Los juegos florales
Cap�tulo XIV
XIV
Esa noche, Julio entró en el Anubis relajado, a pesar de que llegaba unos minutos tarde. La decoración había cambiado un poco desde la última vez; sin embargo, el espíritu entre exótico y hortera —apestaba a nuevo rico—
se mantenía igual. Un vistazo rápido daba para confirmar esa impresión: las paredes estaban forradas de motivos pictóricos egipcios, muy sobrecargados, y encima, repetidos cada tantos metros; del techo colgaban lámparas de araña doradas; en el centro de la sala, flotando encima de la barra, una especie de monumento mortuorio, difícil de clasificar, del que salían por los laterales ramas de palmera cargadas de dátiles artificiales. El hilo musical pertenecía a ese género inventado llamado world music, o música étnica.
Julio había empezado a ver este tipo de restaurantes en Londres, a principios de los dos mil. Servían una comida extraña, trufada de elementos asiáticos: sashimi, tataki, gyoza… Luego, a partir de una hora concreta, las luces se apagaban casi por completo y el restaurante se convertía en discoteca: las mesas iban desapareciendo, el volumen de la música subía y los camareros adoptaban comportamientos extraños: uno hacía un numerito de breakdance, otra cantaba afanosamente sobre un pésimo remix de Michael Jackson, en la barra se hacían malabarismos con botellas de whisky de doscientos euros…
Julio vio a Petit sentado en su mesa, escoltado por un copazo, esperándolo. Los ojos los tenía clavados en el móvil, del que no apartaba la vista. No se dio cuenta de que su amigo había llegado hasta que de una manera cariñosa notó la mano sobre el hombro.
—¡Julio, cabrón! —exclamó, levantándose para abrazarle—. Me tienes aquí emborrachándome solo por tu culpa. Esa puntualidad…
—Perdona, estaba liado —dijo Julio, quitándole hierro con una sonrisa
—. Tenía que gestionar unas gestiones.
A Petit le hizo gracia la expresión. Era un hombre, como decía el filósofo, de mente compleja y gustos sencillos. Desde hacía un par de años había llegado a socio de un despacho de abogados importante; a sus treinta y cinco, ganaba ya una pasta considerable, la suficiente como para permitirse un Porsche Carrera S, uno de esos coches que marca bien el paquete. Iba vestido de trabajo, sin corbata; era un traje bueno, pero simple; él mismo, con su aspecto compacto y de mocetón, con el pelo cortado a cepillo y la cara bien afeitada, parecía estar hecho de idéntico material, una masa sólida, fiable y feliz. Se había casado muy joven, pero por suerte el engaño duró poco: al año se dio cuenta de que su mujer, «una mojigata seca y envarada», no iba a traerle más que disgustos. No tuvieron hijos.
—No quería follar nunca, a pesar de estar casados —decía, tras la ruptura
—. La mejor decisión que podía haber tomado.
Luego se introdujo en esos círculos de solteros con pasta y se desfogó por él y por todos sus compañeros. Era un tipo encantador, enamorado de la vida.
—¿Qué vas a querer de beber, Julito?
—Un Bellini, que te veo fuerte.
Además, de comer, pidieron un tataki de atún con lima y aguacate, tacos de bogavante y dumplings de pato con fresa. Petit estaba exultante, pero a la vez un poco mermado.
—Voy a cerrar una operación de la hostia —dijo, cuando les sirvieron los platos—. Un fondo americano que ha venido aquí de rebajas, aprovechando lo que han caído los precios desde el coronavirus. Son muchas compras y muchísima, muchísima pasta.
A pesar de ser más joven que Julio tenía más arrugas, era una piel con más kilómetros de esfuerzo.
—No sabes lo que me alegro.
—Pero estoy currando como un bestia —siguió Petit—. Todos los días hasta la una o dos de la mañana. ¿No me ves, hecho una mierda? Julito, qué bien hiciste en meterte en el mundo del arte, que ahí vivís divinamente.
—¡Para eso estoy, amigo! —respondió Julio—. Para sacarte una noche a cenar y que se te olvide un rato la presión.
—Oye —dijo Petit, consciente de que su compañero había mirado varias veces a la gente, a la decoración, al exceso del local—. Ya sé que este lugar
es una horterada. Y carísimo. Lo he elegido porque está lleno de putones. Y
para unas horas que voy a descansar, prefiero alegrarme la vista con eso.
Julio se rio y le hizo ver que no pasaba nada, que no se pensase que su vida era el summum de la sofisticación, que a él también le iba la marcha y le gustaba salirse de vez en cuando de su círculo.
—Putas no, ¿eh? —aclaró Petit—. Putones.
La verdad es que el lugar sin duda cumplía las expectativas. Los prejuicios existen por algún motivo, no nacen de la nada. En el Anubis se podía encontrar un catálogo de todos ellos: teníamos al clásico oligarca de camisa prieta sobre vientre hinchado, el pelo teñido, la funda dental; también al grupito de modelos escandalosamente divertidas, con los móviles en alza; la familia árabe con la mujer tapada, el padre glotón y el hijo maleducado, enfrascado en su videojuego portátil. ¿Qué había pasado con el mundo?
Estas cosas son entretenidas de ver, casi como ir al zoo, y Julio, aunque siempre de punta en blanco, sentía cierta fascinación por el empleo casi escatológico del dinero. Petit se concentraba más en lo que tenía delante.
Comió a toda velocidad; estaba engullendo uno de los tacos de bogavante cuando un chico joven que pasó a su lado le hizo atragantarse. Lo siguió con la mirada hasta que se sentó en una mesa, grande, en la que estaban dos amigos suyos y varias mujeres.
—¿Tú controlas de fútbol? —le preguntó.
—No demasiado —respondió Julio—. Veo algún partido importante.
—¿Y no te suena ese?
Julio forzó la vista. Desde su lado de la mesa había un ángulo más claro.
El chico tenía el aspecto medio del joven de barrio español: barbita, piel morena, cabeza rapada a los lados y más tupida en el centro. Llamaba la atención su vestimenta: camiseta negra de Louis Vuitton; vaqueros apretados, rotísimos, blancos; unas zapatillas enormes y muy feas con pinta de valer un ojo de la cara.
—Ni idea.
—Pues juega en el Real Madrid.
Julio se fijó en las tías con las que iba. Serían jóvenes, pero la agresividad de sus atributos físicos —piernas larguísimas, culos duros, tetas operadas— las hacía aparentar una edad atemporal, como la que tienen las estatuas o los dibujos animados. Su atuendo era pura sugestión: son esos
milagros de la costura que provocan que, si vemos a la modelo desnuda, nos parece que lleve más ropa puesta que antes.
—¿Qué te dije antes? Míralas —dijo Petit, señalándolas con la mirada.
—Bueno, ya sabes que yo tengo un gusto un poco diferente.
—Ya. Pues ese chaval —dijo Petit, señalando al futbolista— viene mucho por aquí. Hay una parte del local que está oculta, se entra por esa puerta del fondo. Te puedes imaginar… ¡Claude, Claude! Ven aquí un momento.
Claude era el encargado: francés, negro, muy alto, muy guapo. Estaba cerca de la mesa, revisando un tema de la facturación.
—Claude, ¿cuándo nos vas a enseñar el reservado al que van los futbolistas?
—¿Qué reservado? Yo no sé nada —dijo Claude, y se fue mostrando una fila de dientes casi platino.
Al escuchar la pregunta, Julio se dio cuenta de que su amigo andaba ya más que borracho. Le resbalaba la lengua al hablar. No era nada inesperado: en el transcurso de la comida se había bebido un gin-fizz, dos Chivas on the rocks y media botella de rioja. Era un hombre que toleraba bien el alcohol, por eso no le había dicho nada; aun así, esas cantidades —y esa mezcla—
tumbarían a cualquiera. Las mejillas se le sonrojaban como a un cura irlandés.
—Voy al baño —le dijo, pasados unos minutos.
Mientras Petit se lavaba la cara, el futbolista se levantó de su mesa y desapareció con una de las chicas. Fueron, efectivamente, a otra sala a la que los acompañó Claude, muy servicial.
—Se han ido —le dijo Julio, divertido, a su amigo, cuando este regresó.
—¡Lo sabía! —respondió Petit muy excitado, y volvió a fijar su atención en la mesa—. ¿Te puedes creer que los amigos, solo por ser amigos, muchas veces se acaban tirando a alguna de las que sobran?
—¿Y qué interés tienen ellos per se? —preguntó Julio, que mantenía esa actitud como de seguirle el juego al otro.
—Y yo qué coño per sé.
Cuando acabaron la comida pidieron otra ronda más de bebidas. Petit hablaba ya muy a borbotones, descoordinado. Estuvo todo el tiempo mirando a la mesa de los amigos del futbolista, a pesar de que para ello tenía que forzar bastante la postura del cuerpo. Mientras tanto, la fase de
restaurante llegó a su fin: las luces se atenuaron y empezó a sonar una música ibicenca.
—¿Quieres que te cambie el sitio? —preguntó Julio, al ver que su amigo se descuajeringaba ya sin disimulo.
—No les están haciendo ni puto caso —dijo él, sin responder a la pregunta, acechando al grupito con mirada de borracho—. Están los cuatro con el móvil. Qué desperdicio. ¡Si están buenísimas!
La verdad es que, como decía Petit, la conversación entre ellos era nula.
Los móviles llenaban el vacío.
—¿Quieres que nos acerquemos? —dijo Julio, provocándolo—. Venga,
¡vamos! Vamos a hablar con ellas.
Petit se quedó paralizado un momento. Luego empezó a salivar.
—Vamos, maestro.
Los hombres tímidos o inseguros piensan que para aproximarse a una mujer hace falta alguna estrategia, un guion, algo estructurado; la realidad es que, con mostrar aplomo y naturalidad, las cosas van solas. Luego el ingenio hace el resto.
Ambos amigos entraron perfectamente. Los colegas del futbolista, no se sabe si por aburrimiento o intimidación, aprovecharon la coyuntura para irse a otro lado. No habían mostrado mucho interés y tampoco lo mostraban ahora. ¿Se puede acostumbrar uno a que le lluevan esos regalos del cielo, hasta el punto de despreciarlos? Pronto, Julio hablaba con una y Petit con la otra.
La de Petit era rubia, pálida, rusa, muy delgada; parecía una sílfide. El pecho operado le quedaba mal: le hacía un cuerpo extraterrestre, desproporcionado. No hablaba muy bien español, así que congeniaron enseguida, porque Petit a esas alturas de pedo tampoco lo dominaba. La de Julio era española, de Almazora (Almassora, como decía ella), un pueblo en la provincia de Castellón. Era explosiva, con unos rasgos vagamente exóticos, como indios, pero de una voluptuosidad que desde luego no parecía asiática. Le contó que se dedicaba a enseñar una especialidad de yoga muy concreta, cuyo nombre Julio no llegó a entender.
—¿Y os habéis aburrido mucho de ellos, o qué? —preguntó Julio, señalando a los colegas del futbolista, que seguían con el móvil al otro extremo de la barra.
—Es que son muy pequeños… Tienen diecinueve años.
—¿Y tú?
—Yo, veinticuatro.
Por lo que fuera se quedaron mirando los dos a la rusa. Petit ya estaba diciéndole cosas al oído, probablemente groserías.
—¿Y ella…? —preguntó Julio.
—Ni idea. Pero es mayor de edad, cien por cien. Polina —dijo, llamando a la otra—. ¡Polina! Your age?
La rusa se extrañó: no entendía a qué venía eso.
— Nineteen— respondió, y siguió a lo suyo con Petit.
—Ah, pues mira, ella era de su edad —dijo Laia, que así se llamaba la de Almazora—. ¡Qué mayor me siento! Aunque mejor ni os pregunto la vuestra.
Julio encajó el golpe con gentileza. Le hacía gracia el humor un poco descarnado. En el local ya se empezaba a escuchar algún grito de juerga. El oligarca se había levantado de su sitio y bailaba una especie de tango torpón con una camarera, que estaba claramente incómoda. Por suerte, su propia barriga dura hacía de dique entre los dos.
—Pero ¿no os conocíais? —preguntó Julio, señalando a la rusa.
—Qué va. Esta noche es la primera vez que la veo en mi vida.
Julio la miró frunciendo el ceño, sonriendo pero extrañado. Quiso dejar las cosas muy en el aire, para que fuera ella quien las contestara.
—No entiendo. ¿Entonces…?
—Nos llama Claude, el encargado. El negro —ella iba al grano—. Nos avisa, nos invitan a cenar.
Un detalle: debido al tejido del vestido de Laia, se podía apreciar casi milimétricamente el piercing que tenía en sendos pezones.
—A Polina no la conozco porque creo que lleva muy poco en Madrid —
siguió—. Ya ves que no habla ni papa de español.
—Y, además del yoga, ¿haces algo?
—También trabajo en una agencia de modelos. Viajo bastante, porque la mayoría son posados en bikini. De hecho, hace nada estuve en Canarias.
Mira. —Le enseñó una ligerísima marca de moreno que se perdía del hombro al escote; quedó claro que normalmente tomaba el sol haciendo topless—. Entre eso y las clases, pues me va muy bien, la verdad.
Laia hablaba de una manera desenvuelta, como muy adulta.
—Y ¿aquí por qué venís entonces?
—Pues porque es divertido. Y conozco a mucha gente famosa. De hecho, tu cara me suena. ¿De qué me suena?
Julio vio por dónde iban los tiros, pero acostumbrado a estas reacciones no solo no se ofendió, sino que se dejó querer.
—¿Yo? —preguntó ufano, arqueando las cejas—. Ni idea. Desde luego, futbolista no soy.
—Eso ya lo sé. Eres muy mayor para ser deportista. ¿A qué te dedicas?
—Es un poco feo definir a las personas por su trabajo —respondió, rodeando con ligereza la pregunta—. ¿No te interesan más mis aficiones, por ejemplo?
Laia analizaba todo lo que le respondían e iba descartando opciones.
—O sea, que no trabajas. Pero eres rico. ¿Cómo de rico? ¿Heredado?
Julio esta vez no le siguió el juego. Ya no le estaba haciendo tanta gracia.
—Bueno, disculpe señor. Todo venía de una pregunta inocente.
—Estoy vinculado al mundo del arte —respondió, para zanjar el tema.
Al ser tan evidentemente sensual, tan buenorra, tan —esto lo pensaban muchos hombres— atractiva en lo superficial, Laia era de esas chicas que sentía siempre la necesidad de demostrar que la cabeza no le iba a la zaga, por eso a veces se pasaba de lista. Su actitud entre cínica y sexy solo revestía soledad. Aun así, hizo por congraciarse con Julio para compensar su atrevimiento. Le estuvo dorando la píldora un rato sobre lo poco interesantes que eran los futbolistas y lo muy interesantes que eran los artistas, sin saber bien a qué rama del arte se dedicaba él. Mientras tanto, Petit y la rusa habían desaparecido hacia el baño. Volvieron unos minutos más tarde, frotándose mucho la nariz.
—Creo que me la voy a llevar a casa —dijo Petit al oído de su amigo—.
Si aguanto una hora más aquí me quedo dormido. ¿Te importa? ¿Qué tal está? —preguntó, señalando a Laia.
—Bien, tranquilo, no te preocupes por mí. ¿Pero puedes conducir?
—No, no puedo —el aliento, al susurrar, apestaba a varios tipos de alcoholes diferentes—. Cojo un taxi. Le he dejado las llaves del coche a un camarero que conozco. Mañana mandaré a un becario a por ellas —dijo, abriendo mucho la boca en una mueca que pretendía llegar a sonrisa.
La rusa, quién sabe si por el efecto de la noche, cada vez parecía más marciana. Sujetaba una copita vacía por el canto, que por finura y languidez asomaba como una prolongación natural del brazo, tan pálido.
—Pues que disfrutes, amigo. Y sé prudente.
—¡Eso siempre, Julito!
Polina y Laia se despidieron con mucha naturalidad y desearon verse pronto. Cuando se quedaron a solas, Julio dio un largo trago a su copa de whisky; Laia esperó pacientemente a que terminara y luego le miró a los ojos.
—¿Y tú y yo? ¿Follamos?
La verdad es que, con esa voluptuosidad firme y ágil del yoga, se intuía que era una bomba en la cama. Julio la imaginó, por un momento, desnuda.
—No —le respondió—. Lo siento. De hecho, yo también me voy.
—No pasa nada.
Cuando fue a pagar la cuenta, le dijeron que Petit ya se había encargado de eso al principio de la cena. Laia se quedó hablando con Claude, y aprovechando el momento, Julio rehuyó la despedida. En la calle cogió un taxi que lo llevó a su casa. Ya en la cama se quedó un rato pensativo. Estaba un poco borracho, otra noche más. Anduvo dando vueltas a la fantasía del cuerpo desnudo de la profesora de yoga. Luego apagó la luz. Le daba pena dormir solo.
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