Los juegos florales
Primera Parte
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I
Ignacio Benavides vivía en lucha consigo mismo. Hay cabezas así, inclinadas a la duda: no una duda racional, ni filosófica, más bien un desánimo, una atracción negra, fatal, un estado de melancolía hueca, esquivada solo en arrebatos impulsivos; después del impulso, un largo manto de tristeza.
En esas cabezas los pasillos son estrechos.
Llevaba las manos bien pegadas al volante; los ojos, abiertos a fuerza de no querer dormirse. Enfiló la Castellana. Tras la luna del coche despuntaba un paisaje abrumador: era el alba madrileña, la del mes de junio, cuando desaparece el viento y huele a polvo en el Retiro. A lo lejos, las torres financieras hacían de espejismo, reflejando un naciente sol naranja.
Esa noche iba rumiando una frustración abstracta, cualquiera.
Ignacio recordó algunos comentarios de la fiesta, tonterías, frases banales. Las palabras de la gente —lanzadas tan ligeramente al aire—
resonaban después en su cabeza, y le asaltaban la culpa, la pena, y se torturaba por no haber dicho esto o lo otro.
Los afectos de su entorno le resultaban falsos, quizás porque él era incapaz de corresponderlos. Sus amigos no eran realmente sus amigos: con ninguno tenía una intimidad real, la confianza ciega —la vulnerabilidad—
del que se abre y enseña el cuarto desordenado.
En ocasiones, Ignacio desaparecía una temporada y no se lo echaba mucho de menos. Todos conocían su manera de ser: huidiza, esquiva, tormentosa. Nunca había un motivo. Al principio se esforzaba por señalar un tema laboral, o un ligue, o la familia. Con el paso del tiempo, perdió hasta el interés por inventar excusas y, simplemente, se iba. A la vuelta se lo acogía con bondad, pero con la certeza de que más pronto que tarde tendría otro apagón. Por eso sus idas y venidas cada vez eran más frecuentes, y al tiempo menos relevantes.
Esa noche, en la fiesta, una chica le había estado hablando de una serie que acababan de estrenar, y de su novio, y de que irse a vivir juntos había sido una gran decisión, y todo eso le había causado una tremenda violencia.
Para variar, se había excedido con las copas. Se notaba que algo feo le rondaba: bastaba con ver su cara, su turbia cara de niño, la ventana a una cabeza siempre bajo el nubarrón.
Un taxi lo adelantó. Se dio cuenta de que perdía el hilo de sus pensamientos. Mantenía el carril; sin embargo, alternaba unas velocidades rarísimas, torpes, entre la inercia y el empujón. Notó los párpados pesados, cayendo sin remedio. El pedo entraba en la fase de somnolencia. Le vino el pánico. No podía dejarse ir, tenía que llegar a casa cuanto antes. Pisó bien fuerte el acelerador. Espoleado por los agobios y el alcohol, ni reparó en el radar del Hospital La Paz, que rebasó muy por encima del límite.
En la solitud de un coche a gran velocidad se piensan muchas cosas, la mayoría malas. Es como sentarse en el interior de una bala. Apretó los dientes. Tras unos minutos desagradables llegó a casa.
Era una zona residencial a las afueras de Madrid. Los edificios mostraban su ladrillo, ya un poco gastado. Se acumulaban en grupos de seis o doce, formando una urbanización. La puerta del garaje empezó a abrirse con pereza. Ignacio se paró a respirar. Le sudaba el cuerpo. Las manos las tenía rosas y amarillas. Aguantó callado, mirando fijamente a un cubo de basura diez metros más allá.
Ya en el garaje, apagó el motor y relajó los brazos. Había conducido tenso todo el rato, como encaramándose al volante. En el espejo se vio los ojos rojos, la cara seca, rara: ya no era el rostro inmaculado de la primera juventud, tenía algún signo del tiempo, los párpados hinchados, un lunar, la arruga en los contornos de la boca. Aun así, seguía siendo una cara entrañable, con algún rasgo aniñado que le confería cierta candidez.
Veintisiete años que apenas reflejaban los excesos.
Terminado este repaso, cogió sus cosas y cerró el Ford. Se paró a observarlo en la distancia, como si no fuera su coche. Le invadió una solemnidad alcohólica, y rodeado de los vehículos de sus vecinos se sintió muy miserable. Cada vez que actuaba por impulso se moría de remordimiento. Se acordó de su padre: «Ignacio, ¿pero qué futuro es ese?».
Era de una conversación que habían tenido hace años. Él le había argumentado con el arte, la escritura, lo que llevaba dentro. Le daba tanta
vergüenza contrariarle que declamaba con pasión mirando a un bol de frutas, al borde de la encimera. Dentro se formaba una pirámide de peras.
—Ya, Ignacio, pero tendrás que vivir, y de eso es muy difícil.
Y a los argumentos económicos de su padre él respondía con heroicidades de Hemingway, o sufrimientos de Proust, o la sorprendente fama que tuvo Blasco Ibáñez.
—Proust era rico, no me vale.
La discusión crecía hasta un punto de no retorno y al final el padre acababa cortando.
—Hijo, por ese camino no hay más que piedras. Y ser un hombre frustrado es arruinarse la vida. Tú no eres capaz de tomarte nada a la ligera, así que piénsalo muy bien. Creo —esto lo decía frotándose la papada, en un gesto suyo muy característico— que al menos deberías probar con periodismo. Estudiar la carrera.
—Pero yo quiero ser escritor.
—Ya hijo, ya, pero insisto. De algo hay que vivir.
Son de esas conversaciones que se recuerdan con periodicidad, porque con todas tus fuerzas quieres derrotarlas y a la vez ellas avanzan —
inexorablemente— hacia su cumplimiento. Aun así, como el avestruz que mete la cabeza en la tierra, te niegas a aceptarlas. Siempre hay un último tren hacia el futuro. Parado ante la puerta, Ignacio metió las llaves. Nada más abrirla oyó los ronquidos de su padre. Era un hombre gordo. Respiraba como si buscara el aire, ahogándose en cada bocanada.
En la cocina, vio el bol de frutas. Ahora estaba lleno de nectarinas.
Rendido, se fue a dormir.
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