Los juegos florales
Cap�tulo XXXI
XXXI
Siguieron otros días de lluvia, de jornada densa, vacía. Todo el hipotético plan se paralizó. Ignacio se mordía las uñas, medía muchísimo sus gastos.
Hacía las comidas en el hotel Son do Mar en compañía del padre y el hijo.
El carácter reservado del padre, un hombre en una indefinida lucha interna, apagaba el ambiente. El niño correteaba por aquí y por allá, inasequible a la tristeza. Cuando no había nada que hacer, ponía la tele y veía los dibujos animados de Xabarín Club en la TVG. Alguna vez, Ignacio lo acompañaba, de puro aburrimiento. Cada paso del calendario le pegaba un mordisquito.
Pronto, si seguía así, se quedaría sin dinero.
En las diminutas fincas que rodeaban el hotel apenas se apreciaba actividad. Ignacio intentaba dar algún paseo furtivo por airearse un poco.
Volvía sintiéndose todavía más aislado. Las casitas tenían algún coche, quizás una modesta plantación de algo. El marco del cielo era plomizo; la calma verde que tanto le había agradado, ahora resultaba una agonía lenta, un cerrojo de inquietudes y tierra mojada.
Se ha escrito mucho que el paisaje de Galicia es melancólico. No por ello deja de ser menos melancólico.
Harto de verse solo y esperar, Ignacio le tiró un órdago a Claudia Lanza.
Se sorprendió con la respuesta: «Yo también quiero hablar contigo». Le citó en un lugar espectacular: un bar situado en lo alto de un risco desde el que se divisaba la ría, el horizonte inmenso del mar y la brutalidad de los elementos meteorológicos, con las nubes —que por fin daban un descanso
— apartándose del cielo para dejar pasar un sol de atardecer. Ignacio tuvo problemas para llegar: no conocía bien la zona. Claudia fue en coche. Se sentaron al aire libre pegados a un pequeño muro. Debajo de él, una caída formidable hasta el agua. El mobiliario era desenfadado: las sillas como pequeños bancos rurales y la mesa, dos palés uno encima del otro, pintados de color azul. Pidieron una cerveza y una copa de albariño.
Claudia parecía un recuerdo. El viento le removía el pelo negro, le entrecerraba los ojos; a su espalda, el paisaje monumental. Estaba más seria quizás, mirando fijamente a Ignacio, como si posase para el objetivo de una cámara antigua. Si se hubiese podido capturar ese momento, si se hubiese podido grabar para siempre cómo quedan estas cosas en la memoria, Ignacio habría tenido una impresión eterna de su vida, del anhelo, la estampa de una virgen a la que pedir y llorar y emplear de faro.
—Menos mal que ya para de llover —dijo ella, iniciando la conversación
—. Un día no me importa, pero ya me estaba cansando.
Ignacio asintió.
—Perdona, pero he estado un poco liada. ¿Tú qué has hecho estos días?
—He estado a mis cosas también —respondió Ignacio.
—¿Y Álvaro está mejor?
—Sí, sí —mintió—. Aunque el pobre se ha tirado medio enfermo toda mi visita. Mañana me voy.
—Qué pena… —dijo ella, arrullándose como un gatito.
Las rachas de viento entrecortaban la conversación. En esta ocasión, Ignacio había sido previsor: llevaba una gran sudadera roja sobre la camiseta.
—¿Y te lo has pasado bien, al menos?
—Sí. No conocía la zona y me ha gustado mucho. Y tus amigos son muy simpáticos.
—A ellos les caíste guay.
Se notaba que los dos querían decirse algo pero ninguno daba el paso.
Comentaron algunos hechos de la fiesta, recurrieron a generalidades, temas banales. Claudia parecía un poco triste por primera vez. Ignacio intervino, descargando el peso en la otra.
—¿Y qué me querías contar?
Ella se puso nerviosa, también por primera vez (al menos delante de Ignacio).
—Estoy preocupada con Julio. Te lo cuento porque a ti te afecta también.
Por la película.
Fue oír su nombre e Ignacio sintió como un veneno en el pecho. Lo último que quería era que le tratasen de amigo consejero, sin derecho nunca a intervenir en cualquier otro papel más sugerente.
—¿Qué le pasa?
Claudia le explicó que llevaba unas semanas desaparecido, que apenas le contestaba a nada, que no sabía dónde estaba a ciencia cierta, que ya antes de eso había tenido actitudes raras, impropias de su carácter. También le dijo que estaba empezando a plantearse cosas, sin especificar cuáles. A Ignacio se le aceleró el pulso.
—Yo no sé en qué anda metido —siguió ella, hablando con franqueza—, pero miedo me da. Y yo no puedo andar con alguien que de repente hace esto. ¿Tú sabes algo?
Ignacio se sorprendió de lo rápido que pasaba de la alegría festiva a la seriedad. ¿Tanto había cambiado todo en unos días? ¿Era él el único que adivinaba ciertos rasgos de la personalidad de Julio? Se dio cuenta de que Claudia Lanza era un poco veleidosa. Adoptó un tono oscuro, acorde con la conversación.
—Yo nada. Le escribí hace poco y sin respuesta, igual que tú.
—Es que es rarísimo. Rarísimo, ¿sabes? ¿Por qué desaparece así? ¿Y qué hay de las cosas que están en marcha?
—Es curioso. Hace nada me dijiste que tuviera paciencia con estos temas. Perdón —corrigió, al ver la expresión de su rostro—. No me malinterpretes. Simplemente me estaba acordando.
El mar era un derrame de cielo, azul, gris y naranja. Claudia tenía reflejada la paleta en los pómulos y en los ojos amargos.
—Me daría mucha pena —dijo ella, midiéndose para después ceder a sus sentimientos—. Me daría mucha pena que, si esto se prolonga, se complique la película. Y no solo es la película. También hay otro tema que, bueno, ya es cosa mía y tengo que pensar.
El resto de clientes comentaba sus cosas, no les prestaba atención más allá de esa mirada furtiva que dedicamos a las conversaciones en las que de verdad está ocurriendo algo, en las que se deciden cosas, pero que por pudor dejamos que continúen su propio rumbo, sin incomodarlas con nuestro vistazo impertinente. Mientras tanto, Ignacio sentía cómo se desmoronaba una torre y a la vez se alzaba otra. El proyecto que daba sentido reciente a su vida se estaba volando como un naipe al viento, aunque esto él ya lo intuía de alguna forma, era un pensamiento negro que le rondaba de vez en cuando, en los momentos turbios; por otro lado, algo igual de grande se alzaba en el horizonte. La posibilidad de Claudia Lanza.
De nuevo le invadieron sentimientos de odio hacia Julio, pero a la vez se le
iluminó la frente con una intención de diente largo: la venganza. En lugar de relativizar la gravedad de los hechos —lo que se espera de un buen amigo—, empujó en la misma dirección que las dudas de ella.
—No te voy a mentir. Yo nunca he confiado en él del todo.
—No sé… Estoy muy confusa.
A partir de aquí Ignacio ejecutó un plan improvisado, que en este caso no era otro que la absoluta honestidad. Quizás venganza fuera una palabra demasiado fuerte. Era justicia lo que le brotaba de dentro.
—Julio a veces promete todo. Te llena la cabeza de pájaros, de ilusiones, y luego se esfuma. Las palabras que ha dicho es como si jamás hubieran salido de su boca. Tú te quedas colgando de las buenas intenciones, de la esperanza en un futuro nuevo, de que todo lo que se cuenta es cierto. Luego resulta que no es así. Pero él sigue alimentando la duda. Suelta el comentario justo, te frena antes de que estalles, y así mantiene viva la llama de su promesa. Lo que realmente acaba alimentando es la llama de la frustración. Y del odio.
Claudia Lanza le miró, sorprendida y conmovida.
—Conmigo sí que ha cumplido promesas… —dijo.
—Conmigo no —interrumpió Ignacio, un poco brusco, y siguió—. Yo nunca he entendido lo que le pasa por la cabeza. Es como si, según le salen las palabras, él mismo se fuera convenciendo de lo que dice, animándose a continuar; luego, cuando termina el hechizo de su discurso, para él también acaba. Se desanima, le coge pereza a los proyectos que acaba de lanzar al aire y se abstrae con otra cosa. De vez en cuando, le vuelve la conversación pasada, las promesas, y se calienta él solo, y nos dispara de nuevo a los implicados y nos vuelve a herir con la misma ligereza con la que nos ha herido antes.
—¿Crees esto que me estás diciendo?
—Completamente. Julio es un niño pequeño, y los niños pequeños viven de la potencia, de la expectación: de los regalos les gusta la ilusión del regalo; luego, cuando lo abren, enseguida se cansan, y se entretienen más con las burbujas que otra cosa. Qué digo pequeño, es un niño maleducado.
Solo piensa en el siguiente regalo. Este niño, simplemente, se acuerda de vez en cuando de los regalos que ya tiene y juguetea con ellos algunos días, la cabeza puesta en el que llegará después.
Esta vez Claudia no dijo nada. Aunque no en un grado tan extremo como el de Ignacio, ella también entendía que lo que le estaba describiendo era bastante cierto.
—Y si a ti no te ha mentido —siguió Ignacio— es porque todavía sigue hechizado contigo. O no. —Aguantó el tiempo, dejando caer luego la losa
—. Porque quizás en estas semanas ya has pasado al otro lado. Por imposible que a mí me pueda parecer.
Claudia pensó antes de hablar, pero solo le salieron murmullos entrecortados, apagados por el viento.
—Son cosas… No entiendo… —susurró, y agarró la mano de Ignacio.
Los dedos de Claudia, la poesía fina y larga de su mano, el contacto leve pero seguro. Su moral minada. Es de esos momentos de cabeza caliente, largo tiempo soñados, un impulso que no podemos reprimir, la valentía de las palabras dichas previamente, el camino allanado, por fin una ventana abierta por la que corre el aire…
Ignacio se levantó, fue a besarla y, por el metro de distancia entre los dos, Claudia le apartó el beso mucho antes de que sus bocas pudieran siquiera estar a la misma altura.
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