Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 9 de 39

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Los juegos florales

Cap�tulo VII

VII

Por la tarde empezó a registrarse más movimiento. Había una presentación a las siete, una pena, porque de ser una hora más tarde habría podido escaquearse y dormir. Ya le empezaba a pesar el cuerpo. Ayudó a Braulio a prepararlo todo, distribuir las sillas…

—Pruébame los micros, Nacho.

—Un, dos, un, dos.

El libro que se presentaba era un poemario. Tenía un nombre de un gusto terrible: Meconio. Llegó el autor, muy puntual, acompañado del otro ponente. Hacían una pareja curiosa. Aurelio Gervás —así se llamaba el poeta— era un hombre de unos treinta y pocos años, muy pequeño, delgado, ya bastante canoso, con barbita sucia de tres días y unos ojos claros y vibrantes. Estaba muy agitado, no paraba de preguntar cuánto faltaba, cuánta gente se esperaba, qué iba a poner en las firmas si es que al final venía alguien y tenía que firmar el libro… El otro, más compuesto, desde luego, más tranquilo, iba elegantemente vestido y todo el rato bromeaba con su compañero.

—Aurelio, si no viene nadie mejor, así nos da tiempo a tomarnos unas cañas. Bueno, o una CocaCola, que tú no bebes.

La realidad es que fue bastante gente, hasta la mujer del poeta y su hijo, un bebé llorón y con aspecto enfermo, a quien iba dedicado el libro. El otro ponente fue el primero en hablar. Julio Gasset se llamaba. Ignacio asistió a todo con un dolor creciente en la nuca.

—Seré breve. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Hoy presentamos Meconio, de mi querido amigo Aurelio Gervás, y puedo afirmar, sin miedo a equivocarme, que las poesías de este libro rompen barreras, pisan cristal y dejan que brote la sangre. La experiencia de la paternidad, que en mi caso espero muy lejana —risas, y cierta expresión ufana del orador en consecuencia—, marca todos los versos con una intensidad, con una

crueldad que es tan incómoda como cristalina. La belleza de los textos de Aurelio reside en que nos obliga a ver partes de nuestra persona que queremos alejar, pero que están ahí.

El público lo escuchaba con atención. Aurelio Gervás se mordía las uñas al verlo hablar, con esa mezcla de ligereza y seguridad que desprendía.

Ignacio se dio cuenta de que su cara le resultaba vagamente familiar, como si hubiera visto aquel rostro algún lado. Después salió el poeta.

El discurso de Aurelio Gervás, escrito en un papel enmarañado, fue absolutamente incomprensible. Parecía redactado como ciertas partes del Ulises, sin signos de puntuación. De nada se sabía el principio o el final.

Quizás, con sus llantos, el único que vertebraba el discurso era el bebé, que se retorcía cada pocos minutos en los brazos de su madre. No encontraron manera de calmarlo, así que hubo que sacarlo fuera. Al acabar —en parte porque la entonación del orador no indicó para nada que hubiera terminado

—, el público se quedó en silencio, y esos segundos de desconcierto los sufrió Aurelio con una cara de terror absoluto, de pesadilla viva. Por suerte, Julio Gasset intervino y con sus aplausos pastoreó la reacción del respetable, que siguió todavía un poco desorientado.

Una vez se agradeció a los presentes su asistencia, Aurelio Gervás firmó seis o siete libros con agobio, y solo cuando el último desapareció, pudo relajarse.

—Qué mal lo paso… —suspiró, secándose el sudor con el dorso de la manga.

Su mujer, cansada de cargar con un saco de lágrimas, le dejó al bebé y salió a fumarse un cigarrillo.

—Gracias, pichulina —le dijo él, mientras ella ya desaparecía rumbo a la calle.

Ignacio había estado todo el tiempo fijándose en Julio Gasset, con los rasgos de este en la punta de la lengua. Era un tío guapo, quizás algo afectado, de los que dicen chaise longue o marroquinería; de hecho, el pelo largo y un pelín canoso, la barba cuidada, el buen olor y la tranquilidad en la propia piel, hablaban de cuero, de scotch, de partido de tenis y de un uso intencionadamente desastrado de las redes sociales. Por sus comentarios ligeros para tranquilizar al poeta, parecía también buen tipo. Encantado de conocerse, pero buena gente.

—Ignacio, recoge las sillas del escenario también —le dijo su compañero.

Ignacio fue, arrastrando los pies. Ahora el dolor se convertía en mareo.

Tras la mesa de los ponentes encontró una bolsa muy elegante, llena de libros. Entre esos libros, inconfundible con su lomo azul intenso, había un ejemplar de Darse cuenta, su primera novela. Impactado, pensó que la falta de sueño le estaba jugando una mala pasada. Levantó la bolsa.

—Perdonad, ¿alguien se deja esto?

—¡Yo! —respondió Julio Gasset, que en ese momento hacía carantoñas al bebé de Aurelio Gervás, mucho más tranquilo con él que con su padre—.

Gracias, chico.

Ignacio, un poco mudo, le fue a entregar la bolsa y no pudo contenerse.

—Ese libro es mío.

Gasset sacó una sonrisa amable.

—No. Esta es mi bolsa.

—Me refiero a que este libro —y sacó el ejemplar azul eléctrico de Darse cuenta— lo he escrito yo.

Julio Gasset reaccionaba con una afectación simpática a los imprevistos, arqueando mucho las cejas y dejando ver que las sorpresas, por muy inesperadas, no lo sacaban de guion.

—Chico, ¡pues es maravilloso! Estoy terminándolo ya. Bueno, terminando de releerlo. Lo tengo entero subrayado.

—Gracias.

Julio Gasset se agarró la barbilla, haciendo ver que claramente estaba teniendo una idea.

—Oye. Estaba pensando… ¿Sabes si puedo comprar más? Quiero regalarlo.

Ignacio se sorprendió viéndose tan piropeado, cuando la realidad es que, salvo en su círculo más íntimo, apenas había recibido reseñas. Un par de artículos mediocres en periódicos locales, una crítica feroz en un blog literario y nada más.

—La editorial quebró al poco de publicarlo. Así que, los que se distribuyeran en su día. No se ha reimpreso.

—¿Podrías conseguirme tú alguno más? —le preguntó Julio, poniéndole la mano en el hombro, mirándole a los ojos—. Me interesaría mucho regalarlo. Y creo que a ti también.

—¿A mí? —instintivamente acarició el libro, que seguía en su mano.

—Sí. Te doy mi número. Avísame si tienes más.

Ignacio apuntó su número, todavía inseguro.

—Venga, menos charleta —le dijo Braulio, que estaba desmontando el cartel y los avisos de la presentación.

—Voy, voy.

Al inicio de la conversación, Aurelio se había vuelto a apartar con el bebé, que se retorcía y pataleaba, pero sin lloros.

—¡Aurelio! — exclamó Julio Gasset—. Eres un genio. Mira lo que hacen tus presentaciones. Aquí tienes a —cogió el libro de la mano de Ignacio y leyó la portada— Ignacio Benavides. ¿No te he hablado yo de Darse cuenta? Es el autor.

Aurelio cogió el libro con una mano, lo reconoció y se dirigió a Ignacio Benavides.

—Siempre es un placer hablar con escritores de nivel. Por lo que me ha contado Julio, enhorabuena.

Ignacio sonreía mucho, adulado. Apenas bastan unas palabras cariñosas para redimir a quien está acostumbrado a los sinsabores.

—No sé qué decir. Gracias. Y enhorabuena a ti por la presentación.

El bebé, en brazos de Aurelio, se había relajado otra vez. Ahora miraba a Ignacio completamente asombrado, como si él también se sumase al repentino reconocimiento. Qué carita tenía.

—Gracias. La poesía… La poesía es un arte famélico —dijo Aurelio—.

Pero la novela siempre puede prosperar.

—Bueno, hoy en día ni la novela —respondió Julio Gasset, sonriente—.

El futuro de las letras es el cine. Las series. Tú —volvió a coger a Ignacio por el hombro—, tú pásame cuatro o cinco copias. Me interesa mucho el libro, de verdad. Me ha maravillado. Le veo una vida posterior —con la mano libre se llevó el pelo hacia atrás, apoyándola después en la cintura; luego continuó en un tono de confianza—. En el amor está todo dicho desde hace mucho tiempo, sin duda, pero eso no significa que el tema se haya agotado.

Braulio resoplaba con escándalo, haciendo ver que no tenía por qué recoger solo. Ignacio ni le oía. Estaba entre feliz y conmocionado, esperando a que en cualquier momento alguien le dijese que todo era broma. Síndrome del impostor.

—Aurelio, venga.

—Voy, mi pichulina.

La mujer regresó de fumarse el cigarrillo y apremió a los presentes. Justo entonces el compañero de Ignacio comenzó a apagar las luces y ya no hubo manera de seguir.

Julio se despidió de todos, galán y ceremonioso. A su amigo Aurelio le dio muchas enhorabuenas y le pronosticó éxitos seguros; a la mujer le dijo que la veía más guapa que nunca —a lo que ella correspondió con un gesto como de reproche—; al bebé le dio un beso paternal en la frente y un tironcito feliz en el moflete. A Ignacio le estrechó la mano sin soltarla mientras lo miraba a los ojos. Se puso solemne, como a declamar.

—Yo no soy escritor, así que no puedo hablarte de la experiencia de escribir. Aunque, de hecho, este es tu único libro, ¿no? —Ignacio asintió como un alumno—. Claro. Bueno, te decía: en el mundo del arte, los ejecutivos y los que manejan el cotarro hablan mucho del oficio, del callo, del hábito. Al entender las obras como una inversión, intentan ir a por lo seguro siempre, y parece que el que ha escrito el guion de una película exitosa tiene muchas posibilidades de volver a repetir ese éxito. ¿Cuál es el problema? Que esta gente se amilana. Empiezan a entrar en juego intereses de muchas partes, presiones, dinero… Al final, crean para todos menos para ellos mismos. ¿No te da la sensación de que la gran mayoría de la cultura que se lanza hoy en día —películas, libros, discos— es completamente plana?

—Sí, supongo —respondió Ignacio, entre asustado y maravillado por el razonamiento en curso. Había soltado la mano: le estaba empezando a sudar.

Julio siguió, gesticulando con elegancia. Tanto Aurelio, como su mujer como su hijo lo miraban: es ese momento incómodo de las despedidas, en las que alguien se alarga más de la cuenta y todos tienen que quedarse escuchándolo, poniendo buena cara, pero sin poder participar.

—¿Y crees que es porque los creadores son malos? No. Hay mucho talento. Muchísimo. Pero se va diluyendo entre toda esa jungla de opiniones y cifras. Todos los creadores, sea cual sea su campo, sienten una nostalgia tremenda de su primera obra. ¿Sabes por qué? Porque la están escribiendo cuando nadie mira, para sí mismos. El único criterio que prima es el suyo.

Y eso provoca que, muchas veces, la falta de mimbres se supla con la

originalidad: una originalidad inconsciente. Hay muchas joyas que han nacido así, y luego sus autores se pasan la vida intentando volver a recuperar ese chispazo, con grandes apoyos, producciones, sin darse cuenta precisamente de que ese es su lastre. Ya están perdidos. La experiencia no siempre es buena. Mira el primer amor. Todo es nuevo. Todo se descubre.

Luego en las siguientes relaciones ya se va cargando con el peso de las otras, se nos roba la espontaneidad, nos atan los demonios… Aunque bueno, me estoy enrollando demasiado —se paró, sonrió como disculpándose con los demás; luego puso un último ejemplo para resumirlo todo—. ¿Tú no te acuerdas de un verano, con unos dieciséis años, cuando una chica de tu pandilla de repente floreció y, sin darse cuenta, se convirtió en la más guapa del grupo? Ella actuaba normal, porque todavía no era consciente de su cambio. Tenía un brillo irrepetible. Luego al año siguiente ya llegó sintiéndose en plena posesión de sus facultades, y de la ingenuidad pasó al cinismo, se convirtió en una chica guapa más: todo el invierno había estado escuchando lo guapa que era. Pues eso pienso de tu libro. Está en ese primer verano. Así que mándame más.

¿Qué tipo de hombre hace un discurso así, despidiéndose de un chico al que acaba de conocer, cuyo libro dice que admira y al que repentinamente lo une un interés poderoso y todavía velado? Sin duda, alguien especial.

Dicho esto, se marchó con un gesto teatral. Un Uber negro se lo llevó a otra parte. Esa misma noche, Ignacio bajó al trastero de su casa y empezó a buscar y rebuscar, en vez de meterse en la cama a dormir la tremenda resaca. Ya empezaba a desistir cuando, tras una pila de vinilos viejos, encontró una caja. «Mierda», tenía escrito en rotulador. La abrió rompiendo el cartón. Dentro, un poco machacados, unos veinte ejemplares de Darse cuenta.

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