Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 23 de 39

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Los juegos florales

Cap�tulo XXI

XXI

Cuando Ignacio llegó a casa, sus padres ya estaban cenando.

—Lo siento hijo —dijo su madre—, no sabíamos cuándo ibas a venir y no te hemos esperado.

—No pasa absolutamente nada.

Se sentó con ellos y se sirvió. Había gazpacho y pechugas de pollo con patatas Lay’s. Llegaba todavía con la excitación de su encuentro con Claudia; de alguna forma, sentía que su olor seguía pegado al suyo, aunque apenas hubiera habido contacto; escuchaba en su cabeza la voz grave y engolada, amable. Si Claudia viera esto, pensó, si Claudia viera mi cena, a mis padres, mi casa, seguro que se sorprendería. O a lo mejor le encantaría.

No lo sé.

—Quiero pediros perdón por mi actitud últimamente —dijo Ignacio, mientras abría un yogur—. Sobre todo a ti, papá. Te dije cosas que no debería haber dicho y que además no son justas.

Los padres dejaron de comer su postre y le prestaron atención.

—Como sabéis, he tenido un tema ahí que me ha trastocado un poco. Y

soy consciente de ello. Pero quiero deciros que todo está bastante encaminado ya. Por fin me están saliendo las cosas bien. Y eso me ha hecho darme cuenta de cómo os he tratado. Os quería dar las gracias por aguantarme. De corazón.

Tenía una expresión magnánima en el rostro, lúcida.

—Hijo mío… —alcanzó a decir su padre, visiblemente sorprendido.

—Es verdad. Aunque suene a niño pequeño, no me he portado bien.

Se dieron un abrazo los tres. Ignacio susurró a su madre que lo sentía mucho, que le estaba muy agradecido y que la admiraba y la quería como a nadie en este mundo.

—No me digas eso que me pongo a llorar, Ignacio.

Los padres —especialmente las madres— siempre le van a perdonar todo a un hijo.

—Y cuéntanos, ¿qué novedades tienes? —preguntó su padre cuando terminó el abrazo, un poco congestionado por los afectos y la resistencia al llanto.

—En unos días hay una reunión con la productora y ya se firmará todo.

El proyecto sale adelante. Vengo de estar con la que va a ser la actriz protagonista —fue inevitable que se le escapara una sonrisa al suelo, reveladora—. Todas las piezas encajan y la máquina está en funcionamiento. He de decir que yo, por mi parte —aseveró, refiriéndose a los muchísimos e-mails que había enviado sin descanso a Inma Reguilón y que habían teniendo el silencio como respuesta—, también he ayudado a desatascar algunas fases del proceso.

Hablaba con un convencimiento nunca visto en él.

—¿Y el trabajo? —preguntó el padre, temiéndose lo peor.

—No te preocupes. Voy a ser razonable y responsable. Seguiré mientras lo pueda compatibilizar. Es un mundo muy incierto y nunca se sabe. Solo cuando las cosas me vayan bien en lo otro me plantearé dejarlo.

Estas afirmaciones de madurez, dichas tan a la ligera, nacen de la esperanza que tienen los jóvenes en que nunca se tengan que cumplir. Aun así, los padres se alegraron de su sensatez.

—Mañana os quiero invitar a cenar —dijo Ignacio—. Y no recojáis nada.

Ya me encargo yo.

Al día siguiente fueron los tres a Numa Pompilio, un italiano bueno de la calle Velázquez. Durante la conversación con Claudia Lanza había salido un par de veces —por parte de ella, no de él, que no sabía nada de ese mundo

—, para referirse a lo bonito y estiloso que era. Tuvieron suerte: normalmente habría sido difícil conseguir mesa con un día de antelación, pero unos mexicanos habían cancelado su reserva en el precioso patio interior justo antes de que Ignacio llamase, así que no hubo problema.

El aparcacoches se llevó el Ford Fiesta blanco al parking más cercano, sorprendido por la cantidad de CDs de Joaquín Sabina que había desparramados en la guantera y los laterales. Los condujeron a la mesa.

Iban arreglados, los chicos con americana y todo, y aun así les sorprendió la elegancia de los comensales cercanos —esto no lo comunicó ninguno de los tres en alto, pero lo pensaron todos—. De entrantes pidieron ensalada de

Burrata con tomate Ángel y un vitello tonnato. Ignacio optó por unos tagliolini de setas en rueda de pecorino de plato principal. El padre, rigatoni con salsa amatriciana, y la madre, menos glotona, un lenguado al limón de Capri. Antes de que llegaran los primeros platos les sirvieron unos tarritos de aceite de oliva, unos grissini, varias pequeñas rocas de parmesano y panes de diversa clase para elegir. De beber, por recomendación del sumiller, un vino tinto de Toscana.

Los tres estaban muy contentos. Charlaron animadamente, y a la segunda copa la madre confesó que estaba pensando en matricularse en Filosofía por la UNED, cosa que a todos sorprendió mucho y que fue muy celebrada.

—Con un hijo intelectual tengo que estar a la altura —dijo, entre risas.

La noche, no muy calurosa, acompañaba. La gente era guapa, la decoración tenía ese aire decadente del país de la bota, de siglos de arte y Mediterráneo. Luces y vegetación embellecían todo. Un lugar en el que, efectivamente, uno podía imaginarse a Claudia Lanza, por desgracia con Julio Gasset, aunque Ignacio, en su estado de efervescencia, se decía a sí mismo que tenía un plan y que era capaz de conseguir lo que se propusiera.

Un hombre mayor, de unos ochenta años, se levantó en la mesa contigua y pronunció un brindis.

—Por mi familia, que es lo que más quiero. Ojalá tener otros tantos cumpleaños para poder disfrutar de vuestra compañía. Gracias por esta cena.

Los Benavides se unieron al brindis desde su sitio, alzando las copas de vino, mientras el señor se sentaba y sus hijos y sus nietos le daban un tímido aplauso que pronto acabó convertido en un aplauso global de todo el patio interior del restaurante. El hombre primero sonrió y luego acabó llorando, sobrecogido por el homenaje espontáneo de tantos desconocidos.

—Disculpadme —murmuró.

El resto de la cena reinó un ambiente casi fraternal entre todos los que se encontraban allí esa noche. Tras los postres llegó la cuenta. Ascendía a 198

euros. Los padres miraron al hijo. Él los tranquilizó negando suavemente con la cabeza y sacó su tarjeta de crédito.

—No os preocupéis. Ya dije que invitaba yo.

Pagó todo, y con gusto. Estaba convencido de su buena suerte.

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