Libelo contra la secta
La educación para la docilidad
Una de las cuestiones más alarmantes para cualquier ciudadano preocupado por el futuro de nuestras libertades individuales es sin duda la educación en nuestro país, campeón en fracaso escolar, campeón en desempleo y campeón en falta de preparación, en falta de idiomas y en falta de motivación. Simplemente el hecho de que cerca del 80 por ciento de los jóvenes españoles consideren que su máxima aspiración está en ser funcionario deja ya claro que en nuestro país están en peligro las libertades. Si el fracaso escolar es responsabilidad de todos los gobiernos habidos hasta ahora en democracia, es evidente que donde los socialistas gobiernan es mucho mayor y en algunos casos, como Andalucía, está en niveles del Tercer Mundo.
La educación socialista se basa en varios axiomas para la creación de ese individuo dócil ante la administración, dependiente en grado extremo de la misma y carente de recursos para conseguir un medio de vida fuera del paraguas protector del Estado. El individuo que surge de esta fábrica de seres obedientes y fuerza obrera de bajo precio es perfectamente inútil para un mercado laboral cada vez más restringido. Pero ante todo, cada vez más inasequible. Este mercado ha de cubrir sus necesidades de fuerzas procedentes del exterior o de colegios y universidades privadas.
La tragedia que se forja en la escuela pública para los niños sin recursos en toda España se agrava en las regiones en las que los nacionalismos han logrado añadir su dictadura lingüística y sus desvaríos ideológicos e historiográficos. Un libro muy clarificador al respecto es el titulado Progresa adecuadamente, de Xavier Pericay (Tentadero, 2007). No hay espacio aquí —ni en una biblioteca entera probablemente — para enumerar todos los disparates de nuestro sistema educativo. Pero sí podemos insistir en algunos de los elementos ideológicos de esta formación para el resentimiento, la docilidad y el fracaso.
El primero es sin duda la erradicación del sentimiento religioso. La ridiculización de todo lo sagrado es ya un ritual en la educación de los niños en manos de unos maestros en su inmensa mayoría de izquierda, altamente ideologizados y marcados por el anticlericalismo primitivo español. El desprecio a la religión no sólo supone odio a la Iglesia católica: supone también el desprecio a prácticamente todas las actividades humanas del pasado en las que la presencia de la fe y la religión son omnipresentes. Todo ello lleva al desdén por la creación del pasado, y fomenta así el desinterés y desafecto a todo lo que nos une al universo de valores de nuestros mayores y de la historia de la civilización, en la que el cristianismo desempeña un papel crucial.
Por ello, los niños que surgen de esa educación no entienden nada de lo que fueron las fuerzas que movieron al ser humano y los mimbres que tejieron el relato de la historia del mundo a lo largo de milenios. Así, los niños llegan a creer que todo lo importante se ha inventado o hecho entre ayer y hoy. Todo ello beneficia las intenciones de los socialistas de crear generaciones cautivas del adanismo que les lleva a ignorar todo el pasado y romper con la continuidad histórica y cultural imprescindible para sentirnos individuos libres en el devenir de la historia y tener referentes culturales para la forja de una personalidad independiente. Esta personalidad independiente es la que los socialistas combaten porque es difícil de someter.
Otro elemento clave en la mutilación de la personalidad, que se pretende es la apología del igualitarismo y el culto al resentimiento social. Los adolescentes españoles salen de los colegios públicos creyendo que el mundo y el Estado les deben algo porque no tienen lo que tienen los ricos. Y convencidos de que la riqueza es una cualidad vergonzante porque sólo puede lograrse por medios torticeros, especulativos, ilegales o amorales. Para ellos toda desigualdad social es un escándalo y una injusticia, porque en el colegio les han enseñado que los empresarios son unos explotadores y los ricos jamás han merecido sus riquezas. Así entran en funcionamiento los mecanismos del resentimiento social y el victimismo que paralizan todas las posibles iniciativas individuales, que ya en sí resultan altamente sospechosas en la lógica del igualitarismo radical. Cabalgando en esta lógica cualquier desigualdad social es en sí perversa, injusta y debe combatirse. Y al ser condenable esta desigualdad social resultan lógicamente condenables las intenciones de cualquiera del grupo de individualizarse y destacar, porque pasa a generar una injusticia social respecto a los demás del grupo, que no quieren destacar y permanecen en el primer escalón de la escalera social. Por eso, toda búsqueda de un incremento de la calidad propia individual y de la oferta personal diferenciada del grupo se considera una traición a la igualdad sacrosanta. Mientras en los países más desarrollados se incentivan por todos los medios la individualidad y la iniciativa personal y se aplaude el logro, aquí es siempre sospechoso y digno de reprobación social. Así, la envidia, que es una de las características más propias de este país, se convierte en un deber ciudadano. Y por supuesto es una bandera del socialismo radical, que continuamente lanza el mensaje subliminal de que «los ricos» —término en el que se incluye a los empresarios y que se identifica con toda la derecha— tienen que disculparse por ello y, lo que es más grave, tienen unos derechos civiles mermados para compensar sus privilegios.
La lucha por el descrédito de todos los que traicionan al igualitarismo obligatorio permite la utilización de todos los medios disponibles. Hacer fracasar a quien intenta destacar se vuelve un deber para mantener la cohesión de lo que antes se llamaba «la clase» y hoy es esa masa indoctrinada, desinformada e inculta que los socialistas consideran su cuerpo electoral cautivo. El culto de la igualdad lleva así a las nuevas generaciones —a los que no tienen la suerte de poder permitirse una educación fuera de las garras socialistas— a la pasividad, a la falta de iniciativa y al miedo a la independencia que caracteriza a los sectores más amplios de la juventud española. El disparate político de crear universidades en todas las capitales ha ampliado esta lacra del joven pasivo a la educación superior. Los estudiantes se quedan en su ciudad natal, junto a sus padres, y pasan así de la dependencia familiar a la estatal sin solución de continuidad.
El desastre educativo no es, por supuesto, explicable sin hablar de la terrorífica lacra del autoritarismo, otro de los mandamientos ideológicos del socialismo adobado con el sesentayochismo tan mal digerido por la izquierda española. La ridiculización y destrucción de toda autoridad forma parte de ese culto al igualitarismo. Todos somos iguales, todos igual de incultos, amorales, dependientes y conformistas en el mínimo denominador común, donde el peor individuo es el referente por el que regirse y al que adaptarse. No aceptamos, por tanto, que la cultura, la formación y el prestigio sean valores que otorgan un «derecho» de liderazgo. De ahí a la dictadura del peor no hay más que un paso, y éste se ha dado en el sistema educativo en España.
Como la búsqueda de la excelencia y la exigencia, además de la autoridad, «son de derechas», han de ser perseguidas desde las primeras edades. Para escenificar esta lucha por la igualdad a toda costa no basta con la discriminación positiva a favor de los peores o menos emprendedores: también hay que castigar de alguna forma a quienes se empeñan en destacar y abandonar la lógica igualitaria del grupo. Pero el problema está en que el afán redistributivo para imponer este igualitarismo no puede imponerse en su totalidad, porque la naturaleza no tiene afán igualitario. Como dice el filósofo austriaco Norbert Bolz en su magnífico libro Discurso de la desigualdad, hay cualidades como el espíritu, la belleza, la fuerza, la habilidad, el talento, la aplicación y el esmero que no pueden ser redistribuidos en el grupo. Las personas son distintas, y para intentar hacerlas iguales hay que utilizar inmensas presiones sobre los individuos. Eso es lo que hace la educación socialista en su afán igualitarista, que por necesidad tiene que limitar y finalmente acabar con la libertad del individuo. Como dice Bolz, el resentimiento es el odio al éxito ajeno. Y se ha creado una subcultura de apología del fracaso que procede de lejos en la historia —desde el Romanticismo a través después de la bohemia—, pero que se popularizó en el sesentayochismo. Allí radica también ese odio contra la burguesía y sus valores de ahorro, creación, rigor, disciplina, autoridad, respeto a la jerarquía y prestigio del éxito. El odio al éxito radica también en la creencia primitiva de que siempre que alguien tenga algún beneficio se le está quitando a otro al menos parte del mismo.
Éstas son sólo algunas reflexiones sobre una cuestión muy compleja, pero que en todo caso es un drama que se refleja en la competitividad de los individuos y, finalmente, en la de España. Desde que llegó Zapatero al poder, España está en caída libre en la lista de competitividad internacional que elabora el Foro de Davos. Si en 2004 estábamos en el puesto 23, en 2010 estamos en el 42, junto a Barbados e Indonesia. Tan sólo en el año 2009 perdimos nueve puestos en esta lista. Es un dato revelador a añadir al balance de nuestro Atila de principios de siglo.