Martin Heidegger
El interludio de Marburgo (1923-1928)
A principios del año 1922, el Privatdozent Heidegger volvió a tener la oportunidad de obtener una cátedra de Filosofía en Marburgo, después de que sus
anteriores intentos de 1917 y 1920 fracasaran, como ya hemos visto[93]. Paul Natorp, la cabeza dirigente de la escuela (filosófica) de Marburgo, se encontraba a las puertas de la jubilación y buscaba un posible sucesor, también en Friburgo: se encontraba muy «inclinado» a pensar seriamente en Heidegger. La única pega es que, hasta ese momento, Heidegger no había producido nada como «fenomenólogo»; «y tampoco puedo dejar de pensar si no se dedica más bien a retomar y reelaborar muy inteligentemente las influencias recibidas de fuera para luego devolverlas, desde luego bajo una forma muy útil, en lugar de producir a partir de sí mismo»: así escribía
Natorp certeramente a su colega Husserl el 29 de enero de 1922[94] Pero éste, el amigo paternal de Heidegger, defendió de la manera más calurosa y comprometida a su discípulo como ya había hecho hasta ahora, destacando la originalidad de su pensamiento, su éxito docente tanto con los principiantes como con los alumnos ya avanzados, y haciendo especial hincapié en el proyecto sobre fenomenología de la religión: para él, Heidegger, el antiguo «católico», no podía consagrarse a su tema principal en Friburgo, como era comprensible, ya que trataba de Lutero. Por eso, probablemente sería de gran importancia para el desarrollo de Heidegger que pudiera trasladarse a Marburgo. Allí podría crear un importante vínculo entre la filosofía y la teología protestante. Heidegger conocía a la perfección todas las formas de la teología protestante y las apreciaba sinceramente en todo su valor. Y además, este era el último argumento de Husserl, el nombramiento de Heidegger en Marburgo sólo podía
repercutir en beneficio de esa universidad[95].
La línea de argumentación de Husserl ya nos resulta familiar. Se trata del protestante Heidegger que procede del catolicismo. Así es como se le clasificaba por norma general. Pero al principio, Natorp no tuvo más remedio que defraudar a su colega Husserl, porque se había elegido como sucesor de su puesto al profesor encargado de curso de Marburgo, Nicolai Hartmann. ¡Pero entonces había que dotar el puesto de Hartmann! Un pequeño consuelo, pero aún no se había decidido nada, sobre todo porque la lista de publicaciones de Heidegger era más bien escasa. A mediados del año 1922, la Universidad de Gotinga también anunció su interés por el Privatdozent de Friburgo: la antigua cátedra de Husserl estaba vacante. Una vez más, Husserl se puso a cantar las alabanzas de su discípulo que estaba a punto de terminar un importante trabajo sobre Aristóteles que iba a ser publicado en el Anuario de Husserl el año siguiente. Este manuscrito sobre Aristóteles —que nunca ha sido encontrado— sigue siendo uno de los caballos de batalla de los investigadores de la historia de la filosofía. Naturalmente, a nosotros no nos importa demasiado, pero en todo caso, Heidegger trabajaba febrilmente en su Aristóteles, sobre todo desde que en septiembre de 1922 los marburgueses se habían mostrado interesados en nombrarlo para un puesto de encargado de curso. Hasta mandaron emisarios en misión de exploración al meridional Friburgo, el más destacado de los cuales fue el futuro discípulo de Heidegger, Hans-Georg Gadamer.
El 22 de septiembre de 1922, Paul Natorp informó a Husserl de que en Marburgo se iba a volver a «considerar muy especialmente la candidatura de Heidegger», no sólo debido a la enorme estima que le profesaba Husserl, «sino también debido a lo que habían contado sobre su reciente evolución algunos antiguos marburgueses que habían ido a escucharle a Friburgo». Pero de nuevo concluía insistiendo sobre el dato
de «la escasez de publicaciones que tiene hasta ahora»[96].
El 22 de noviembre de 1922, Heidegger, que mientras tanto iniciaba su amistad con Karl Jaspers, escribía lo siguiente a este último: cuando se había enterado por Husserl de que Natorp pedía una orientación concreta sobre los trabajos que tenía planeados, se había sentado tres semanas a su escritorio, había hecho una compilación de sus propios escritos, a la que había añadido una breve introducción, a continuación había dictado todo lo compilado («sesenta páginas») y, finalmente, había mandado un ejemplar a Gotinga y Marburgo a través de Husserl. Después nos enteramos de que, aunque en Gotinga aprecian su trabajo, no puede hacerse muchas ilusiones allí. La reacción de Marburgo es más impresionante, porque según le ha escrito Natorp, se encuentra «en un lugar extraordinario» de la lista. Sin embargo, Heidegger se siente pesimista y opina que se tratará del célebre «segundo puesto» de la lista y que Richard Kroner «el de más edad» —«y sobre todo el que más papel ha emborronado»— será el que se lleve la plaza. En cuanto a él, se sentiría ofendido si lo clasificaran en segundo lugar y «de una manera o de otra» lo único que quiere es tener paz. En efecto, «estos tira y afloja, esperanzas a medias, halagos falsos y demás
me ponen en un estado horroroso»[97].
Heidegger iba a recibir una sorpresa positiva. Hacia finales de octubre de 1922 Natorp ya le había escrito a Husserl que él y Nicolai Hartmann «hemos leído el trabajo de Heidegger con sumo interés y hemos encontrado en él precisamente lo que cabía esperar después de lo que Vd. nos había comunicado anteriormente. Destacan una originalidad, profundidad y rigor nada corrientes… Espero que consigamos ponerlo en la lista y en un puesto tal que tengan que tomarlo a la fuerza en
consideración»[98].
En diciembre de 1922 la Facultad de Filosofía de la Universidad de Marburgo cerró su lista dándole a Heidegger el puesto número 1. El 18 de junio de 1923, obtuvo el nombramiento «para una plaza de encargado de curso con la situación y los derechos de un profesor titular», como él mismo escribió a Jaspers el 19 de junio, a quien también comunicó pocas semanas más tarde cómo había sido el trasfondo de la historia del nombramiento: Richard Kroner, su principal competidor había obtenido solamente el puesto número 3 de la lista, pero se había lamentado por doquier y hasta había viajado a Berlín (al ministerio) y se había ido a proponer en persona a Marburgo diciendo que, si le nombraban, hasta asistiría a los cursos de Hartmann. «Cosa que desde luego yo no pienso hacer», le decía Heidegger a Jaspers, «pero con mi mera presencia le voy a hacer padecer; me seguirá aquí un grupo de choque de 16 personas, además de los inevitables acompañantes de siempre, algunos de los cuales son serios y trabajadores». Unas palabras que suenan muy militares y hasta parecen encerrar una especie de logística. De hecho, la misma carta contiene explicaciones detalladas de Heidegger sobre la futura filosofía que quería crear con Jaspers en una comunidad de lucha. La verdad es que ambos habían pensado en Heidelberg como campo de acción. Por eso, continuaba Heidegger, ahora tendría que sostenerlo una comunidad invisible a fin de poder actuar en Marburgo en donde, por cierto, la biblioteca no era demasiado buena.
A Heidegger nunca le gustó Marburgo, nunca se sintió bien en ese «nido de niebla» y estaba siempre de mal humor por culpa de «ese aire pequeñoburgués que me vuelve a rodear aquí»; aparte de su trabajo, no había nada que le retuviera en Marburgo. Las cartas a Jaspers de la época de Marburgo no pueden ser más claras. Su verdadero hogar, su patria, era la cabaña de Todtnauberg, a la que siempre estaba deseando ir y a donde, de hecho, iba en cuanto se terminaban los cursos en Marburgo. Se le alegraba el alma pensando en «el aire recio de las montañas; esta brisa blandengue y debilucha que sopla aquí abajo a la larga acaba con uno». El trabajo de la madera «y después, otra vez, la escritura». Le habría gustado pasar el invierno en la cabaña, quedarse allá arriba con su trabajo. «No echo nada de menos la compañía de mis colegas. Los campesinos son mucho más agradables y hasta interesantes». Ser y Tiempo fue escrito en la cabaña, allí, donde la vida se muestra «al alma, pura, sencilla y grande» (Cartas del 23.9.1925, 24.4. y 4.10.1926).
Sin embargo, Heidegger encontró en Marburgo a un inmejorable interlocutor: Rudolf Bultmann, exegeta y teólogo sistemático, en cuyo seminario sobre san Pablo, del semestre de invierno de 1923-1924, ya había tomado parte. Los pronósticos de Husserl según los cuales Heidegger haría de mediador entre la filosofía y la teología se confirmaban. También se comportó conforme a su reputación de protestante procedente del catolicismo. Ante Bultmann pasaba por ser el conocedor de Lutero por excelencia, según leemos en carta de éste a su amigo Hans von Soden, del 23 de diciembre de 1923, donde expresa la fuerte impresión que le ha producido Heidegger en sus primeros encuentros. Según Bultmann, Heidegger no sólo conocía la escolástica y Lutero, sino también la moderna teología de, por ejemplo, Friedrich
Gogarten y Karl Barth[99]. En una carta a Jaspers del 13 de junio de 1924, Heidegger describe la atmósfera de Marburgo cuando se cumple su segundo semestre de estancia allí: «Fuera se está espléndidamente, en la universidad no pasa nada, no hay estímulo alguno. El único ser humano es el teólogo Bultmann, con quien me reúno cada semana». Si hay que creer a Hermann Mörchen, Heidegger dijo en una ocasión
que los años de Marburgo habían sido los más felices de su vida[100]. Tal vez en una mirada retrospectiva sus recuerdos se le aparecieran agradablemente deformados en comparación con épocas posteriores. Pero la verdad es que Heidegger se encontraba aislado en su terreno, a pesar del éxito que tenía incluso entre los estudiantes. Había encontrado un terreno sólido y seguro, pero en el que no era «posible una docencia equilibrada para un mismo nivel de exigencias», como se quejaba ante Jaspers en mayo de 1925: la filosofía que impartía su colega Jaensch resultaba elemental hasta para alumnos de la escuela primaria. Y encima se iba a marchar Nicolai Hartmann. En esta situación, hasta habría sido preferible aceptar la oferta que le había llegado de Japón y que le había sido comunicada oficialmente en la primavera de 1924: se trataba de una actividad científica de tres años de duración en un instituto «para el estudio de la cultura europea», con especial orientación a las ciencias humanas, fundado por la nobleza y las altas finanzas japonesas. Las horas de docencia eran pocas, se colaboraba con una revista trimestral y todo ello con un sueldo fabuloso (17 000 marcos al año, una suma increíble para un catedrático alemán de la época). Lo mejor que se podía hacer era aceptar y ahorrar el dinero para construirse una casa, opinaba Heidegger, que en junio de 1924 quería convencer a Jaspers para que aceptara esa misma invitación. Desde luego, antes tenía que publicar su Aristóteles. Pero no cabe duda de que su horizonte se ampliaría, que tendría la posibilidad de trabajar sin ninguna perturbación y hasta estaba prevista la posibilidad de dar clases en la Universidad de Tokyo. Pero no estaba seguro de que fuera necesario ni aconsejable emprender una excursión semejante.
En todo caso, en 1925, cuando se pusieron en marcha las intrigas universitarias internas para la sucesión de Hartmann y Heidegger pretendía obtener finalmente una titularidad mejor pagada, esto es, cuando las luchas de intereses en Marburgo y el ministerio de Berlín estaban en pleno furor, es muy posible que Heidegger contemplara la suculenta oferta que le había venido de Japón comparándola con aquella mezquindad y estrechez de mente provincianas. Una vez más, los profesores de Marburgo (en este caso Ernst Jaensch) se dirigieron a Husserl para que emitiera un juicio comparativo entre sus discípulos Heidegger y Dietrich Mahnke. En su respuesta del 30 de junio de 1925, Husserl expresó su gran estima por Dietrich Mahnke, al que creía perfectamente capacitado para un puesto de encargado de curso (es decir, para suceder a Heidegger en su actual puesto) y añadió que no dudaba de que la facultad siempre se sentiría satisfecha de poder contar con «este hombre y erudito excelente», pero que sus consejos no serían del todo sinceros si no dijera decididamente que:
el colega Heidegger merece, en mi opinión, una absoluta prioridad para la
plaza de titular con sueldo fijo. Y no digo esto en comparación con Mahnke,
sino en comparación con cualquier candidato que pueda presentarse en estos
momentos. Entre las nuevas generaciones, todavía no he encontrado nunca
una personalidad filosófica de tan profunda originalidad ni he visto una
entrega a la filosofía que esté tan por encima de cualquier interés profano. La
particularidad de su docencia, que cautiva todo el ser de sus oyentes
recurriendo únicamente a la seriedad de su espíritu filosófico, debe ser ya bien
conocida en Marburgo. A mi entender, Heidegger es sin duda alguna el más
importante de los filósofos del futuro. Si no se lo impide algún desafortunado
azar o la irracionalidad del destino, Heidegger está predestinado para ser un
filósofo de gran altura, un guía que pasará por encima de la confusión y la
debilidad de nuestra época. Sus próximas publicaciones mostrarán cuántas
cosas originales tiene que decirnos y se viene guardando desde hace años
porque no quería comunicarlas hasta que no hubieran madurado plenamente y
tuvieran una fuerza de convicción definitiva[101].
Volvemos a toparnos con el Husserl que, íntima y profundamente convencido de la altura del joven pensador desde 1918, muestra una reverencia cargada de un pathos casi excesivo.
La facultad tampoco le fue a la zaga a las alabanzas de Husserl en su propuesta de nombramiento del 5 de agosto de 1925: Heidegger se había mostrado en todo momento como un investigador y profesor «de primer rango». Ciertamente, su libro sobre Aristóteles aún no había sido publicado, pero el manuscrito estaba concluido desde hacía tiempo «bajo una forma constantemente reelaborada para su próxima publicación» (esta obra nunca fue editada). Después, la propuesta alude a la segunda gran obra en vías de aparición, que en estos momentos llevaba el título «Tiempo y Ser» y «que nos muestra a otro Heidegger, al pensador autónomo creando en solitario. Esta obra ofrece nada menos que una nueva interpretación de las preguntas supremas de la ontología, es decir, presenta una síntesis (por primera vez libre de todo subjetivismo) de la investigación de tipo fenomenológico y explota el gran tesoro de la tradición de la metafísica clásica, medieval y moderna». En comparación con los antiguos representantes del método fenomenológico —así continuaba el escrito de propuesta—, que se habían contentado más bien con preparar el terreno, Heidegger avanzaba con decisión en dirección a los problemas filosóficos fundamentales. En el actual paisaje filosófico no había nada comparable a este pensamiento, nada igualaba su rango. Heidegger era el digno sucesor de la cátedra
que llevaba el sello del trabajo de Natorp[102]. Los marburgueses añadían que deseaban vincular a Heidegger a su universidad, tal vez porque tenían presente que la cátedra de Husserl en Friburgo pronto iba a quedar vacante.
Pero el ministerio de Berlín opuso dificultades, devolvió la lista y, aunque se había incluido en el sumario las pruebas de imprenta de Ser y Tiempo pasaron más de dos años (hasta octubre de 1927) antes de que Heidegger fuera nombrado profesor titular con sueldo fijo, a la vez que se le daba el puesto de encargado de curso a Mahnke. En la correspondencia con Jaspers, Heidegger siempre describe lo que ocurre entre los bastidores de esa táctica de postergamiento: opina que el que más intriga contra él es el especialista en religiones, Otto; en cuanto a Jaensch, lleva su propio juego: por lo visto, «sólo alguien mediocre y no peligroso» debe venir a Marburgo. Y cuando a principios de diciembre de 1926 la lista fue rechazada y devuelta por Berlín una segunda vez, Heidegger se desahoga en una carta a Husserl quien a su vez le consuela contándole sus propias experiencias desagradables de la época de Gotinga. Después de todo, le dice, la facultad de Marburgo está con él y sobre todo tiene:
… la gran suerte de estar a puntó de imprimir la obra gracias a la cual se ha
convertido Vd. en lo que es y con la que, como Vd. sabe muy bien, podrá
realizarse por primera vez como filósofo. A partir de ahí, Vd. se elevará a
nuevas creaciones. Nadie tiene más fe en Vd. que yo, nadie está más
convencido de que finalmente Vd. no guardará ningún resentimiento y no se
dejará confundir ni distraer por nada que no sea la pura realización de lo que
le ha sido confiado, de lo que es innato a su persona[103].
Debemos grabar estas frases en nuestra memoria para recordarlas cuando tengamos que opinar más tarde sobre la distancia creciente que se establecerá entre Heidegger y Husserl.
Ser y Tiempo apareció la primavera de 1927. El gran éxito anunciado por Husserl se cumplió. El nombramiento como titular de Marburgo, en octubre de 1927, se puede entender como un intento de recuperar lo perdido, pero pocas semanas más tarde, bajo la dirección de Husserl, se ponía todo en marcha para nombrar a Heidegger titular de la propia facultad de Friburgo. La simiente largo tiempo enterrada había llegado a sazón y estaba madura para la siega y el almacenamiento en el granero. Antes incluso de aceptar el nombramiento en Friburgo, Heidegger ya se había comprado una parcela en las zonas altas de Friburgo-Zähringen y los albañiles estuvieron trabajando sin parar el verano de 1928 para que pudiera ocupar la casa en el invierno de 1928. El regreso al suelo natal se había consumado.
El estilo de los cursos de Heidegger estaba teñido de «la frialdad de sus razonamientos sutiles», escribe un oyente de Marburgo en una Autobiografía filosófica: «Sin embargo, durante dos veces fui testigo del estallido de fuertes emociones que recorrían también las partes aparentemente frías de sus lecciones: fue con ocasión del discurso conmemorativo por la muerte de Scheler y de su discurso de despedida de Marburgo. En estas ocasiones, sus pensamientos se cargaron de
sentimientos tan fuertes que se le saltaron las lágrimas y su voz se quebró»[104].