Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 18 de 29

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Martin Heidegger

La actuación de Heidegger después del rectorado

LA ACTUACIÓN DE HEIDEGGER DESPUÉS DEL

RECTORADO

REGRESO DE SIRACUSA

 

En el informe justificativo, Hechos y reflexiones, Heidegger bosqueja con un par de rápidas pinceladas la época posterior a su rectorado: claridad definitiva sobre las consecuencias de su dimisión después del levantamiento contra Rohm del 30 de junio de 1934. Heidegger cuenta que, después, fue considerado sospechoso y hasta maltratado. Según él, detrás de todo esto se escondían los nombres de Krieck y Baeumler. Persecución y molestias, finalmente vigilancia por el servicio de seguridad, controles debido a su relación con estudiantes «católicos», sobre todo con miembros de órdenes religiosas, dificultades para publicar sus textos, prohibición de viajar al extranjero y de participar en congresos internacionales, injusticias con sus alumnos habilitados a la hora de la dotación de cátedras, etc. «A pesar del vacío que me hacían en mi propio país, en el extranjero se intentó utilizar mi nombre para hacer propaganda cultural y empujarme a dar conferencias. Rechacé todos estos viajes para dar conferencias en España, Portugal, Italia, Hungría y Rumania: tampoco participé nunca en las conferencias para el ejército que la facultad organizaba en Francia.» (1983, pp. 41 ss.).

En julio de 1934, el rector de Friburgo, Kern, solicitó a Karlsruhe el permiso para que Heidegger realizara un viaje a Italia ya que su colega había sido invitado a dar unas conferencias en el Istituto Italiano di Studi Germanici creado por el gobierno italiano. Heidegger fue felicitado por el gobierno de Karlsruhe que le comunicó que había tramitado su solicitud a Berlín. En aquel momento existían normas muy estrictas en lo relativo a las divisas y por motivos políticos se controlaban todos los viajes al extranjero desde el gobierno central. Pero el viaje a Italia tuvo que ser aplazado debido a una enfermedad de Heidegger. En la primavera de 1936 el instituto romano repitió su invitación y, por primera vez en su vida, Heidegger pudo visitar junto con su familia Italia y Roma, esta vez sin ningún tipo de impedimento. El ministerio de Berlín incluso autorizó las conferencias solicitadas por el filósofo en Milán y Pisa, aunque, seguramente por motivos de tiempo, Heidegger no llegó a darlas.

Como ya hemos tenido ocasión de señalarlo, el filósofo se encontró en Roma con su discípulo Karl Löwith. Esto quiere decir que Heidegger podía moverse libremente, a pesar de la campaña en su contra que se había levantado dentro del partido y ya hemos bosquejado. Y de la misma manera le autorizaron otros viajes: a Suiza (Zurich) en 1935-1936 y a Viena en 1936. Después, durante la guerra, llegaron invitaciones imperiosas de Italia, España y Portugal (1942), a las que Heidegger se mostró dispuesto a responder en un principio, pero añadiendo que a consecuencia «de otro tipo de obligaciones con el ejército sólo podría sostener dichas conferencias hacia finales del semestre de invierno, es decir, en la primavera o a principios del yerano de 1943». Dichas obligaciones con el ejército eran, probablemente, las conferencias organizadas por la facultad de Friburgo. En el otoño de 1943 Heidegger preparó las conferencias para España (Madrid, Valencia, Granada) y Portugal, escogiendo y proponiendo como tema para ambos países: «La doctrina de la verdad de Platón (el mito de la caverna)», «Sobre la metafísica de Aristóteles» y «Hölderlin y la esencia de la poesía». Estos viajes nunca se realizaron por causa de la evolución de la guerra, que en 1944 se hallaba en el estadio final.

Tal vez haya que considerar con mayor atención la invitación de la corporación de estudiantes de Zurich, hecha en el otoño de 1935 y autorizada de inmediato por el ministerio de Berlín, porque la conferencia escogida por Heidegger, «Sobre el origen de la obra de arte», despertó una esclarecedora controversia en el diario Neue Zürcher Zeitung. El 17 de enero de 1936, Heidegger habló ante un auditorio numeroso, atento y salpicado de personalidades importantes: esto es lo que cuenta en un artículo periodístico Hans Barth, el redactor del citado diario, que dio a su texto un significado político que habla muy claramente de sus reservas respecto al compromiso político de Heidegger. En el fondo, en esta antigua controversia de la época, ya se encuentran todos los elementos característicos de la actual discusión sobre el tema. Hans Barth comenzaba con estas palabras:

 

Ha bajado mucha agua por el Rin desde que Heidegger dio a conocer al

público los últimos resultados de sus esfuerzos filosóficos. El discurso del

rectorado de 1933 sobre «La autoafirmación de la universidad alemana» no

puede ser considerado, por mucho que se quiera, como la expresión más

esencial de su espíritu. Es demasiado flojo para eso. Por este motivo, muchos

habrán esperado con interna ansiedad la conferencia pronunciada el 17 de

enero ante la corporación de estudiantes de Zúrich. Creo que podemos

considerar un honor que Heidegger tome la palabra en un Estado democrático,

puesto que, por lo menos durante algún tiempo, pasaba por ser uno de los

portavoces filosóficos de la nueva Alemania. Pero muchos también recuerdan

que Heidegger dedicó «Ser y Tiempo» con «respeto y amistad» al judío

Husserl y que vinculó para siempre su interpretación de Kant con el recuerdo

del semijudío Max Scheler. Lo primero en 1927, lo segundo en 1929. Por lo

general, los hombres no son héroes y tampoco los filósofos, aunque haya

excepciones. Por eso opinamos que no se le puede exigir a nadie que nade

contra corriente; sólo un cierto sentimiento de deber respecto al propio pasado

puede elevar la consideración de la filosofía, que no sólo es saber, sino que en

algún tiempo también fue sabiduría.

 

Este artículo periodístico provocó un violento debate; el teórico de la literatura de 28 años, Emil Staiger, reprochó a Barth haber antepuesto a su artículo «una carta política» «para asegurarse el favor del público» y de haberle sacado defectos al lenguaje de Heidegger para luego resumir toda la conferencia, a base de remiendos, en unas pocas frases.

Pero Heidegger no puede compararse con Oswald Spengler ni Tillich, por

citar a dos filósofos que proceden de terrenos opuestos. Martin Heidegger se

encuentra al lado de Hegel, Kant, Aristóteles y Heráclito. Una vez que se ha

comprendido esto, no por eso deja de ser lamentable que Heidegger se dejara

arrastrar por su época, de igual modo que siempre parecerá trágico que las

esferas se confundan; pero, con todo, la admiración del que ha comprendido

esto no se dejará confundir ni un ápice, igual que el respeto por la

«Fenomenología del espíritu» [de Hegel] no se dejará turbar por su imagen de

reaccionario prusiano.

 

Es especialmente interesante la apreciación que hace Hans Barth del Discurso del rectorado cuando lo califica de «demasiado flojo» porque, como ya hemos señalado más arriba, no está del todo descaminado. Ya es hora de que vaya decreciendo la atracción por ese discurso, a poco que se entienda su contenido. Lo importante es que hubo alguien que habló así y las intenciones que le movían (NZZ del 20 y 23 de enero de 1936).

En principio, Heidegger no tuvo que temer ningún peligro ni perjuicio de ningún tipo por el hecho de haber caído ahora en desfavor y ser observado con desconfianza. Tampoco tuvo dificultades para seguir publicando: Ser y Tiempo pudo seguir editándose varias veces en la editorial Niemeyer de Halle, la quinta vez en 1941, suprimiendo la dedicatoria a Husserl (véase supra, pp. 192). Parece que Heidegger empezó a ser vigilado por el Servicio de Seguridad a partir de la primavera de 1936, después de su regreso de Italia. No sabemos si esto tuvo alguna relación con su estancia en el extranjero. Pero describamos brevemente ese viaje a Roma, antes de ocuparnos del asunto de la vigilancia.

Heidegger, el filósofo que mantenía un trato tan familiar con la herencia de la antigüedad, se encontraba en Roma por primera vez en su vida, experimentaba esta vivencia cultural a los cuarenta y cinco años de edad. Los diez primeros días de su estancia en Roma estuvieron muy ocupados: dos conferencias, «Hölderlin y la esencia de la poesía», el 2 de abril, y «Europa y la filosofía alemana», el 8 de abril, en el Instituto Kaiser-Wilhelm, a la última de las cuales el judío Karl Löwith no fue invitado, como hemos tenido ocasión de señalar, porque en aquellas salas, que habían sido costeadas por una fundación judía, flotaba desde hacía algún tiempo el espíritu del pensamiento racial. Entre conferencia y conferencia, Heidegger devoró la cultura y los paisajes italianos: Frascati, Tusculum, Piazza Navona o el Moisés de Miguel Angel en la penumbra de San Pietro in vincoli. El 16 de mayo, Heidegger escribía a Jaspers (en su segunda carta a Jaspers después de 1933 y última carta del período del Tercer Reich), que durante los diez días de su estancia en Roma se había sentido lleno de confusión y casi «irritado y de mal humor», y daba como explicación la sobreabundancia de impresiones asimiladas, que sólo ahora empezaban a aparecer en su memoria dentro de un cierto orden y de modo más claro que mientras las estaba recibiendo. En esta carta no dice ni palabra de Karl Löwith y, sin embargo, su encuentro con su discípulo de la época de Marburgo, el íntimo al que confiaba la vigilancia de sus hijos, el compañero de camino al que estaba ligado desde los años veinte por mediación de Wilhelm Szilasi, tuvo que representar algo muy importante. ¿Tal vez de ahí su enojo y hasta mal humor? Ya hemos descrito la versión contada por Karl Löwith en un breve capítulo de su obra «Mi vida en Alemania antes y después de 1933. Un informe». Los días de Roma estuvieron repletos de la intensidad y agudeza de las preguntas formuladas por Löwith; la ocasión para el debate fue la controversia que había tenido lugar apenas unas pocas semanas antes en el diario Neue Zürcher Zeitung. Löwith declaró su desacuerdo tanto con Hans Barth como con Emil Staiger, porque opinaba que la toma de partido de Heidegger en favor del nacionalsocialismo yacía en la propia esencia de su filosofía.

La atmósfera hölderliniana en la Roma de 1936 era para Löwith irreconciliable con el credo político de Heidegger. Y sin embargo Heidegger no habló por azar de la estrofa número 7 de «Pan y Vino»: «¿Qué hacer, mientras tanto, qué decir?», cuando un sabio que guarda lo velado y desconocido «aguanta», y «aguantar» era para Heidegger «guardar, proteger», como explica más tarde en su Carta sobre el humanismo. «Aguantar» en medio de la penuria, en medio del «Ya no de los dioses huidos y del Todavía no de lo venidero». En su carta a Jaspers de 16 de mayo de 1936 todo suena más prosaico:

 

En realidad, debemos entender como algo admirable que la «filosofía» no

tenga prestigio, pues ahora toca luchar por ella sin llamar la atención; por

ejemplo, por medio de ese curso sobre un tratado de Schelling[176], por

extraño que parezca. Pero a veces vemos claramente qué ha ocurrido y qué es

lo que falla: un conocimiento serio de que nos falta un curso semejante.

 

¡Qué resignación por parte de un filósofo que a partir de la crítica cultural de la época de Weimar, la época de la impotencia, se adentró lleno de ánimo en la transformación total de la existencia de los alemanes con intención de ganar para la filosofía —que se encontraba sin suelo— un «suelo vacilante», lanzándose a una aventura política! Ahora ya sólo se podía luchar por una «filosofía sin prestigio» sin llamar la atención. El Heidegger preocupado y enojado del verano de 1936 también tenía motivos personales para sentirse irritado: en Roma, su discípulo Löwith le había echado en cara que fuera capaz de sentarse en la «Academia para el Derecho alemán» a la misma mesa «que un individuo como Julius Streicher». Heidegger tuvo que admitir que las consignas que profería ese jefe de distrito de Franco-nía sólo podían considerarse como pornografía política, pero por lo demás eludió el problema y una vez más distinguió al Führer Adolf Hitler frente a semejantes personajes rastreros.

El 14 de mayo de 1936, el director del Departamento de Arte y del Archivo de Política cultural de la Oficina Rosenberg, el señor Dr. Gerigk, preguntó a la asociación de profesores nacionalsocialistas de Munich cómo se valoraba «la personalidad del profesor Dr. Martin Heidegger, de Friburgo». (El acta correspondiente se encuentra en el Bundesarchiv de Coblenza, NS 15/209). No sabemos cuál fue el motivo que dio pie a esta pregunta. Llama la atención que se pidiera esta información a la asociación de profesores nacionalsocialistas puesto que dentro de la propia Oficina Rosenberg se encontraba Alfred Baeumler —en el Departamento de Ciencia—, experto en Heidegger. Gerigk continuaba diciendo que «su filosofía está muy vinculada a la escolástica, de modo que parece extraño que, en determinados lugares, Heidegger pueda ejercer una influencia nada desdeñable sobre los nacionalsocialistas». Dejemos de momento de lado esta curiosa descripción según la cual la filosofía de Heidegger está «vinculada al escolasticismo». Las informaciones de Munich debieron ser tan alarmantes que el Departamento de Arte hizo llegar el dosier al Departamento Central de Seguridad del Reich (el 29 de mayo de 1936), con el ruego de «ponerse en contacto oral con el camarada Dr. Gerigk». Los documentos de archivo de la Oficina Rosenberg y otras instancias del partido están llenos de lagunas. La mayoría de las actas —sobre todo las de la asociación de profesores nacionalsocialistas— fueron destruidas. Pero, con todo, se puede reproducir una situación que facilita la interpretación: la respuesta de Munich fue tan fuerte y negativa que pareció aconsejable poner a Heidegger bajo vigilancia a través del correspondiente Departamento del Servicio de Seguridad. Ya indicamos antes que, desde la primavera de 1934, se iba acumulando material sobre (y contra) Heidegger procedente del grupo en tomo a Krieck y Jaensch. Seguramente ese material siguió engrosando hasta formar un dosier considerable.

No sabemos nada del modo y la intensidad con que se llevó a cabo esta vigilancia. En Hechos y reflexiones Heidegger cuenta que en el semestre de verano de 1937 un tal Dr. Hancke de Berlín participó en su seminario mostrándose «muy capaz e interesado». Hancke no tardó mucho tiempo en destaparse: «no pudo seguir ocultándome que trabajaba para Scheel, que por aquel entonces dirigía el Servicio de Seguridad de la franja suroeste». De esta manera, Heidegger ve una conexión ininterrumpida entre su «obligado» final del rectorado (el papel de Scheel) y las actividades de vigilancia del año 1937. Sin embargo, parece más probable que se pusiera bajo vigilancia a Heidegger desde el año 1936 por otros motivos. Según las declaraciones de Hancke, en el Servicio de Seguridad se creía que Heidegger colaboraba con los jesuitas. Si esto es así, se comprende la caracterización según la cual la filosofía de Heidegger estaba «vinculada a la escolástica». Pero ¡qué

interpretación tan diametralmente errónea[177]!.