Los juegos florales

Santiago Isla · Capítulo 6 de 39

Páginas del PDF

Los juegos florales

Cap�tulo IV

IV

Aunque no estuviera en su naturaleza, Ignacio se la presentó a sus padres.

Su madre preparó una merienda cena para darle cierto empaque al asunto: aceitunas La Española, queso blanco Caprice des Dieux, Lay’s Gourmet, rollitos de jamón cocido con queso Philadelphia, espárragos blancos, Mahou Cinco Estrellas (frías, con más cuerpo, no como las litronas de Mahou verde a las que su hijo se había acostumbrado), frutos secos, paté La Piara, tostas y hasta una botella de tinto Emilio Moro, esto a instancias del señor Benavides, que prefería el vino.

La conversación fue bien. Carlota mintió con mucha inteligencia sobre la universidad, el claustro y las asignaturas.

—Es buena niña, se ve que es lista —había dicho su padre, contento por la influencia que podía ejercer en un chico con visos de perderse por la vida.

Y esa bendición, que hijos como Ignacio suelen fingir que es accesoria, lo hizo sentirse como si por primera vez hubiera estado a la altura de las expectativas. En su libretita apuntó un día:

Amor.

¿Será que yo buscaba otras cosas

y lo que buscaba era amor?

¿Qué valen las ambiciones

cuando tienes amor?

Esto, claro, se escribe bajo un foco concreto, que parece iluminación, pero también puede ser eclipse. Las ambiciones valen lo que vale su reverso: el fracaso. Y el amor, desgraciadamente, se acaba más pronto que tarde.

Una noche, a finales de curso, Carlota lo citó cerca de su casa, frente al parque en el que tantas veces se habían besado. Ignacio llegó de buen humor. Quería hablarle de una serie, de un guion, de un proyecto tan disparatado como emocionante. Soplaba una brisa primaveral, de las que traen un último souvenir helado del invierno.

—Me voy de intercambio el año que viene. A Manchester.

Y uno siente esa angustia del amor, esa dependencia, como si le arrancaran un dedo.

OceanofPDF.com