Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 11 de 39

Páginas del PDF

Los juegos florales

Cap�tulo IX

IX

Después del encuentro Ignacio volvió a su vida cotidiana, y con el correr de los días le crecieron los enanos. ¿Cuál era el siguiente paso? Tras la conversación, no habían quedado en nada: tan avasallado resultó por el despliegue que no cayó en poner un objetivo, una fecha, un calendario. El entretiempo le fue picoteando la cabeza. Dice Zweig en sus Momentos estelares de la humanidad que gran parte de lo que ocurre en la historia es indiferente o trivial. El cambio y las gestas se concentran en apenas unos instantes, cuando a su alrededor lo que hay es un inmenso océano de tedio.

Las siguientes semanas sucedió más bien poco. A sus padres, con los que no solía hablar de estas cosas —también es verdad que, por lo general, estas cosas no se habían dado, o se tenían por olvidadas o resignadas—, les contó vagamente el interés de Julio Gasset. Ambos se mostraron temerosos, y sobre todo intrigados por el repentino entusiasmo que había despertado el libro. Eso hizo que Ignacio se convenciese todavía más del beneficio que este hombre le podía traer, como los niños que reaccionan haciendo exactamente lo que se les prohíbe.

—A mí el nombre me suena —dijo su madre, que se olía algo.

Unos días más tarde, llegó con un ejemplar de ¡Hola! del verano pasado

—tenía la costumbre de acumularlos todos; luego, al cabo de varios años, los tiraba, no sin antes repasarlos comentando la decadencia de alguno de sus protagonistas—. Hacia la mitad del número, unas fotos de un barco en Menorca con el siguiente titular: «Julio Gasset Jr, vacaciones con amigos para superar su última ruptura». Entre sus compañeros, varios titanes del mundo de las artes, todos morenos, con alcohol en la mano, la mayoría fumando.

—Este hombre es un vividor.

—Lo es —respondió, seco, Ignacio.

La confirmación de sus conexiones al más alto nivel le gratificó aunque también le impacientó: ¿de verdad iba a tener tiempo para su libro? Por otro lado, que un hombre que rozaría los cuarenta años tuviera el epíteto de junior le hizo bastante gracia.

En el trabajo le invadió una sensación extraña, una mezcla de inseguridad y altanería. Cuando le preguntaban por autores, especialmente los noveles, tendía a hablar mal de ellos, a reducirlos, porque de repente se imaginaba parte de un círculo al que ellos no podían acceder. Además, el reconocimiento a sus habilidades literarias —que durante tanto tiempo había imaginado insuficientes— le metió en pequeñas dosis el veneno que aqueja a la mayoría de los artistas: la envidia. Los grandes nombres, a los que él también admiraba, no suponían ningún peligro: un joven cineasta no se siente amenazado por Buñuel, si acaso lo estudia y lo desgrana para poder sorberle el jugo en sus futuras obras; lo que va a parecerle menor, por competir por el mismo espacio, es la nueva ola, la más reciente aparición, que siempre le resultará injusta en comparación con la calidad de su propio trabajo.

Quizás por estar con este aire resentido se acercó más a Braulio, que hablaba menos que Uxía. El hombre tenía un cinismo ramplón que reportaba un doble beneficio: por un lado, se podía compartir con él un genérico sentimiento de injusticia, de pesar; por otro, sus razonamientos eran tan simples que le daban a Ignacio una clara sensación de superioridad intelectual. Aun así, no faltaban las situaciones irritantes. Le fastidió en especial el moderado éxito de otro autor joven, Santiago Isla, que acababa de publicar una obra bastante similar a Darse cuenta, en cuanto a estructura y vocación lírica. Todos los días llegaba alguien a su puesto en Fórum —

casi siempre chicas universitarias— y preguntaban por él.

—¿Qué tal es este libro?

—Mucho ruido y pocas nueces. ¿Has probado con El spleen de París?

No tiene sentido ir a la copia teniendo el original.

Pero claro, Baudelaire era un feo sifilítico y el otro un guapito de cara.

Además, hablaba de Madrid y el pijerío, normal que esas chicas quisieran leer sobre sí mismas.

En cuanto a libros-producto, los del famoseo autobiográfico, le parecían todavía más desdeñables, casi una ofensa, como poner a Rita Hayworth a vender ligas en un chino. Ignacio había usado muchas veces el término

comercial a modo de insulto, diferenciando la literatura de verdad del entretenimiento impreso, la sopa boba de las letras. Sin embargo, su propio y pronosticado éxito no le resultaba incoherente con esta postura, como sucede tantas veces. La repentina asunción de un futuro glorioso no impidió que, en determinados momentos, se le desmontase el castillo de naipes. Así estuvo un mes, sintiéndose cercano a una promesa infinita y a la vez lidiando con una realidad tan desasosegante como cierta.

Su padre, agobiado por la posibilidad de una nueva decepción, lo sentó un día.

—Ignacio —le dijo, en un tono que hacía presagiar una conversación seria—, ¿qué tal en el trabajo?

—No estoy muy contento, la verdad.

—¿Qué vas a hacer? ¿Buscar otro?

—No. Tengo esta oportunidad que ya os conté. Confío mucho en ella.

Al padre le vinieron recuerdos de su ruptura con Carlota, del abandono de la carrera y el camino tortuoso y gris que había tomado la vida de su hijo desde entonces.

—Piensa que mandarlo todo al garete de golpe puede tener consecuencias graves. Actúa como Tarzán —intentó meter un chiste para aligerar un poco—, que no soltaba su liana hasta que cogía la siguiente.

—Aguantaré lo que tenga que aguantar —respondió su hijo, sin entrar al trapo—. Y luego ya veré.

La conversación tomó un camino agrio, porque Ignacio andaba muy a la defensiva.

—No se te puede decir nada —le reprochaba el padre—. Con ese carácter no vas a ningún lado.

—Ya soy mayor para decidir qué hago con mi vida.

—Entonces ya eres mayor para asumir el coste de tus errores. No van a estar siempre tus padres detrás, con una casa en la que dormir y la cena caliente.

—Bueno —respondió el hijo, con actitud lobuna—. La casa sí que va a estar ahí, que soy hijo único.

—No fuerces la máquina, niño.

Ignacio no entendía que su padre lo que quería era ayudarlo, no echarle cosas en cara, pero se empeñaba en ver la lección como castigo y no como consejo.

Además, los hijos siempre juzgan con una extrema dureza a sus padres.

Pedro Benavides había trabajado durante treinta años en Iberia en un puesto técnico, tras haber fracasado como opositor durante su juventud. Ahora ya rozaba la jubilación, y en su vida profesional no había ningún hecho demasiado meritorio: con el paso del tiempo, y por pura inercia, había acumulado ascensos menores hasta alcanzar un puesto medio de relativa tranquilidad, ni frío ni caliente. Ahí se había mantenido, valorado por sus subordinados como un tipo cercano, y por sus jefes como hombre cabal, capaz de discurrir serenamente por los cauces de la empresa sin dar problemas ni tampoco grandes soluciones. Qué iba a saber él del mundo artístico y sus cuitas.

Por su parte el padre, nada proclive a la discusión, encajaba de mala manera el espíritu entre impulsivo y dubitativo de su hijo. La chulería filial

—fruto de la incomprensión— le hervía la sangre: a los hombres mesurados, el rebelde respondón les parece un completo imbécil, un maleducado que se empeña en traspasar continuamente las fronteras que ellos no llegan ni a rozar, por detenerse mucho antes. También sentía una mezcla de perplejidad y culpa. Ignacio había sido un niño bueno, de notable, con una adolescencia un poco introvertida y literaria; además, tenía cierto don de gentes, una especie de ingenuidad natural algo atractiva, era bastante guapo —en eso sin duda se parecía a la madre; que a los veintitantos él la conquistara se explica solamente por la diferencia de edad y por la seguridad que daba ya entonces con su trabajo formal y sus apacibles maneras—. Podría haber sido un chico feliz, seguro, tranquilo. En lugar de eso, desde que comenzase la carrera iba pegándose cabezazos con la vida. ¿Qué papel jugaba él en el fracaso? Puede que hubiera actuado de manera permisiva, pero no se le puede recriminar a un padre que permita a su hijo intentar realizar sus sueños. La realidad es que, cuando había intentado orientarlo, solo había conseguido rebotes mucho mayores que el desvarío inicial. Siguieron discutiendo.

—Pero ¿qué tienes en firme, Ignacio? ¡Nada! No puedes dejar lo que te da el sustento.

—Ya te he dicho —respondió el hijo, muy harto— que no he tomado ninguna decisión. Que iré viendo.

—Pero nos conocemos. Usa la cabeza, por favor.

—No te preocupes. De hecho —se levantó— tienes razón en una cosa.

Me he quedado demasiado parado. Voy a escribir a este hombre. Necesito noticias.

Dicho esto, se fue. Quizás por evitar continuar una charla trascendental con su padre, Ignacio dio el paso que puso en marcha todo el engranaje.

Escribió a Julio Gasset, que de manera muy natural le dijo que esa misma noche había una fiesta, que estaba invitado y que allí tenía buenas noticias que darle y gente a la que conocer.

Ignacio se duchó, se vistió con la elegancia que estimó posible y salió de su casa agitado y expectante. Era miércoles por la noche.

OceanofPDF.com