Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 8 de 29

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Martin Heidegger

La ruptura con el «sistema del catolicismo»

LA RUPTURA CON EL «SISTEMA DEL

CATOLICISMO

 

»

En la época precedente, bajo el influjo de Husserl, y sin dejar de tenerlo presente, Heidegger había comenzado a dar un giro, sea por las razones que sea, que iba a desembocar en una decisión de graves consecuencias, tal vez nunca superadas: el abandono de la fe de sus orígenes, por imprecisa que parezca esta afirmación en un principio. Citaremos primeramente la carta de ruptura de Heidegger a su amigo el sacerdote Krebs (de 9 de enero de 1919), que fue publicada hace algunos años en un

lugar bastante recóndito[86], reservándonos para más tarde la interpretación correspondiente:

 

Muy estimado señor profesor:

 

Los últimos dos años, en los que me he esforzado por aclarar desde la base

mi postura filosófica, dejando a un lado toda tarea científica particular, me

han llevado a unos resultados que, dado que estoy ligado por un vínculo ajeno

a la filosofía, no podría enseñar libremente ni con la suficiente convicción.

El estudio de la teoría del conocimiento, llegando hasta la teoría del

conocimiento histórico, ha hecho que, ahora, el sistema del catolicismo me

resulte problemático e inaceptable, aunque no así el cristianismo ni la

metafísica, entendiendo ésta última en una nueva acepción.

Creo haber sentido de modo muy profundo (tal vez más que sus

portavoces oficiales) los valores que encierra el medioevo católico, que aún

están muy lejos de haber sido explotados a fondo; mis investigaciones

religiosas de tipo fenomenológico, que entrarán a fondo en la Edad Media, no

deben iniciar un debate, sino dar testimonio de que el cambio en mis posturas

fundamentales no me ha conducido a sustituir el juicio noble y objetivo y la

estima del mundo católico por una polémica de apóstata, amarga y estéril.

Así las cosas, también en el futuro procuraré permanecer en contacto con

intelectuales católicos capaces de atacar a fondo los problemas y de

comprender otro género de convicciones.

Por eso consideraría particularmente estimable, y quiero darle mis más

sinceras gracias por ello, no perder su preciosa amistad. Mi esposa, que le

informó adecuadamente de este giro, y yo mismo, querríamos conservar

nuestra gran confianza en Vd. Es difícil vivir como filósofo: la íntima

sinceridad consigo mismo y con aquellos a los que se quiere enseñar exige un

sacrificio, una renuncia y una lucha que siempre permanecerán ajenos al

obrero de las ciencias.

Creo poseer una interna vocación por la filosofía y al cumplirla en la

investigación y la docencia, creo llevar a cabo aquello de lo que son capaces

mis fuerzas, justificando mi existencia y mi actuación ante Dios. Le queda

agradecido de todo corazón, Martin Heidegger.

 

Mi esposa le manda cordiales saludos.

 

Muchas cosas recuerdan afirmaciones anteriores, por ejemplo la explotación de la filosofía de la Edad Media (en las cartas al capítulo catedralicio de Friburgo de 1913-1915), la delimitación de los verdaderos filósofos frente a los obreros de las ciencias, por ejemplo, los editores de textos escolásticos, que son trabajadores del campo de la historia de la filosofía, una actividad que le había sido sugerida a Heidegger con anterioridad. Pero lo determinante es que Heidegger ya no puede permanecer dentro de la Iglesia católica, dentro del sistema del catolicismo, que él considera un vínculo ajeno a la filosofía, aunque sí puede mantenerse en el seno del cristianismo, es decir, en la estela de la tradición del Nuevo Testamento y tal vez de la patrística, aunque no da más detalles al respecto. También es importante la referencia a su futuro trabajo como fenomenólogo de la religión, que lleva la marca inconfundible de Husserl. En conjunto, y sin necesidad de caer en conjeturas, se trata de una declaración, formulada en términos amistosos, de ruptura con la Iglesia católica, con la Iglesia visible de Jesucristo, tal como se la define en el derecho canónico romano. En efecto, Heidegger, que tenía una formación teológica, sabía muy bien que la eclesiología católica había instaurado como institución una Iglesia visible con jerarquía y doctrina, con competencia dogmática e infalibilidad papal y que, por lo tanto, una existencia individual cristiana al margen de esta comunidad, tal vez de tipo teísta, significaba la ruptura con la comunidad. Por eso, Heidegger añade las palabras «polémica de apóstata, amarga y estéril», pues quiere dejar bien claro que no pertenece a esa clase, aunque es consciente de ser un apóstata, es decir, un renegado, por mucho que no desmienta sus orígenes y quiera emitir un juicio «noble y objetivo», conservando su «estima por el mundo católico».

La carta está escrita por alguien que se encuentra al otro lado del campo católico y que ya sólo mantendrá un diálogo con personas de ese campo lúcidas y dispuestas al compromiso. Al final de la carta, Heidegger hace un gran ademán de autojustificación ante Dios, como Martin Lutero, un ademán un poco exagerado.

Krebs no recibió esta carta, a principios de 1919, como si le hubiera caído un rayo del cielo, sino más bien al contrario; ya estaba al tanto, porque, como dice Heidegger en su carta, su mujer le había informado del cambio brevemente. La carta oficial de ruptura de Heidegger, un importante documento de su vida, puede ser leída y entendida en un contexto más profundo. El dato de que su mujer ha «informado» a Krebs se explica de la siguiente manera: Elfride Heidegger fue a ver al catedrático de Dogmática el 23 de diciembre de 1918, un día antes de la Nochebuena (y, por cierto, con un tiempo horrible) para comunicarle que ella y su marido, que esperaban su primer hijo, no iban a poder cumplir con las obligaciones contraídas en el momento del matrimonio católico de bautizar y educar católicamente a sus hijos. Recordemos el escepticismo con que Krebs rechazó las inclinaciones de conversión al catolicismo de Elfride Heidegger en la primavera de 1917. Un paso de tal calibre, le había dicho entonces, debía ser bien meditado y nunca apresurado. Engelbert Krebs tenía la costumbre de consignar algunos de los datos más importantes de su diario en forma de diálogo, o mejor dicho, en estilo directo, como ya sabemos por citas anteriores; así pues, el diario reproduce con exactitud el diálogo sostenido entre ambos, cuando Krebs aún se hallaba bajo el efecto de las impresiones recién recibidas:

 

Mi marido ha perdido su fe en la Iglesia y yo no la he encontrado. En el

momento de nuestra boda, su fe ya estaba quebrantada por las dudas. Pero fui

yo misma quien insistí en celebrar una boda católica, con la esperanza de

hallar la fe con su ayuda. Hemos leído juntos muchas cosas, hemos hablado,

meditado y orado, y el resultado es que ahora los dos pensamos más bien al

estilo protestante, es decir, creemos sin ataduras dogmáticas en un Dios

personal al que rezamos en el espíritu de Cristo, pero fuera de toda ortodoxia

católica o protestante. En tales condiciones, consideraríamos poco honesto

bautizar a nuestro hijo católicamente. Pero he considerado que era mi

obligación decirle esto antes de tomar una decisión.

 

El diario de Krebs revela que saber que «mi amigo y su joven esposa» abandonaban la Iglesia constituyó una decepción amarguísima; algo más adelante anota: «Esta ruptura va a traerle a Heidegger muchos disgustos, puesto que se ha formado para ser un filósofo católico. Al abandonar el pensamiento católico está emprendiendo el mismo camino de evolución interna que vi emprender a Bühler. Y sólo Dios sabe la parte de responsabilidad que tengo en ello. Fui demasiado ingenuo y confiado cuando me presté a casarlo». Traslucen en estas frases las dificultades que planteó esa boda católica celebrada por Krebs en representación del sacerdote castrense correspondiente; parece manifiesto que, como poco, se trató de una infracción a las normas. Al nombre del apóstata Karl Bühler, Krebs sumaba los de K. Marbe, A. Messer, Horten y Verweyen, antaño filósofos católicos.

Hubo que esperar al otoño de 1919, concretamente al 15 de septiembre, para que tuviera lugar un diálogo profundo entre Heidegger y Krebs, en un encuentro celebrado en Meßkirch, patria del filósofo. El catedrático de Dogmática Krebs iba a Beuron pasando por Meßkirch, en donde quería visitar a un capellán amigo de su juventud. Heidegger, por su parte, estaba descansando en casa de sus padres. «Después de comer, hacia las tres, salimos de paseo con el colega Heidegger… en dirección a Heudorf». El capellán se marchó pronto «y entonces tuve ocasión de mantener una charla teológica de varias horas de duración con el antiguo amigo, ahora apartado de la fe; él mismo la inició». La dura caminata a través del paisaje revestido de ropajes otoñales de las mesetas de Heuberg condujo a ambos filósofos hasta el alto que se encuentra detrás de Leibertingen, donde se despidieron el uno del otro. «Me alejé presuroso de allí, bajando campo a través, sin tomar ningún sendero, y a las seis ya estaba en Beuron».

Por el contrario, Heidegger tuvo un papel muy pasivo cuando, algo más tarde, el 16 de enero de 1920, Krebs les recibió a él y a Husserl en su casa para pasar una velada de animado debate, y eso a pesar de los buenos oficios de la excelente bodega de Krebs. La charla trató de «la filosofía y la teología. Heidegger estuvo casi mudo, y Husserl tanto más locuaz». Husserl, que reconoció «haber sido él mismo bastante irreligioso por ser puramente científico», escuchó a Krebs con gran respeto «cuando le hablé de los elevados valores espirituales, las alegrías, las profundas riquezas que emanan de la fe católica». También se sacó a colación el problema de las ataduras que pesaban sobre la docencia de la ciencia teológica, una ocasión de oro para Krebs de exponerle al fenomenólogo la doctrina vaticana de la fe. Husserl se puso muy meditabundo y dijo: «Es muy matizada, muy finamente matizada y consecuente». Naturalmente, pronto volvió a asaltarle la preocupación de que «el trabajo científico perdería su libertad si tuviera que temer la censura de una comisión de letrados». Para Heidegger, esta argumentación se contaba entre los casos ya resueltos y por eso se pasó toda la velada callado y ensimismado. ¿Tal vez se dio por aludido cuando Husserl dijo irónicamente a Krebs: «Vd. está sentado a una rica mesa en su palacio y nosotros somos como pobres mendigos que claman ante su puerta»? En todo caso, Krebs aprobó la comparación «de todo corazón».

Una vez más, hubo ocasión de volver a reunir al antiguo grupo cuando Ernst Laslowski, el amigo de Krebs y de Heidegger, pasó el examen de doctorado —con Finke— el verano de 1920, con ocasión de lo cual se reunieron todos en casa de Krebs.

Pero los vínculos amistosos entre Krebs y Heidegger volvieron a desatarse rápidamente y se convirtieron en una absoluta falta de contacto; apenas si se tomaron todavía juntos un trago antes de que Heidegger marchara en 1923 a Marburgo, en donde había obtenido por fin una cátedra. La relación se desvanecía como los granos de un reloj de arena. Krebs continuó observando con mirada atenta y corazón herido el camino ascendente de Heidegger, pero ya sólo mantuvo con él un trato relacionado con su cargo oficial, por ejemplo en el semestre de verano de 1933, cuando Heidegger era rector y Krebs decano de la Facultad de Teología. Desgraciadamente, sólo conservamos el diario de Krebs hasta la fecha del 31 de diciembre de 1932, de manera que, precisamente, no tenemos constancia de ningún dato relativo al compromiso político de Heidegger, ningún eco del observador preciso e incorruptible que era Krebs, de cuya amistad Heidegger se apresuró a borrar hasta la última huella. Después de 1933, el teólogo Krebs, honrado y recto, cayó en desgracia ante los nazis; en 1936 fue cesado y jubilado anticipadamente, ante lo cual se retiró a la soledad y murió en 1950 lleno de melancolía a pesar de haber sido rehabilitado al término de la segunda guerra mundial.

Algunos años después de que se apagara la antigua amistad, Engelbert Krebs volvió a ocuparse de Heidegger con ocasión de un encuentro con Edith Stein, que fue a visitar al teólogo por un asunto particular. Krebs consigna largamente en su diario este encuentro y establece una interesante, perspicaz y casi profética comparación entre Heidegger y Edith Stein.

 

El viernes, 11 de abril de 1930, vino a visitarme Edith Stein, de Espira, la

discípula más importante de Husserl y colaboradora del Anuario

fenomenológico. Cuando estuvo en Gotinga, esta judía de Silesia fue oyente

de Husserl y le siguió cuando vino a Friburgo. Amiga de la señora Conrad-

Martius, la segunda colaboradora más importante de Husserl, pronto

compartió su vocación católica. Unos estudios muy profundos y la oración la

impulsaron a la conversión a principios de los años veinte. Se convirtió en la

casa, o por lo menos en la parroquia, de la señora Conrad-Martius y ésta fue

su madrina de bautizo a pesar de no ser todavía católica ella misma. Hoy, la

señora Conrad-Martius sigue sin ser católica, mientras Edith Stein se

introduce cada vez más profundamente en la cámara de tesoros de nuestra fe y

en estos momentos trabaja en una edición alemana de las Quaestiones de

Veritate de santo Tomás. Con ocasión del setenta cuampleaños de Husserl, el

año pasado, vino a visitarle y después se marchó con Heidegger y un pequeño

número de antiguos alumnos de Husserl a casa de Heidegger. Lo encontró

muy cambiado, lleno de planes de trabajo.

¡Qué destinos tan encontrados! Edith Stein alcanzó muy pronto un gran

renombre en el reino de la filosofía. Pero se hizo pequeña, y humilde… y

católica y se sumió en un trabajo discreto en el convento de dominicos de

Espira. Heidegger inició su andadura como filósofo católico, pero perdió la fe,

rompió con la Iglesia y se volvió famoso convirtiéndose en el centro alrededor

del cual gira todo el gremio filosófico.

A Dietrich von Hildenbrand, de Múnich, le sucedió lo mismo que a Edith

Stein. Benedico te Pater, quia haec magnis et potentibus abscondisti, parvulis

autem manifestasti. Sic Paterplacuit tibi! [87]

 

Pero no abandonemos todavía este período central de la vida de Heidegger, el gran momento de giro en sus concepciones del mundo, pues merece la pena ser estudiado, a pesar de que tal vez nunca se pueda llegar hasta el fondo; antes de concluir, añadiremos algunas ideas más sobre esta transformación, que lejos de ser sólo confesional, afectó a toda su visión del mundo.

En su tesis doctoral y su trabajo de habilitación, Heidegger todavía buscaba una renovación de los principios teóricos científicos de la teología. En el trabajo de habilitación sobre Duns Scoto comparaba «la actitud» del hombre moderno, «cuya vida transcurre horizontalmente» y que está siempre expuesto al peligro de «una creciente inseguridad y una total desorientación», con la actitud del hombre medieval, ligado a la trascendencia. Consideraba que una filosofía que renunciara a esa orientación metafísica o teológica, era insostenible. El reconocimiento de la metafísica y la teología englobaba también la defensa de determinadas normas éticas. «A la larga, la filosofía no puede prescindir de su auténtica óptica, la metafísica. En relación con la teoría de la verdad, esto significa que la tarea es una suprema interpretación teológico-metafísica de la conciencia. En ésta se encierran desde el inicio los auténticos valores, en la medida en que es acción viva, llena de sentido y creadora de sentido, algo que no se comprende en absoluto cuando se la neutraliza dentro del concepto de una ciega positividad biológica». Estas frases se corresponden punto por punto con las cartas que Heidegger enviaba al capítulo de Friburgo en 1913-1915 en el contexto de su beca ligada a santo Tomás. Heidegger no tenía motivos para emplear una táctica astuta; simplemente estaba profundamente convencido de lo que decía y penetrado por un pensamiento que se expresaba en categorías de la metafísica tradicional.

En el espacio de pocos años, la postura de Heidegger con respecto a la tradición cristiano-católica se había transformado de manera básica, había cambiado desde la raíz, como puede deducirse de su carta de ruptura enviada a Krebs el 9 de enero de 1919. «El estudio de la teoría del conocimiento, llegando hasta la teoría del conocimiento histórico»; el distanciamiento de Heidegger respecto a la filosofía cristiana se inició como un alejamiento respecto al catolicismo, consistió en un gran giro confesional en el camino de su pensamiento, al término del cual ya no se plantearon conscientemente cuestiones éticas y teológicas. En esta época, en que estaba acabando la guerra mundial y se producían graves cambios políticos, Heidegger comenzaba a recorrer el camino en dirección a su transformación, su «giro». Pero ¿qué explicación tenemos para la progresiva disolución de la tradición filosófica y teológica, a la que en 1915 todavía quería estar ligado de por vida en bien del «combate intelectual del porvenir por conseguir el ideal de vida católica»?

Tenemos que considerar el papel que desempeñó el protestantismo en los inicios de la evolución de Heidegger, aunque sólo sea de manera aproximada y relativa. Algunos pensadores protestantes, entre los que hay que destacar a Friedrich Schleiermacher, introdujeron al filósofo por otras vías, lo llevaron a otros puntos de vista y, sobre todo, le aproximaron a la teología de Martín Lutero. Resulta particularmente característica su relación con el pensamiento de Schleiermacher, ya mencionada. El segundo discurso de Schleiermacher sobre la religión, sobre el que Heidegger meditó en el verano de 1917, se vuelve contra el sistematismo del pensamiento teológico y moral. Según Schleiermacher, la esencia de la religión no es ni pensar ni actuar, sino una pura contemplación del universo, la comunicación del sentimiento de lo infinito. Establece un estricto distingo entre religión y filosofía, considerando a la metafísica y la filosofía como las corruptoras de la religión. El hombre no debería servirse de la religión como de un instrumento, pues gracias a ella dispone de una posibilidad de intuición que no está ligada a él por accidente, sino que forma parte de su naturaleza: «La moral parte de la conciencia de la libertad, cuyo reino quiere extender hasta el infinito para que todo le quede sometido; la religión sólo respira donde la propia libertad se ha vuelto a convertir en naturaleza, donde más allá del juego de sus fuerzas particulares y su personalidad, aprehende al hombre y lo contempla desde el punto de vista desde el que él debe de ser lo que es, quiera o no quiera». (Schleiermachers Werke, vol. 4, reimpr. 1968, p. 241).

El giro que aquí se anuncia con toda claridad, llevando desde la comprensión de la religión al ámbito de lo existencial, determinó durante algún tiempo el interés de Heidegger por Lutero, hasta los primeros años de Marburgo. Pero dejaremos en este punto los intentos de interpretación, puesto que existen especialistas en el tema y esta no es la tarea de un historiador, cuya atención debe dirigirse, por ejemplo, a las fuentes sincrónicas, es decir, a las fuentes de la misma época, que conviene que estudie paralelamente a su tema.

En medio de todas estas reflexiones, no debemos olvidar la activa personalidad de Husserl, cuyo papel político en el ámbito de la ciencia fue bastante relevante. Husserl daba por sobreentendido que la auténtica filosofía no podía tener ningún presupuesto, no podía estar atada a ninguna premisa. Hasta la propia idea de una ciencia «católica» le parecía absurda. A su entender, él había sido —en su obra— completamente neutro respecto a lo religioso, como un matemático. Personalmente creía en Dios, pero nunca había dejado que este elemento religioso se deslizara en su filosofía: así resume Heinrich Ochsner la experiencia central de Husserl para su amigo Bernhard Welte.

Con la celeridad del rayo, este aspecto de la mentalidad de Husserl se ilumina en el momento de las violentas controversias surgidas en 1924 en el seno de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Friburgo cuando se pretendía volver a dotar la cátedra de Filosofía (cristiana) tras la partida de Josef Geyser (a Múnich). En aquel momento Husserl defendió con uñas y dientes la aconfesionalidad de esta cátedra, lo que naturalmente obligó a salir al primer plano al historiador Heinrich Finke, el antiguo protector de Heidegger. La frase de Husserl según la cual se había protegido «mucho a la Internacional Católica durante la guerra», pero que ya era hora de acabar con eso, provocó la explosión de Finke: «¡Pensar que tenemos que oír esto de boca de un judío austríaco! En mi vida he sido antisemita, pero hoy me resulta difícil no sentirme así». Pero Finke no tenía detrás a ningún lobby en esta empresa. Sólo uno de entre todos los miembros de la facultad deploró que Husserl hubiera caído tan bajo y hubiera vuelto a emplear términos dignos de la Kulturkampf (diario de Josef Sauer, día 24 de enero de 1914). En 1924, a Edmund Husserl le habría encantado poder traer a esa cátedra a su protegido Heidegger, el antiguo aspirante católico y ahora filósofo emancipado, que acababa de ser nombrado en Marburgo. Elfride Heidegger se enteró a través de Malvine Husserl (ambas esposas de los dos filósofos eran buenas amigas, al menos en aquel momento) de que en la facultad había habido un indescriptible «follón y oscuras intrigas». Sólo se lo podía contar oralmente. «Hubiera sido una suerte poder cambiar a Geyser por su marido.» (19 de febrero de 1924). Pero nos hemos adelantado un poco a los acontecimientos.

El 7 de enero de 1919, es decir, dos días antes de la carta de ruptura de Heidegger a Krebs, Husserl presentó ante el ministerio de Karlsruhe una solicitud para que nombraran a Heidegger asistente del seminario I de filosofía con un sueldo anual fijo. En su solicitud, Husserl exponía que dependía totalmente de Heidegger para iniciar a los principiantes en la fenomenología filosófica. A su ve2, éste necesitaba una ayuda material. Además, existía el peligro de que dada su precaria situación material, Heidegger abandonara la universidad por un puesto mejor remunerado, con lo que la universidad perdería esta fuerza científica tan prometedora. En este contexto, y para darle mayor peso a su petición, Husserl mencionaba el dato de que Heidegger había sido incluido en la lista de Marburgo de 1917.

En aquellos tiempos —no debemos olvidar este factor—, no existían todavía puestos remunerados de asistente o docente antes de acceder a la titularidad. Unicamente las facultades de medicina habían creado algunos puestos de este tipo en interés de la atención a los enfermos y las prácticas médicas necesarias para la especialización. Así pues, la solicitud de Husserl caía en tierras vírgenes. Sin embargo, la petición fue atendida en la medida en que Heidegger obtuvo un puesto remunerado de encargado de curso. Pero Husserl no se conformó con tan poco, sino que siguió en contacto con el director de universidades del ministerio de Karlsruhe, a quien informó detalladamente en marzo de 1919 de la precaria situación material de Heidegger, aún más precaria desde que, debido a un revés de la fortuna, Heidegger y su esposa tuvieron que prescindir hasta el final de la guerra de la ayuda financiera que recibían hasta entonces de los suegros del filósofo. «No necesito asegurarle una vez más que se trata de ayudar a una preciosa potencia científica que justifica inusuales esperanzas», así escribía Husserl el 22 de abril de 1919. Y en otoño de ese mismo año, el 13 de septiembre de 1919, volvía a insistir, destacando el hecho de que se trataba de alguien que «había ascendido a partir de una situación muy humilde» y que era el momento adecuado para poner en práctica «la bella máxima establecida por el gobierno popular, según la cual hay que dar “vía libre a los capaces”». Un año más tarde, la petición de Husserl para nombrar a Heidegger asistente suyo con sueldo tuvo éxito, con la especificación de que el puesto era nominal y sólo para Heidegger. De esta manera, aunque Husserl no obtuvo una plaza regular de asistente adscrita a su cátedra, por lo menos Heidegger empezó a cobrar lo mínimo para asegurar su existencia hasta que fue nombrado en Marburgo en 1922 y aceptó el puesto en 1923.

Así, en 1918-1919, también había tenido lugar un giro o transformación en el aspecto institucional, es decir, Heidegger, que en realidad estaba adscrito al área de Filosofía Cristiana (Seminario de Filosofía II), cambió de disciplina también en este aspecto externo y se convirtió en colaborador de Husserl, tal vez incluso en discípulo suyo, aunque esta cuestión es muy discutible.

¿Existe entonces alguna relación entre la declaración de principios de la carta de Heidegger a Krebs y la ayuda material de Husserl? Es algo imposible de saber. Sólo una cosa es segura: Husserl, de confesión luterana, no veía con malos ojos la conversión de su discípulo católico a la confesión evangélica, aunque no le empujara directamente a hacerlo. Prueba tangible de ello es una carta de Husserl, publicada cientos de veces, dirigida al historiador de las religiones de Marburgo, Rudolf Otto y datada el 5 de marzo de 1919, es decir, justo antes del período que nos interesa

aquí[88].

La principal finalidad de esta carta de marzo de 1919 era recomendar a Heinrich Ochsner (que ya sabemos tuvo un papel importante en la vida de Heidegger), persona profundamente religiosa pero que no acababa de terminar su carrera, para un puesto

de colaborador junto al historiador de las religiones Rudolf Otto de Marburgo[89]. En su carta, Husserl se sale del tema y se introduce en declaraciones más fundamentales sobre el asunto de la confesionalidad, que también en este caso, en Marburgo, desempeñaba un papel fundamental.

El enlace entre Husserl y el profesor Otto de Marburgo era el vicario evangélico Wilhelm Peter Max Katz (1886-1962), en aquel tiempo sacerdote «del Pastorado» (pastor de la diáspora) en Riegel de Kaiserstuhl, es decir, sacerdote encargado de los fieles evangélicos que vivían en esa zona católica extremadamente cerrada. También el pueblo natal de Heinrich Ochsner, Kenzingen de Brisgovia, entraba dentro de la región abarcada por el «pastorado». Es evidente que el vicario Peter Katz se había comprometido en la planeada conversión de Ochsner. Por cierto que Katz, que no era ario, emigró a Inglaterra en 1939, donde se doctoró convirtiéndose en uno de los

mejores investigadores de la Biblia Septuaginta[90].

Si decimos todo esto es para inscribir en el contexto adecuado el siguiente pasaje de la carta de Husserl a Rudolf Otto: «El señor Oxner fue en origen, como su amigo de más edad, Dr. Heidegger, alumno de filosofía de Rickert. No sin fuertes resistencias internas, ambos se fueron abriendo poco a poco a mis estímulos y trabaron un contacto personal más íntimo conmigo. En ambos se estaban consumando al mismo tiempo transformaciones radicales en sus convicciones religiosas. Ambos son personas con una sincera orientación religiosa: en el caso de Heidegger pesa más el interés filosófico-teológico, mientras que en Oxner predomina el religioso». Y un poco más adelante, Husserl dice así:

 

Supongo que el señor vicario Katz le habrá comunicado que he participado de

muy buena gana en la acción de ayuda a Oxner. Pero no se debe mencionar mi

nombre en este asunto. No debo poner en peligro mi pacífica actividad en

Friburgo. Sin duda, mi acción filosófica tiene un efecto extraordinariamente

revolucionario: los evangélicos se vuelven católicos y los católicos

evangélicos. Y sin embargo yo no intento convertir a nadie ni al catolicismo

ni al evangelismo. Lo único que pretendo es educar a los jóvenes en un

pensamiento radicalmente honesto, en un pensamiento que se guarde muy

mucho de disimular o violar las intuiciones originarias, y necesariamente

determinantes del sentido de todo pensamiento racional, por medio de

construcciones verbales y fuegos de artificio conceptuales. No me gustaría

pasar en la muy católica Friburgo por ser un corruptor de la juventud, un

proselitista, un enemigo de la Iglesia católica. No soy esto. No he ejercido ni

la más mínima influencia sobre el tránsito de Heidegger y Oxner al

protestantismo, aunque es cierto que sólo puede caerme bien en mi calidad de

«protestante no dogmático» y cristiano libre (si es que se puede llamar así a

alguien que designa con ese término una meta ideal de la aspiración religiosa

y lo entiende para sí en el sentido de una infinita tarea). Por otra parte, me

gusta influir sobre todos los hombres auténticos, ya sean católicos,

evangélicos o judíos.

 

Así pues, para Husserl el cambio de confesión de Heidegger y Ochsner era una realidad y por consiguiente Heidegger pasaba por ser un cristiano evangélico en el círculo de Husserl. Sin embargo, el propio Heidegger siempre se incluyó dentro de la Iglesia católica, a pesar de las normativas del derecho canónico. Si la interpretamos en su contexto, la carta a Otto lo dice todo. A lo que hay que aspirar es a la libertad de un cristiano y no a una vinculación extrafilosófica con el sistema del catolicismo dogmático.

Pero lo cierto es que Edmund Husserl no era tan objetivo como parece aquí. Cuando en 1921 le comunicaron la inminente conversión de su antigua discípula y fiel colaboradora Edith Stein, reaccionó con mucha rigidez (y acritud): «Lo que me escribe a propósito de la señorita Stein me ha turbado mucho; a mí no me ha escrito. Desgraciadamente se está produciendo un gran movimiento de conversión, lo cual es señal de la íntima miseria que reina en las almas.» (Carta al polaco Roman Ingarden del 25 de noviembre de 1921).

Sea como sea, lo cierto es que, para una carrera científica, no era nada perjudicial deshacerse de estas ataduras y librarse del estigma de ser un filósofo católico. No era más que un lastre superfluo que podía entorpecer los altos vuelos que ya se anunciaban, que podía dejar apresado al filósofo en las decrépitas categorías del pensamiento católico o escolástico. Un largo y complicado proceso de evolución parecía haber llegado a buen puerto. Además, el recién «liberado» Heidegger podía establecer ahora un nuevo círculo de amistades. En este sentido, fue muy importante y casi providencial la amistad con Wilhelm Szilasi. Llegados a este punto no podemos continuar sin ofrecer previamente una descripción, aunque sea somera, de la

personalidad de Szilasi[91].

Szilasi, que era casi de la misma edad que Heidegger (nació el 19 de enero de 1889 en Budapest), había sufrido un destino de emigrante, con trasfondo político, en el que se mezclaban los tonos brillantes y multicolores con los momentos sombríos y oscuros y a veces con episodios todavía sin aclarar. El hijo del lingüista judío Moritz Szilasi (1845-1905), estudió de 1906 a 1910 filología clásica y filosofía en la Universidad de Budapest y se doctoró con un trabajo sobre los diálogos platónicos bajo la dirección de Alexander Bernát (tesis reelaborada y publicada en 1910). En aquel momento Szilasi ya se encontraba bajo la influencia de Georg von Lukács, cuatro años mayor que él. También mantenía una relación similar con el poeta y crítico literario Mihály Babits. A continuación, realizó estudios filosóficos más especializados en París y Berlín (en 1910-1911), bajo la influencia de Emil Lask. Fue Lask quien más tarde llamó la atención del joven húngaro sobre Martin Heidegger. A partir de 1911, Szilasi obtuvo una sustitución en un instituto de Budapest, pero lo decisivo fue su matrimonio con una hija de casa acomodada (su suegro era el industrial Herman Rosenberg) que le permitió sentar las bases para llevar una vida independiente al resguardo de todas las contrariedades políticas.

Wilhelm Szilasi era uno de los miembros del legendario grupo dominical creado por Lukács en Budapest el verano de 1915, a imitación del círculo creado por Max Weber en Heidelberg, donde había trabajado el propio Lukács. Los dirigentes del grupo eran Karl Mannheim, Charles de Tolnay y Arnold Hauser. Szilasi sólo tenía un papel marginal, pero sin embargo lo suficientemente importante como para obtener una cátedra titular en la Universidad de Budapest —según cuenta él mismo— en la primavera de 1919, cuando Georg von Lukács era comisario de educación del pueblo bajo la «dictadura de los consejos» de Béla Kun, aunque seguramente se trataba de una de aquellas cátedras creadas con ocasión de la reestructuración de los planes de estudios (que asimilaba la enseñanza secundaria a la universitaria). Sea como sea, tras el fracaso de la «dictadura de los consejos», Szilasi no pudo permanecer en Hungría y en el otoño de 1919 se mudó a Friburgo, donde tuvo ocasión de trabar una relación más profunda con Husserl y de seguir cursos de filosofía y materias científicas (sobre todo química), aunque sin titularse en ninguna disciplina.

La amistad con Heidegger nació, lógicamente, en el círculo de Husserl. Cuando en el verano de 1922 Szilasi se trasladó a Feldafing, a orillas del lago de Starnberg, su casa se convirtió en lugar de encuentro para los amigos filósofos: Martin Heidegger, Karl Löwith y Edmund Husserl, junto a muchos otros, pudieron disfrutar de la hospitalidad brindada por Szilasi en ese encantador paraje en los alrededores de Munich, en un lugar de paso hacia Austria. En lo que sigue, volveremos a encontrarnos a menudo con distintos episodios de esta relación llena de tensiones entre Heidegger y Szilasi.

Por ahora volvamos al gran giro confesional de Heidegger. Un estigma no puede borrarse nunca. Siempre vuelve a transparentarse y obliga a la persona marcada a entrar en explicaciones y conflictos, por mucho que siempre le parezca haber superado ya con éxito esa tarea. Karl Löwith ha destacado muy agudamente este rasgo existencial fundamental de la persona Heidegger: «Jesuita por su educación, se volvió protestante por reacción, dogmático escolástico por su formación, pragmático existencial por su experiencia, teólogo por tradición y ateo como investigador; un

renegado de su tradición envuelto en ropajes de historiador»[92].

La herida siempre vuelve a abrirse. La espina clavada en la carne escuece con virulencia. De lo contrario, ¿cómo podría entenderse esa frase de la carta de enero de 1935 cuando Heidegger, después de despertar y volver a tomar poco a poco contacto con la tierra tras sus vuelos político-filosóficos reconoce la controversia con la fe de los orígenes? Algunas afirmaciones de Heidegger sobre la Iglesia católica, el sentido o la falta de sentido o legitimidad de las cátedras de filosofía con orientación cristiana, pueden parecer muy polémicas y mordaces, casi resentidas, pero no son más que una forma de maquillar y disfrazar los tejidos enfermos. Detrás de esas declaraciones escuecen dolorosamente las heridas recibidas y los vendajes del pensamiento existencial apenas pueden calmar ese dolor. La cuestión de los orígenes católicos, de la fe de los orígenes, no quedó cerrada, sino muy abierta. En determinados contextos, más adecuados, se apaciguará, pero no hay que olvidar la dura frase de Heidegger del año 1935: «la fe de los orígenes» es una espina clavada en su carne.

La segunda espina, que debía procurarle no pocos quebraderos de cabeza a Heidegger en 1935, era «el fracaso del rectorado». Este tema no dejará ya nunca de resonar, será un leitmotiv que volvió a desgranar oscuros acordes —después de 1945 — entre los que se deslizaron también algunas disonancias. Este leitmotiv ha seguido sonando hasta nuestros días y su partitura es difícil de descifrar. Pero antes de intentarlo, arrojemos una breve mirada sobre los años que Heidegger pasó en Marburgo.