Libelo contra la secta

Hermann Tertsch · Capítulo 5 de 39

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Libelo contra la secta

Sumisión e impotencia

 

El respeto sagrado al individuo es un mecanismo infalible en la resistencia contra un Estado con ambiciones totalitarias. Por eso hay que insistir en que no es casualidad la obsesión de la secta socialista por ridiculizar y perseguir todos los sentimientos religiosos que elevan al ser humano al altar del máximo bien trascendente junto a Dios. Nada define mejor a estos socialistas radicales del zapaterismo que su aversión al cristianismo. Y no voy a enumerar aquí la infinidad de desprecios que ya desde el poder ha ido organizando el socialismo radical español contra la Iglesia católica. La financiación y difusión de toda la subcultura del anticlericalismo más primitivo — omnipresente en los medios de obediencia socialista— van acompañadas de otras reformas que condenan al niño procedente de una familia religiosa a un ambiente hostil. Y del constante ninguneo a la vida humana al rebajarla al nivel puramente animal. En la escuela pública, un ejército de maestros formados en la subcultura izquierdista del sesentayochismo y el resentimiento vierten continuamente su desprecio a la religión católica y a la Iglesia sobre los niños, a quienes se inoculan sobredosis de darwinismo cuyo fundamental objetivo es ridiculizar las enseñanzas religiosas desde un principio. Y «demostrar» que todas las creencias en un alma, una vida superior o la mera trascendencia son supersticiones ridículas. Y que cualquier niño que crea en ellas o quiera defenderlas porque su familia cree en ellas es merecedor de las burlas de sus compañeros. Así se crea un ambiente en el que los niños de familias religiosas acaban reprochando a sus padres sus enseñanzas.

En cuanto a las más zafias de las formas de ridiculizar la sacralidad de la vida humana, ahí están las declaraciones de los antitaurinos radicales considerando que existe una equivalencia moral entre el torero y el terrorista, y entre los taurinos y los partidarios de ETA. Si el ser humano no es sino un ser vivo más, intercambiable, no hay nada que objetar a que se extinga o mate una vida cuando ésta genera más gastos o molestias que beneficios a la sociedad y al Estado. Así se abre la vía a esa experimentación social que fuerza a los individuos a determinadas conductas o situaciones, con el objetivo de cumplir planes sociales de un Estado que subordina las personas a planes de efectividad o productividad. Y aquí es donde se abren de par en par las puertas hacia la experimentación que puede llevar a cualquier parte. Como la historia nos demuestra trágicamente en la Alemania nazi, nos puede llevar al genocidio. Pero no hay que ir tan lejos. Planes con este espíritu se elaboraron en todos los países europeos en la década de 1930, y los que tenían gobiernos socialdemócratas llevaron muy frecuentemente a cabo planes de esterilización de minusválidos físicos y psíquicos, de entrega forzosa de niños en adopción y de eutanasia activa. En este sentido los primeros experimentos sociales de los nazis con niños discapacitados no se diferenciaban en nada de los que hacían, por ejemplo, los gobiernos socialdemócratas suecos. Y no queremos meterles miedo aquí, pero las reflexiones en voz alta del presidente Zapatero sobre lo idónea que es España como gran laboratorio para experimentar soluciones a la crisis del desempleo se inspira en las mismas tentaciones de forzar a la sociedad y a los individuos a una disciplina que convenga a los intereses de los experimentadores que actúan, omnipotentes, como representantes del Estado, a su vez todopoderoso. No es difícil adivinar que, metidos en estos mecanismos de experimentación, las libertades y la dignidad individual dejan de existir.