Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 22 de 39

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Los juegos florales

Cap�tulo XX

XX

Podría haber sido un paseo agradable, de no ser por el sol y los nervios.

Ignacio Benavides se bajó en la estación de metro de Colón. Frente a él ondeaba la gigantesca bandera de España. Alrededor de esta, edificios de diversas eras —unos bonitos, otros horribles— peleaban por imponer su estilo, dejando a la plaza en una indigencia estética total, quizás mitigada por la estatua blanca de una niña con ojos cerrados en uno de sus extremos.

Maldijo el calor madrileño de julio, esa bola implacable y africana.

Subió por la calle de la Armada Española, aliviado por la sombra que proyectaba el lateral de la Biblioteca Nacional. En Serrano giró a la derecha. Las aceras seguían moderadamente concurridas, teniendo en cuenta la fecha. Pronto no quedaría ni dios. Lo flanqueaban las tiendas de lujo, con sus vistosos escaparates. Se sentó en la única mesa libre de la terraza del Cappuccino Madrid. Antes hizo un barrido con la mirada, esperando encontrar una cara concreta. No la vio, a pesar de ser ya la hora convenida. Quitando dos o tres parejas de mayor edad, la mayoría de los clientes eran jóvenes, de dieciocho a treinta y cinco años, y charlaban animosamente mientras bebían cervezas o copas de vino. Se fijó en un grupo determinado: ellos iban entre clásicos y modernos, con camisas lisas, pantalones de lino, alguna gorra y zapatillas a la moda; ellas, más jóvenes, enseñaban el ombligo o los brazos o las piernas, también en ese cruce de antiguo y contemporáneo. Pidió una cerveza para serenarse. En su frente se adivinaban algunas pequeñas perlas de sudor.

Claudia Lanza llegó veinte minutos tarde, cuando Ignacio andaba ya por la segunda cerveza. Llevaba un vestido ligero de color limón, con motivos florales, y unas sandalias de Massimo Dutti (esto lo supo Ignacio porque, justo después, al sentarse, dejó que una de ellas se deslizara levemente sobre el pie, como dudando, y en ese balanceo asomó el nombre de la

marca en la planta del calzado). Se dieron dos besos de cortesía en la mejilla.

—¡Qué ilusión conocerte! —dijo ella, en una sonrisa espontánea que le llenó la cara de pómulos.

Pasaron unos segundos raros mientras Claudia intentaba llamar al camarero para que le sirviera algo.

—Una copa de vino blanco, por favor —dijo al conseguirlo—. ¿Tú quieres algo más?

—De momento estoy bien, gracias.

Ella llevaba en su mano una copia de Darse cuenta, de la que sobresalían varios pósits y marcadores, como de estudiante universitaria.

—Lo primero de todo, que sepas que estoy fascinada con tu libro. Me lo estoy leyendo y releyendo por trabajo, pero también por placer.

—Muchísimas gracias.

—Ya te dije por teléfono —siguió ella— que Julio tiene la intención de que yo interprete a la protagonista femenina, y parece que la gente implicada también.

—¿Sabes en qué punto está eso? —preguntó Benavides, apresurado—.

Hace tiempo que no hablo con él.

—Sí, bueno. Parece que todo va hacia delante. Creo que en unos días tienen la reunión importante con Inma Reguilón, la productora. Con su último sí, ya estaríamos en marcha.

Ignacio Benavides se acordó de lo que le había dicho Julio de ella: «Es la que decide qué películas se hacen y cuales no en nuestro país». Quiso pensar que sus múltiples correos, aunque sin respuesta, habían tenido el efecto de hacer que todo echara a rodar. Se relajó un poco.

—Maravilloso.

Le había dado algo el sol en los últimos días, estaba más guapo. Claudia siguió hablando.

—Yo, que soy algo nerviosa —exhibió una sonrisa que hacía ver que no lo era, se trataba de una cortesía, como afirmar en las entrevistas de trabajo que el mayor defecto es el perfeccionismo—, he querido adelantarme a los acontecimientos y empezar a prepararlo ya. Hablé con mi coach de actuación, Gio Fosca, no sé si lo conoces.

—Me temo que no.

—Bueno, es una eminencia. Me insistió en dos cosas: que tenía que conocerte a ti para llegar al fondo de la historia y que, a lo mejor —esto lo dijo con más tiento—, puede ser buena idea cambiar el punto de vista de la narración, haciendo que la protagonista de verdad sea la chica. Que, por cierto, ¿cómo se llama? No se dice en ningún momento.

Ignacio, que desde la primera aparición de Julio había tenido tiempo para teorizar las decisiones inconscientes de su obra, dio una explicación.

—No se dice el nombre porque es todas las mujeres y ninguna. Quería que fuera universal. Y también para justificar ciertas actitudes frías. Al ser un ente más «abstracto» —hizo el gesto de las comillas con los dedos— el lector se lleva esa impresión como de adoración, de lejanía, a veces de irrealidad incluso; casi parece un sueño.

Esto lo dijo con mucho aplomo, tanto que a Claudia le gustó y él se sorprendió a sí mismo.

—De todas formas —siguió, como entrando en razón— habría que darle un nombre, obviamente. Y lo del punto de vista, no me parece mal per se, entiendo que es un trabajo más de guionista y yo ahí no debería intervenir demasiado.

Se encontraba muy consciente en su papel. Había investigado el tema, había frito a Uxía a preguntas sobre los procesos de adaptación, los rodajes, las decisiones…

—¿Y en quién está inspirado? —preguntó Claudia, traviesa.

Ignacio se ruborizó y sonrió.

—En una novia que tenía cuando lo escribí, que me dejó el corazón un poco machacado.

—Podría llevar su nombre. Por mantenernos fieles a la realidad.

—Se llamaba Carlota.

—¡Es un nombre precioso! Tengo una prima que se llama Carlota.

¿Carlota qué más?

—Carlota Ron.

—Bueno, es que es un nombre de novela total. Ahí dejaste pasar una oportunidad.

—Creo que fue de manera consciente —respondió él.

Las primeras impresiones, qué importancia tienen. Uno puede vender su personalidad de una manera concreta, o tener un momento de fulgor, y que

ese sea el marco en el que se encuadra nuestra imagen para siempre a los ojos de otro.

Claudia seguía con el balanceo de su sandalia.

—¿Y cómo era ella? —preguntó—. Perdona si estoy siendo muy personal, no quiero agobiarte. Es para prepararme.

—No te preocupes. Es difícil de explicar. La verdad es que ya han pasado muchos años… Es como si la idea que tengo de ella estuviera deformada por lo que he escrito. No sé cómo separar una de otra.

Hubo un silencio, en el que claramente se esperaba un desarrollo.

—Siendo honestos, era en apariencia una chica normal —siguió Ignacio, y luego cogió aire—. Tú eres mucho más guapa. Pero tenía algo. Fue la única vez en mi vida que me sentí comprendido. Puede que al final eso sea el amor, ¿no?

Había un pasaje en Darse cuenta que ahondaba un poco sobre el tema:

«Trueno, luz, vela. Se nos ilumina por dentro con un fuego divino que luego esperan que dejemos ir tan llanamente. Cuando se descubre la flor del mundo, la vuelta a la oscuridad es imposible».

—Página 103 —dijo Claudia, tirando de un marcador del libro—. Lo conozco.

Se sonrieron ambos.

—¿Y qué pasó? ¿Cuál fue el motivo?

—Creo que se cansó de mí. Y ya está.

Ignacio respondía sobre temas que hasta hace no tanto le resultaban dolorosos con un cinismo franco, sincero. Pero el contraste entre romanticismo y realismo funcionaba, le daba un aire de soñador con los pies en la tierra, si es que eso es posible.

—¿La has vuelto a ver?

—No. Creo que es mejor así. Me costó.

Siguieron hablando del tema del libro, aunque poco a poco la conversación se alejó hacia terrenos menos profesionales.

—Eres un artista —dijo Claudia Lanza.

—¿Yo? Qué tontería —respondió Ignacio con una falsa modestia que, para quien le conocía, era impostada—. Si no vendí ni un libro.

A una de las chicas del grupo de al lado se le cayó una copa encima y pegó un gritito. Era una lástima, porque llevaba unos shorts blancos.

—Tú y yo coincidimos en una fiesta —dijo Ignacio—. En casa de una tal Josefina.

—¡Lo sé! Me lo dijo Julio. Pero no nos presentaron.

—Te oí cantar. Me —frunció el ceño— encantó. Era una canción antigua.

—Sí, lo recuerdo. Me acompañaba Mauro a la guitarra. El DJ.

—Dejaste a todo el mundo helado. De la emoción, quiero decir.

Siguieron hablando largo y tendido, mucho más de lo que cupiera esperar de una «reunión de trabajo». Ignacio ganaba confianza a medida que pasaba el tiempo: de la inicial expectación había pasado a un estado de tranquilidad; se sentía cómodo contando cosas de su vida, de su normalidad.

Claudia escuchaba todo con interés, se interesaba mucho por su trabajo común, su desamor universitario, las peripecias del libro, la intensidad con la que había vivido todo. «Eres un artista», le repetía continuamente, como si fuese el primer artista real que hubiese conocido, como si los padecimientos y la falta de fortuna fuesen lo que moldeaba de verdad a una figura creativa. El sufrimiento y la incertidumbre parecían ser un ingrediente fundamental para considerarse verdadero. Aun así, a Ignacio, de cuando en cuando, le golpeaba la impresión de estar conversando con una diosa. Hay ciertas personas con las que le costaba imaginarse en una misma habitación, pero ahí estaba, y en esa sonrisa amplia, serena, se le difuminaban todas las dudas que pudieran ir surgiendo. La verdadera obra de arte eres tú, pensaba.

Llegado un punto, Claudia anunció que se marchaba, no sin dejar patente que era una obligación.

—Me temo que me tengo que ir —dijo—. Es una pena.

—No te preocupes. Yo también tengo cosas que hacer.

Pidieron la cuenta. Ignacio quiso pagar, pero Claudia no le dejó.

—La próxima vez que nos reunamos pagas tú.

Se levantaron ambos y se despidieron con dos besos. En el roce de mejillas hubo una promesa, o eso intuyó él.

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