Los juegos florales
Cap�tulo XXVIII
XXVIII
Vemos un fantasma. Bueno, dos. Uno ausente y el otro, casi. Del primero ya hablaremos luego. El segundo es un cuerpo escaso, herido de cables. Las vías le alimentan la vida, que se escapa por la boca, o por el vientre (ese núcleo de órganos endebles, de mala digestión, de vísceras abiertas, perpetuamente expuesto a los golpes sin una mínima coraza de hueso). Los médicos le recorren, le tientan el pulso yerto; se le escanea, se le estudia; la medicina, indecisa, solicita en radiología más diagnósticos por imagen, y las pantallas no arrojan más que incógnitas sobre la salud del enfermo, a quien no se le descubre nada. Se apaga entre la duda. Solo una cosa es segura: este hombre se está muriendo.
En la cara, especialmente en los momentos de inconsciencia, se le frunce el ceño en un gesto de dolor. El arte abstracto, el arte monstruoso del siglo XX, la representación del mal; todo ello podría resumirse en la cara contraída de un hombre sufriente. Es un cuadro horrible. Parecería, por su desvalimiento, que este enfermo es san Sebastián, el mártir asaeteado, atravesado como está de cables, pero para ser mártir hace falta morir por una causa, y el enfermo solo tiene un cuerpo en rebeldía contra la propia vida. No se sacrifica, va muriendo porque el destino de la existencia es trágico, pero el suyo mucho más. Acaba antes.
No hay un duelo silencioso. Tampoco el funeral anticipado de estas muertes a destiempo, donde los familiares y las amistades vagan por salitas de espera de hospital, temerosos de que la última vez de verdad sea la última. Solo una figura que tiembla. Es una mujer, que lleva amarrado un hijo. Apenas habla. Tiene una nube en los ojos. Son cataratas de pena, asumidas sin protestar, sin mediar palabra. Providencia divina. Las noches se suceden: al bebé le han traído una cunita y ahí se desarrolla la corta infancia. Su llanto, esa lágrima que reclama aire, que exige con furia la carne y el sustento, es lo único que queda vivo en esa habitación.
La habitación tiene una ventana pequeña que da a un patio interior. Nadie les ha traído flores: las flores son una excusa que se remoja en agua para aliviar el aroma de la muerte, pero no dejan de ser tallos muertos.
La vida de hospital es un chirrido de tiza, los viejos consumidos, la comida sin sal, la infiltración de una articulación dañada, una herida en el tiempo. ¿Cómo se puede vivir en ella? ¿Cómo puede un joven licenciado en Medicina instalar su rutina en la muerte? Tan lleno de luz, tan hermoso, tan inteligente. La cotidianeidad lo borra todo. El médico es un panadero que va amasando enfermos.
Pensar que en esa cámara de término, a tan solo unos metros, algunos médicos se enrollan, se desvisten en las guardias, se buscan y se palpan con la urgencia de quien puede ser llamado a Urgencias, es demoledor. Pero la vida triunfa sobre la muerte. Es necesario. Es bueno. Hay que dejar ir. Lo arrolla todo a su paso porque tiene que respirar del presente, no puede tumbarse en un diván y plegarse a lo que acaba.
Es un aprendizaje duro: no debemos morirnos en la muerte de los otros.
Siempre tenemos tentación de recrearnos en una felicidad pasada, pero la felicidad es algo que solo existe a posteriori, es un recuerdo, un viaje en el tiempo del que únicamente podemos decir «sí, yo fui feliz, yo estuve aquí».
Incluso en ese momento pudimos ser felices porque teníamos en el pecho la memoria de otra felicidad antigua.
El celo oscuro de la nostalgia, de la pérdida del otro, conviene aceptarlo cuanto antes, dejar que haga su muesca, sufrirla, morder el bastón de cuero de las amputaciones y luego permitir que el miembro se regenere por su propia naturaleza hasta recuperar completa nuestra individualidad.
Mientras tanto, en la última vuelta del camino, el paladeo forzoso del adiós. Hay que preparar dos muertes: la suya y la suya en los demás. Qué difícil es irse si no es de golpe. La despedida se posterga, pero el final ya viene escrito. Unos se avinagran, se escuecen entre terribles dolores y un miedo horrible y patético, el pavor arrugado del viejo, espanto final ante la muerte. Otros se apagan como una lamparita sin fuel, son gentiles con las enfermeras en la revisión, se disculpan por la cantidad de molestias que están ocasionando. Ambas actitudes son completamente irreprochables. La dignidad en esas circunstancias se debe celebrar, pero nunca exigir.
La muerte es dulce, pero su antesala, cruel, dice Camilo José Cela.
Otra vez lo comprobamos. Ninguna derrota es elegante. La vida es el verdadero milagro, de ahí su insumisión. Los órganos de este enfermo convulsionan, se contaminan unos a otros desesperados por vivir, sin saber que ellos son su propio veneno, que llevan la muerte escrita en el más íntimo código. Un reloj marca la hora. Quizás es mejor que acabe así, sin engendrar, sin prolongar esa estirpe de miseria, esa herencia maldita. Que deje la tierra, que se extinga y que su sufrimiento sea un testimonio, y nada más.
Al pitido de la máquina acude un enfermero de pelo negro y barba recortada. Rápidamente comprende y llama por el busca. Es urgente.
En esta habitación de hospital Aurelio Gervás se está muriendo y nadie tiene ganas de vivir después, solo el hijo que llora agarrado al tiempo, obligando a su madre a despertar, él, que no es más que un cuerpo enfermizo, una piel enrojecida de eritemas, una boca en la que ni los dientes han nacido, dos filas de encías amoratadas que braman con desesperación por una bocanada más de aire, el soplo de otro día.
El primer fantasma, el verdadero padre del niño, habrá huido a alguna parte. Sí, la vida tiene que vivir, separarse de la muerte. Pero eso no significa que la ignore.
OceanofPDF.com