tantos fracasos que ha cosechado la secta de zapatero en estos años de gobierno hay que reconocerle algún éxito más allá de haber logrado reabrir heridas profundas en nuestra sociedad. La agitación al odio a la Iglesia ha sido, sin duda, uno de ellos. En cuanto se rasca un poquito les sale a todos la satisfacción ante cualquier desgracia de la Iglesia y de sus miembros. Es una satisfacción que también les produce el recuerdo de la quema de conventos y profanaciones, que no dejan de considerar una justa represalia por los desmanes de la Iglesia. Al evocar se les intuye en la mirada el estribillo de «Si supieran los curas y monjas, la paliza que les vamos a dar».

Entre los personajes más siniestros de la tropa de entretenedores que han arropado al zapaterismo —algunos ya de retirada— destaca la novelista Almudena Grandes, que es especialmente franca al revelarnos sus íntimos deseos y pasiones. Si un día nos confesaba que le encantaría fusilar a algunos de los que escribimos en la prensa y que no siempre estamos de acuerdo con ella y con la impecable historia humanista de los comunistas en nuestro país, al siguiente disfruta imaginando la violación de una monja a manos de sus aguerridos compañeros en la aventura por conquistar en este mundo el paraíso de la hermandad absoluta. Hermandad absoluta previa violación y liquidación de quienes no quieran confraternizar rigurosamente, por supuesto. Quizás también haya soñado esto. Tiene una sensibilidad consumada e infinita para conmoverse con el lloro de un niño republicano o el trino de un ave —si está en la jaula de un obrero con conciencia de clase—, pero sospecho no se conmueve por las decenas de millones de muertos que causaron sus correligionarios en todo el mundo.

Los muertos de Katyn le emocionarían cuando aún se mantenía a duras penas la mentira de que fueron asesinados por Hitler. Seguro que al saber que los había matado Stalin bajaron varios enteros en su estimación. La buena novelista forma curiosa pareja con el buen poeta García Montero, que parece haber abandonado mucho su tarea creativa para dedicarse en cuerpo y alma a convencer a los ciudadanos de que no existe tarea más importante para los españoles del siglo XXI que buscar los huesos de García Lorca, en contra de la opinión de la familia del poeta asesinado en 1936. Ha derrochado en ello casi tanto empeño como el patético irlandés Ian Gibson, este historiador al que nadie toma en serio fuera de nuestro país y que aquí ha conseguido encontrar, en el resentimiento y el revanchismo de la secta zapaterista, una vía de financiación inagotable para su vida parasitaria. Gibson es lo que se llama un gorrón de manual, que ahora, en 2010, ante el riesgo de perder el chollo con el hundimiento del zapaterismo, hace encendidos llamamientos al frentepopulismo para frenar a la derecha, al fascismo, por supuesto. El irlandés es uno de los consejeros áulicos del equipo de generación de odio que funciona por encargo de La Moncloa, pagado con dinero de todos los españoles. Y es uno de los máximos exponentes del movimiento puesto en marcha por Zapatero para equiparar a la oposición con el franquismo. Todo para exigir su deslegitimación y su marginación en el nuevo régimen con el que sigue soñando Zapatero, una vez «superada» esta democracia imperfecta fruto de un compromiso de la izquierda débil y el franquismo protegido por las bayonetas, en ese proceso que llamamos transición.

Así, en el glorioso renacer de la impoluta República, el frente popular sería el Estado, las tareas parlamentarias comenzarían a tener la relevancia que les otorgaba Largo Caballero, es decir ninguna, y Zapatero habría cumplido el sueño y la promesa a su abuelo Lozano, de no cejar hasta ganar la Guerra Civil setenta años después de acabada.

El presidente del gobierno siente la misma fobia hacia la Iglesia que la partisana novelista que quiere fusilar periodistas y ver violadas a las monjas. Está claro que la Iglesia es un enemigo y todo lo que se haga por ridiculizarla a ella y a los creyentes es poco. Los que creen en Dios son unos perfectos gilipollas y quienes dedican su vida a esa creencia en la trascendencia religiosa, unos psicópatas peligrosos a violar, domeñar, encarcelar o fusilar. A mí, hasta en mis épocas de absoluta indiferencia frente al fenómeno religioso, siempre me dieron pena quienes sólo tienen odio como respuesta a la gran interrogante de todo ser humano que perciba el vértigo de la existencia, la vocación de trascendencia y el amor como valor supremo y vínculo entre el hombre y un creador. Y no me tortura que se automutilen tantos si no exigen la automutilación obligatoria. La izquierda, que desde su creación no ha querido otra cosa que sustituir a la Iglesia y los poderes totalitarios que tuvo hace siglos, sólo ha logrado ser Iglesia totalizadora donde se impuso sobre millones de muertos. Porque el comunismo ha matado más en una sola década que la Iglesia en dos mil años. Y hoy la izquierda ya no puede ser Iglesia si no ha quedado reducida a capillita o a secta, como aquí sostenemos.

Reacciona especialmente irritada ante la gravedad de la Iglesia católica. Por eso cultiva sus relaciones y muestra su simpatía hacia otras confesiones u otras religiones, como la musulmana, que considera enemigas de Roma y por tanto amigas. Y su irritación es máxima cuando se producen casos espectaculares de apostasía de su mezquina Iglesia del odio de clase hacia la Iglesia de Roma. Ahora resulta que nuestro querido, teórico marxista y fundador del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci, al final de su vida creyó en Dios. 0 algo parecido. Adiós a la dialéctica, adiós a los camaradas, adiós a la fe perruna en la vida perruna limitada por el tiempo. El Ser volvió a ser algo para el Gramsci del final. Cosas veredes, nazis, comunistas, fanáticos del ateísmo, totalitarios en la adoración de la fechoría pequeña del hombre. Gramsci, uno de los grandes héroes para todos los que creímos algún día en hacer del mundo una tortilla maravillosa rompiendo huevos, huesos, cabezas, familias, sociedades y patrias, acabó su vida —a los cuarenta y ocho años, más corta que la mía—, con una mirada confiada en un «nuevo episodio». Eugenio Trías hablaba maravillosamente de ello en una magnífica tercera de ABC. No hay que ser católico ni comunista para emocionarse con esta anécdota. No es otra cosa, pero Gramsci ha sido especial para nosotros como habitante especial de la jaula de fieras que fue el movimiento comunista internacional.

El alemán Radek, todos los rusos, nuestro Dimitrov búlgaro, o el salvaje Bela Kun, eran monstruos de otra especie. Los italianos Gramsci y Togliatti —y Berlinguer al final de la historia siniestra— eran nuestros chicos de cara amable. Resulta que Gramsci murió creyendo en la Madre Maravillas. Un hecho luctuoso sin duda para los que odian todo sentido religioso que vaya más allá de la fe perruna en el determinismo histórico. Habrá mucho desencantado. Habrá quien quiera sodomizar a Gramsci por ello. Quizás Almudena Grandes le mande algunos de sus aguerridos milicianos. Pero a los demás, creyentes o no, nos queda esa suave complacencia con lo que Gramsci nunca escribió en vida pero gozó en su lecho de muerte. Y que nos hace valorar mucho más a este hombre que, según se ve, nunca dio por cerrada la aventura de la búsqueda de la verdad. Hechos como éste hacen sentir aún más pena por los automutilados del odio que lo saben todo y se han explicado ya todo y tienen una visión tan chata de la vida humana como para no ver la divinidad en ella.

La izquierda ha tenido muchas veces este tipo de casos de apostasía que tanta irritación generan en sus filas. Los socialistas españoles, bajo la secta definitivamente lanzados en la carrera del odio contra todo sentimiento de lo sagrado y especialmente contra la Iglesia católica, han tenido su especial debacle con Mercedes Aroz. Esta destacada militante del PSC —el partido socialista catalán, que con su organización independiente del PSOE y su grotesca deriva nacionalista revela claramente los planes socialistas para el futuro de España— saltó a la escena pública tras sus discrepancias con su grupo por la ley que permitía el matrimonio homosexual en 2005. Fue una de las primeras leyes elaboradas con el fin de enfrentar a unos españoles contra otros. Cuando existía un perfecto consenso para una ley de parejas con los mismos derechos y deberes, la introducción del término «matrimonio» se realizó con el único fin de herir los sentimientos de los millones de españoles que creen en el matrimonio como un sacramento. Fue uno de los primeros pasos para reabrir el enfrentamiento entre las dos Españas iniciado por el presidente del gobierno, el único en democracia que se proclamó líder de una de las dos partes en litigio durante la guerra con su declaración: «Yo soy rojo». Aroz ya no quiso participar en aquella ofensiva gratuita contra los españoles creyentes y contra la Iglesia católica. Más tarde anunciaría que dejaba la política. Había sido en 2004 la senadora más votada de la historia de España, sólo superada después por el senador del PP Pío García Escudero. Decidió dejar su actividad política tras su conversión al catolicismo, algo que, según dijo, se produjo en las postrimerías de la legislatura. Explicó que su cambio fue un proceso que duró varios años. «Mi actual compromiso cristiano me ha llevado a discrepar con determinadas leyes del gobierno», dijo en ese momento para justificar su salida de la vida política.

Dos años más tarde abandonó también el partido socialista, tras treinta y tres años de militancia y de haber sido cofundadora del PSC. La gota que colmó para ella el vaso fue la nueva legislación sobre la ley del aborto. Aroz fue muy contundente al explicar su ruptura con el gobierno y con su antigua ideología: «Mi convicción es que cristianismo y socialismo no son compatibles». La histórica dirigente del Partido Socialista explicó que, en su opinión, «el socialismo tiene valores positivos en el ámbito de la justicia social, pero se basa en una concepción materialista del ser humano, y la persona y su dignidad no están en el centro del proyecto; lo están una serie de valores colectivos, está la ideología». Por ello dijo que «cuando el socialismo pone en juego en la acción política y legislativa su sistema de valores sobre dicha concepción del ser humano, la incompatibilidad del cristianismo con esta ideología se manifiesta con toda claridad, y hace imposible la colaboración con su proyecto». En una intervención que se entendió como dirigida a políticos que se declaran públicamente católicos y que militan en el PSOE, como José Bono o José Blanco, Aroz afirma que «el político católico debe ante todo representar y defender los valores fundamentales del ser humano, siendo signo y salvaguarda de la trascendencia de la persona». «Sin respeto a los derechos y libertades fundamentales no existe un verdadero orden democrático», sentenció.

Mercedes Aroz se afilió al PSOE en 1976 proveniente de la Liga Comunista Revolucionaria. En el PSC formó parte de su dirección política durante dieciocho años, y estuvo dieciséis en el Comité Federal del PSOE. En 1986 fue elegida diputada por Barcelona y estuvo en el Congreso durante cuatro legislaturas. También fue senadora dos legislaturas. Cuando anunció su conversión al cristianismo, Aroz dijo: «He querido hacer pública mi conversión para subrayar la convicción de la Iglesia católica de que el cristianismo tiene mucho que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, porque hay algo más que la razón y la ciencia. A través de la fe cristiana se alcanza a comprender plenamente la propia identidad como ser humano y el sentido de la vida». Igualmente, subrayó que «la libertad religiosa reclama el respeto y un reconocimiento positivo del hecho religioso frente a un intento de imponer el laicismo radical». La salida del Partido Socialista de esta histórica del socialismo catalán pasó, por supuesto, prácticamente inadvertida por la batería de los medios de la izquierda. Sin duda habrían hecho correr ríos de tinta si doña Mercedes se hubiera convertido al islam.