Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 36 de 39

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Los juegos florales

Ep�logo

Epílogo

Uxía se sentó en su mesa del Okashi Sanda, en la calle San Vicente Ferrer.

Era un restaurante japonés de aire simpático, con una carta sin gluten, sin lactosa y en buena parte también vegana. La decoración sencilla, de aire oriental, huía de la solemnidad budista que le imprimen los imitadores a sus franquiciados del sol naciente. En las paredes había cartelitos de estética festiva y varios dibujos de personajes de manga kodomo o shounen. Daba la impresión de ser un restaurante familiar, el lugar a donde una familia joven de Osaka habría llevado a sus dos niños a comer un domingo al mediodía.

Uxía pidió un refresco ramune de fresa y esperó. En el espejo del otro lado de la pequeña sala se vio reflejada. No le gustó especialmente su aspecto, a pesar de haber dedicado al menos una hora a elegir la ropa, disgustarse y luego volver a elegirla. Llevaba pantalones y camisa vaqueros

—la parte superior, de tonalidad más clara que la inferior—, unas Vans altas negras y una gran parka militar, un guiño que había querido hacer por si despertaba algún comentario agradable. Debajo de todo ello, a modo de amuleto, una camiseta de Pikachu con la gorra de Ash Ketchum de Pueblo Paleta.

Nuria llegó un poco tarde, como de costumbre. Uxía se levantó bruscamente de la silla para saludarla y casi tiró la botellita de ramune. Se dieron dos besos de manera cordial y se sentaron frente a frente.

Nuria estaba guapa, muy guapa. Se había cambiado el color del pelo a una tonalidad casi cobriza, lo que, junto con su piel blanca y sus rasgos de muñeca, la hacía parecer más inglesita que nunca. Llevaba un jersey oscuro, de cuello alto, un pantalón ancho entallado en la cintura y unos zapatos Oxford de ligerísimo tacón. El abrigo lo colgó en la parte de atrás del asiento. Al ver la parka de Uxía en el suyo, sonrió.

A los pocos minutos las dos estaban hablando como en los viejos tiempos, sin dejarse respirar, intercambiando opiniones y juicios de una

manera inocente y riéndose de todo. Tuvieron que cortar para pedir la comida. Uxía explicó.

—Este es un restaurante japonés, pero no tiene sushi.

—¿Y eso?

—La gente se piensa que en Japón hasta desayunan sushi, pero la realidad es que hay mucha más comida.

—Pues entonces elige tú.

—Genial.

Uxía ya había estado otras veces, así que no le costó mucho. De entrantes pidió bolitas takoyaki (rellenas de pulpo) y poteto koroke (croquetas de patata y carne), además de un cuenco de arroz blanco al vapor para acompañar. De platos principales, kare raisu (un guiso de especias) y el ramen de la casa. Además, encargó otro ramune de fresa, y para Nuria una cerveza Asahi.

—¿No va a ser mucho? —preguntó Nuria cuando el camarero terminó de tomarles la comanda.

—No te preocupes —contestó Uxía.

Se pusieron al día. Nuria tenía tres grandes noticias. La primera, que había traspasado la peluquería: llevaba tiempo dándole vueltas a la idea y por fin había encontrado a una persona interesada.

—Me apetecía probar otras cosas y ya estaba un poco cansada de Monita Boom —explicó.

La segunda, que se había mudado de piso.

—Ahora vivo más céntrica, por Tirso de Molina, esa zona. ¿Tú sigues en Argüelles?

—Sí.

Y la tercera, que reveló con cierto pudor, es que se había hecho un tatuaje.

—¿Qué tatuaje? —preguntó Uxía, muy intrigada.

—Pone « let it be». Pero no te lo puedo enseñar… Es que es en el costado. Me tendría que quedar en sujetador —contó, riéndose.

Uxía explicó en pocas palabras que su vida seguía más o menos igual, con el mismo puesto de trabajo y las mismas aficiones de siempre. A modo de curiosidad, le narró la historia de Ignacio Benavides, un compañero que había tenido un lío rarísimo, y que a los pocos días de volver de las

vacaciones había dejado de ir a trabajar y que a saber en qué andaría metido.

—Me da pena porque me caía bien —dijo Uxía—. Aunque estaba siempre como muy atormentado.

—A la gente así es mejor no tenerla cerca —sentenció Nuria.

Uxía se quedó pensativa.

—No sé… Conmigo era cariñoso. Seguro que luego le acaban saliendo las cosas. Es artista. A los artistas les tienen que acabar saliendo las cosas.

Si no, qué injusticia.

Sonrió para que Nuria no pensase que le estaba llevando la contraria.

—Y, además, tenía buen fondo —añadió.

Comieron las bolitas takoyaki y las poteto koroke con velocidad. A Nuria le encantaron: tenían un sabor vagamente reconocible, pero a la vez atípico, un pariente lejano de la comida a la que estaba acostumbrada.

—¡Qué bueno!

En los platos principales, como había predicho, Nuria tuvo que decir basta a medio camino.

—¡Ya te decía que era demasiado!

Uxía terminó con su parte y la de ella, excitada y un poco nerviosa.

Cuando Nuria fue al servicio, se volvió a mirar en el espejo. Sonrió porque la cosa iba bien. Le pidió al camarero una cerveza Asahi: había terminado el segundo ramune de fresa y no quería quedar como una niña pequeña que solo bebe refrescos. A su vuelta, consiguió convencer a Nuria para que pidieran un dorayaki de postre para compartir.

—Esto es el pastelito que come Doraemon —le explicó.

—¡Vas a conseguir que salga de aquí rodando! Menos mal que el lunes empiezo una dieta.

Siguieron hablando un rato más y luego pagaron la cuenta a medias y se fueron. En la calle hacía bastante frío. Anduvieron dos manzanas juntas, sin decirse mucho, y el fantasma de la despedida empezó a planear: pronto tendrían que separarse en diferentes direcciones.

—¿Quieres que nos tomemos otra cerveza? —preguntó Nuria—. Tengo un amigo que pincha en un local aquí al lado música buenísima de los sesenta.

Uxía aceptó encantada. El garito se llamaba La Vía Láctea, y por lo visto era legendario (eso se lo explicó Nuria nada más entrar). En las paredes,

formando ya parte de ellas, decenas de carteles de conciertos pegados unos sobre otros. El más grande, uno de David Bowie caracterizado de Ziggy Stardust, presidía la zona de la barra, con la fecha y el lugar ( 3 July 1973, Hammersmith Odeon) en letras rojas desgastadas. Al fondo había un billar en el que unos estudiantes de Erasmus pegaban a las bolas sin orden ni concierto. Nuria se acercó a la mesa del DJ y lo saludó con efusividad.

Luego se lo presentó a Uxía.

Era un hombre alto, espigado, con unas patillas que le llegaban por debajo de la mandíbula y una melena larga y canosa que pasaba de los hombros. En su pequeño cubículo, cientos de vinilos apiñados unos sobre otros.

Pidieron unas cervezas y estuvieron bailando. Uxía era bastante torpe.

Nuria se movía dando pasitos, con los ojos cerrados, en una coreografía similar a la que harían los jóvenes de Londres hace ya sesenta años.

Canturreaba las letras: se sabía todas. Uxía ninguna.

—Ahora estás en mi terreno —dijo Nuria, agarrando de las manos a su amiga.

Al no estar acostumbrada a beber, Uxía se sentía como en una nube, y la vergüenza que pudiera producirle estar bailando y fuera de su elemento quedaba suplida por la emoción y la alegría de reencontrarse con Nuria después de tanto tiempo.

La noche fue pasando y bebieron más cervezas. Nuria se encontró con varios amigos. Tenían una estética similar: parecían todos músicos de otra época, entre las chupas de cuero, las botas Chelsea de punta y los pantalones apretados. Fueron amables con Uxía.

Hacia el final, Nuria se acercó al DJ y le rogó una canción. Cuando sonó, empezó a bailar como una loca, meneando la cabeza. Era «All Day and All of The Night», de The Kinks. Le cantó la letra a pleno pulmón a Uxía en la oreja:

The only time I feel alright is by your side.

Girl, I want to be with you all of the time,

all day and all of the night,

all day and all of the night,

all day and all of the night.

Uxía se unió y también gritó el estribillo, inventándose las palabras porque no la conocía. Minutos después encendieron las luces e invitaron a los clientes a irse. Eran las tres y media de la madrugada y ya cerraba el local.

Uxía y Nuria salieron a la calle. Hacía todavía más frío que antes. Nuria se despidió de sus amigos.

—Bueno, ¿qué quieres hacer? —le preguntó Nuria, mirándola fijamente a los ojos.

Uxía dudó un poco, ruborizándose.

—¿Quieres tomar una en mi casa? No está muy lejos de aquí —

respondió venciendo su timidez.

—¿Me vas a dar sake de beber?

—No. Te voy a poner un gin-tonic —respondió, pronunciándolo shin tónic para imitarla.

—Entonces me apunto —dijo Nuria entre risas.

Fueron a la casa de Uxía en Argüelles. Estaba desordenada, con algún envoltorio de comida sobre la mesita del salón y platos y cubiertos sucios en el fregadero. Ambas respiraron de alivio al poder quitarse los abrigos y sentir el calorcito de la calefacción. Mientras Uxía recogía apurada y preparaba las copas, Nuria se quedó mirando la estantería de los cómics. Al hacerlo, descubrió su foto juntas en Carnaby Street y se estremeció. Esperó a Uxía con ella en la mano.

—No sabía que la tenías —le dijo, y a Uxía casi se le caen los gin-tonics al suelo del susto.

Intentó explicarse, como si tuviera que poner alguna excusa.

—Yo también la tengo en mi casa —la interrumpió Nuria.

Se sentaron juntas en el sofá y siguieron hablando, aunque en un tono menos festivo que antes. El alcohol hacía que sus miradas fueran más largas, sus frases más lentas, los silencios más densos. Las dos estaban de acuerdo en que la noche había sido divertida, pero ninguna quería insistir mucho en ello, como si decirlo varias veces en alto significase que iba a acabar y que Nuria tendría que marcharse.

—Oye —dijo Uxía, con la copa medio llena—, ¿por qué no me enseñas tu tatuaje? Ahora que estamos solas.

—Está bien.

Nuria se incorporó, se sacó el jersey de dentro del pantalón y lo arremangó hasta el sujetador. Desgraciadamente, apenas se veía nada: la parte de la banda lateral lo tapaba casi por completo.

—No se ve mucho, ¿no?

—No, bueno. No te preocupes.

—Con lo bonito que es… A ver, espera.

Nuria se quitó por completo el jersey y se quedó en sujetador. Luego lo desabrochó por detrás y sacó el brazo izquierdo. Lo agarró con la mano contraria para que no se le cayera y dejó el costado al descubierto.

En el tatuaje se leía « let it be» con una caligrafía cursiva. Lo rodeaba una pequeña decoración de flores y espigas. Uxía se acercó mucho para verlo, con los ojos muy abiertos. Seguía sentada. Había dejado la copa sobre la mesilla.

—¿Te gusta?

—Sí. Mucho. Es muy bonito.

Uxía deslizó sus dedos sobre él.

—Tienes las manos muy frías —dijo Nuria, y al mismo tiempo un escalofrío involuntario le sacudió el cuerpo.

Uxía pidió perdón casi en susurros, y se las calentó frotándolas contra los muslos. Siguió mirando el tatuaje a centímetros de la piel, pero a la vez los ojos se le iban al ombligo de Nuria, a la curva de la cintura, al lunar que le nacía justo en la frontera de la espalda. Nuria no decía nada. Al contrario.

Se quedó quieta y dejó que Uxía recorriese con sus dedos el tatuaje, y luego el ombligo, y luego la cintura, y luego el lunar. Era apenas el roce de una pluma. Estuvieron así varios minutos, oyéndose nada más que respirar.

Después Uxía se levantó. Se quedaron frente a frente. Les ardían los ojos a las dos. Nuria puso una cara temblorosa, de asunción de lo que iba a pasar, y después una breve sonrisa. Dejó que el sujetador cayera por completo al suelo. Uxía le acarició los pechos. Eran grandes y un poco caídos. Sintió un calor nuevo recorrerla de los pies a la cabeza, y casi se marea. Nuria atrajo su boca a la suya y se besaron.

A pesar de ser adultas, las manos planearon sobre los cuerpos como en un vuelo primerizo. Toda la noche entregadas a los juegos florales.

Lo que pasó después ya no es cosa nuestra.

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