Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 20 de 39

Páginas del PDF

Los juegos florales

Cap�tulo XVIII

XVIII

Era un edificio amplio en una zona poco noble de Madrid.

—¡No! ¡No! ¿No ves? No es un problema de palabras. Es un problema de entender el sentido de la acción.

Giovanni Fosca tenía maneras de soviético: podría haber sido una vieja profesora rusa de ballet. Venía, de hecho, de la escuela latina y marxista, aunque llevaba casi quince años residiendo en España. Poseía el convencimiento claro de la superioridad de la izquierda sobre la derecha.

—La expresión corporal es el medio, no el fin.

De repente atendía a un detalle con la meticulosidad de un átomo, aunque esto solo en apariencia. La obcecación se le pasaba a los dos minutos, cuando dejaba de hablar para los otros y comenzaba a escucharse a sí mismo. Uno imagina de las viejas profesoras rusas una entrega a su disciplina solo igualada por el rigor con el que enseñan. También un cierto hieratismo. Gio Fosca no era así. No era frío. Más bien disperso en cierto modo, una concatenación andante de frases lapidarias que sus alumnas —

sin saber muy bien cómo— tenían que hilar para construir un corpus. Esta suma de elementos ya había producido resultados muy similares en España: la realidad es que Gio Fosca daba el perfil de cualquier catedrático emérito.

Como todas las figuras con aire a institución, interpretaba un personaje de sí mismo.

Venía del teatro clásico, Shakespeare, Molière. En su juventud, le encantaba interpretar La Celestina y vestirse de vieja alcahueta. Era, en sí, un reto y a la vez un acto subversivo. Hubo grandes historias de esos años, seguro, porque siempre las hay. Los gustos elevados, la revolución, el monólogo de Segismundo. Todo eso es elogiable, pero luego la vida es tan somera…

Tras su largo fracaso económico como actor había fundado el Estudio Ravello en Madrid. Inicialmente destinado a la formación teatral, pronto

tuvo que abrir la mano e incluir cursos destinados a la interpretación más cinematográfica. Hamlet no era atractivo. No estábamos en Inglaterra.

—No solo es la pobreza económica —decía Gio Fosca, agobiado por su situación—, también es la pobreza temática.

Fueron tiempos de suerte desigual. Hombres como el Gio, de esa época, hay muchos. Se tiende a creer que quien está inmerso en una profesión artística ama hasta el último detalle de la misma; que hasta en una pésima realización es capaz de ver el matiz que la redime. No. La pasión no es infinita. La segunda mayor lucha del artista, después de la frustración, es el cinismo de los que se han quedado a medio camino, demasiado metidos ya para escaparse, demasiado golpeados para crecer.

Luego, en 2017, la cosa empezó a cambiar. Ese año se estrenaron La casa de papel y Las chicas del cable, dos series que, a través de la plataforma Netflix, tuvieron un impacto global. Ambas contaban con papeles femeninos muy potentes. En lo que afecta a Giovanni Fosca, significó que Estudio Ravello pasó de admitir a cualquiera a tener que establecer un riguroso proceso de selección. Resulta que, casualidades de la vida, muchas de esas chicas Netflix habían estudiado con él. Giovanni volvió a enamorarse de la profesión.

—La actuación es el fenómeno de la transformación —decía el coach, en su peculiar acento italoargentino—. Y no hay que tener miedo a la metamorfosis.

Se echó un novio muy guapete, unos veinte años más joven, así que iba por la vida como un pavo. Algunas noches, cuando su efebo dormía semidesnudo, él se desvelaba y le asaltaban las dudas. ¿Habré traicionado al teatro? ¿Soy un Judas? Luego amanecía. Entre los eventos, las clases y las altas relaciones se le iba olvidando el tema. El éxito como tal es demasiado excitante; los ideales, una luna lejana a la que recurrimos en el fracaso. Al final, tener una posición dominante es en sí una pasión, una profesión propia. El hombre es contradictorio.

A pesar de este aparente cinismo, la verdad es que Gio Fosca sentía cierta predilección por Claudia. En las pruebas de admisión había interpretado un pequeño fragmento de Bodas de sangre, de Lorca, con moderada brillantez.

Después, para la parte de canto —en Estudio Ravello se ofrecía también esa posibilidad, que se añadía al módulo principal de interpretación— había escogido una zarzuela clásica, El barberillo de Lavapiés.

Este es el sitio, frente a la venta.

Esta es la hora, y estas las señas.

Solo por lo anacrónico de la elección la consideró admitida de inmediato.

Le hizo gracia. Tenía, además, una voz preciosa, aunque eso no fuera lo más relevante. El resto de candidatos había optado por obviedades que le hervían la sangre: ese mismo día tuvo que escuchar cuatro pasajes distintos de La llamada, de los Javis. A ella podía verla con recorrido en el mundo de los musicales, o quizás mejor en los papeles medios de alguna gran obra nacional. La verdad es que no era un perfil típico dentro del estudio, no comulgaba con las obsesiones cinematográficas de la mayoría de sus compañeras. Por eso le sorprendió cuando le dijo que tenía entre manos un papel protagonista en una película importante y que quería que le ayudase a prepararlo.

—Niña, ¿de verdad?

Estaban en su despacho, desde el que se veía una amplia sala negra, con escenario y varias filas de butacas. Ambos llevaban ropas cómodas, flexibles.

Claudia asintió e intentó explicarse lo mejor que pudo. No hizo mención a la relación que tenía con Julio Gasset, pues ni ella misma sabía en qué términos estaba (por otro lado, ¿qué necesidad hay de ponerle nombres a las cosas? ¿Por qué se institucionaliza el amor, se ata, se pervierte y se devora?

Cuando se es artista, los sentimientos son el viento de un velero sin timón, esa frase la había leído Claudia en algún lado y la sentía muy propia). Gio no quiso indagar más en ese sentido. Sabía cómo funcionaban las cosas.

Al principio era difícil comprender el relato de Claudia Lanza. Ella sonreía, nerviosa. Daba rodeos. En la clase grupal había estado errática, perdiendo el sentido de la interpretación, y ahora Gio entendía el motivo.

—Es un personaje femenino fuerte, con autonomía, que decide si quiere o no quiere el amor del protagonista masculino, que no se pliega a sus exigencias.

No estaba hilando muy fino: eran fragmentos, oraciones muy redondas pero muy sueltas.

—¿Y desde qué punto de vista está contado? —preguntó el profesor, como desde una atalaya.

—Desde el de él… —respondió Claudia Lanza—. Pero entiendo que la idea es darle más peso a la visión del femenino.

Gio asintió.

—Nos han acostumbrado al papel de mujer como arpía, torturadora del deseo de los hombres —siguió Claudia, hablando en lo que parecía un discurso preparado—, y eso, por suerte, ya está cambiando. Las mujeres también tienen motivos, tienen aspiraciones, tienen fuerza. Y en este proyecto se va a reflejar así.

Gio asintió de nuevo. Luego habló.

—Me parece bien, niña. Pero entonces habría que cambiar el punto de vista —dijo—. De lo contrario, vas a conseguir el efecto opuesto al que te propones. Hay que contar la historia de la mujer. La del hombre, como dices tú, ya la sabemos de toda la vida.

Claudia no pudo sino estar de acuerdo.

—Seguro que se puede reconducir. El proyecto está en una fase inicial todavía. Lo hablaré con ellos.

Era un consejo lógico y, además, significaba un mayor protagonismo para ella. Por eso redobló esfuerzos.

—¿Y me ayudarás a prepararlo…?

No era de extrañar que tuviera ese interés. Que le preguntasen a las chicas de Netflix. Todas habían preparado los papeles claves de su carrera

—el que les había permitido dar el salto a una liga superior— con Gio Fosca, que parecía estar tocado por una varita mágica que, al no saber de dónde había surgido, usaba con cierta ligereza. Por lo que fuera —quizás ese día estaba de buen humor— Gio Fosca le dijo que sí, que podía ayudarla, pero que necesitaba un poco más de información.

—Yo te consigo lo que quieras —respondió Claudia, ilusionada.

—No me refiero a mí. Me refiero a ti. Hay que acudir a la fuente de las cosas.

Claudia vio una luz y corrió hacia ella.

—Está basada en un libro de un autor semidesconocido. Y es una novela muy personal, casi como un diario, o una ficción de su propia vida.

Él afirmó definitivamente que tenía que conocer bien al autor para poder llegar a la raíz de la historia, aunque no se sabe si, por cómo lo contó ella, le predispuso a dar esa respuesta. Muchas veces ordenamos nuestros impulsos

de manera que a los demás les parezcan racionales; tras esa disposición, es normal que nos den su apoyo.

—Yo también lo pensaba —respondió Claudia.

Gio sonrió complacido.

—Pues ya tienes deberes, niña. Una vez tengas esto y el proyecto —lo dijo con cierto retintín— avance, podremos empezar. Hasta entonces, no te descuides en las clases, que te vendrán bien en cualquier caso.

Claudia le dio un abrazo, agradecida. En el mundo de la actuación, la gente es muy tocona.

—Y no te olvides de que esto es un oficio. El mal actor se cree un artista y descuida la artesanía, que es lo fundamental. No somos distintos del alfarero o el carpintero. Hay que trabajar. Y conocer. Conocerse a sí mismo, conocer al otro, es incómodo, y es arriesgado. Pero gracias a esto uno puede llegar a la verdadera conexión con su personaje. La investigación y la creación van unidos. No se puede entender el proceso creativo sin un trabajo previo de búsqueda, de conocimiento. Así que a investigar, a meterte en el más profundo río hasta que puedas volver a la superficie con la pepita de oro.

Claudia lo escuchó con los ojos encendidos, maravillada. Quizás ese fue el momento en el que entendió toda la sabiduría que Gio Fosca era capaz de transmitir.

—Eso haré.

Gio asintió contento, colmado, y ambos se despidieron.

La realidad es que sentía una gran predilección por Claudia. Era una niña agradable y con cualidades. En la soledad de su despacho, canturreó un fragmento de otra zarzuela:

Una morena y una rubia,

hijas del pueblo de Madrid,

me dan el opio con tal gracia

que no las puedo resistir.

Tenía un timbre peculiar, como si su voz fuese más aguda al entonar melodías y no frases.

OceanofPDF.com