Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 10 de 29

Páginas del PDF

Martin Heidegger

«El fracaso del rectorado»

«EL NACIONALSOCIALISMO, EL CAMINO

TRAZADO PARA ALEMANIA»

 

Karl Löwith, el discípulo de Heidegger de la época de Marburgo (a quien Heidegger había habilitado cuando vivía allí), viéndose condenado a errar de un lugar a otro por ser judío, se refugió en 1934 en Italia, en donde pudo trabajar gracias a una beca Rockefeller. Estando allí, el día 2 de abril de 1936 se encontró a su profesor Martin Heidegger, que aquel día acababa de pronunciar en el Istituto Italiano di Studi

Germanici la célebre conferencia [105] Hölderlin y la esencia de la poesía. Al día siguiente, Löwith escribía una postal a Karl Jaspers contándole con su característica letra menuda sus impresiones inmediatas: la conferencia le había parecido muy artística y bellamente elaborada, pero «lo que, naturalmente, me resulta difícil de comprender es qué tiene que ver la esencia de la poesía con la cruz gamada. Pero, para él, parece que la respuesta es la siguiente: “Todo aquel que se decide por algo es o será culpable”. Además, cerró su conferencia con la estrofa número siete de “Pan y Vino”: “Y ¿qué hacer mientras tanto y qué decir? No lo sé. ¿Y para qué poetas

(filósofos) en tiempos de penuria?”»[106]. «Bajo el influjo de estos versos de Hölderlin, Löwith escogió en 1953 como título para su obra sobre el filósofo: Heidegger: Pensador en tiempos de penuria.

Löwith captó muy bien esa parte de ambigüedad, ese elemento contradictorio y hasta ahora sin resolver que subyace a la personalidad de Heidegger. ¿Cómo conciliar al hombre con su obra? ¿Puede separarse al pensador Martin Heidegger del hombre Heidegger políticamente activo? Y si la respuesta es sí, ¿en qué grado y de qué manera? ¡Qué inconcebible ambivalencia se encierra en la personalidad de Heidegger!

Löwith pregunta retóricamente qué tiene que ver la cruz gamada que Heidegger lucía de manera ostensible en su ojal (en la Italia fascista) con la poesía de Hölderlin; la respuesta es que no existe ningún punto en común entre la poesía de Hölderlin y el símbolo del nacionalsocialismo: realmente «es difícil de comprender».

Löwith contó más tarde con todo detalle su encuentro en Roma con la familia Heidegger en la primavera de 1936: Heidegger y él eran buenos conocidos, habían sido amigos durante mucho tiempo, desde 1919, antes de que tuvieran ocasión de tratarse como alumno y profesor. Tenían muchos puntos de contacto: las vacaciones conjuntas en la casa de Szilasi junto al lago de Starnberg, por ejemplo. Además, Löwith se había quedado muchas veces al cuidado de los hijos pequeños de Heidegger. Pero ahora, sus diferencias políticas salían a la luz en toda su intensidad: la señora Heidegger saludó al judío Löwith «con una reserva tan cortés como fría». Y lo más llamativo es que Heidegger no se quitó ni un segundo la cruz gamada: «por lo que se ve, no se le vino a las mientes que la cruz gamada no venía a cuento cuando se trataba de pasar el día conmigo». Durante la conversación, Löwith dejó bien claro cuál era la posición de cada cual: para él, la toma de partido de Heidegger en favor del nacionalsocialismo ya subyacía en la esencia de su filosofía.

 

Heidegger me dio la razón sin reservas y me indicó que su concepto de la

«historicidad» era la base de su «compromiso» político. Tampoco dejó

ninguna duda respecto a su fe en Hitler, quien según él, sólo se había

equivocado en dos cosas: había infravalorado la fuerza vital de las iglesias

cristianas y los impedimentos para lograr la anexión de Austria. Seguía

estando tan convencido como siempre de que el nacionalsocialismo era el

camino trazado para Alemania; sólo que habría que «resistir» durante bastante

tiempo todavía[107].

 

Karl Löwith escribió estas frases en 1940, cuando el recuerdo aún estaba fresco y se había agudizado a través de experiencias dolorosas y su corazón estaba embargado de dolor por el fatal compromiso contraído por su profesor. Su preciso diagnóstico era pues que la filosofía de Heidegger guardaba una estrecha vinculación con el nacionalsocialismo. El propio Heidegger aceptó el diagnóstico y hasta lo reforzó vinculándolo con una especie de filosofía de la historia que, ciertamente, aparece una y otra vez en sus escritos.

Heidegger sostuvo una segunda conferencia en Roma el 2 de abril de 1936 — titulada Europa y la filosofía alemana (y no publicada por ahora)—, en el marco del Kaiser-Wilhelm-Institut, Bibliotheca Hertziana, conferencia a la que no fue invitado Löwith porque en aquel lugar los judíos eran considerados indeseables.

Publicó su conferencia sobre Hölderlin en el cuaderno de diciembre de 1936 de la revista Das innere Reich, un órgano esotérico que pretendía realzar el valor de la Alemania invisible escondida en la espiritualidad alemana y que adoptaba una sutil postura de sumisión ante el Führer Adolf Hitler, el hombre elegido por la providencia, capaz de obrar milagros, en quien obraba «el conocimiento de los eternos tesoros del alma alemana que una benévola potencia suprema le había regalado» (de la introducción al primer año de la revista). Quienes escribían en esta revista no eran en absoluto las personas empujadas a una emigración interna, sino que solían ser esas «figuras» que provocaban la sonrisa, cuando no la burla y el desprecio, de los nacionalsocialistas de raigambre, que se limitaban a tolerarlos como quien tolera a un bufón. Y así, el artículo de Heidegger sobre Hölderlin, publicado en la revista Wille und Macht [Voluntad y Poder], «el órgano rector de la juventud nacionalsocialista», dirigido por el jefe de la Reichsjugend [Juventudes del Reich], Baldur von Schirach, sufrió un airado desaire preparado por un tal Dr. Willi Fr. Könitzer, quien, como le escribió Martin Heidegger a su lector editorial, se había estado jactando en Marburgo el verano de 1933 de ser socialdemócrata y ahora resultaba ser el hombre clave del Völkischer Beobachter. Heidegger se había enterado a través de un antiguo jefe de las SA, que sabía perfectamente todo lo que pasaba en

Marburgo[108].

Sea como sea, lo cierto es que hacia mucho tiempo que Heidegger había reconocido su fracaso en lo tocante a la política; le había hablado del «fracaso del rectorado» a Jaspers: él tenía que entenderlo, él sabía con qué finalidad había bajado a la arena política en 1933. Pero su número no había sido premiado en la rifa, el espectáculo se había terminado y el público se había guardado sus aplausos para otro. Y sin embargo —a Heidegger no le cabía ninguna duda de esto— sólo a él le había sido otorgada la visión casi mística de la esencia del nacionalsocialismo, de «la interna verdad y grandeza» del movimiento, y nunca pudo deshacerse de esta iluminación, nunca jamás en toda su vida.

Pero, por ahora, internémonos en el camino que conduce al año 1933, fecha que iba a marcar para siempre el destino de Heidegger. Si hemos de creer a René Schickele, el escritor de doble cultura nacido en las tierras fronterizas del alto Rin, que en agosto de 1932 anotaba que en los círculos universitarios de Friburgo se contaba que «ya sólo se ve a Heidegger con nacionalsocialistas» (Schickele quería comprobar este dato, porque le parecía increíble), entonces habría que admitir que Heidegger se relacionaba desde esta temprana fecha con personas que se reconocían

nacionalsocialistas, por no hablar de la proximidad en lo tocante al pensamiento[109]. Se podría establecer un paralelismo entre esta observación y lo que Martin Heidegger declaraba de manera encubierta y sibilina en 1930, después de rechazar su nombramiento en Berlín, en algunas de sus cartas, por ejemplo las dirigidas a su colega de Kiel, Julius Stenzel, gran especialista en filosofía antigua: sentía muy claramente una voz interior que le decía que en los próximos años debía reservar sus

fuerzas para cosas más esenciales (17 de agosto de 1930)[110].

Como es natural, cuando el 1 de mayo, día del trabajo alemán, Heidegger se inscribió en el NSDAP dando gran evidencia de ello, el diario nazi Der Alemanne dio muestras de júbilo, estimando que este paso oficial dado por Heidegger sólo era la consumación de una postura interna y de una convicción que guardaba dentro de sí desde hacía tiempo: según ellos, en los últimos tiempos ningún nazi había llamado en vano a la puerta de Heidegger y éste había apoyado el movimiento desde el interior. Sea como sea, la verdad es que es difícil aclarar la espesa niebla que envuelve a este período, o al menos parece difícil en principio. Desde luego, disponemos del seco informe redactado, a partir de un resumen de las declaraciones de Heidegger, por el comité de depuración nombrado en 1945 por el gobierno militar francés en la Universidad de Friburgo, que dice así:

 

El filósofo y catedrático Martin Heidegger vivía antes de los profundos

cambios de 1933 en un mundo espiritual completamente apolítico, aunque

mantenía amistosos contactos (también a través de sus hijos) con el

movimiento de juventud de la época y con ciertos portavoces literarios de la

juventud alemana, como Ernst Jünger, que anunciaban el final de la era

capitalista-burguesa y el advenimiento de un nuevo socialismo alemán.

El filósofo esperaba de la revolución nacionalsocialista una renovación

espiritual de la vida alemana sobre una base popular y, al mismo tiempo,

como otros muchos intelectuales alemanes, una conciliación de los

antagonismos sociales y la redención de la cultura occidental frente al peligro

del comunismo. No tenía una representación muy clara de los sucesos

políticos del ámbito parlamentario que precedieron a la subida al poder del

nacionalsocialismo, pero creía en la misión histórica de Hitler consistente en

llevar a cabo ese giro histórico que él mismo intuía.

 

Se trata de un resumen destilado a partir de una serie de declaraciones del filósofo, que nos ofrece un espejo en el que muchos intelectuales, sobre todo muchos profesores de la universidad, podrían reconocer su propia imagen o al menos el perfil

general[111]. Es la imagen de una persona inofensiva y con una total ingenuidad política, aunque, eso sí, con un fuerte toque antidemócrata, en definitiva, la imagen de una persona apolítica, que sólo vive en la esfera intelectual y simpatiza con las cabezas intelectuales de la revolución conservadora (Ernst Jünger, por ejemplo), pero por lo demás sin mayor vinculación de tipo organizativo o institucional.

Desde luego, el botánico Friedrich Oehlkers, miembro del comité de depuración, estaba absolutamente convencido de que Heidegger no era un nazi en el sentido habitual de la palabra. En una carta a su amigo Karl Jaspers, del 15 de diciembre de 1945, en la que le pide un informe sobre Heidegger, Oehlkers estudia el problema desde distintos aspectos: ve flotar sobre Heidegger el halo de una tragedia, ya que había sido una persona «completamente apolítica» y «el nacionalsocialismo que él se había cortado a su medida» no tenía nada en común con la realidad. En tanto que rector, había actuado «a partir de este espacio cerrado», le había provocado «a la universidad tremendos perjuicios hasta que, de pronto, se dio cuenta de las ruinas que yacían a su alrededor». Sólo ahora empezaba a comprender de dónde habían salido esas ruinas. Nos encontramos ante la imagen de un filósofo políticamente ingenuo que no supo lo que hacía, es decir, ante un hombre inofensivo que se dejó envolver sin querer en las peores maquinaciones. Y Oehlkers describe, por añadidura, a un Heidegger que se encuentra comprometido oscuramente por el activismo nazi de la señora Heidegger; según él, la señora Heidegger casi llegó a hacerse odiosa en su región (Friburgo-Zähringen) y en el otoño de 1944 «maltrató brutalmente a las mujeres de Zähringen cuando hubo que cavar las trincheras» y no dudó en «enviar a cavar a las enfermas y embarazadas». Pero, continuaba Oehlkers, su comportamiento

no era competencia del comité[112].

Con todo, más adelante encontraremos datos que enturbian un tanto esta imagen de pretendida ingenuidad. Heidegger anudó voluntariamente contactos con círculos estudiantiles, para ser más exactos con los cuadros nazis de los grupos estudiantiles de Friburgo y de Berlín; en otras palabras, Martin Heidegger ya estaba al corriente de lo que se les venía encima cuando la gran marea de negras aguas anegó Alemania. En realidad, esta convulsión era imprescindible en el marco de su pensamiento de la historicidad.

Pues bien, esto fue precisamente lo que más enérgicamente negó Heidegger desde sus primeras declaraciones ante el comité de depuración en julio de 1945, pasando posteriormente por sus distintas tomas de posición, resúmenes y las distintas reelaboraciones y diferentes redacciones del informe de justificación publicado por primera vez en 1983 con el título Hechos y reflexiones (acompañado, de manera inteligente, por una nueva edición del discurso del rectorado del 27 de mayo de 1933 titulado «La autoafirmación de la universidad alemana»). En el contexto del debate que tuvo lugar en 1947-1948 entre Heidegger y Marcuse (alumno de Heidegger en Friburgo de 1928 a 1932) y del que nos ocuparemos más tarde, Heidegger formula su posición y actitud de 1933 de la siguiente manera:

 

Respecto a 1933: yo esperaba del nacionalsocialismo una renovación

espiritual de la vida entera, una conciliación de los antagonismos sociales y la

salvación de la existencia occidental ante el peligro del comunismo. Estos

pensamientos fueron expresados en mi discurso del rectorado (¿se lo ha leído

entero?), en una conferencia sobre «La esencia de la ciencia» y en dos

comunicaciones a los profesores y alumnos de esta universidad. A esto hay

que sumar una proclama electoral de unas 25 a 30 líneas publicada en la

revista de los estudiantes de Friburgo. Algunas frases de estos textos hoy me

parecen un desvarío. Esto es todo[113].

 

De esta meticulosa enumeración que casi puede hacerse con los cinco dedos de una mano, sólo nos queda un conglomerado insignificante: «esto es todo». Pero claro, se ha callado lo esencial, y lo esencial ni siquiera está en la pregunta.

Efectivamente, Heidegger, rector de la Universidad de Friburgo del 22 de abril de 1933 hasta su dimisión el 23 de abril de 1934 o, lo que es lo mismo, hasta la aceptación de su dimisión en el ministerio de cultura de Baden el 27 de abril de 1934, ha sido siempre objeto de debate a raíz de este dichoso año de rectorado, pero hay que decir que también él contribuyó a que el asunto no cayera en el olvido, tanto a través de su famosa entrevista del Spiegel del año 1966 (que por deseo suyo no se publicó hasta finales de mayo de 1976, justo después de su muerte), como del informe de justificación titulado Hechos y reflexiones y publicado postumamente en 1983, un texto que fue traducido urgentemente al inglés y al francés a fin de que se difundiera a escala mundial esta visión autorizada y se transmitiera una imagen cerrada de este episodio de la vida, en el que el filósofo, abandonando su distancia respecto a los asuntos públicos, quiso irrumpir de manera directa en el curso de los acontecimientos, o lo que es más, creyó deber cumplir la misión del ser.

Pero ¿a qué viene esta manía cargante de volver una y otra vez sobre un tema que muchos creen ya ha sido tratado hasta el aburrimiento en los últimos años y exprimido hasta la última gota? ¿Es que no se han delimitado claramente los frentes desde hace tiempo, desde aquellos lejanos días posteriores a la catástrofe de 1945, cuando el filósofo de Ser y Tiempo se vio obligado a rendir cuentas? Y ¿acaso todo aquel que hoy, una vez que se ha hecho público el testamento del filósofo y ha sido dicha la última palabra, se atreve a levantar dudas no se ve inmediatamente encasillado dentro del frente hostil a Heidegger? ¿Acaso no es válida la siguiente sentencia de Hechos y reflexiones?

 

Para aquéllos y sólo aquéllos que se complacen en fijarse solamente en los

que, a su juicio, fueron los fallos de mi rectorado, detallaré lo siguiente. En sí

mismo resulta tan indiferente como el estéril hurgar en los pasados intentos y

medidas que, dentro de la planetaria voluntad de poder, son tan insignificantes

que ni siquiera merecen el nombre de minucias.

 

Y ¿acaso esta sentencia no es un veredicto para aquel que, armado de la debida actitud crítica, recorre los caminos hollados por otro en tiempos difíciles? Y no por otro cualquiera, sino por un guía espiritual cuya palabra había de ser oída, y de hecho lo fue, y que se puso tempranamente en camino con ademán precursor simbolizando un llamamiento, un estímulo, un modelo.