Los juegos florales
Cap�tulo XXVII
XXVII
En el hotel le sucedió una cosa curiosa. Era un edificio a las afueras, casi en el campo, bajo, antiguo. Tenía dos estrellas. Se llamaba Son do Mar. A la entrada no vio a nadie, así que llamó al timbre sobre el mostrador, un objeto de otra era, como el concepto de bellboy. Tras un pasillo se veía el comedor, decorado con algunas vasijas de cerámica de Sargadelos que colgaban de la pared. También un gran cartel un poco roído, de esos del Patronato Nacional de Turismo. «Visite Galicia», se leía.
Apareció un niño pequeño en pantalones cortos que le habló con un fuerte acento gallego.
—¡Buenas tardes!
—Buenas tardes.
—Si quieres, deja las cosas aquí y yo aviso a mi padre. ¡O date una vuelta!
El niño, muy espabilado, salió corriendo a buscar a su padre. Ignacio, desubicado por la falta de sueño, hizo caso de su consejo y salió para dar una vuelta al edificio. En la parte de atrás vio la piscina. Un hombre recogía las hojas y algún bicho del agua completamente desnudo. Parecía un mono prehistórico, tan peludo que apenas se distinguía nada más que pelo.
— ¡Cajo na cona!
El hombre se tapó con una toalla e Ignacio miró para otro lado. Volvió hacia la recepción, aguantándose la risa. Justo oyó al niño.
—Papá, papá, vino un señor al hotel.
—Ya vi, ya.
Poco después apareció el hombre en recepción, algo azorado, vestido con vaqueros y camiseta azul. Llevaba una perilla de candado y gafas setenteras, de esas de montura gorda y patillazas. Como si quisiera ocultar su cara.
—Muy bien —dijo, al revisar todo—. La habitación 112. Subiendo las escaleras, a la derecha.
Por el silencio, daba la impresión de que Ignacio era el único huésped del día.
La habitación era modesta, por no decir directamente cutre, pero nada que no cupiera esperar. Desde la ventana se veían vides de uva blanca.
Ignacio deshizo su maleta, se duchó y se cambió la ropa, que ya venía arrugada y sudada del trayecto. Salió a dar un paseo con destino al centro del pueblo. Era su primera vez en Sanxenxo.
Le sorprendió la animación del sitio. También el asfaltado. Alguien había decidido pintar de rojo y lunares blancos ciertas zonas peatonales, creando la apariencia de un gigantesco vestido de flamenca. Pero volvamos a la animación. Por todas partes se veían terrazas, restaurantes, bares. La playa ya estaba desierta —empezaba a anochecer—, y la gente se volcaba en masa sobre las calles.
Era un lugar bastante pijo, pero sin la afectación de los veraneos del sur.
Los padres llevaban sus camisas de Ralph Lauren y el jersey convenientemente anudado a los hombros; las madres lucían un moreno respetable y jovial; los hijos, a partir de la adolescencia, dejaban a un lado la ortodoxia familiar y calzaban zapatillas llamativas, sudaderas anchas, vaqueros rotos y ajustados: no era más que una segunda ortodoxia, porque todos iban bastante uniformes. Quizás donde se veía un estilo más depurado era en la franja de edad de Ignacio. Ni rastro de Claudia, claro.
Estuvo pensando en cómo enviar la foto y probó doscientos encuadres distintos. Al final, se decidió por una en la que apenas se le veía un tercio de la cara. De fondo, la playa de Sanxenxo, Silgar, con la estatua sobre la roca que la hacía reconocible. «Adivina dónde estoy. Visitando a un amigo». Claudia no tardó en responder, con un mensaje lleno de mayúsculas y exclamaciones. Quedaron en verse ese mismo día. Estaba invitada a una fiesta en una casa, invitación que extendió a Ignacio y a su
«amigo».
Regresó al hotel porque le entraba cierto sueño, ese sueño nervioso de las grandes ocasiones, que nos afloja el vientre, casi imposible de dominar. En la recepción saludó al encargado, que, vestido, le hizo un gesto reservado de cabeza al pasar. Entró en la humilde habitación y bajó las persianas. Con
mucho cuidado se quitó la ropa recién puesta. Luego se la pondría de nuevo.
A pesar de la inquietud, lo consiguió. Primero cerró los ojos. Luego fue empleando el método que su madre le había enseñado de pequeño, cuando le entraba un vértigo de lagartija nada más apagar la luz. El proceso era el siguiente: había que concentrarse en cada parte del cuerpo, notar cómo se relajaban los músculos, dejar que, por su propio peso, se hundieran en la cama mullida. Comenzaba con los pies, subía por las piernas, después la tripa, el pecho, los hombros y, por último, la cara. Acogida en la almohada, era como disolverla en una nube.
Soñó con Carlota Ron. Aunque apenas durmiese cuarenta y cinco minutos, los sintió como una eternidad. Era verano, pero era un verano ambiguo, abstracto, como una postal de cocos y playa. Carlota llevaba en la mano un bocadillo envuelto en papel de plata. Ignacio miraba ese bocadillo con muchísima concentración, porque ella avanzaba hacia él en bikini. No quería mirarle los pechos para no faltarle al respeto. Después ella se sentaba cerca, pero no exactamente a su lado. Desenvolvía el papel de plata y empezaba a comerse el bocadillo. Era de jamón. De vez en cuando, Carlota le dirigía miradas furtivas, haciéndole ver que sabía que estaba siendo observada, pero que le daba igual; disfrutaba de cada mordisco, acuclillada frente al mar, en una postura característica que ya adoptaba en la universidad. Llevaba una cinta para sujetarse el pelo y unos pendientes de aro muy pequeños. Ignacio sentía el impulso de acercarse a ella y decirle algo, pero se reprimía. Cuando ya vio que estaba a punto de terminarse el bocadillo se levantó. Había reunido muchísimo valor. Ella le sonrió.
Llevaba un noventa por ciento de bocadillo esperando a que diese el paso.
Le hizo un gesto con la mano, que parecía una señal de invitación. Se sentaron juntos. Ignacio podía recordar su olor; no era a mar ni a salitre, sino una fragancia concreta, algo que venía de la memoria más íntima.
Acercaron las cabezas, juntándolas como en la portada de Ciudad de Dios.
Le embargaba la emoción, pero apenas podía moverse después del primer acercamiento. Se sentía como esos recién nacidos que miran el mundo con ojos de susto. Ella le acarició la cara. Después agarró un puñado de arena y se lo metió en la boca. Ignacio se atragantó. Sacó otra sensación de un baúl perdido del cerebro: el sabor a tierra, a polvo, una mañana en Infantil en la que se había comido una manzana que, previamente, había descansado
sobre el suelo del recreo. Intentaba tragar, pero por la textura crujiente de la arena era imposible, le dolían los dientes. Carlota le tapaba la boca con la mano para ayudarlo. No dejaba de sonreír.
Después de un sueño tan turbulento, se encontró desanimado. Aun así, no quiso ceder. Se dio un agua en la cara y en el cuello —se había duchado hace nada—, se lavó los dientes para quitarse el sabor a tierra y se vistió.
Saliendo del hotel se repetía a sí mismo: «Vamos, Ignacio. ¡Vamos! Es tu momento. ¡Vamos!».
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