Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 32 de 39

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Los juegos florales

Cap�tulo XXX

XXX

El día siguiente salió malo, amenazante de lluvia. Los veraneantes lo aceptaron sin pucheros: en el norte, aunque haga mejor tiempo del que se presupone en los estereotipos, pasan estas cosas. Las familias se cierran un poco sobre sí mismas y van a comer por ahí, piden vino blanco, zamburiñas, nécoras, o quizás tortilla, carne asada y pimientos de Padrón.

La acidez blanca del pescado y la vid dan un aire lisérgico a la resaca de los jóvenes; los huevos y la vaca, un légamo denso.

Ignacio, más solo que la una, se quedó mirando el paisaje gris desde la ventana de su habitación de hotel. Claudia no podía quedar ese día. Era lógico. No se puede pretender llegar a un mundo extraño y convertirse en su eje nada más pisarlo. Pero esto no lo pensaba Ignacio. Solo sentía frustración. Y odio. Un odio cerril a Julio Gasset. Le había vuelto a escribir una vez más (por ahora sin respuesta), siempre con buenas maneras, intentando escoger palabras que, de una forma muy sutil, mostraran su absoluto descontento. Sabía que, si perdía la educación un solo instante, regalaba un escudo al otro. Y eso le frustraba todavía más. ¿Es justo que nos zarandeen por la espalda y luego, si protestamos por la ofensa con la misma vehemencia, se nos acuse de violar los códigos de conducta? Se acordó de una cosa que decía su abuela: «Estos son unos maltratadores; te dan un tortazo con la mano abierta y si te quejas encima te insultan».

No había tenido la voluntad suficiente para programar el despertador, así que tuvo que esperar a la hora de la comida. Cuando por fin llegó, bajó.

Estaba solo. Se confirmaba la ausencia de otros huéspedes. Se sentó en una de las mesas y al poco apareció el niño.

—¡Hola! ¿Comerás aquí?

—Sí.

—Voy avisar a mi padre.

El fuerte acento gallego, las expresiones y su diligencia a la hora de trabajar lo hacían parecer mucho mayor de lo que realmente era. A lo sumo llegaría a los once años. Llevaba una camiseta oscura en la que se leía «R, pura fibra». Tenía el pelo negro, corto, su tono de piel era claro, la nariz regordecha, la boca muy grande, con las paletas ya definitivas destacando por encima de los otros dientes. Fue volando a la cocina. Regresó enseguida.

—De primero hay empanada de atún y pimiento, y de segundo raxo con patatas. También dice mi padre que te podemos hacer una ensalada si no quieres empanada.

Ignacio asomó la cabeza y vio al padre a través de un pequeño cristal que daba a la cocina, vestido con un delantal.

—La empanada y el raxo están bien.

—¿De beber qué te pongo?

—Agua.

—¿Vino no quieres?

—No. Agua está bien. Gracias.

En el comedor habría unas veinte mesas, todas vacías, claro. Por su amplitud, las palabras del niño rebotaban en el techo y se quedaban ahí colgando un rato. Todo tenía un aire antiguo, a decadencia. El niño apareció de nuevo, muy veloz, con el mantel de papel, los cubiertos y el pan. Iba tan rápido que parecía que se iba a caer.

—Aquí tienes. Ahora voy por el agua. Oíste, se me olvidó decirte: el menú son doce euros y cincuenta céntimos. De postre hay queso de Arzúa.

O café.

—Genial, gracias. No querré postre. Si acaso, el café.

De nuevo se fue y de nuevo volvió con la botella de agua Cabreiroá y un vaso con los bordes desgastados.

—Si quieres algo pégame un grito. Estoy en la cocina con mi padre.

Ignacio, a pesar del hambre, comió un trozo de pan con lentitud. Se quedó así un rato corto, pensativo, hasta que apareció el niño con varias generosas porciones de empanada. Estaba muy buena. Tampoco comió mucha.

No había bajado el móvil: después del mensaje a Julio y la negativa de Claudia había entrado en un momentáneo ataque de ira, lo había lanzado

contra la cama y, tras el rebote, no había sido capaz de encontrarlo. Así que se quedó comiendo empanadas, pero sobre todo comiendo pared.

Llegó veloz el niño derrapante con un platazo de raxo con patatas y se lo dejó en la mesa con cierto estrépito.

—¡Es que pesa!

Ignacio empezó con parsimonia, soplando los primeros trozos. También estaba muy bueno. Esta vez, se forzó a comer un poco más. El niño fue a recoger su plato.

—Me dice mi padre que si quieres tomar el café con nosotros, que antes no te dijo nada porque estaba cocinando.

Ignacio dudó, pero al final acompañó al niño. Atravesaron la cocina y accedieron por una pequeña puerta de madera a una sala contigua. Era un salón. Pertenecía a la zona privada del hotel, la que usaban ellos como vivienda. En el centro había una mesa grande, muy vieja, de color oscuro.

Varias sillas también viejas con el asiento de mimbre deshilachado. La luz entraba por un único gran ventanón. Afuera, un paisaje verde y gris. Las paredes estaban desnudas, a excepción de un par de fotografías antiguas de familia, y lucían un color triste. Ningún elemento más salvo una cómoda al fondo de la estancia. Sobre ella se apoyaba un bol de fruta, con un lánguido racimo de uvas y tres o cuatro higos.

El padre estaba terminando de comer el raxo. Lo saludó con un movimiento de cabeza. Después se levantó sin mediar palabra: volvió con tres tacitas de cerámica de Sargadelos y una pota de café caliente. Sirvió una taza a Ignacio, otra a su hijo y otra para él.

—¿Quieres leche?

—No, así está bien.

—Tienes azúcar en el primer cajón de la cómoda.

—Gracias.

Se sentaron los tres en silencio. El niño dio sorbitos cortos al café.

Ignacio quiso hacer lo propio, pero estaba tan caliente que se quemó el paladar.

—Mira, llueve —dijo el niño.

Era verdad. Las gotas habían empezado a golpear el cristal del ventanón.

Cada vez con más fuerza.

— Nunca choveu que non escampara —musitó el padre, y bebió también a sorbitos de su café. Ya sin delantal, llevaba una camiseta de entrenamiento

del Deportivo de La Coruña y unos pantalones de chándal oscuros. También tenía un marcado acento gallego, pero el suyo era más grave, en contraste con el tono cantarín del de su hijo.

En el fondo de las tazas quedó el último poso sin que ninguno de los tres hablase más. Finalmente, Ignacio rompió el silencio.

—¿Cómo es que trabajas aquí? —le preguntó al niño.

—Ayudo a mi padre en vacaciones. Hasta septiembre —lo pronunció eliminando la pe, como si estuviera escrito setiembre— no vuelvo al instituto.

—¿Y te gusta?

El niño se encogió de hombros. El padre le sonrió de manera casi imperceptible, con orgullo. Bajo el vello facial y las grandes gafas tenía un tono de piel similar al hijo, entre pálido y rosado.

—¿Quieres otro? —dijo el padre, sosteniendo la pota de café.

—No. Muchas gracias.

Llevó la pota a la cocina y se volvió a sentar. Tenía un gesto resignado.

—El año pasado fue una mierda —dijo, soltando un suspiro, y dejó la frase así, en el aire.

Por la tarde, Ignacio decidió salir. La lluvia ya no era tal, simplemente un manto de humedad que quedaba suspendido en el ambiente, un rocío sin sentido de bajada. Bordeó la carretera que conectaba el hotel con Sanxenxo y se adentró por un camino más estrecho. A los lados, pequeñas fincas colindantes y casas desperdigadas que conformaban un único pueblo, una dispersión urbana que no se sabía dónde empezaba o acababa.

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