Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 28 de 39

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Los juegos florales

Cap�tulo XXVI

XXVI

El autobús de Ignacio salía de Segovia a las 7:13 de la mañana, desde la plaza de toros, así que su madre lo tuvo que acercar de Prádena a la capital.

Se ofreció ella, a pesar de las horas intempestivas. Quería aprovechar los últimos momentos con su hijo. Le embargaba cierta angustia: no podía evitar pensar en otros hechos similares del pasado, y las consecuencias que habían tenido. Mientras tanto, el sol empezaba a clarear sobre la sierra y en los campos reinaba un silencio casi místico. Los cuarenta y cinco kilómetros de trayecto por la N-110 fueron silenciosos. Ignacio no había dormido nada.

La plaza era una construcción modesta, avejentada. Tenía colgados unos carteles con el nombre «Coliseum», probablemente con la intención de rebañar la fama del acueducto. La madrugada todavía era fresca. Ignacio se despidió de su madre y cargó su maleta en la panza del autobús. En los minutos que restaron hasta el arranque, intentó en vano tragarse un sobao que guardaba en el bolsillo: no tenía ni un poquito de agua con el que empujar, así que el bollo se le deshacía en una masa pastosa que no había quien deslizara por la garganta.

El autobús iba medio vacío, e Ignacio encontró la calma suficiente para dormitar durante la primera parte del trayecto. Soñó con aires acondicionados y frío. Despertó al escuchar a ciertos pasajeros bajar y a otros subirse. Por suerte nadie se sentó a su lado. La mañana ya era más mañana y los paisajes de Castilla (amarillos, naranjas, ocres) empezaron a sucederse al otro lado de la ventanilla.

Más consciente, Ignacio dudaba de cómo anunciar su llegada. Pensaba en generar una impresión teatral, mandar una foto a Claudia Lanza en la que se viera algún lugar típico de Sanxenxo con el título «Adivina dónde estoy».

Luego eso le parecía demasiado obvio, demasiado evidente. Quizás lo mejor fuera fingir la invitación de un amigo, contarlo como que iba a ir, no

que ya estuviera yendo o allí directamente, y luego presentarlo como que se habían acelerado mucho las cosas. Lo malo de la primera opción era la excusa. ¿Por qué iba él a Sanxenxo? La más sencilla (la verdad) le resultaba de una violencia incalculable. Finalmente optó por un cruce: inventarse un amigo, pero mandar la foto desde Sanxenxo. Tenía su punto. Al falso amigo ya lo gestionaría convenientemente.

El campo pardo fue sucediéndose hasta llegar a Ponferrada, donde pararon media hora por descanso del conductor. Desde la lejanía se había ido adivinando la pequeña ciudad, encajada entre montes, con un inexplicable y amorfo rascacielos cobrizo sobresaliendo de entre los edificios. La estación de autobuses era viejísima, como de un capítulo de Cuéntame. El cuarto de baño olía a podredumbre y cañería. Salió a estirar las piernas. Cruzó una calle (la avenida de Asturias) y se sentó en el banco de una plaza gris, sin apenas vegetación, rodeada por una vía para bicis. El sol ya calentaba. Unos niños jugaban al fútbol en pantalones cortos: el más chiquitín de todos se cayó y se raspó las rodillas, pero aguantó sin soltar ni una lágrima. El partido continuó. Daba Ponferrada la impresión de ser puro cemento y, en el horno de agosto, las calles y el asfalto se volvían todavía más agrestes. Ignacio se comió el otro trozo de sobao y esperó pacientemente hasta que el autobús se puso de nuevo en marcha.

Una vez fue acercándose al verde gallego entró en un sueño más profundo. Despertó dejando atrás los cañones del Sil. Parecía un mundo nuevo. El día era espléndido, los árboles poblaban los montes y se veían ríos cada poco tiempo. Tenía en la mano un ejemplar de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, pero no lo abrió. Se habría mareado. En la estación de Orense apenas bajó ni subió nadie, igual que en Ponferrada. Eran ciudades olvidadas.

Las incomodidades del viaje le hicieron pensar en Julio Gasset, en su piscina y su ir y venir en taxis o Ubers donde se podían posponer los planes y echar el rato pensando en los brazos dulces de una mujer guapa.

El autobús siguió un rato el cauce del Miño y luego cruzó un paisaje de pendientes suaves hasta llegar a Vigo. Eran ya las cuatro de la tarde, e Ignacio se moría de hambre. Esta vez subió mucha gente en la estación. La ciudad era empinada y no demasiado bonita. A su lado se sentó una chica joven. Tenía un rostro angelical, en contraste con las caras anodinas del resto de pasajeros. Ignacio, que ante la cercanía de su destino se sentía más

animado, aprovechó los rugidos de su tripa para sacar tema de conversación.

—Se me nota que tengo hambre, ¿eh? —dijo, sonriendo—. Vengo desde Segovia.

La chica de rostro angelical era un poco seria de primeras. Tenía los ojos clarísimos, el pelo levemente ondulado —le hacía un tirabuzón precioso cerca de la raya— y las manos pequeñas y cuidadas. Ante la simpatía de Ignacio, contestó.

—Yo voy a casa de una amiga en Coruña, pero no había vuelo directo hoy y me lo he tenido que coger a Vigo. Estaré unos días y luego iré a Canarias.

—¿Eres canaria? No tienes acento.

—No, no. Qué va. Vivo en Madrid.

El trayecto de Vigo a Pontevedra apenas duraba media hora, así que no dio tiempo a saber mucho más de ella.

—¿Y qué estudias?

—No estudio. Trabajo. Soy médico. Aprobé el MIR en mayo.

Ignacio se fijó en que en su móvil había dejado pausada una canción de Los Panchos. Le pareció curiosísimo.

—¿Y tú qué haces? —preguntó ella, por cortesía.

—¿Yo? Yo… Soy artista.

Ella arqueó las cejas y se tiró el resto del corto trayecto mirando hacia otro lado y escuchando, esta vez, un disco de los Strokes. Por lo que fuera, no le había hecho mucha gracia la respuesta. Cuando Ignacio bajó en Pontevedra y cogió la maleta, ocupó su sitio, pegado a la ventanilla. Ignacio la miró una última vez. El bus se iba. Le pareció que ella también estaba yendo al encuentro de su destino, fuera este cual fuera.

En la estación de Pontevedra tuvo que esperar algo más de una hora hasta que llegase, por fin, el último autobús que lo dejaría en Sanxenxo. De nuevo notó cómo afloraban los nervios. Para aplacar el hambre, comió algo en la cafetería. Entre Sartenes, se llamaba. Pidió una sartén con huevos y patatas y chorizo gallego. Enseguida se arrepintió por el aliento. También una Estrella Galicia, que bebió casi del tirón. Luego otra más, que llegó a la vez que el plato. La soledad de la comida individual, en otras épocas sobrellevada con periódicos y largas miradas al techo, la pasó

desmenuzando el contenido infinito de su teléfono móvil. Ese día no había hablado con Claudia.

Pagó, compró un paquete de chicles de menta y se subió con la maleta al bus final. Puso pie en Sanxenxo a las 18:30, doce horas después de que su madre encendiese el motor del coche en Prádena. Se sentía demolido.

Arrastró maleta y cuerpo hasta llegar al hotel.

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