Libelo contra la secta
Rebelión contra Garzón
Entre las figuras que estarán para siempre vinculadas a la disparatada deriva de la España zapaterista hay unas cuantas siniestras, otras meramente grotescas y algunas patéticas. Uno de los personajes a los que habrá que referirse para explicar lo inexplicable será el juez Baltasar Garzón, ya que en él se juntan las tres condiciones enumeradas. Siempre fue un desastre este juez político o político con toga. Siempre fue un peligro. Pero con el zapaterismo se ha podido explayar porque reúne todas las características para moverse con comodidad por el fango de la inseguridad jurídica que ha creado el izquierdismo socialista con su lema perverso de la «supremacía de la política». Pese a todo, nuestras instituciones renqueantes han tenido la fuerza para reaccionar, en legítima autodefensa, para impedir la impunidad de este juez. Una impunidad que él ha debido creer en todo caso garantizada por este poder del que sabe tanto. El ejército de defensores de nuestro juez gladiador y viajante ha mantenido durante todo el año 2010 una heroica cruzada contra los intentos de criticarle. Dicen que no hay derecho. Por eso llaman miserables, canallas, fascistas y prevaricadores a todos los jueces que, desde el Supremo o el Consejo General del Poder judicial, han puesto interés en aclarar las muy dudosas prácticas del juez campeador, ese que ve siempre amanecer. En este país se ha perdido definitivamente la medida. Nadie en un país medianamente civilizado, salvo algún guerrillero enajenado, pondría en solfa a las máximas instituciones del Estado por investigar a un juez que —todos sabemos, muy presuntamente— ha utilizado la política para la justicia y la justicia para la política.
Está claro que Zapatero es un potente transmisor de un tóxico antisistema. Todo el que se acerca a él acaba emponzoñado. Resulta inenarrable que un padre de la actual Constitución española, como Gregorio Peces Barba, que formó parte del excelso grupo de políticos que nos dio en su día nuestro escrito de libertad a los ciudadanos, se haya unido a la campaña contra quienes quieren saber simplemente la verdad sobre lo que este ególatra enfermizo que baila entre secretarías de Estado y judicatura pretende hacer nada menos que con la justicia de España. Con la justicia de un país en enormes problemas, en gran parte causados por sus gobernantes actuales y que se enfrenta a un futuro de precariedad e inseguridad como nunca desde su terrible Guerra Civil. ¡Cómo es posible que juristas en su día aplaudidos por todos los españoles de todo el espectro político se presten a tan infame y pedestre ataque a las instituciones de la Constitución que crearon por defender lo indefendible!
¿Cuánta coacción hay en esas posturas perfectamente inexplicables de personas que hemos tenido durante décadas por honorables y hoy se han convertido en consumados sicarios de la secta que todo lo copa, sobre todo el gobierno, pero también los medios, instituciones bancarias o cajas, ayuntamientos y demás repartidores? ¿Cuánta presión han resistido o ha vencido a los hombres cabales que hoy están defendiendo públicamente lo peor y más intolerable de nuestro país? ¿Se imagina alguno de ustedes a Garzón, con su biografía, en el Tribunal Supremo o en el Constitucional de Alemania? Todo resulta al final de una ridiculez grotesca. Aquí ilustres juristas defendiendo a quien está imputado de tres delitos. Allí en Sevilla reciben a Rodríguez Zapatero como si fuera el Caudillo —lo es probablemente— con banderas y soflamas, y callan que el ex presidente andaluz, Manuel Chaves, le dio diez millones de euros a la empresa que gestionaba en esas cuestiones su hija. Imagínense que Esperanza Aguirre hubiera dado diez millones de euros, o diez mil tan sólo, a una empresa de un hijo suyo. ¿Qué andarían ladrando todos los de la secta todos los días, cada minuto, en todas las cadenas y emisoras? Zapatero, el caudillo que cuida a sus hijas del daño que su propia imagen les puede producir, no tiene pegas en que sus amigos, de alguna cadena financiada por todos nosotros a través de Televisión Española, difame a padres cuyos hijos se ven agredidos a diario por la infamias que el gobierno, a través del Ministerio del Interior o delegaciones propias, despliega por los medios.
Siempre, desde la dictadura en la que tantos estaban cómodos y otros se jugaban la piel, he pensado que este país tiene remedio. Porque está lleno de personas de buena fe y coraje escondidas tras la omnipresente indolencia. Porque lo han reconducido varias veces hacia la dignidad desde la ignominia. Sigo pensando lo mismo. Creo que podemos salir de la bancarrota y de la vileza, de la inseguridad y la zafiedad. Pero también creo que la nación española necesita una rebelión. A ella está dedicada este libro. Necesitamos una rebelión en la justicia y en la educación. Una masiva respuesta de resistencia contra todos los que nos quieren convertir en mansos, sumisos, ignorantes y obedientes. Y creo sinceramente que ha llegado el momento de dar una señal clara e inequívoca de que estamos en ese rumbo. Apartar definitivamente al juez Garzón de la judicatura es tan necesario como expulsar a Zapatero de La Moncloa. Ningún país serio puede permitirse personajes así decidiendo sobre la libertad, la vida y la hacienda de sus ciudadanos.