Los juegos florales
Cap�tulo V
V
Ignacio fue a verla una última vez en pleno invierno. Un día entre semana, se encontró desplomado sobre un asiento en el aeropuerto de Estocolmo.
Apenas había dormido. Por los absurdos motivos que solo las aerolíneas conocen, el vuelo más económico entre Madrid y Manchester hacía escala en Suecia. Había salido a las 5:45 de Barajas, y en el trayecto, quizás por la ansiedad que le crecía en el pecho, no había pegado ojo. Le dolía la cabeza, se le hacía todo una bola. Al apoyar los pies en el asiento con muy mala educación, una gran mujer —sueca, alta, prepotente— lo regañó con la mirada. Afuera nevaba copiosamente.
Ya en Manchester, se sintió todavía más deshecho. Estaba nervioso, débil, con el vientre flojo. Por la ventanilla, le llegó una imagen del país que ya no iba a abandonarle nunca. Gris. Inglaterra es gris. El cielo es gris, el cemento es gris, la piel de sus habitantes es tan cetrina que parece casi gris.
El color es un puteo constante, una depresión encarnada. Imposible escapar de él. El suelo pulido del aeropuerto le pareció sucio y triste. En algunas esquinas, haciendo un esfuerzo, se podía intuir el viejo cadáver de un chicle, ya casi integrado en la superficie. Para animarse, se compró una tableta de chocolate Cadbury en un Food Quarter. Al segundo mordisco la tiró a la papelera.
En el tren de camino al centro, sacó el móvil y le mandó un mensaje a Carlota: «Ya estoy aquí». No recibió respuesta.
Al llegar a la estación de Manchester Picadilly se le volcó el estómago de verdad. Era una angustia que lo dejaba sin aire, un puñetazo en las vísceras.
Anduvo un rato. Cruzó el río varias veces, que en esa parte aparecía y desaparecía fragmentado y verdoso, contenido por paredes desconchadas y llenas de grafitis. Suerte que apenas llevaba equipaje. Acabó en una zona de edificios bajos de ladrillo, muy deshumanizada. No había vegetación. Solo
calle. Doblando la esquina, vio una enseña de madera que sobresalía: The Three Great Lions Pub. Entró.
A pesar de su frágil estado, o precisamente por eso, decidió pedirse un steak por quince libras y una cerveza. No estaba solo. A su izquierda, unos parroquianos discutían a grito pelado con un acento cerradísimo. El hombre que lo atendía dejó el plato y los cubiertos como si le estuviera haciendo un favor. Tenía las manos y las uñas muy feas, incomprensible que alguien que trabaje de cara al público tenga unas manos tan feas, tan sucias, tan amarillentas, probablemente por una falta de higiene que lleve décadas acumulándose. El steak era congelado. A pesar del recalentamiento no había manera de morderlo. La cerveza, curiosamente, era una birra Peroni templada.
«Hasta la tarde no puedo, estoy en la universidad». El mensaje de Carlota le dejó la mano temblorosa y una cuenta atrás. Apenas faltaban unas horas.
Todos estos hechos, cuando se recuerdan, tienen un punto irreal, de nebulosa, deformados por el estado vibrante y nervioso al que sometemos al cuerpo.
Cogió el metro y acertó, tanto la línea como el sentido de la vía. Una excepción. Su vagón estaba casi vacío. Frente a él, tres ingleses de su edad hablaban entre ellos. Iban a un partido de fútbol de un equipo que Ignacio no conocía. A mitad de trayecto, uno de ellos sacó una bolsita de plástico.
Lo miraron. Parecieron dudar un segundo. Luego, otro sacó su cartera y vertieron con cuidado el contenido de la bolsita. Sobre ese cuero desvencijado se metieron unas rayas. Era la primera vez que Ignacio veía la cocaína.
Bajó de la estación al llegar a la zona universitaria. Había más vegetación, y eso dignificaba el entorno. Esperó. El encuentro fue breve.
Carlota salió de su residencia con ganas de zanjarlo todo. Llevaba una parka muy grande, verde, que a Ignacio le pareció que podría ser de hombre. No lo saludó de ninguna forma, simplemente, se plantó a un metro de distancia y empezó a hablar.
—Nacho, esto es una locura. Ni siquiera entiendo por qué has venido, a pesar de que te he dicho que no.
Tenía los brazos en jarras, la cara tensa, el pelo enmarañado por el viento.
Se empezaba a adivinar que pronto llovería.
—Yo solo quiero que me lo digas a la cara —respondió él, con la iluminación suicida que nos asiste antes de un último golpe.
—Lo hemos hablado por teléfono mil veces.
—Y aun así no me vale. Dímelo. No me lo creo, así que quiero escucharlo de tu boca.
Apenas Ignacio acabó la frase Carlota le escupió la suya, sin vacilación.
Venía preparada de antes.
—Tú mismo. Has hecho un viaje absurdo para esto. Pues, mira, no soporto estar a distancia. No te soporto, Nacho. Me aburres, me aburro.
Ahora mismo solo eres un lastre. No vuelvas a escribirme más, ni te plantes en mi uni. Ya está. Adiós.
Desde una ventana, un estudiante italiano seguía la escena, agazapado tras la cortina.
—Vaya… —titubeó él, agarrándose del pelo, incrédulo.
—Lo siento. Pero vete.
Y en esa misma distancia que mediaba entre las cosas y Carlota, pasó a situarse Ignacio. A veces hay que ensañarse con la gente para que capte los mensajes.
De vuelta a Madrid, anunció a sus padres que dejaba la carrera. Ni los estudios tenían sentido ni la posibilidad de volver a encontrarse con Carlota en unos meses le dejaba hueco para respirar. Lo vieron tan hecho polvo que no le dijeron nada. Todo ese invierno, y esa primavera, los dedicó a escribir su primer libro, Darse cuenta. Así empezaba: Hay una posibilidad entre mil de que un hombre sea feliz y, si esa posibilidad es válida, viene del desconocimiento. Darse cuenta es saber que, ajenos a chispazos de fortuna, la vida está sustentada en la rabia, el dolor y la mentira. Todo lo que hay de bueno en nosotros se estrella continuamente en los demás. Si nos cambian, es para encontrar una desgracia nueva, no para incorporarse a la alegría. Darse cuenta es, en definitiva, reconocer que no estamos cojos; simplemente, nacimos con una pierna.
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