Los juegos florales
Cap�tulo XVI
XVI
Julio se abstrajo mirando la gigantesca fotografía en blanco y negro que tenía de Serge Gainsbourg. Lo hacía mucho: su gesto adusto, seco, arrogante; su expresión frívola y a la vez consciente; sus ojos de sospecha; su porte contrahecho, corregido con un traje cruzado de raya diplomática…
Le daba una energía especial, una fuerza para pelear contra las curvas de la vida, las obligaciones, la burocracia. Gainsbourg era el Baudelaire del siglo XX: había hecho brotar flores del mal absoluto de su fealdad. Su carrera de músico (monumental, incisiva) era una anécdota al lado de su carrera como conquistador. Nunca un hombre tan limitado por su apariencia alcanzó tan altas cotas. Era el triunfo de la personalidad. De la mitología. En 1967 fue novio de Brigitte Bardot. En 1968, de Jane Birkin. Nadie, jamás, volvió a repetir semejante gesta. Y siempre decadente, elegante, mordaz. La vida, pensaba Julio, hay que cogerla como Serge: sorberla, exprimirla, empapar los morros en ella hasta que el atragantamiento no nos deje respirar.
Claudia se levantó con la carita caliente, semidesnuda, y bebió café. El aire leonado de su pelo la hacía parecer hippie. Julio la admiró en silencio, con cierto orgullo de pecho henchido, puede que hasta con vulnerabilidad.
Luego la acompañó a sus clases de interpretación en el Estudio Ravello. Era un centro de artes dramáticas prestigioso, probablemente uno de los más importantes del país. A la entrada, vio a varias chicas de la edad de Claudia, con una apariencia similar. Se iban a dar un beso, pero al final no se lo dieron. Su relación, fuera lo que fuera, tenía mucha intensidad: en la última semana se habían visto casi todos los días. Encajaba en la personalidad de ambos, proclives al encantamiento.
Volviendo a casa, con el aire acondicionado a tope, pensó en escapar a Mallorca. Su familia tenía una villa en un paraíso aislado, uno de los escasos lugares que quedaban sin masificar de la isla. Él era, de facto, el único que la usaba. En cuanto dejase atados los asuntos de Madrid podría
huir a Baleares. La compañía no sería problema. El coche (un Mercedes Benz clase E antiguo, la cumbre de la fiabilidad y la durabilidad) salió fuerte del semáforo cuando Julio acarició el acelerador. Después se perdió en la M-30.
Gladys le había preparado una comida sana y nutritiva: una vichyssoise fresquita y una merluza al horno con limón. Comió con parsimonia. Estaba pensativo. Tenía una cita por la tarde en su gestoría. Bebió el café y hojeó un libro de fotografías de Helmut Newton, Sumo, editado por Taschen. En su mayoría eran desnudos femeninos, muy sexuales, casi siempre mujeres bellísimas, espigadas, con tacones; una visión lasciva, gloriosa, una mirada que las divinizaba y a la vez las desposeía de cualquier atributo no erótico o sensual. De alguna forma, una instantánea titulada Walking Women (París, 1980) le puso nostálgico. Era muy simple: cuatro mujeres desnudas (salvo por los mencionados tacones, que debían ser una obsesión personal de Helmut) caminando cada una en una dirección, con un fondo estrictamente neutro. La del centro, rubia, con un peinado como de cine clásico, era la más bella, probablemente una de las mujeres más bellas que habrían pisado la tierra. Por su postura, era la única a la que no se le veía bien ni la cara ni el pubis. Quizás fuera eso. Suspiró. Fotografías que en los años 70 habrían sido liberadoras, controvertidas, incluso «progresistas», ahora estaban ya consideradas como el límite de lo retrógrado. En poco tiempo, pensó Julio, habrá que mirarlas como a las revistas porno de la primera adolescencia. A escondidas. Pero con el agravante de que esto es arte.
También había alguna foto de chicos duros, tipo Nicholas Cage o Mickey Rourke, aunque en esas apenas se detuvo.
Pidió un Uber (en el centro es complicado aparcar). Con la relajación habitual llegó unos minutos tarde. Miguel Ángel Fuentes lo esperaba en la puerta, fumándose un cigarrillo.
—¡Julio! Pasa. Está Marga arriba. Ahora mismo subo.
Se notaba que entre ambos había confianza, casi amistad; de lo contrario, jamás un administrador hubiera mandado esperar a un cliente solo porque se estaba fumando un pitillo. Marga, tan amable como siempre, le preguntó por sus vacaciones, por su vida, sus proyectos. También le contó que Pablete, su hijo mayor, había sacado todo sobresalientes y un notable al acabar el curso.
—Mejor —respondió Julio, cariñoso—. Así tiene margen de mejora.
Pronto subió Miguel Ángel y entraron los tres a la sala de reuniones. La secretaria les trajo agua y vasos en una bandejita de plata.
—Bueno —empezó Miguel Ángel, ajustándose las gafas—. Vamos a comenzar haciendo el repaso de siempre a toda tu cartera de inmuebles.
Eran una pareja que se complementaba a la perfección: Miguel Ángel, de cuarenta y siete años, alto, miope, profesional; Marga, de cuarenta y cinco, encantadora, dinámica, directa. Ambos se conocieron en la carrera, estudiando Derecho. Se hicieron novios y desde entonces, hasta ahora.
Habían creado la gestoría tras el intensivo fogueo de los despachos de abogados. A pesar de unos inicios difíciles, habían conseguido sacar adelante una considerable cartera de clientes, entre los que se contaba en su día el padre de Julio y, a su muerte, él mismo. Con sus gustos moderados, su bondad y su meticulosidad, uno hubiera podido imaginárselos perfectamente como un matrimonio relevante y asentado de una capital de provincias, una de las fuerzas vivas, que los domingos al mediodía se juntaría a comer con el notario, el dentista y el teniente de alcalde, si este fuera del PP.
Tanto Marga como Miguel Ángel abrieron casi al unísono unas carpetitas y empezaron a repasar, turnándose con total fluidez la palabra y las observaciones.
—Maldonado, 11 —empezó Miguel Ángel—, 3.º B. Noventa y seis metros cuadrados, exterior. Inquilinos: los noruegos, ya sabes. 1.850 euros mensuales. Este mes hacen dos años ahí. Sin quejas, sin comunicación, como son ellos. Pagan religiosamente —pasó página—. General Oraá, 73, 5.º Derecha. Ciento diez metros cuadrados, exterior. Matrimonio de treinta y pico, con dos hijos. 2.430 euros mensuales. Han tenido algún lío con la luz; por lo demás, amables y sin problemas.
—Tenemos que hablar con Ricardo de eso, por cierto —interrumpió Marga.
—Sí, es verdad.
Que resolvieran ese tipo de pequeñas intendencias era lo que les convertía en unos administradores de categoría. Si no, ser propietario acababa resultando un drama, una devoción perpetua hacia los inquilinos, que siempre tienen quejas y reclamaciones.
—Rafael Salgado, 9 —siguió Marga, con naturalidad—, 17.º Izquierda A. Ciento ochenta metros cuadrados, exterior. 2.800 euros mensuales. Este
es el del forofo del Real Madrid. Ni un incidente. ¿Te acuerdas —le preguntó a su marido— cuando se lo enseñamos? Al ver el Bernabéu desde la terraza casi se le cae una lagrimita. Y es que el piso está muy bien.
Siguiente. Larra, 12, 4.º Derecha B. Ochenta y un metros cuadrados, interior. 1.300 euros mensuales. Un matrimonio joven, simpáticos, apenas llevan medio año. Modernos: él lleva el pelo muy largo, ella está completamente tatuada.
Marga tenía una forma de discurrir todavía más compuesta y profesional que la de su marido; por el tono de voz, la descripción de los inquilinos podría ser la de una plaza de garaje, a pesar de que hiciera comentarios sobre su aspecto o su origen que, en algunos casos, sobrepasaban lo estrictamente necesario.
—El local comercial de Almagro, 34 —dijo Miguel Ángel—. La joya de la corona. Doscientos treinta y cuatro metros cuadrados. 14.000 euros mensuales. Hablé la semana pasada con ellos. Ya sabes que el contrato vence en seis meses. Tenían intención de renovarlo. Yo supongo que nos intentarán apretar un poco el precio, pero vamos, no habrá problema.
—Bueno, si nos piden una pequeña rebaja, no deberíamos poner pegas,
¿no? —intervino Julio—. El año pasado fue bastante duro.
—Teniendo en cuenta el valor del metro cuadrado en la zona, creo que ya estamos por debajo del precio de mercado.
—Eso es —añadió Marga, mirando seguidamente a su cliente—. No deberíamos ceder, Julio.
—Vosotros sabéis mejor que yo —zanjó el tema con una sonrisa galante, reconociendo una derrota que, en realidad, significaba más pasta para su bolsillo.
Repasaron un par de viviendas más de poca entidad, y luego llegaron a un tema que parecía más espinoso.
—El ático de Alfonso XII, 4. Entiendo que no has cambiado de opinión.
—Así es —respondió Julio, serio—. Ya sé que es un activo muerto. Pero quiero conservarlo así.
En la fachada había una placa que conmemoraba el nacimiento del filósofo e intelectual José Ortega y Gasset en ese mismo edificio. La coincidencia del (medio) apellido era, por supuesto, casual.
—Tu casa de Puerta de Hierro, ¿todo en orden? —dijo Marga.
—Sí. Y la piscina este año perfecta. Hicimos bien en arreglar el sistema de depuración.
—No sabes lo que me alegro —contestó Marga, con una sonrisa que inspiraba la mayor de las confianzas.
—Pasando a tus propiedades fuera de Madrid, la reforma de la casa de Mallorca va a alargarse un pelín más, según nos dice el contratista —
informó Miguel Ángel, que lo tenía apuntado en algún lado—. Aquí está.
Dice que dos semanas.
—¿Dos semanas?
—Me temo que sí. Voy a llamarle en cuanto acabemos para apretarle más las tuercas.
—¿Y Marbella?
—Marbella sin novedad, como siempre.
Después de despachar unos asuntos de índole fiscal, el matrimonio se dio por satisfecho. En general estaban gestionando bien la cartera de su cliente; si él les dejara, la gestionarían todavía mejor: al ático de Alfonso XII, con sus vistas al Retiro y la Puerta de Alcalá, se le podía sacar un dineral. Pero había razones sentimentales que lo impedían. Antes de dar por terminada la reunión, Marga recordó una cosa.
—Por cierto, Julio. La mujer de tu amigo, el del Callejón del Mellizo, quiere verte. Tiene un lío con un tema de las facturas, o algo así. No se ha explicado muy bien, la verdad. Yo le he insistido en que de esos temas nos encargamos nosotros, pero no ha querido. Como son amigos tuyos, te lo cuento, si no, lo habríamos resuelto.
A Julio no le hizo ninguna gracia esta noticia. El rostro le adoptó una forma casi desconocida: ira, desaire, sorpresa.
—Qué querrá esta mujer ahora…
—Ni idea. Pero es, sin duda, la propiedad que más problemas da. Y es inexplicable. Al fin y al cabo, les estás haciendo el favor de dejarles el piso gratis.
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