Los juegos florales
Cap�tulo II
II
Ignacio estudió periodismo en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Sin mucho entusiasmo, la verdad.
El propio edificio le resultó un resumen de su carrera: un conjunto de aulas viejas, inconexas, fatalmente enlazadas entre sí. Los pasillos formaban un largo laberinto; las paredes, revestidas de perenne color gris, apegaban con su cemento al realismo social y a la política, dos cosas que a Ignacio le daban bastante igual. En los corrillos del descanso sonaba la actualidad, se debatía el progreso, la lucha, la huelga estudiantil. Había cierto gregarismo.
Este ambiente le resultaba ajeno: habría soñado con un ágora cultural, un grupo de jóvenes que, como él, hubieran elegido periodismo por pura cobardía, aspirantes a escritores con la tinta cargada y largas noches de insomnio a las espaldas. No fue así.
Las clases eran duras, densas, nada productivas.
Los viejos profesores, especialmente los de cátedra, iban a exhibirse y a perderse. Empezaba la lección. Capítulo tres, lo que fuera. A los diez minutos ya se habían enredado en una serie de desvíos imposibles, alejados del tema, dando rienda suelta a una erudición tan bella como estéril.
Muchos no toleraban las interrupciones, ni la praxis: eran unos monolitos de sí mismos.
Los profesores jóvenes no les mejoraban. Quizás se ciñeran más al guion, pero de repente sentían un impulso magistral y realizaban extraños experimentos sociológicos, como obligar al alumnado a ponerse de pie mientras daban la clase tranquilamente sentados. A esto se le llamaba
«inversión de perspectiva».
Ignacio sintió desde el principio un fuerte desapego, y en apenas unas semanas perdió cualquier amago de interés. Muchos estudiantes siguieron su senda. Pronto, la cafetería se llenó de aspirantes a periodistas que jugaban al mus, comían pinchos de tortilla y confraternizaban con los
camareros. Los de años superiores los miraban con cierto desaire: ya sabían, a principio de curso —cuando los veían imprimir apuntes y acudir religiosamente a las aulas— que el entusiasmo se diluiría con la primera brisa de octubre.
Ignacio se hizo amigo de Pepe Nogales, un tío grandullón y un poco excéntrico, quizás por el hecho de que su enorme altura —rozaba los dos metros— le impedía ser discreto. Era un chico intenso, aficionado a la poesía, obseso del rugby. Pertenecía a esa larga estirpe inaugurada por Garcilaso de la Vega, la de las armas y las letras. Un lunes cualquiera se leía unos poemas de Bukowski, devoraba el plato combinado, y luego acudía al entrenamiento. A la vuelta, manchado de barro y sangre, se le adivinaba en la sonrisa una felicidad total, un triunfo de la vida.
Además, Pepe tenía un blog en el que publicaba sus poemas, muchos de ellos de contenido truculento. Él los llamaba «poemas viscerales». Pensaba que la literatura, más que de la cabeza, nacía del corazón o de otros órganos. A veces recitaba alguno en la cafetería, y los curiosos se acercaban para ver con qué había rimado «resaca» o «prostituta». Ignacio se partía de la risa. Como a todos los tímidos, contar con un extrovertido al lado le solucionaba mucho las cosas.
Él era menos proclive a compartir sus creaciones. Anotaba en una libretita ideas o garabatos, sujetando en la otra mano un libro de Chéjov. Se parecía a los malos estudiantes de instituto, que tanto trabajan en sus dibujos obscenos y tan incapaces son de aprender la lección. Aunque esa fuera su posición, la sofisticación de la literatura le atenuaba la culpa. A los dos les daba bastante igual la carrera: no se planteaban su utilidad, ni el futuro, ni la cuestión del empleo. Tenían dieciocho años.
Por las declamaciones de Pepe —pronto comentadas en toda la facultad
— empezaron a conocer a gente nueva. De todos ellos, la más destacada fue Carlota Ron, que tenía un nombre perfecto.
—Mis padres me pusieron Carlota por el libro de Goethe —había dicho ella al presentarse, captando de inmediato la atención de Ignacio—. Me jode porque ahora es un nombre de pija.
Carlota les resultó muy malhablada, pero ese era el único rasgo estridente de su personalidad. Vestía siempre con camisetas anchas, no intervenía en clase, tenía una cara correcta, ni bonita ni fea, estatura media, venía de un pueblo de Guadalajara. En las sesiones de asistencia obligatoria —que eran
casi ninguna—, se sentaba al fondo y sacaba de su vieja mochila Eastpak un ladrillo histórico, tipo Guerra y paz o Madame Bovary, y la cabeza se le iba metiendo entre las páginas hasta casi desaparecer. Esta entrega ausente la hacía parecer pequeña, casi una niña.
Al principio, su aspecto infantil hizo que no se la tomaran muy en serio.
Los dos amigos, como buenos estudiantes de facultad de letras, tendían a dárselas de entendidos: colaban una cita de un muerto célebre, se apoyaban en filósofos para criticar el mundo… Siempre derrapando entre lo poco que sabían y lo mucho que intuían. Enseguida comprobaron que pinchaban en hueso. Carlota sabía más que un ejército de Ignacios y Pepes. No solo eran los libros: saltaba de Rubens a Tarantino, de Drake a Miró, de Steve Jobs a Marco Aurelio, sin pestañear, como si hubiera cogido la cultura occidental, la hubiera hecho papilla y después la hubiera digerido velozmente en el metro a la universidad. Quizás por este afán devorador parecía que las obras no hubieran dejado impronta en ella, se comían unas a otras y apenas quedaba un poso. Detrás de los tacos, no había emoción: diseccionaba la cultura como una taxidermista.
El curso lo pasaron hablando frente al tercio o el café. Carlota —ya más que clara su ventaja— los instruyó a toda prisa en cualquier disciplina artística que no fuera el periodismo, dándose los tres la falsa sensación de aprovechar el tiempo. Ella tampoco amaba la carrera. Le parecía poquita cosa. Solo cuando se acercaron los finales empezaron a temblar. No habían tocado un libro, apenas asistían a clase: el desentendimiento de la Complutense les iba como un guante a los alumnos sin pasión.
Se vieron envueltos en el último esprint, atosigados por una mala conciencia que venía del bachillerato, chapando como locos hasta que la biblioteca echaba el cierre. Luego seguían en alguna casa, hartándose de bebida energética. Ignacio se pasó todo el periodo de exámenes con una tremenda taquicardia. Le salieron ojeras y se le partió la cara. Pero dio sus frutos.
Pasaron limpios los tres. Lo que se olían era cierto: podían aprobar un curso entero de periodismo apretando mucho un mes después de haberse dejado ir durante los ocho anteriores. Ese verano, fueron unos días a una casita en Alicante, propiedad de los abuelos de Pepe. Era un chalecito desvalido, con gotelé y fotos en blanco y negro. Tenía cierto encanto. El viaje en autobús lo hicieron con las piernas apretujadas y una emocionante
sensación de libertad. Al llegar, dejaron las cosas, fueron a comprar comida, y cocinaron arroz con tomate y huevos. Después bajaron a la playa. Caía un sol tremendo. Ignacio y Pepe empezaron a jugar a las palas.
—Te voy a meter un bolazo —decía Pepe cada vez que golpeaba al aire.
El agua de la orilla tenía un brillo cristalino. La pelota de goma volaba, y en más de una ocasión estuvo a punto de impactar sobre un matrimonio inglés. Cuando Pepe se lanzaba al suelo era como ver un edificio derrumbarse.
Pronto se hartaron y volvieron a las toallas. Llegaban un poco sudados.
Fueron corriendo al mar, y Carlota les siguió mientras se quitaba la camiseta. Cuando desde el agua la vio venir, Ignacio sintió un escalofrío.
Tenía los pechos mucho más grandes de lo que jamás hubiera imaginado.
No coincidieron más, porque en ese tiempo Carlota regresó a su pueblo.
En la calle, frente al quiosco, en su cuarto, en el coche, en la piscina… A Ignacio solo le venía la imagen de Carlota, rodeada del aura de revelación que tienen las mujeres en las pelis de época.
Llegaron las clases de septiembre. Ignacio empezó a sentirse destinado, como una flecha que apunta. Era una suma de cosas: el nombre, los libros, el desencanto, las pellas que daban a su vagueo un ligero encanto forajido…
Y los pechos. Los jóvenes leídos tienden a adornar mucho las cosas cuando al final lo que inclina sus actos tiene un origen banal. Son imágenes concretas: una sonrisa, un bikini, un porro compartido. Ignacio se convenció de que quería vivir un romance como el de Rayuela, un idilio literario: Carlota sería La Maga, Madrid sería París y hablarían durante horas de jazz americano, tema del que ninguno de los dos tenía ni puta idea.
Obviamente, esto enrareció su relación.
De la natural confianza de la amistad se pasó a la vulnerabilidad del enamoramiento. Ignacio, que siempre hacía bromas con Carlota, dejó de hacerlas. Temía herirla o sobrepasarse. Ella se lo olió desde el principio, pero no dijo ni mu. No quería creérselo. Cada vez que le venía la intuición a la cabeza, una alarma se encendía: «No seas engreída». Y también le daba cierto miedo, como si fuera a perder el equilibrio. Así estuvieron durante meses, sin saber bien qué decir, prestándole ambos mucha atención a Pepe, que era el eslabón inofensivo y amaba los focos.
—El realismo sucio, esa es la poesía de verdad —decía, encantado con su público.
Hasta finales de enero se mantuvo la cosa. Pasados los primeros exámenes, toda la clase salió a celebrarlo. Se citaron en El Guepardo, un bar casposo y tristón. Ignacio se sintió incómodo desde el principio: no le gustaba el ambiente, ni su ropa, ni el sabor de la copa. Además, con toda seguridad iba a suspender la mayoría de las asignaturas. Había rehuido las noches de estudio con Carlota, y sin ese apoyo estaba perdido sin remedio.
Tenía ganas de dejarlo. Agobiado por esta idea, bebió un trago largo que casi le empapa la camisa.
Pepe estaba excéntrico y ruidoso, como cada vez que se emborrachaba, así que se alejó de él. En un círculo, varios chicos de su clase hablaban de fútbol. La vana ilusión de encontrar un tema agradable se desvaneció enseguida: solo recurrían al deporte como metáfora de los desmanes del capitalismo, de la decadencia de Occidente, del opio del pueblo… Eran incapaces de disfrutar de nada. Aun así, hizo el amago de intervenir, pero al ser sus opiniones tan vagas pronto dejaron de escucharle. Fue tres veces al baño con el único objetivo de matar el tiempo. El espejo estaba lleno de pintadas guarras, pero ninguna le hizo gracia, ni siquiera le sacaron una sonrisilla. Ya estaba rumiando una excusa cuando apareció Carlota. Iba más arreglada que de costumbre: vestido, medias, botas de ante oscuro. La vio desde la lejanía. Se atragantó, incluso. Pero siguió en la anterior conversación.
—¿No me vas a saludar? —dijo ella, unos minutos más tarde, acercándose.
—Claro. Hola.
—Bueno, hola… Ven, ¿quieres beber algo?
—Todavía me queda copa —respondió Ignacio, agitando los hielos del vaso de tubo.
Carlota frunció el ceño, un poco triste. Iba a decirle que lo notaba raro, que a qué se debía su actitud en esos meses, que si ella había hecho algo mal se lo hiciera saber, que no quería perder su amistad, que ya no había esa confianza, que esperaba que no le hubiera sucedido nada grave, que si era un tema personal lo podían hablar, o no, lo que él quisiera, pero Ignacio cortó todo de raíz pegándole un morreo entre sublime y vergonzoso, y a partir de ahí ya fueron novios.
—Nacho… —susurró ella, dejando caer los brazos.
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