Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 31 de 39

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Los juegos florales

Cap�tulo XXIX

XXIX

Volvió a tener Ignacio la sensación de nebulosa, de sueño. Era un estado de ánimo similar al que lo había acompañado en otro viaje infausto. Bajo esta forma, los acontecimientos se suceden a la fuerza, como una película, sin que podamos intervenir en ellos. Hecho un manojo de nervios, con la cabeza caliente de vergüenza y timidez, Ignacio llegó al lugar.

Claudia Lanza lo saludó, efusiva como siempre, posando su brazo delgado sobre el hombro de Ignacio al darle dos besos. Llevaba un atuendo informal: parecía haberse quitado alguna capa de complicaciones. Los demás invitados tenían un aire similar. Había algunas caras repetidas de la fiesta en Madrid a la que fue con Julio Gasset. Por lo visto, los círculos no eran tan amplios.

—¿Y tu amigo?

—Mi amigo se ha puesto enfermo. Me ha dicho que hoy se queda en casa, que por lo visto ayer…

Claudia se rio.

—Oye, ¿lo conozco? ¿Cómo se llama?

—Álvaro.

Ignacio miró nervioso alrededor, como si estuviera acorralado. Santiago Isla, que estaba entre los repetidores, se unió a la conversación.

—¿Álvaro Egea?

—Sí —respondió Ignacio sin pensar.

—Joder, y tanto. Ayer estuve con él. Buen tipo. No sabía que os conocíais.

Claudia dejó pasar el tema y siguió conversando amablemente con Ignacio, que suspiró. Aun así, pronto se trabó por los nervios y no dejó que fluyeran de manera natural las palabras. Además, todo el mundo reclamaba a Claudia. Su atención, que Ignacio creía en propiedad, se dirigía en todas direcciones; el mismo encantamiento con el que ella escuchaba sus historias

lo prodigaba con esta u otra amiga, con aquel, con el de al lado. Tenía la extraña virtud de hacer sentir especial a todo el que hablaba con ella.

Este poder es peligroso: aun usado de manera inconsciente —porque las cosas que nacen de la personalidad son inconscientes, un reflejo automático del carácter— puede provocar la desgracia del otro, que siempre va a buscar una explicación lógica, un plan ulterior, una trama del mundo contra él; pero no, no hay más que naturaleza. Cada día de la vida va forjando de manera sutil la personalidad, que luego se presenta como un todo.

El granito gallego, la cercanía del mar, la humedad y las brisas frías desubicaron a Ignacio. No había venido correctamente vestido: el vello de los brazos se le erizaba debajo de la camisa fina y los pantalones veraniegos. El frescor del césped se colaba por sus zapatillas deportivas, sin calcetín. Pronto se sintió desplazado. El malestar le hizo pasarse con las copas, poniéndolo en peligro de correr una suerte similar a la de su falso amigo. Por lo menos, el ir y venir a por los hielos y el alcohol le hacía aparentar cierta ocupación, era un vacío enorme de tiempo que había que ocupar como fuera. Los tímidos —o aquellos, en general, con escasas habilidades sociales— sufren de repente abismos en las fiestas, agujeros negros imposibles de saciar entre una conversación y otra. Al final, te arrimas a cualquiera venciendo tu propia resistencia.

Ignacio se acercó de nuevo a Santiago Isla, que rellenaba su copa en solitario.

—Isla —dijo, con una afabilidad que sonó falsa—. ¿Qué tal va ese libro tuyo?

—Acabando ya —respondió el otro, sin levantar la mirada.

—¿Ya? ¿En tan poco tiempo?

—Escribo rápido —dijo, mientras removía el interior del vaso con el dedo anular. Luego se lo chupó. Por supuesto no se interesó por los proyectos de Ignacio.

Isla dio un trago tras secarse el dedo y estudió a Ignacio de arriba abajo.

Después dibujó una sonrisilla.

—¿Álvaro Egea? Por favor. Es lo primero que se me ha ocurrido y has dicho que sí sin pestañear.

Ignacio se asustó.

—No te preocupes —siguió Isla, dándole una palmadita autosuficiente en el pecho—. Me la pela. Me gustan las historias. Con Claudia, ¿qué?

—¿Con Claudia qué?

—Nada, nada —dijo Isla, desistiendo, divertido—. Tranquilo. Lo entiendo. Yo también he hecho alguna pirueta de estas. Pero ten cuidado con eso, ¿eh? A cada cosa, su justo peso.

Ignacio siguió callado. La ligereza con la que esta gente hablaba, la naturalidad con la que se regalaban cariños, siempre lo descolocaba. Isla lo obsequió con un último consejo.

—¡Un poco de sentido del humor! Que sin humor todo es muy feo. Un hombre que ríe nunca será peligroso, decía Laurence Sterne.

Era un pedante y un pijo.

Después se fue porque sonaba su tema, una canción africana en un idioma desconocido. Ignacio tuvo algunas conversaciones banales más.

Bailó un momento con Claudia, pero la patosa descoordinación de sus pies enseguida la disuadió.

—¡Qué alegría que estés aquí! —dijo ella—. ¿Hasta cuando te quedas?

—No lo sé todavía. Hasta que me deje mi amigo.

—Genial. ¡Ya hablaremos! Sigo entusiasmada preparando el libro.

Después se fue a bailar con otro grupito igual de entusiasmada.

La casa era grande, un poco solitaria al estar apartada del grueso de la ciudad. Si no fuera por la música que salía de un altavoz Marshall, no se escucharía más que rumor de campo y algún lejano motor de carretera secundaria.

Pasó un tiempo indeterminado, que a Ignacio se le hicieron horas, pero que probablemente no fuera tanto. Al fin, harto de vencerse, se despidió.

Todos le dijeron adiós con amabilidad y a los pocos pasos se encontró en la quietud del campo gallego. Le esperaban cuarenta minutos de paseo solitario hasta su hotel.

En el camino, una serie de remordimientos le asaltaron. No se podía ir al encuentro del destino con semejante espíritu de pánfilo. Las oportunidades hay que agarrarlas por el cuello. Sintió desvanecerse el ánimo del último mes, ese que le impulsaba a ser genial, confiado, magnánimo. Su cerebro era un rompecabezas. Maldijo de nuevo a Julio Gasset. Recordó un pasaje de Darse cuenta y fervientemente deseó que su porvenir no fuera el mismo que él había escrito, por mucho que a veces el inconsciente intuya el futuro que viene:

La duda lo consume todo. En el abismo de la duda me voy perdiendo. Es un mensajero de otra parte. Un ave carroñera. Si la duda me picotea el cuerpo es porque ya estoy muerto. La duda vive en mí porque ya conoce algo que yo todavía desconozco. La duda me consume. No. Mejor. La duda ya me ha consumido.

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