Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 4 de 29

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Martin Heidegger

Tercer hito: Diálogo sin comunicación

Tercer hito:

 

DIÁLOGO SIN COMUNICACIÓN

 

La imagen del niño soñador parecía sugerirle muchas cosas a Heidegger; Jaspers trata de describirle con esta imagen a su viejo amigo, en una carta de la primavera de 1950, el que a su entender está siendo su comportamiento en lo relativo a «los fenómenos nacionalsocialistas». «Como un niño soñador que no sabe lo que hace, ni lo ciega y despreocupadamente que se introduce en una empresa que aparece a sus ojos con distintos colores de los que en realidad tiene y que muy pronto despierta desconcertado ante un montón de ruinas y se deja llevar más adelante» (20 de marzo

de 1950)[39]. Jaspers entendía que esta caracterización era adecuada, toda vez que Heidegger le había hecho por fin una especie de confesión de culpabilidad: si no había vuelto desde 1933 a casa de Jaspers —así escribe Heidegger a Jaspers el 7 de marzo de 1950— en la cercana y sin embargo tan lejana Basilea, no era porque viviera allí una judía, sino simplemente «porque siento vergüenza». Desde entonces, no sólo había evitado la casa de Jaspers, sino incluso la ciudad de Heidelberg, y no pensaba regresar a ella antes de haber tenido «un encuentro amistoso, aunque doloroso» con Jaspers.

Pero los caminos de ambos filósofos no debían volver a cruzarse, ni en Friburgo, ni en Heidelberg, ni en Basilea, ni en ningún otro lugar: ni tan siquiera en el andén de la estación de Friburgo a donde Heidegger quería acudir con ocasión del fugaz paso de Jaspers por esa estación dentro de un tren Rin abajo, dirección a Heidelberg, a donde iba a dar los cursos del semestre de verano de 1950. Heidegger ruega a Jaspers que le comunique la hora del paso del tren por Friburgo para que al menos «pueda estrecharle la mano» al viajero, pues supone que Jaspers no querrá detenerse allí. Jaspers ni siquiera le comunica el horario del tren, se escuda en un largo silencio y dos años más tarde declara bruscamente, de manera unilateral y tajante, que el diálogo filosófico, es decir, todo auténtico diálogo entre ambos, ha concluido. El, el reputado filósofo a quien todo el mundo iba a ver a Basilea y que parecía estar a salvo de cualquier bache en su vida o en su pensamiento, él, que no tenía que cargar con ninguna culpa política y por lo mismo no tenía que redimirla, él, Jaspers, no estaba en la picota.

¿Qué es lo que quedó de aquella amistad? Las convencionales cartas de felicitación por los cumpleaños, sobre todo con ocasión de los decenios. En 1950, los dos grandes no habían conseguido establecer una comunicación que fuera permanente y estuviera libre de dificultades importantes. El abismo entre ellos era demasiado grande, por mucho que antaño se figuraran que podían representar la filosofía alemana, en una especie de duumvirato, bajo la forma de «una comunidad de lucha poco frecuente e independiente», tal como Heidegger exigía cada vez con mayor urgencia a Jaspers desde 1922 diciéndole que se tomara en serio «la filosofía y sus posibilidades como investigación principal» y que pusiera en obra «la crítica a la actual ontología desde sus raíces en la filosofía griega y sobre todo en Aristóteles» (Heidegger a Jaspers el 27 de junio de 1922). Pero, ahora, demasiadas cosas separaban a aquellos que desde 1920 no habían hecho sino aproximarse cada vez más: el alemán meridional, más joven y ágil, pero en última instancia más cerrado, y el oldenburgués, de más edad, más estable, pero pesado y frío, y finalmente alcanzado, adelantado, dejado atrás en la carrera por un Heidegger pujante que alcanzó fama mundial con Ser y Tiempo. Fue Heidegger quien tuvo ocasión de entrar en debate con Ernst Cassirer en Davos en 1929, quien en 1930 fue nombrado para la cátedra de Berlín —a la que aspiraba Jaspers (que le felicitó diciendo que era «el mayor honor que podía alcanzarle a un filósofo universitario»)—, y quien incluso pudo permitirse rechazar tal nombramiento. Por aquel entonces, Jaspers albergaba la esperanza de que Heidegger optara por la Universidad de Heidelberg, para que se pudiera decidir si ambos estaban capacitados para «filosofar comunicativamente, aunque fuera en la más radical de las discusiones» o si iban a seguir caminando por las antiguas vías (Jaspers a Heidegger el 24 de mayo de 1930), una convivencia intelectual que a pesar de estas palabras ambos evitaron. Finalmente, todo quedó reducido al intercambio de cartas de compromiso.

Habían pasado demasiadas cosas desde 1933 como para que Heidegger pudiera recuperar una buena imagen ante los ojos de Jaspers sólo con mencionar la palabra «vergüenza». Hubieran hecho falta explicaciones mucho más profundas para clarificar y resolver la situación creada entre ambos amigos. Pero las palabras redentoras y liberadoras no fueron pronunciadas. En lugar de ello, Heidegger tejió un entramado de disculpas y excusas con las que también pretendía defenderse ante el amigo, pero que en este caso cayeron en el vacío. Jaspers creía que con el envío de su obra sobre la «cuestión de la culpabilidad» iba a iniciarse un diálogo esclarecedor con Heidegger: «Me acuerdo muchas veces de la palabra empleada por usted: “vergüenza”. Creo que tal vez mi antiguo texto pueda interesarle, que Vd. podría comprender cuál es el motor que verdaderamente lo impulsa. Por eso se lo envío.» (25 de marzo de 1950).

La respuesta de Heidegger fue una mezquina autodefensa construida sobre afirmaciones de hechos que, tomadas en sí mismas, ya eran parcialmente inadecuadas pero que, dentro de un contexto global, no tenían ningún valor, eran un mero castillo de cartas. Otorgándole un trato meramente superficial a la «cuestión de la culpabilidad» de Jaspers, Heidegger relativiza el asunto de la siguiente manera: «La culpabilidad del individuo permanece, y permanece tanto más cuanto más solo se halla. Pero el mal no ha terminado todavía. Acaba de entrar en su auténtico estadio mundial». El mal era para él Stalin y la Rusia bolchevique. Stalin estaba ganando cada día una batalla sin haber declarado la guerra. No todo el mundo era capaz de darse cuenta de eso, pero el desafío no sólo iba dirigido a los clarividentes (como por ejemplo el filósofo Heidegger, «ahora directamente afectado», como antaño «los judíos y los políticos de izquierdas, por ser los más directamente amenazados»: «Para nosotros no existe escapatoria. Y cada palabra y cada escrito son en sí un contraataque, por mucho que todo esto no se juegue en la esfera de lo “politico”, una esfera que, por su parte, hace tiempo que está superada por otros modos de ser y lleva la existencia de una sombra». (Carta de 8 de abril de 1950).

Heidegger no tenía por qué nombrar especialmente a Hitler (al que por cierto no nombra ni una sola vez a lo largo de toda su correspondencia de posguerra con Jaspers) ni al nacionalsocialismo, puesto que todo eso no había sido en realidad más que un preludio, puesto que el mal no hacía más que comenzar su auténtico estadio mundial. El también se había sentido amenazado en los años 1937 y 1938 (el peor momento de su existencia) y por eso mismo se había vuelto más lúcido e incluso pesimista, ya que intentaba alcanzar una comprensión de la historia a la vista de la guerra que se preparaba e iba a llevarse a sus hijos. «Después vinieron las persecuciones de judíos; todo se precipitó hacia el abismo. Nunca creimos en una “victoria” y, si hubiera llegado, hubiéramos sido los primeros en caer». Sorprendentes frases, cuya credibilidad queda en suspenso.

El hecho de haber participado al principio en esa evolución, de haber colaborado directa o indirectamente como un niño soñador que no se da cuenta de lo que hace, de haber caído durante unos pocos meses en esa especie de embriaguez de poder, le producía una sensación de vergüenza que había ido en aumento cada año «a medida que el mal se hacía patente». Pero al presentar su dimisión como rector en febrero de 1934 se había atrevido a manifestar una señal de protesta «que nadie ha osado manifestar en nuestras universidades», por mucho que este paso individual no pudiera tener ya ningún efecto frente a la organización total de la opinión pública. (Nos volvemos a encontrar con una delimitación irritantemente exacta del alcance de su compromiso político: desde aquí hasta aquí). Por eso, aún le había resultado más doloroso todo lo que había emprendido contra él desde 1945-1946 (y en realidad hasta el momento en que escribía esta carta), un público que no tenía oídos para escuchar lo que decía, porque son muy pocos los que saben escuchar.

Este comportamiento, esta actitud, se habían convertido por aquellos años en una especie de segunda naturaleza en Heidegger; uno de los testimonios al respecto nos lo proporciona el esbozo de una Carta del lector al diario Süddeutsche Zeitung de Múnich del verano de 1950, en la que trata de defender su postura frente a los ataques del consejo municipal de dicha ciudad. Por aquel entonces, Heidegger había sido

invitado[40] a dar una conferencia en la Academia de Bellas Artes y ésta había sido su primera aparición pública después de 1945. Una vez más, minimiza su compromiso político, su error político —también cometido por altos dignatarios espirituales y seglares— consistente en «haber visto en Hitler y su movimiento las fuerzas constructivas para nuestro pueblo y haberlo reconocido públicamente»; también vuelve a subrayar su actitud de resistencia interna después de su dimisión como rector: «Desde entonces, es decir, durante los últimos diez años de actividad docente en la universidad, y hasta el otoño de 1944, he mantenido un debate intelectual y ejercido una crítica cada vez más dura contra las bases antiespirituales de la “concepción nacionalsocialista del mundo”». Y una vez más, también aparece aquí la pincelada anticomunista: «Donde se han cometido crímenes hay que expiarlos. Pero ¿cuánto tiempo se seguirá difamando públicamente a aquellos que se han equivocado políticamente durante un período más o menos largo y esto en un Estado cuya Constitución probaría que todo el mundo puede ser miembro y militante del partido comunista? De este modo, una extraña ceguera empuja a la interna desmoralización y disolución de las últimas fuerzas substanciales de nuestro pueblo». Aquí tenemos a un Heidegger hasta cierto punto precursor del decreto antirradical.

Esta era la línea de defensa adoptada por Heidegger en 1945, después de la catástrofe política y nacional, después de su propia caída profunda en el abismo insondable y ésta fue la línea que intentó reforzar incansablemente. En el escrito de justificación para el rectorado de la Universidad de Friburgo, de 4 de noviembre de 1945, ya describe como conclusión un concepto estilizado de resistencia:

 

No me atribuyo ningún mérito particular por la resistencia que he opuesto

durante los últimos once años. Pero cuando se afirma, de manera demasiado

grosera, que durante la época de mi rectorado numerosos estudiantes fueron

inducidos al “nacionalsocialismo”, entonces la justicia exige que por lo menos

también se reconozca que entre los años 1934 y 1944 eduqué a miles de

oyentes, por medio de mis lecciones, para meditar sobre los fundamentos

metafísicos de nuestra era y que les abrí los ojos al mundo del espíritu y su

gran tradición en la historia de Occidente.

 

Pero en ese año 1950 del que partimos, cuando comienza a esbozarse la estabilización política y económica en las zonas de ocupación occidentales agrupadas en una República Federal de Alemania, también tiene lugar la revisión del duro veredicto pronunciado por las autoridades militares francesas contra Heidegger —su destitución como profesor con prohibición de toda actividad docente— aunque, desde luego, no en el sentido deseado por el filósofo, que sólo admite la reintegración completa dentro de sus actividades docentes como única forma válida de rehabilitación y como única salida a su aislamiento. ¿Qué le quedaba? El puesto de guardián del pensamiento con la tarea de aguantar firmemente contra «el dogmatismo de cualquier tipo», aunque sin ninguna esperanza de tener efecto. Desde su soledad, único «lugar en donde los que piensan y poetizan están al lado del ser» en la medida de la capacidad humana, Heidegger ya había mandado en junio de 1949 un saludo a Jaspers (que era profesor en Basilea), cuando se enteró de que éste había intentado establecer un contacto epistolar sin que su primera carta llegara directamente a Friburgo. Efectivamente, Jaspers, para quien Heidegger «se había convertido en un

enemigo intelectual[41] debido a su actuación pública como nacionalsocialista», conservaba sin embargo, en recuerdo de los años veinte, una disposición interna de apertura al diálogo con Heidegger, al menos hasta el principio de la década de los cincuenta. Pero no contaba con su propia hostilidad espiritual ni con la negativa de Heidegger.

Esbozaremos brevemente lo que Jaspers se limita a anotar en su autobiografía filosófica reservándolo para una posterior publicación; nos referimos a su destructivo informe de 22 de diciembre de 1945 sobre el caso Heidegger, que volveremos a analizar más tarde con mayor profundidad.

 

Había esperado poder guardar silencio, excepto con los amigos más íntimos, y

ésa era la intención que tenía desde 1933 cuando después de mi terrible

desilusión decidí callar por fidelidad a algunos buenos recuerdos. Me resultó

bastante fácil, porque en nuestra última conversación de 1933 Heidegger

también guardó silencio sobre mis preguntas más embarazosas o se limitó a

contestar de forma vaga e imprecisa, sobre todo por lo que respecta a la

cuestión judía, y porque interrumpió las visitas que venía haciéndome

regularmente desde hacía diez años, de modo que no volvimos a vemos. Es

verdad que siguió enviándome sus publicaciones hasta hace poco, aunque en

1937-1938 no acusó recibo de mis propios envíos. Ahora esperaba poder

callar definitivamente.

 

Esto es lo que escribía Karl Jaspers el 22 del 12 de 1945 al biólogo friburgués Oehlkers, como él casado con una judía y miembro del comité de depuración de la Universidad de Friburgo, en un informe redactado por ruego de Heidegger y de la

propia comisión[42]. Por aquel entonces Jaspers no sabía hasta qué punto Heidegger había ajustado cuentas con su filosofía en su curso sobre Nietzsche, casi bajo la forma de una sentencia, saliéndose muy por encima de un estudio objetivo de la interpretación de Nietzsche: «Como en el fondo Jaspers ya no se toma en serio el conocimiento filosófico, tampoco existe ya ninguna auténtica pregunta. La filosofía

se ve convertida en una psicología moralizadora de la existencia humana»[43].

Jaspers, que después del desastre se había centrado muy particularmente en la cuestión de la culpabilidad, emitió un duro veredicto: se debían exigir responsabilidades a Heidegger (cuyo rango filosófico caracterizaba de manera interesante) puesto que era uno de los pocos profesores universitarios que habían ayudado a «ensillar al nacionalsocialismo». En su opinión, Heidegger no debía seguir ejerciendo ninguna actividad docente durante algunos años, aunque podía proseguir su trabajo científico «con ayuda de una pensión nominal». Según Jaspers, se podía contemplar la posibilidad de una ulterior revisión de la medida, si Heidegger cambiaba y la situación académica y política se consolidaba. En estos momentos, sin embargo, «hay que llevar con la mayor responsabilidad la educación de los jóvenes» y por eso no se podía pensar en establecer inmediatamente una total libertad de docencia.

 

El modo de pensar de Heidegger, que a mí juicio es esencialmente dictatorial,

opuesto a la libertad y la comunicación, acarrearía hoy desastrosas

consecuencias en la actividad docente, porque me parece que el modo de

pensar es más importante que el contenido de los juicios políticos, cuya

agresividad puede cambiar fácilmente de rumbo. Mientras no dé muestras de

un auténtico renacer, también visible en su obra, pienso que no se debe situar

a semejante profesor ante una juventud que actualmente apenas tiene

capacidad de reacción interna. Primeramente la juventud tendrá que adquirir

un pensamiento autónomo.

 

Heidegger conocía el informe de Jaspers del 22 de diciembre de 1945, que contribuyó seriamente a agravar las sanciones que se le impusieron, si no globalmente, al menos en una gran medida. Jaspers no consintió fácilmente en escribir tal informe, pero como el propio Heidegger lo había propuesto al comité de depuración en calidad de posible informante, no quiso dejar de dar su opinión personal a este órgano universitario. Y a Jaspers, el filósofo de la comunicación, se le hacía muy cuesta arriba el silencio que se había instaurado entre ambos desde hacía años como un abismo. Por eso, antes de mudarse de Heidelberg a Basilea, escribió una carta (el 1 de marzo de 1948) que nunca fue enviada, como otras muchas cartas de Jaspers, pero que constituía la base de su carta del 6 de febrero de 1949 que, como ya hemos indicado, no llegó a manos de Heidegger en un primer momento. Sea como sea, se trataba de un sincero esfuerzo del mayor de ambos filósofos, actualmente en el cénit de su fama, por alargar su mano, en un gesto conciliador, al antiguo amigo ahora desbancado, aunque, todo hay que decirlo, no sin condiciones: «La oscuridad deberá seguir siendo un presupuesto entre nosotros si antes no ocurre nada extraordinario, pero eso no impide que tanto en la filosofía como en la vida privada pueda pasar alguna palabra del uno al otro.» (6 de febrero de 1949).

Lo extraordinario no llegó a producirse nunca, como ya indicamos. Tras una larga correspondencia, a Heidegger sólo se le ocurrió la palabra «vergüenza» y además aplicada únicamente a la historia de sus propios padecimientos. Por otra parte, las formulaciones de Heidegger del 8 de abril de 1950 denuncian la absoluta imposibilidad de llegar a establecer un mínimo de principios que sirvan como presupuesto para un diálogo con sentido. Recordando todo esto, el 24 de julio de 1952, es decir, más de dos años después de la carta central de Heidegger del 8 de abril de 1950 (central en lo referente a la cuestión de la culpabilidad), Jaspers contesta defraudado, porque su corresponsal esquiva el asunto y no deja que se le interrogue. Evocando el lejano e imborrable pasado, en el que sí había ocurrido algo entre ellos, en el contexto del diálogo filosófico de los años veinte, somete las formulaciones de Heidegger a una acerba crítica que, en última instancia, muestra claramente lo irreconciliable de ambos puntos de vista y el abismo insuperable abierto entre ellos. Según Jaspers, Heidegger no contesta a un punto esencial que sin embargo es inesquivable, el de la culpabilidad, y tampoco sigue desarrollando el término «vergüenza». «Lo que ambos entendemos por filosofía, lo que pretendemos o a quién nos dirigimos con ella, en qué medida está vinculada con la vida, todo esto es, presumiblemente, extraordinariamente diferente en nosotros desde el principio». Para aclarar esto, sería necesaria una intensa discusión que presupusiera el conocimiento de los trabajos filosóficos de ambos. Jaspers está aludiendo a un punto débil de sus relaciones: la insuficiente lectura de las mutuas publicaciones, un déficit permanente desde la década de los veinte.

Abandonando el plano personal, Jaspers retoma la frase de Heidegger que dice que «el mal no ha concluido» y no hace más que entrar en un estadio mundial, personificado en la figura de Stalin. Jaspers se dice aterrorizado y lleno de cólera por esta frase.

 

Se agolpan en mi mente preguntas imperiosas: ¿acaso esta visión de las cosas

puede potenciar nuestro fracaso con su imprecisión? ¿Acaso la apariencia de

grandeza de semejantes visiones no nos escamotea lo que es posible hacer?

¿Cómo explica Vd. que haya dejado imprimir en algún lugar un juicio

positivo sobre el marxismo sin añadir de inmediato y con total claridad que

Vd. reconoce el poder del mal? ¿Y acaso no debemos apresar ese poder para

cada uno de nosotros dondequiera que se nos presente y también para el que

habla, precisamente porque habla clara y concretamente? ¿Acaso este poder

del mal en Alemania no es también eso que no ha dejado de crecer y que,

efectivamente, prepara Stalin, es decir, el enmascaramiento y olvido del

pasado?

 

La filosofía intuitiva y poética de Heidegger, tal como expresa esta carta, provoca la visión de un monstruo y es tal vez «la preparación de la victoria del totalitarismo, por la sencilla razón de que se separa de la realidad» de la misma manera que, antes de 1933, esta misma filosofía había preparado la aceptación de Hitler. «¿Acaso puede desaparecer alguna vez el elemento político, que Vd. considera sobrepasado? ¿Y acaso no es esto lo que hay que reconocer?». Jaspers no sabía qué hacer con ese concepto místico de «desterramiento» en el que se oculta una espera, un adviento:

 

Cuando leí esto mi horror se acrecentó. Hasta donde alcanza mi pensamiento

esto es pura ensoñación, como tantas otras ensoñaciones que, cada una en su

momento, se han burlado de nosotros a lo largo de este medio siglo. ¿Pretende

actuar Vd. como un profeta que muestra lo suprasensible gracias a una oculta

ciencia o como un filósofo que aleja de la realidad, que con sus ficciones no

deja atrapar lo posible? A personas así hay que inquirirles cuáles son sus

poderes y sus credenciales…

 

Así pues, Martin Heidegger pasa por ser un seductor, aunque sólo sea porque aleja de «la realidad». Una y otra vez vuelve el reproche de que con su lenguaje seductor abandona el rigor de la conceptualidad y actúa como un mago.

Pero Karl Jaspers había entendido fundamentalmente mal a Heidegger si esperaba de él una confesión de culpabilidad. También es por eso por lo que su informe de diciembre de 1945, tan destructivo para la carrera de Heidegger, tenía que caer necesariamente en el vacío, no podía provocar ninguna reacción en el afectado. ¿«Poderes y credenciales»? Semejantes preguntas no iban con el filósofo de Ser y Tiempo, porque culpabilidad, responsabilidad, expiación, se encontraban a su entender en un sistema de categorías muy diferente al tradicional. En último extremo, podría integrarse a Heidegger en la categoría ética de la obediencia al ser, si es que se

puede hablar de ética en su caso. En la [44] Carta sobre el humanismo (1946) las

fronteras ya son muy claras: quien, como Heidegger, intente penetrar con el pensamiento en la verdad del ser, es decir, en el claro [Lichtung] del ser, habrá encontrado el refugio para la presencia del dios, donde no acecha ningún cuidado por los «preceptos de la vida activa» y, viceversa: a este pensador no le afecta lo que atañe a las acciones de los hombres (técnicos), es decir, no se siente interpelado, no es alguien que se sienta invadido por un sentimiento de culpa si se saca a relucir el concepto tradicional de culpabilidad. Se podría suponer que Karl Jaspers conocía demasiado poco a Heidegger, pues de lo contrario habría dejado de insistir mucho antes. ¿O es que lo conocía demasiado bien? ¿Sabía tal vez que detrás del heraldo de la verdad del ser es posible percibir al hombre realmente existente, Heidegger, cuyo lenguaje poético-filosófico tapa con sus oscuras resonancias más cosas de las que descubre?

En todo caso, Heidegger no dio nunca una respuesta directa —¿y cómo habría sonado dicha respuesta en el lenguaje de su pensamiento?—, sino que guardó silencio, pero con ocasión del setenta cumpleaños de Jaspers, envió una carta de felicitación (el 19 de febrero de 1953) en la que sellaba su legado, apareciendo en actitud modesta junto al gran público científico:

 

Y, además, sepa Vd. que habrá alguien que procurará seguir sus huellas

buscando al tiempo su propio camino. Recordará los años comunes y algunos

sucesos dolorosos y aceptará un destino que consistió en distintos ensayos del

pensar que, en un mundo sin paz y tambaleante, se esfuerzan por revelar algo

esencial con sus preguntas. Esas preguntas no pueden de ningún modo perder

su camino, porque conciernen a sí mismas y sólo intentan saber si en medio

de toda la diversidad de caminos del pensar permanece una vecindad que

caracterice a esa proximidad en la que todos están cercanos de modo

fundamentalmente irreconocible e impenetrable, es decir, en la que están solos

a partir del mismo asunto y de la misma tarea. Acepte este saludo de un

caminante. Encierra el deseo de que Vd. conserve la fuerza y la confianza

necesarias para ayudar a los demás hombres a llegar a la claridad de lo

esencial por medio de su actuación y de su obra.

 

Como ya es sabido, Heidegger mantuvo una riquísima y enorme correspondencia, cultivó el diálogo escrito con numerosas personas, aunque desde luego con distinta duración y distinta intensidad en cada caso. Desde esta perspectiva, se podría relativizar su correspondencia con Jaspers si no fuera porque se inició muy pronto, en 1920, después de que ambos se conocieran en Friburgo en el círculo de Edmund Husserl; también tiene mucha importancia por el hecho de que cuando Heidegger fue llamado a Marburgo en 1923, en sus viajes entre Friburgo/Todtnauberg (donde tenía su cabaña) y Marburgo, paraba siempre que podía en Heidelberg y a menudo se quedaba unos cuantos días en casa de la familia Jaspers, tal como lo cuenta Karl Jaspers en su autobiografía filosófica y como se puede comprobar leyendo la correspondencia entre ambos gigantes de la filosofía: Heidegger se alimentaba de estos diálogos filosóficos con Jaspers. La intensidad de las cartas tiene difícil parangón y reina en ellas una calurosa confianza que alcanza la esfera de lo privado. Esta es la razón por la que se ha destilado gota a gota la problemática plasmada en esta fuente epistolar y por la que la fuerza inmediata de los enunciados de las cartas resulta esclarecedora y de gran utilidad: se trata de un material ejemplar. Queda por saber si hay otras cartas cuyo contenido tenga tanto peso, por ejemplo las cartas con las que en 1935, en medio de un gran aislamiento y soledad después de un largo silencio de más de dos años, Heidegger intenta reanudar el contacto epistolar con Jaspers tomando precauciones que denotan su inseguridad e incertidumbre:

 

Sobre mi escritorio tengo una carpeta con el rótulo “Jaspers”. De vez en

cuando va a parar allí una nota; también alberga cartas comenzadas,

fragmentos de ideas a propósito de mi primer intento de comprender el tercer

volumen de Filosofía. Pero nada serio. Además, guardo allí sus conferencias,

en las que adivino al precursor de la “Lógica”. Le doy sinceramente las

gracias por su saludo, que me ha alegrado muy de veras, pues la soledad es

casi absoluta. Alguien me ha contado que trabaja Ud. en un libro sobre

Nietzsche y me permito alegrarme viendo lo fuerte que sigue siendo la

corriente que le arrastra hacia la gran obra. En mi caso, sólo se trata de un

esforzado tanteo; hace pocos meses que he vuelto a conectar con el trabajo

que dejé interrumpido en el curso de invierno del 32/33 (el semestre de

vacaciones); pero se trata de un inconsistente balbuceo, y por lo demás yo

también tengo dos espinas clavadas: la controversia con la fe de los orígenes y

el fracaso del rectorado, es decir tengo suficientes cosas de esas que habría

que superar verdaderamente. (1 de julio de 1935).

 

Por encima del aislamiento, esta fórmula paulina de las dos espinas (segunda Carta a los Corintios 12, 7), esto es, «la controversia con la fe de los orígenes y el fracaso del rectorado» (¡por este orden!), tal vez cause sorpresa y hasta estupor. Aceptemos que en esos momentos y en ese contexto Heidegger señalara a su amigo de antaño su fracaso en el rectorado —aunque ignoramos cómo debe y puede ser entendida esta expresión—, pero ¿a qué viene «la controversia con la fe de los orígenes»? Y sin embargo, a lo que parece, había que superar ambas cosas. ¿Pero llegó Heidegger a superarlas alguna vez?

La fe de los orígenes era la fe católica.