Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 19 de 39

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Los juegos florales

Cap�tulo XVII

XVII

Ignacio Benavides le contó todo a Uxía en la comida.

—Ven, te invito al Vips.

Se sentaron en la mesa roja e Ignacio comenzó, primero con rodeos y después de manera cada vez más precisa, a narrar su último mes, que tantas comeduras de coco le había traído.

—Enhorabuenísima por lo del libro —fue lo primero que dijo Uxía al conocer el interés que había suscitado.

La verdad es que ella no lo había leído: aunque hubiera querido, con la quiebra de la editorial poco después de su publicación, se hacía imposible conseguirlo de una manera convencional; además, Ignacio no lo iba contando o anunciando por ahí; al contrario, era un pasado incómodo que tendía a evitar, como los motivos de una ruptura sentimental —si esta viene por un fallo nuestro—. Una vez pasado el titubeo inicial, sonó convincente, liberado; poseía una clarividencia extraña, un poco en contradicción con el que era su estado de ánimo habitual. Uxía le interrumpió únicamente para hacer algún comentario elogioso. Tenía la virtud de saber escuchar, o de no juzgar, por lo que estaba acostumbrada a este tipo de situaciones: no era la primera vez que alguien le confiaba un secreto íntimo o una angustia tremendamente personal. Estas cosas, por la condición humana que nos une, se intuyen.

—Y a ti ¿qué te parece todo? —preguntó Ignacio, al terminar.

—Son tantas cosas… —respondió Uxía—. Es impresionante. Te lo mereces.

No pareció satisfacerle mucho la respuesta.

—¿Y cómo hago que avance?

—¿Que avance?

—Sí. Que siga rodando. Esto lleva unos días parado. No sé si escribir, si presionar, si aguantarme…

—Nacho, yo es que de este mundo no sé tanto.

Ignacio calló un momento, como saboreando una duda.

—Pero tú habías estado en Soromedia, ¿no?

Justo les trajeron la comida. Era una oferta nueva, el Menú Smart. Por solo 9,95 se incluía plato principal, bebida y postre. Ignacio había pedido el sándwich Fundy O’Clock. Uxía, la Cheeseburger Grande. Vino a la vez que las bebidas.

—¿Coca-Cola Zero? —preguntó la camarera, una mujer latina de pelo rizado.

—Yo —respondió Ignacio.

—Y el Nestea para ti, cariño. ¡Que disfruten!

Uxía quiso abalanzarse sobre la hamburguesa, pero tuvo que reprimirse por consideración. La verdad es que el Grupo Vips, que en su día había traído la modernidad a España —entiéndase modernidad como tortitas y hamburguesas, un sueño que entonces resultaba suculento, americano, pero que la creciente preocupación por la salud había revelado como peligroso, una especie invasora en el hábitat natural de la dieta mediterránea— estaba pasando un mal momento: no era de extrañar que tiraran tanto los precios, con la esperanza quizás de competir con McDonald’s o Burger King.

Ignacio la miró demandando una contestación.

—Sí —respondió Uxía, retomando, un poco insegura del objetivo de la pregunta—. Estuve casi un año de becaria de producción.

—¿Y qué tal es esa vida?

—Pues depende. La parte de oficina, como cualquier otra. Los rodajes son un mundo.

—¿Por?

—Tienen sus puntos buenos y malos —dicho esto no se reprimió más y pegó un buen mordisco a la hamburguesa. Luego lo bajó con un trago de Nestea.

Ignacio la imitó con su sándwich. Esperó a que terminase de masticar para exhortarle a que continuara con la historia.

—A ver —siguió Uxía—. Lo malo es que no hay horarios, ni fines de semana. Es muy esclavo. Y que a veces se crean situaciones de tensión muy feas. Por egos, o porque las cosas no salen. ¿Lo bueno? Te diría que las fiestas. Y que no te aburres nunca.

—¿Y por qué lo dejaste?

—No lo dejé. No me renovaron.

Ignacio puso una mueca de disgusto, más por haber errado la pregunta que por compasión. Los dos dieron más bocados a su comida y pausaron la conversación.

—¿Y sigues manteniendo relación con gente de la productora? —siguió Ignacio, poco después.

—No mucho. Fue hace como cuatro o cinco años. Pero Nacho —dijo ella, mirándole a los ojos con inquietud—, ¿por qué me estás preguntando esto? ¿Tiene algo que ver con tu libro?

Ignacio sonrió. Era la imitación de una sonrisa ufana que ya había visto antes.

—Te cuento. He estado investigando. Este hombre del que te hablé, Julio Gasset, el que está detrás de todo esto, ¿sabes quién te digo? Bien, pues él mencionó varias veces el nombre de Inma Reguilón.

—Ya sé por dónde vas —dijo Uxía, asintiendo mientras daba unos tragos de Nestea—. Pero no sé si voy a serte muy útil. Yo a Inma la traté muy poco. Y es una tía de cuidado, además.

—¿Por?

—Porque es… —y esto lo dijo con cierta timidez, como si le diese apuro soltar un taco—. Es una tía con un par de huevos.

—¿Y no tuviste nada de nada de relación con ella?

—La única vez que habló más de diez segundos conmigo fue para echarme la bronca porque me había equivocado con unos plazos de entrega.

Ignacio no dejó que esto lo desanimara.

—¿Y no tienes ni una dirección de mail?

—Supongo que sí, pero, aunque la tenga, mandarlo a puerta fría no va a funcionar. ¿Eres consciente de la cantidad de propuestas que les llegan a diario?

—Hasta donde sé —dijo Ignacio, repasando de cabeza las palabras de Julio—, ya ha habido o va a haber algún tipo de contacto por vía directa. Es simplemente por si puedo acelerarlo.

Uxía dudó. No tenía ya vinculación con Soromedia y sí muchas ganas de ayudar, pero le parecía un poco disparatado todo, como de alguien que no conocía el mundillo ni los resortes que lo mueven. Ignacio la miraba muy fuerte: podría parecer que usaba algún oculto poder psíquico.

—Por favor, Uxía…

Uxía era tan buena que le salía decir que sí a todo.

—Está bien —dijo finalmente, cediendo, mientras apuraba los bordes de su Cheeseburger—. Y puedes mencionarme, si quieres. Total, no me va a conocer.

Sonrió y se le cayeron unas miguitas de pan labios abajo.

—Gracias.

—Pero estas cosas siempre es mejor que las haga el contacto directo. Al menos esa es mi experiencia.

—Al contacto directo —respondió Ignacio, un poco chulo— a veces hay que darle un coscorrón. Que se enreda mucho en sí mismo.

Llegaron los postres. Uxía comió tortitas con nata y sirope. Ignacio iba a pedir un café, pero lo cambió por una bola de helado con la intención de ofrecerle la mitad a Uxía.

—¿Quieres probar tú de mis tortitas?

—No, no te preocupes. He comido bastante.

Luego hablaron de otros temas. Uxía contó que tenía intención de mudarse de piso, que el suyo era muy viejo, pero que de momento no había encontrado dónde o con quién.

—¿Y no tienes amigas del colegio que estén igual que tú?

—¿Del colegio? —preguntó Uxía, y le salió mucho acento gallego al preguntar—. Están todas con novio o casadas. Aquí donde me ves, yo fui a un colegio del Opus.

Al terminar Uxía su postre Ignacio pidió la cuenta y pagó. En ese breve lapso de tiempo —y en el pequeño paseo hasta volver a su puesto de trabajo

— siguió dándole coba a su compañera, que le habló de Japón, de sus anteriores cortes de pelo —esto con un extraño tono de melancolía— y, por último, de su milagroso metabolismo, que le permitía zampar y zampar sin engordar ni un gramo. Se despidió de él agradecida, como si fuera ella la que hubiera recibido el favor. Muchas veces, las personas solamente necesitan un poco de atención.

A todo esto, Braulio había comido solo. No le importó ni a él ni a los demás.

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