Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 3 de 29

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Martin Heidegger

Segundo hito: El adviento permanente

Segundo hito:

 

EL ADVIENTO PERMANENTE

 

En realidad la (superficial) argumentación de Heidegger en su propia defensa, tan a menudo aireada por la prensa, adquirió sus primeros perfiles en mayo de 1945, sólo pocos días después de la rendición sin lucha de Friburgo a las tropas francesas. Como ya hemos indicado, en estos difíciles momentos de cambio el profesor no se encontraba en la ciudad universitaria, sino en el valle superior del Danubio, es decir, en el lugar donde se hundían y podían ver las raíces fundamentales de su existencia. Sin embargo, la paz casi idílica de las fuentes del Danubio se vió interrumpida por la noticia de que la casa de Friburgo, Am Rötebuck, iba a ser confiscada en calidad de casa del partido, ya que, para el comandante francés, Heidegger era un nazi typique.

La señora Elfride Heidegger intentó apartar este peligro en nombre de su marido, insistiendo en que el filósofo no había estado tan implicado en las actividades del Tercer Reich como para merecer esas medidas y que cuando volviera de su actual lugar de trabajo el propio Heidegger se explicaría detalladamente.

Eso es lo que, efectivamente, hizo en julio de 1945, pero en estos momentos ya estaba en el punto de mira de la épuration y en consecuencia fue invitado a explicarse ante el denominado comité de depuración de la Universidad de Friburgo, instaurado por los franceses en el marco de la autonomía universitaria. Heidegger se vio obligado a defenderse por varios flancos. En los meses siguientes, fue formulando uno a uno todos los elementos que obraban en su descargo que, más tarde, en noviembre de 1945, refundió en una toma de posición que recogía todos los argumentos y en la que ya se encontraba la substancia y la estructura de todas las declaraciones posteriores, tanto de la entrevista titulada «Sólo ya un dios puede salvarnos», concedida a la revista Spiegel en 1966 y, por deseo expreso, no publicada hasta después de su muerte en 1976, como del informe autojustificativo de la época de rectorado, subtitulado Tatsachen und Gedanken [Hechos y reflexiones], también publicado postumamente en 1983. De este modo, el pensador Martin Heidegger se torna particularmente presente de modo póstumo.

Todo esto no sólo ocurría en la escena nacional, sino que, por el contrario, el teatro de estos hechos era y es todavía toda la escena internacional. Hay una amplia red de grupos heideggerianos, últimamente organizados en «Sociedades Heidegger». Tales sociedades salen de su letargo cuando se trata de responder a algún ataque. Por eso, los que ya conocen la trama, no se extrañan de ver que Hechos y reflexiones se difunde con gran rapidez, gracias a las traducciones, en territorio francófono y anglófono, y que este texto se considera como la última palabra dirigida por el filósofo a todos los que ven de otra manera su implicación política y la juzgan con dureza.

Sin embargo, está fuera de dudas que la tendencia a restar importancia al pasado político del filósofo habría fracasado hace mucho tiempo si se hubieran tomado en cuenta los resultados de las investigaciones. Yo mismo, enfrascado personalmente en estas investigaciones y motivado precisamente, como ya he explicado, por el texto de 1983, pude darme cuenta de que la recepción de los conocimientos metódicamente garantizados sobre el tema era extremadamente lenta y pasaba previamente por un espeso filtro, de manera que determinados aspectos importantes quedaban

completamente fuera y no se daban a conocer[33]. La línea de argumentación de Heidegger en Hechos y reflexiones es insostenible, tanto desde el punto de vista cronológico y factual, como desde el punto de vista de su fundamentación. Por poner un ejemplo, Heidegger no accedió al rectorado de manera más o menos casual y casi haciendo un sacrificio por la Universidad de Friburgo (a fin de evitar cosas peores), tal como pretende. Por el contrario, debía ocupar esa posición dirigente siguiendo un plan detallado de un pequeño cuadro de profesores nacionalsocialistas de la Universidad de Friburgo que lo consideraban en esos momentos su mejor hombre de confianza ante el ministerio de Karlsruhe y las distintas instancias de Berlín. También la fecha de su inscripción en el NSDAP [Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes] había sido fijada siguiendo determinados criterios tácticos.

Heidegger estaba vinculado desde hacía mucho tiempo al movimiento nacionalsocialista, en particular a través de los grupos de estudiantes del Nationalsozialistischer Deutscher Studentenbund (NSDStB) [Asociación nacionalsocialista de estudiantes alemanes]. Por ejemplo, conocía al jefe de la asociación de estudiantes llamada Deutsche Studentenschaft (esta organización había pasado al control de los estudiantes nacionalsocialistas mucho antes de 1933), Gerhard Krüger, así como al jefe de la región VI del NSDStB (suroeste alemán), Dr. Stábel, de Karlsruhe.

Con fina intuición, el poeta residente en Badenweiler, René Schickele («citoyen francais y poeta alemán» según sus propias palabras), anota en su diario, el día 2 de agosto de 1932, el giro interior dado por Heidegger: «En los círculos universitarios de Friburgo se cuenta que Heidegger ya sólo se relaciona con nacionalsocialistas (no

puedo creerlo, tendré que preguntarlo en cuanto tenga ocasión)»[34]. Pero ¿en qué medida estaba relacionada esa proximidad al partido con su propio pensamiento? Esta es la pregunta fundamental que no ha cesado nunca de plantearse.

Para el pensador Heidegger el adviento de 1932, la época cristiana de la esperanza en la venida del Señor, seculariza la espera de un cambio: «¿Conseguirán las décadas venideras crearle un suelo y un espacio a la filosofía, vendrán hombres que lleven consigo un lejano mandato?». Esto le escribía Heidegger a Karl Jaspers, en

Heidelberg, el 8 de diciembre de 1932[35]. Pero ¿quiénes pueden ser esos hombres «que llevan consigo un lejano mandato»? ¿Y qué puede significar ese oscuro «mandato»? Jaspers no fue capaz de identificarlo. Y ¿cómo hubiera podido, él, más bien prosaico, a quien esta dimensión meditativa y casi mágica de Heidegger permanecía oculta? Sin embargo, el Discurso del rectorado de 27 de mayo de 1933 sitúa ese «lejano mandato» en una posición central (lo menciona tres veces) y lo

vincula con el inicio del surgimiento de la filosofía griega[36].

 

El principio es todavía. No se encuentra detrás de nosotros, como lo que ya ha

sido hace tiempo, sino delante de nosotros. En su calidad de lo más grande

que existe, el principio se adelanta a todo lo venidero y por lo tanto también

se anticipa a nosotros mismos. El principio ha irrumpido en nuestro futuro, se

encuentra allí como ese lejano mandato por encima de nosotros de volver a

recuperar su grandeza.

 

En este preciso instante, en el momento del estallido revolucionario del nuevo Reich, a Heidegger no le cabía ninguna duda sobre quiénes eran esos hombres «que llevan consigo un lejano mandato». Es por eso por lo que él, el pensador del comienzo, de ese «ser que hay que investigar desde los orígenes», no podía equivocarse, y esto es de capital importancia, porque tal vez fuera él el único que comprendió reflexivamente la «interna verdad y grandeza» del movimiento (en 1935: Introducción a la metafísico que sin embargo (ya) no se abría para aquellos que se autodenominaban nacionalsocialistas. Todos los lamentos y razones, todas las acusaciones que cayeron sobre él después de 1945, y que él estimaba superficiales, eran «indiferentes», «un revuelo estéril» «ni siquiera insignificante», tal como califica Heidegger destructivamente todas estas críticas, contestando a ellas de una vez por todas, en el escrito publicado en 1983.

Pero estas acusaciones no podían ser tan superficiales; por el contrario, la categoría del adviento, un motivo permanente de su obra, era central en Heidegger. Esto es lo que pretende el filósofo en los pocos testimonios públicos que tenemos de él de después de 1945, como por ejemplo, la carta dirigida al diario Die Zeit en el verano de 1953: el que haya aprendido la artesanía del pensar —«ésos que escuchan

en medio de ésos que oyen»[37]— tiene que haberle comprendido a través de sus lecciones; otro ejemplo es un esbozo de carta al diario Süddeutsche Zeitung de 24 de junio de 1950 (que nunca se llegó a enviar) en el que pretendía acallar los reproches masivos que le llegaban del consejo municipal de Munich y del Landtag de Baviera.

Seguramente Heidegger también contaba entre esta serie de testimonios su interpretación de 1940-1941 del himno de Hölderlin «Como cuando en día de fiesta…», cuyos versos centrales sondea en profundidad: «¡Pero ya llega el día! Lo esperé y lo vi venir/ Y sea mi palabra eso que vi, lo sagrado». A diferencia del Discurso del rectorado de 1933, aquí se concibe lo sagrado como aquello cuya venida pone las bases para otro principio de otra historia. Lo sagrado decide inicialmente sobre los hombres y sobre los dioses y por lo tanto ese adviento, ese advenimiento, es para Heidegger historia, auténtica historia. Pero ocurre que la historia es moneda rara, es el kairos que «decide inicialmente en cada ocasión sobre la esencia de la verdad». Ahora bien, la verdad es el desvelamiento del ser. Heidegger vuelve una y otra vez a interpretar a Hölderlin a partir del año 1936 y esa historia futura seguirá siendo siempre un adviento, algo no acaecido. En 1940-1941 cierra así su lección: «Esta palabra nunca escuchada está guardada en la lengua occidental de

los alemanes»[38].

Con su característica maestría del lenguaje, Heidegger formula frases mucho más impactantes aún en una carta a Karl Jaspers de 8 de abril de 1950; este amigo de los tiempos pasados, que vivía y enseñaba desde 1948 en Basilea, se esforzaba desde hacía un año por tender un puente hacia Friburgo en un gesto de solidaridad con el profesor destituido:

A pesar de todo, mi querido Jaspers, a pesar de la muerte y las lágrimas, a pesar del dolor y las crueldades, a pesar de la miseria y los tormentos, a pesar del desarraigo y el destierro, en este desterramiento [Heimatlosigkeit] no es nada lo que sucede; en él se esconde un adviento, cuyos signos más lejanos tal vez podamos percibir y apresar en un soplo ligero a fin de conservarlo para un futuro que ninguna construcción histórica podrá descifrar, y aún menos la actual, que todo lo piensa técnicamente.

1932, 1939-1940, 1950 son años de una innegable continuidad para todo el que sea capaz de pensar con Heidegger. Para Jaspers, esas frases eran la expresión de una filosofía llena de intuición y de poesía. El esperado adviento pareció hacerse realidad a finales de 1932, cuando las universidades alemanas preparaban el semestre de verano de 1933 y Heidegger, que entretanto se había convertido en el hombre de confianza del pequeño cuadro de profesores universitarios nacionalsocialistas de la Universidad de Friburgo ante el gobierno y el partido, tanto de Karlsruhe como de Berlín, perseguía informaciones sobre el trato que habrían de recibir las universidades en medio del general cambio estructural de coordinación. El 18 de marzo de 1933, Heidegger abandona Heidelberg antes de lo previsto, interrumpiendo bruscamente la que habría de ser su última visita larga a Jaspers. «Hay que conectar con ella», dice a propósito de la rápida evolución de la realidad nacionalsocialista, según consigna Jaspers en su autobiografía. El amigo se sorprende, pero no sigue inquiriendo. Sin embargo, resulta poco verosímil que semejante tema fuera objeto de tabú en esta estancia en Heidelberg. De lo contrario, no podrían comprenderse las primeras frases de la carta de Heidegger a Jaspers de 3 de abril de 1933 en la que le da las gracias por su estancia en Heidelberg y pinta el siguiente cuadro: «Seguía albergando la esperanza de obtener alguna noticia concreta sobre los planes de remodelación de las universidades. Baeumler guarda silencio; su breve carta me ha dado la impresión de que está enojado. Tampoco he podido sacarle nada a Krieck de Fráncfort. Karlsruhe no da señales de vida». Esto indica que ambos amigos tuvieron que discutir con bastante detalle sobre este asunto, así como sobre el papel que se le iba a conceder en el futuro a la filosofía: «Por oscuras y cuestionables que parezcan muchas cosas, cada vez siento en mayor medida que estamos introduciéndonos en una nueva realidad y que se ha terminado una época. Todo depende ahora de si sabemos prepararle a la filosofía un adecuado campo de acción y contribuimos a su tarea».

Aquel adviento del año 1932 trajo hombres que llevaban consigo un «lejano mandato»: el Führer y sus secuaces. Es ahora cuando los nombres de Alfred Baeumler y Ernst Krieck se citan junto con el de Martin Heidegger. Baeumler «guarda silencio» enojado. Krieck tampoco abre la boca. Tendremos ocasión sobrada de volver a toparnos con estos nombres.