Martin Heidegger
Como rector entre Escila y Caribdis
El antisemitismo de Heidegger, tematizado por Husserl, habría ido en aumento en los últimos años, si hemos de creer al segundo, hasta el punto de dirigirse contra sus propios discípulos judíos y miembros de la facultad. Nos movemos en un terreno de controversias y arenas movedizas. Para empezar, quiero aclarar que la cuestión del eventual antisemitismo de Heidegger no me parece tan estúpida como puede leerse en
algunos lugares[147] ni impide en absoluto preguntarse por el lugar que ocupa la política en el pensamiento de Heidegger. Pienso que la cuestión no es de ningún modo secundaria; basta ver las catastróficas consecuencias del antisemitismo nacionalsocialista. Y además, la persona que creyó ver en Hitler la figura del Führer enviado por el ser no podía dejar de asimilar de algún modo el tremendo antisemitismo de ese hombre.
Sin embargo, una cosa es segura: suponiendo que Heidegger fuera antisemita, no partía de las bases de la primaria ideología biológica y racial expuesta en el Mein Kampf de Hider, la concepción del mundo de Rosenberg o las divagaciones de Streicher. Heidegger era demasiado cultivado para eso. De lo contrario ¿cómo habría podido mantener durante tanto tiempo su peculiar relación con la judía Hannah Arendt en contra de todos los convencionalismos burgueses? ¿Por qué habría ido a Gotinga a buscar al judío Werner Brock, a quien deseaba tener como asistente porque apreciaba su calidad? Es cierto que como rector no pudo conservar a su asistente, pero sí pudo abrirle camino en Inglaterra. Un análisis del problema a partir de las diversas fuentes nos ofrece una imagen heterogénea. Por un lado, la afirmación de Husserl debe tormarse en serio puesto que disponía de informaciones internas y fue testigo ocular de los hechos, y lo mismo puede decirse de las enérgicas declaraciones de la señora Edith-Eucken-Erdsiek, tanto verbales como escritas, que también fue testigo del antisemitismo de Heidegger y su familia; pero, por otro lado, como ya veremos, en su calidad de rector Heidegger intervino en favor de colegas judíos amenazados (aunque por motivos científicos y extrapolíticos). Lo que se cuenta en el prólogo a Hechos y reflexiones de que Heidegger prohibió colgar el cartel antijudío en la universidad es poco preciso. No sabemos de qué tipo de cartel se trataba. Seguramente Heidegger se refería al cartel enviado el 12 de abril por la dirección de la corporación de estudiantes alemanes en relación con los preparativos iniciados desde principios de abril para una acción «contra el espíritu antialemán». Se trataba de un cartel blanco de 47'5 por 70 cm. sobre el que se podían leer en grandes tipos góticos de color rojo Vivo las doce tesis de la corporación estudiantil alemana, bajo un título que rezaba: «Contra el espíritu antialemán». La tesis número 7 era por ejemplo: «Consideraremos al judío como extranjero pues queremos tomarnos en serio el carácter de nuestro pueblo. Por eso exigimos que la censura obligue a que las obras judías aparezcan en lengua hebrea. Si aparecen en alemán deberán consignarse como traducciones. Se procederá enérgicamente contra el uso indebido de la escritura alemana. La escritura alemana es sólo para los alemanes. El espíritu antialemán será
eliminado de las bibliotecas públicas[148].»
También tendremos que dejar en el aire la supuesta importancia de esta prohibición —que tal vez sólo fue motivada por motivos estéticos—, mientras las actas del rectorado, que se encuentran en el archivo de la Universidad de Friburgo, no sean clasificadas convenientemente y sigan siendo inaccesibles en virtud de la protección de datos personales. También habría que poner en claro la verdad de la acusación del comité de depuración, en 1945, según la cual Heidegger encubrió a los saqueadores de la casa de reunión de los judíos (es decir, de los estudiantes judíos) o, dentro del mismo contexto, la acusación de haber permitido que se colgara un cartel que empujaba a la delación.
Heidegger pone en relación la prohibición de colgar el cartel antijudío —emitida el segundo día de su mandato— con la aparición de los primeros conflictos entre él, como rector, y la dirección del estudiantado nazi, conflictos que fueron transmitidos hasta la cúpula de Berlín y desembocaron en un tanteo de fuerzas. Estas afirmaciones parecen poco comprensibles a la vista de los estrechos contactos de Heidegger con la dirección de la corporación estudiantil alemana, que era radicalmente antisemita y antimarxista, y cuyo jefe, Gerhard Krüger, conocido y hasta amigo de Heidegger, había preparado en silencio la campaña «contra el espíritu antialemán». Esta campaña concluyó con la quema de libros llevada a cabo en todo el territorio del Reich la noche del 10 de mayo de 1933. También la ciudad de Friburgo brilló aquella noche con el fuego de los libros incinerados en la plaza de la biblioteca de la universidad, sin que el rector Heidegger impidiera o pudiera impedir tal acción. El filósofo italiano Ernesto Grassi (del que volveremos a hablar más tarde), que en aquel momento residía en Friburgo y pertenecía al círculo de Heidegger, además de ser íntimo amigo de Wilhelm Szilasi, escribió lo siguiente en memoria de Szilasi: «Y de pronto, la irrupción de la destructiva década de los treinta: el rectorado de Heidegger, su discurso inaugural; bajo su mandato como rector, la quema de libros judíos y marxistas, claro testimonio de la “descomposición” de la ciencia. Vimos brillar el fuego ante la biblioteca de la universidad.» (Cit Grassi, 1970). He hablado con testigos de la época que me han confirmado este extremo. La única dificultad fue que la noche del 10 de mayo de 1933 se presentó lluviosa y por lo tanto impropia de un auto de fe. Frente a esto, nos encontramos con la tajante afirmación de Heidegger, ya publicada en la entrevista del Spiegel, según la cual prohibió la planeada quema de libros.
En todo caso, pocas semanas más tarde envió unos pocos ejemplares de su discurso del rectorado a la dirección de la corporación estudiantil alemana para que fueran repartidos, según indicaba el escrito de Heidegger, entre Gerhard Krüger, Georg Plötner, director del servicio de ciencias políticas, Andreas Feickert, quien en 1934 se convirtió en Reichsführer de la corporación estudiantil alemana, y Hanskarl Leistritz, director del servicio informativo científico universitario y del servicio central de inteligencia y propaganda. Heidegger tenía que saber forzosamente que Leistritz había pronunciado las sentencias de fuego durante la vergonzosa quema de libros de la plaza de la ópera de Berlín. Tenía que saberlo porque apareció en todos los periódicos.
En realidad sólo conozco un suceso que permita afirmar objetivamente que, cuanto menos, Heidegger estaba dispuesto a difamar a un adversario político haciendo uso del lenguaje propio del nacionalsocialismo, es decir, aprovechando la retórica antisemita. Alrededor de 1934-1935 Jaspers obtuvo, por mediación de la viuda de Max Weber, la copia de un informe sobre Eduard Baumgarten redactado por Heidegger y presentado el 16 de diciembre de 1933 a la asociación de profesores nacionalsocialistas de Gotinga. Veamos cuál es la historia de este informe. En 1931 Heidegger había conseguido deshacerse de Baumgarten, que había solicitado un puesto de asistente junto al filósofo, en favor del filósofo judío Werner Brock y había hecho trasladar la titulación de habilitación que tenía Brock en Gotinga a la Universidad de Friburgo. El citado informe sirvió para obstaculizar durante algún tiempo la carrera científica de Baumgarten. Según la copia tomada por Baumgarten del dosier de la asociación de profesores nacionalsocialistas de Gotinga, Heidegger habría aducido para deshacerse de él cosas como la siguiente:
Mientras estuvo aquí [es decir, en Friburgo], Baumgarten lo fue todo menos
nacionalsocialista. Tanto por afinidad como por su actitud intelectual procedía
de un círculo de intelectuales demócratas y liberales de Heildelberg en torno a
Max Weber. Después de fracasar conmigo, entró en estrecho contacto con el
judío Fraenkel, antes profesor en Gotinga y ahora expulsado de aquí.
Encontró empleo en Gotinga gracias a él… Naturalmente, aún no se puede
emitir un juicio definitivo sobre él. Todavía puede evolucionar. Pero, en todo
caso, habría que esperar todavía un plazo prudencial antes de admitirlo en
alguna organización del partido nacionalsocialista [149].
El aquí citado Eduard Fraenkel fue hasta el semestre de verano de 1933 profesor titular de Filología Clásica en la Universidad de Friburgo. La historia de la complicada transmisión del documento citado lo ha hecho y lo hace pasar todavía por falso, sobre todo a los ojos de la prensa especializada, que considera que se trata de un texto expresamente compuesto para desacreditar al filósofo Heidegger, una muestra típica del «odio y la impotencia contra el gran pensador que buscan
desesperadamente documentos en su contra»[150].
Jaspers se sintió profundamente dolido cuando leyó en 1934-1933 la copia del documento: en efecto, esta información le abrió definitivamente los ojos sobre Heidegger, cuyas actividades políticas siempre le habían parecido motivadas, hasta la fecha, por su mera ingenuidad. Y le expresó a Heidegger sus reproches en su primera carta del año 1949:
No sólo su tácita ruptura desde 1933, sino sobre todo su informe sobre
Baumgarten, cuya copia pude ver en 1934. Aquel instante fue una de las
experiencias más determinantes de mi vida. Mi doloroso sentimiento personal
era inseparable de la importancia objetiva del suceso.
Seguramente para evitar que se alzara una barrera definitiva entre él y Heidegger, Jaspers renunció a pedirle explicaciones al filósofo relativas a las fórmulas «el judío Fraenkel» y «el círculo de intelectuales en torno a Max Weber», al que él mismo pertenecía. Como en su informe del año 1945 Jaspers trató a fondo el asunto Baumgarten, Heidegger conocía el informe de Jaspers y el caso fue debatido abiertamente en el comité de depuración, creemos que no se puede dudar de su autenticidad. Si se hubiera tratado de una imitación o falsificación de algún tipo, Heidegger no habría dejado de señalarlo. Así pues, tenemos que atenernos al hecho probado de que el rector introdujo en su informe para la asociación de profesores nacionalsocialistas el argumento de la «judeofilia» de Baumgarten, es decir, que también él pagó su tributo al antisemitismo. No sabemos cuántos informes de color político escribió Heidegger para las instancias del partido en los años posteriores. En todo caso, volveremos a tener ocasión de examinar la práctica del informe político en el caso de los profesores católicos de filosofía Max Müller y Gustav Siewerth.
Repetimos que siempre se ha debatido y se sigue debatiendo si Heidegger adoptó una postura antisemita o no. Hace algún tiempo (el 2 de enero de 1984) pude leer en el suplemento literario del diario FAZ, bajo la rúbrica, «Hechos», que Heidegger había mandado un ejemplar dedicado de su discurso del rectorado a su colega filósofo de Kiel, Richard Kroner, a pesar de que éste era judío. «¿Qué fue lo que empujó a Heidegger, cuyas decisiones siempre eran muy meditadas, a enviar su discurso político al judío Richard Kroner?», se pregunta el autor del artículo haciendo también cábalas sobre cuál pudo ser la reacción de Kroner, una persona tan «particularmente concernida». «¿Se sintió desconcertado, indignado, turbado? ¿Creyó que era una provocación?». Y el comentarista del diario FAZ resume todo el problema en la siguiente pregunta: «Si Kroner no era para Heidegger un judío en el sentido de Hitler, ¿qué era entonces lo que tenían en común y qué explica la dedicatoria del discurso?»: Richard Kroner, que tuvo que marcharse de Kiel porque iba a transformarse en universidad de élite de los nazis y como Gerhart Husserl iba a ser desplazado a Fráncfort, fue en 1923 el candidato competidor para el puesto de encargado de curso que obtuvo Heidegger en Marburgo, pero en aquel entonces sólo quedó en el tercer lugar de la lista. Tal vez pueda ayudarnos a comprender estas preguntas lo que Heidegger escribió a Jaspers en julio de 1923, después de haber aceptado el nombramiento en Marburgo, a propósito de su desafortunado rival, Richard Kroner:
Nunca me había topado con nadie tan quejumbroso. Ahora se hace consolar
como si fuera una vieja; el único favor que le podrían hacer sería arrebatarle
hoy mismo su venia legendi.
¡Qué don profético! El encuentro personal de Heidegger con su discípulo Herbert Marcuse, en 1947, y la correspondencia resultante, también pueden servirnos de mucha ayuda para comprender la personalidad del filósofo. En su carta del 28 de agosto de 1947, en la que trata de la problemática de la unidad entre pensamiento y existencia en la persona Heidegger, Marcuse se extiende particularmente sobre los terribles padecimientos sufridos por el pueblo judío. Un filósofo puede equivocarse en cuestiones políticas y cuando se dé cuenta expondrá abiertamente su error. «Pero no puede equivocarse sobre un régimen que ha asesinado a millones de judíos únicamente por el hecho de ser judíos, que ha convertido el terror en norma y ha transformado todo lo que está ligado al concepto de espíritu, libertad y verdad en su más sangrienta contrapartida». Marcuse avisaba a Heidegger de que le iba a mandar un paquete para paliar sus necesidades. Mientras hacía el paquete, sus amigos habían estado presentes y le habían reprochado «que prestara ayuda a un hombre que se ha identificado con un régimen que ha mandado a la cámara de gas a millones de mis correligionarios».
Heidegger recibió el paquete, pero repartió todo su contenido entre una serie de antiguos alumnos «que ni pertenecieron al partido ni tuvieron relación alguna con él». Si le decía esto, era para que sus amigos se quedaran tranquilos, le comunicaba Heidegger a Marcuse en su carta de respuesta del 20 de enero de 1948. Respecto a los reproches que le hacía Marcuse por el genocidio, reproches que reconocía eran completamente justificados, Heidegger sólo podía «añadir que si donde se dice “judíos” se dijera “alemanes del Este” se podría objetar lo mismo respecto a alguno de los aliados, con la única diferencia de que, mientras lo que está ocurriendo desde 1945 es sabido en todo el mundo, el sangriento terror de los nazis fue efectivamente mantenido en secreto y ocultado al pueblo alemán». Con estas frases, Heidegger se anticipaba a la famosa «controversia entre los historiadores» de 1986.
Pero esforzémonos por regresar de nuevo a la descripción cronológica de la época del rectorado. Durante las primeras semanas y hasta días de su nuevo cargo, el rector Heidegger ya desplegó una actividad poco usual. El 24 de abril, es decir, inmediatamente después de su toma de posesión como rector, se puso en contacto con la dirección de la corporación estudiantil alemana, de ideología nazi, para proponerles unas jornadas formativas para los dirigentes políticos de la corporación. Las actas que tenemos permiten colegir que ambas partes se conocían bien, esto es, que tuvo que existir una larga vinculación entre Heidegger y los funcionarios de la corporación de estudiantes alemanes, regida aproximadamente desde 1930 por la NSDStB (Asociación de estudiantes nazis). Los berlineses se interesaron por la propuesta y Plötner, al que manifiestamente Heidegger conocía muy bien, organizó en breve espacio de tiempo unas primeras jornadas de ámbito nacional para los directivos estudiantiles los días 10 y 11 de junio de 1933. El resultado más importante de este primer cursillo para los cuadros políticos de la corporación estudiantil fue el proyecto de un «campamento científico» del que Heidegger se erigió en responsable y que quería llevar a cabo en octubre de 1933 en Todtnauberg. Al mismo tiempo, el pequeño grupo de conferenciantes reunido en aquellas jornadas de junio declaró y pactó una total comunidad de ideas políticas: junto a Martin Heidegger, los profesores invitados eran Alfred Baeumler y Ernst Krieck. Ambos nombres, ya lo hemos visto, se mencionaban en la carta de Heidegger a Jaspers del mes de abril. Así nació entre estos tres hombres un acuerdo, motivado por la igualdad de opiniones políticas, que duró durante algún tiempo hasta que la inicial comunidad de lucha desembocó en el odio y la rivalidad; pero esto sólo ocurrió a finales de 1933 o ya iniciado 1934.
Nos limitaremos a señalar de pasada que Heidegger y Baeumler se conocían desde hacía bastante tiempo por motivos de su común trabajo filosófico, sobre todo las investigaciones sobre Nietzsche. Baeumler, que en su calidad de miembro del Kampfbund für deutsche Kultur [Asociación de lucha por la cultura alemana], estaba vinculado con Alfred Rosenberg antes de la subida al poder y había sido nombrado por éste director del departamento de ciencia, se había responsabilizado en el semestre de verano de 1933 de la cátedra de «Pedagogía Política» de la Universidad de Berlín, una de las primeras cátedras «políticas» instituidas por el Tercer Reich. La Oficina Rosenberg propició la progresión ascendente de la carrera de Baeumler, pero al mismo tiempo hizo degenerar su nivel filosófico hasta quedar reducido al papel de mero bufón de Rosenberg. Por ejemplo, en octubre de 1942, Baeumler celebraba lleno de júbilo, a través de las páginas del Völkischer Beobachter, la enorme tirada del Mito del siglo XX, que había alcanzado el millón. También fue la primera lección de Baeumler en su cátedra de Berlín, el 10 de mayo de 1933, la que dio la señal para la gigantesca quema de libros en la capital del Reich. El propio Baeumler marchaba en cabeza de la primera división de la procesión de antorchas y fue el que arrojó la primera de ellas sobre la enorme pila de libros.
Entre Heidegger y Ernst Krieck (persona que había sabido ascender desde su puesto de maestro de escuela, viejo combatiente encarnizado a quien ahora se otorgaba la recompensa merecida), debió existir más bien un acuerdo respecto a la política universitaria. En efecto, Krieck fue nombrado rector de Fráncfort en 1933. Desde luego, el trabajo científico de Krieck, natural de Baden, no tenía absolutamente nada en común con el de Heidegger.
Para alcanzar los distintos objetivos de tipo político, científico y, en definitiva, histórico, había que trabajar sobre varios terrenos de lo más variopinto y luchar por conquistarlos. La propia universidad sólo era, para Heidegger, la base de partida y ocasionalmente su refugio, al menos al principio. Ya antes de su solemne toma de posesión como rector, Heidegger fue disponiendo los hitos necesarios a sus fines. Y entre el pequeño grupo de iniciados de Friburgo cundió no poca inquietud y hasta indignación cuando se filtró la noticia de que el 20 de mayo de 1933 Heidegger había telegrafiado a Adolf Hitler en los siguientes términos:
Solicito respetuosamente el aplazamiento de la planeada recepción de la
presidencia de la asociación de universidades alemanas hasta el momento en
que la directiva de la asociación de universidades haya consumado la
«unificación», particularmente necesaria en este caso.
De esta manera, el rector había pasado inequívocamente al plano nacional, que seguramente consideraba su auténtico campo de acción, algo que, por cierto, Heidegger no menciona en su informe justificativo de 1983. La asociación de universidades, digámoslo en pocas palabras, era en aquel momento —a diferencia de la estructura establecida después de 1945—, la reunión corporativa de todas las universidades alemanas y se ocupaba particularmente de las cuestiones de tipo político y profesional de los profesores de enseñanza superior, constituyendo prácticamente un órgano de la Conferencia alemana de rectores. Según el plan de Heidegger, esta estructura dual, que recordaba un sistema parlamentario, debía transformarse en una conferencia de rectores homogénea y estructurada según el Führerprinzip.
El alboroto producido en Friburgo por el mensaje de Heidegger al Führer se debía sobre todo al término «unificación», que en aquel principio de verano de 1933 significaba de manera clara y evidente la orientación de todas las instituciones y ámbitos de la vida según el principio de un Estado y una sociedad completamente subordinadas a su Führer, es decir, según las nuevas estructuras de poder del Estado unitario nacionalsocialista. En 1945, una de las acusaciones más graves a las que tuvo que responder el filósofo fue precisamente este telegrama, y eso es lo que hizo en noviembre de 1945 mediante una carta al presidente del comité de depuración, que representa una buena prueba del estilo apologético de Heidegger. Rezaba así:
Si el telegrama habla de «unificación» es en el mismo sentido en que yo
también entendía el término «nacionalsocialismo». Mi intención nunca fue
abandonar la universidad en manos de la doctrina del partido, sino por el
contrario, intentar introducir una transformación espiritual en el seno del
nacionalsocialismo y refiriéndome a él. Afirmar que el nacionalsocialismo y
el partido no tenían ningún objetivo intelectual relacionado con la universidad
y el concepto de ciencia es contradecir los hechos. Su objetivo estaba más que
determinado y se basaba en Nietzsche, según cuya doctrina, la «verdad» no
tiene fundamento y contenido objetivo propios, sino que es un mero
instrumento de la voluntad de poder, es decir, una mera «idea», una
representación subjetiva. Y lo grotesco era y sigue siendo que este concepto
«político» de ciencia, en principio, concuerda con la «idea» e «ideología» del
marxismo y el comunismo. Y mi discurso del rectorado, sostenido el 23 de
mayo, tres días después de mandar el telegrama [Heidegger confunde el 23
con el 27 de mayo], está manifiesta y expresamente imbuido de un espíritu
contrario a esta postura.
Quien compare el telegrama del 20 de mayo de 1933, el discurso del rectorado del 27 de mayo de 1933 y los demás llamamientos y proclamas públicas (sobre todo del otoño de 1933), con la interpretación dada en 1945, podrá darse cuenta fácilmente de que Heidegger emprende un tipo de interpretación que sólo es comprensible a posteriori. Al principio sólo se habla de «unificación»: este concepto, y la realidad ligada a él, estaban muy claros desde marzo de 1933, cuando diariamente y en todas partes se echaban abajo estructuras políticas y sociales y se ponían otras nuevas en su lugar. Heidegger transfiere con mucha elegancia este concepto a la noción de nacionalsocialismo, que él había comprendido de manera muy personal, al modo de una especie de nacionalsocialismo privado —tal como se le señaló muy particularmente (lo sabemos por declaraciones de Heidegger)—, un nacionalsocialismo muy peculiar que no se basaba en la concepción nacionalsocialista del mundo. Tras las concepciones de 1945, se esconde, junto a otros elementos, la secreta controversia con Alfred Baeumler y su particular interpretación de Nietzsche que, en cierto modo, adoptó el carácter de tesis oficial del partido, dado que Baeumler era el director del departamento de «ciencia, del delegado del Führer, para la supervisión de la formación y educación espiritual del NSDAP» —así de pedestremente se definían las funciones en un estado totalitario— y por lo tanto ocupaba una de las posiciones político-científicas más influyentes de la nación. Pero esta controversia con el filósofo Baeumler tuvo lugar mucho más tarde, concretamente cuando las metas utópicas de Heidegger se revelaron inalcanzables y él volvió a ser arrojado a la existencia de mero titular de filosofía de la Universidad de Friburgo.
Para comprender completamente la versión de Heidegger de 1945, tendríamos que integrar en nuestro análisis las lecciones sobre Nietzsche del semestre de invierno de 1936-1937 (Nietzsche: La voluntad de poder como arte), publicadas íntegramente en 1985, y explicar con más detención la controversia con la interpretación de Nietzsche llevada a cabo por Baeumler y Jaspers, cosas que no son posibles aquí. Si lo hiciéramos, llegaríamos sencillamente a la conclusión de que, en 1945, Heidegger echa mano tanto del intérprete «político» de Nietzsche, Baeumler, mentor de Alfred Rosenberg, como de su intérprete «apolítico» Jaspers, su antiguo amigo filósofo, y que los mezcla a ambos creando una amalgama basada en cosas contradictorias y opuestas. Pero ¿acaso no es éste un método filosófico? Concluiríamos que, precisamente en aquellas frases de 1945, Heidegger vertió la esencia de su filosofía del ser, como cuando debatía con Baeumler sus tesis en 1936-1937 y éste no tomó en consideración la interpretación de Heráclito llevada a cabo por Heidegger. Pero todo esto nos llevaría muy lejos y se saldría de nuestro terreno.
Sea como sea, y de esto es de lo que se trata aquí, en la época de su rectorado Heidegger no pensaba nada de esto, sino que estaba plenamente inmerso en su cooperación con Baeumler y Krieck y quería aprovechar la Conferencia de rectores, que debía tener lugar en Berlín el 8 de junio de 1933, para acabar con la asociación de universidades, que entretanto se había «unificado». Pero en lugar de ello, una gran mayoría de rectores apoyó a la asociación de universidades y Heidegger sólo pudo contar con un puñado muy reducido de compañeros de lucha: Krieck, el germanista Friedrich Neumann y el rector y científico de Kiel, Wolf, que se sumaron al rector de Gotinga. Como ya hemos indicado varias veces, Kiel debía convertirse en una especie de universidad nazi piloto. El cuarteto mencionado abandonó la Conferencia de rectores entre protestas, después de haber sido derrotados, sin que su actitud produjera demasiada impresión. Las siguientes semanas, durante las cuales —como ya vimos—, Heidegger mantuvo junto con Baeumler estrechos contactos con la dirección de la corporación estudiantil alemana, hubo una intensa correspondencia entre el rector de Friburgo y el de Gotinga, de lo que se deduce que este círculo interno, el grupo de los cuatro, constituía una especie de liga de conjurados que intentaba invertir las relaciones de fuerza reinantes en la Conferencia de rectores e introducir sus propias ideas sobre política de universidades, inspiradas en el espíritu nacionalsocialista.
Un encuentro a finales del semestre de verano dio ocasión a intercambiar experiencias y concebir una estrategia. Cabe destacar que, a juzgar por las apariencias, en el verano de 1933 Heidegger y Krieck colaboraban todavía del modo más íntimo. En efecto, cuando Heidegger recibió un nuevo nombramiento para la Universidad de Berlín a principios de septiembre de 1933 («este nombramiento estaría ligado a una misión política particular», informó Heidegger al Ministerio de Cultura), aprovechó el viaje a la capital del Reich para celebrar una reunión, que se venía aplazando desde hacía tiempo, con el grupo de los cuatro: «Partiré temprano el miércoles [6 de septiembre de 1933] a Homburg v. d. Höhe para una reunión especial con mis tres amigos rectores de Kiel, Gotinga y Fráncfort», dice en la carta citada. Conclusión: el contacto seguía existiendo y, ahora, con la «particular misión política» de Berlín se abría un horizonte completamente nuevo y más amplio, del que nos ocuparemos debidamente.
Para empezar, queremos señalar que, además de arreglar sus asuntos administrativos, Heidegger también tuvo tiempo de dar algunas conferencias en Heidelberg y Kiel (fines de junio/principios de julio) que le valieron la fama de ser un representante particularmente radical del movimiento. Estas actividades formaban parte de su objetivo: convertirse en uno de los guías [führer] espirituales del movimiento, en lo tocante a política científica, y tal vez hasta convertirse en el führer supremo. Lo cierto es que el rector de Friburgo participó activamente en la remodelación de la constitución de las universidades de Baden, seguramente en estrecha colaboración con Krieck, que, en su calidad de natural de Baden, aspiraba a una cátedra en Heidelberg y, aunque sólo fuera por eso, estaba interesado en hacer las cosas escrupulosamente bien.
El 21 de agosto de 1933 entró en vigor en Baden una nueva constitución provisional para las universidades por la cual, a partir del 1 de octubre de 1933, el rector era nombrado führer de la universidad por el ministro de cultura, sin que la universidad tuviera la mínima posibilidad de intervención ni tuviera, tan siquiera, derecho de propuesta. No se contemplaba la limitación temporal del cargo. El estado de Baden, de nuevo fiel a su fama de «estado modelo», se había adelantado a todos, quería imponer su ejemplo. El propio rector nombró a los decanos führer de las respectivas facultades y empezó a diseñar abiertamente la nueva universidad según el Führerprinzip. El resto de estados del Reich alemán, sobre todo Prusia, Baviera y Sajonia, permanecieron de momento a la expectativa. «Esta es la obra de Heidegger. Finis universitatum —fin de las universidades—, anota en su diario el prelado Josef Sauer, vicerrector nominal de la Universidad de Friburgo bajo el mandato de Heidegger, el día 22 de agosto de 1933: «Y es ese loco de Heidegger el que nos ha hecho esto, ése a quien hemos elegido rector para que nos trajera a la universidad la nueva espiritualidad. ¡Qué ironía! De momento no podemos hacer otra cosa que confiar en que el resto de las universidades alemanas, sobre todo las prusianas, no nos sigan en este paso hacia el abismo por mucho que les conminen a ello; de ese modo, esta rareza de Baden será pronto eliminada del mapa», cosa en la que el prelado se equivocaba de medio a medio.
No podemos saber hasta dónde llegó la cooperación de Heidegger puesto que no podemos acceder al dosier correspondiente. Pero, en cualquier caso, Heidegger se vio imposibilitado de objetar nada cuando el comité de depuración estimó en el otoño de 1945 que «había colaborado activamente en la transformación de la constitución de la universidad en favor del nuevo Führerprinzip». En el informe justificativo publicado en 1983, Heidegger explica que si propuso la nueva constitución fue con intención de elegir a los decanos, de tal manera que se pudiera salvar «la esencia de las facultades y la unidad de la universidad». Como era de esperar, el propio Heidegger fue elegido primer führer-rector de la Universidad de Friburgo con efectos del 1 de octubre de 1933; seguramente, tanto el ministerio como el propio interesado, esperaban y deseaban que pudiera ocupar su puesto muchos años. La nueva constitución de la universidad, de la que Heidegger compartía plena responsabilidad, se basaba en su propio pensamiento y acción. Y el preámbulo de Karlsruhe respira este espíritu y habla su lenguaje: la renovación total de las universidades alemanas sólo puede alcanzarse si la reforma universitaria afecta de modo homogéneo y global a todo el Reich, esto es, si el rector se hace cargo de todos los poderes que actualmente están en manos del consejo de universidad, si los decanos sólo dependen de la confianza que le merezcan y el espíritu del rector penetra toda la universidad. Con el nombramiento de Heidegger debía comenzar una nueva era, se podrían abandonar las viejas formas petrificadas y obsoletas de la antigua universidad.
También el interlocutor filosófico de Heidegger, Karl Jaspers, valoraba positivamente esta reforma de la constitución universitaria, considerándola un principio aristocrático. Después de largos años de experiencia universitaria, decía Jaspers, la nueva constitución sólo podía parecerle bien. «La pena por ponerle un punto final visible y drástico a una gran época de la universidad, que sabemos acabó hace tiempo, es sólo un doloroso sentimiento de piedad que yo también comparto». Así escribía Jaspers a Heidegger el 23 de agosto de 1933, dándole las gracias por el envío del discurso del rectorado, que acababa de ser publicado en la editorial Korn de Breslau (una editorial que, por cierto, se había especializado en literatura nacionalsocialista: por ejemplo, los trabajos de Moeller van den Bruck). Jaspers aplaudía este discurso inaugural del 27 de mayo:
La gran fuerza de su proyecto, arraigado en la Grecia clásica, me ha vuelto a
conmover con la fuerza de una verdad tan nueva como evidente. De esta
manera coincide Vd. con Nietzsche, con la diferencia de que podemos esperar
que Vd. llegue a realizar algún día lo que dice en su interpretación filosófica.
Así, su discurso tiene una substancia creíble.
Jaspers alaba el estilo y la concreción del discurso, que, en su opinión, descuella muy por encima del resto de los discursos rectorales de aquel semestre de verano.
«Mi confianza en su filosofía», continúa Jaspers, «que ha vuelto a fortalecerse
desde nuestras últimas conversaciones, no disminuye en nada por ciertas
características de este discurso, propias del momento actual, y por algunas
afirmaciones que me parecen forzadas o huecas. En conjunto, estoy satisfecho
de que haya alguien que pueda hablar así, tocando los verdaderos límites y
orígenes».
Heidegger comparado con Nietzsche, pero con un nuevo Nietzsche que realiza su filosofía. ¡Qué frases! Heidegger ya no contestó a esta carta y no volvió a reanudar su contacto con Jaspers hasta dos años después con aquella carta, ya citada, escrita desde la soledad y el aislamiento. En cuanto a la opinión que le merecía la interpretación que hace Jaspers de Nietzsche, la conocemos a través del curso sobre Nietzsche de 1936-1937, sobre todo, en lo tocante a las partes que tratan el tema del eterno retomo:
[Jaspers] «se da cuenta de que aquí se esconde un pensamiento fundamental
de Nietzsche. Pero no lleva este pensamiento al ámbito de la cuestión
fundamental de la filosofía occidental, a pesar de sus discursos sobre el ser, y
por lo tanto tampoco lo integra dentro del contexto adecuado en relación con
la teoría de la voluntad de poder. El motivo de esta actitud, que a primera vista
no resulta muy transparente, es que, para Jaspers, por decirlo con toda
crudeza, cualquier filosofía es imposible. En realidad no es más que una
“ilusión” destinada a la explicación ética de la personalidad humana. Pero a
los conceptos filosóficos les falta alguna o incluso la auténtica fuerza de
verdad del saber esencial. Como, en el fondo, Jaspers ya no se toma en serio
el saber filosófico, tampoco existe ya ningún auténtico planteamiento. La
filosofía se convierte en una psicología moralizadora de la existencia humana.
Es una actitud que, a pesar de todos sus esfuerzos, nunca podrá penetrar en la
filosofía de Nietzsche con la actitud de un sincero cuestionamiento, a la
manera de una controversia. (Obras Completas, vol. 43, 1985, p. 26).
¡Y pensar que una amistad semejante desembocó en este triste balance! ¡Qué diálogo entre filósofos! Aunque también es verdad que Jaspers ya había sido depuesto de su cargo por haberse casado con una judía.
Mientras se preparaba la nueva constitución universitaria de Baden, continuaban en Berlín las negociaciones sobre el nombramiento de Heidegger; fuerzas poderosas de la Universidad de Friburgo presionaban al ministerio de Karlsruhe para retener a Heidegger: «Rogamos al ministerio que haga todo lo posible para no privar a esta universidad de semejante personalidad científica y semejante führer». La partida de Heidegger podía acarrear consigo lamentables perturbaciones en la evolución emprendida. Después de todo, continuaba este texto, Heidegger se había consagrado con todas sus fuerzas y toda su persona a las tareas de su cargo y había adquirido experiencia, anudado relaciones y ganado la confianza de muchos. Este escrito iba firmado por representantes de las cinco facultades, lo que demuestra que el rectorado de Heidegger fue valorado muy positivamente, al menos por un círculo de importantes profesores de la universidad. Los firmantes señalaban que se sabían «de acuerdo con gran número de miembros de nuestra universidad». (Finales de septiembre de 1933).
En aquellas fechas, Heidegger ya había terminado sus negociaciones sobre el asunto del nombramiento: se quedaba en Friburgo, en provincias. «¿Por qué permanecemos en provincias?»: la conferencia radiofónica pronunciada a raíz de esta determinación explica los motivos, aporta los criterios de la decisión adoptada y bosqueja su estado de ánimo. Berlín: en 1930, el primer nombramiento a la capital ya había proporcionado a Heidegger la ocasión de meditar sobre si parecía razonable gastar «las pobres fuerzas de un individuo aislado» en un «monstruo desnaturalizado» como la Universidad de Berlín. «La gran ciudad sólo ofrece excitación y estímulo: apariencia de vigilancia. Hasta la mejor voluntad se ahoga en esa sensación y representación, el opuesto de toda filosofía.» (Carta a Julius Stenzel de 17 de agosto de 1930). Tres años más tarde, la aversión de Heidegger no ha variado; su texto «¿Por qué permanecemos en provincias?» traslada este sentimiento a un plano poético.
Pero ¿dónde quedaba la misión política particular ligada al nombramiento? ¿Y en qué consistía? Sólo podemos hacer suposiciones, porque no se puede acceder al dosier correspondiente, si es que existe todavía: es el sino de la Alemania dividida. Seguramente, se trataba de algún tipo de cooperación con el profesor «político» Alfred Baeumler, pero ahora a un nuevo nivel de política nacional. Esto se deduce del desarrollo de los acontecimientos durante las jornadas de formación de Berlín de junio de 1933: existe un informe de Baeumler sobre Heidegger, del 22 de septiembre de 1933, cuyo desconocido destinatario era seguramente alguna instancia extrauniversitaria, porque Heidegger había recibido el nombramiento hacía tiempo. En este informe se resalta la importancia científica de Heidegger en un tono más bien informativo. Baeumler califica a Heidegger de «la más importante manifestación filosófica desde Dilthey». El ha revolucionado los planteamientos de la investigación filosófica tanto desde la perspectiva sistemática como desde la histórica. El pensamiento filosófico de la actualidad, continúa Baeumler, ha entrado con Ser y Tiempo en una nueva etapa. Ninguna investigación filosófica puede pasar ya por alto esta obra, bien sea para alabarla o para criticarla. Por lo demás, y no sólo en Alemania, es difícil calibrar todavía el alcance de la influencia de Heidegger desde un punto de vista sistemático. «Heidegger encuentra siempre los planteamientos decisivos, y muy especialmente en la filosofía griega». «Si bien a veces se comporta de modo arbitrario en sus planteamientos históricos, lo hace con el derecho que le otorga el genio filosófico». Así pues, el informe de Baeumler despierta la impresión de haber sido escrito para alguna instancia del partido que se ocupaba del asunto de la titularidad berlinesa en razón de su especial objetivo político.
El propio Heidegger adoptó un tipo de formulación bastante sibilina y poco comprometida cuando, a principios de octubre, comunicó al cuerpo de profesores de la Universidad de Friburgo que rehusaba el nombramiento de Berlín; su escrito concluía así:
No iré a Berlín, sino que intentaré convertir en el seno de nuestra universidad
las posibilidades abiertas por los estatutos provisionales de Baden, en una
realidad verdadera y probada, para preparar la construcción homogénea de los
futuros estatutos del conjunto de la universidad alemana. Por deseo de las
instancias gubernamentales de Berlín seguiré manteniendo en el futuro un
estrecho contacto con los trabajos que allí se realizan.
Esto significa que, en su calidad de primer führer-rector de la universidad alemana y creador de los nuevos estatutos universitarios de la Universidad de Baden, Heidegger se había convertido en un experto a nivel nacional. El escrito de Heidegger al ministerio de Karlsruhe de 30 de septiembre de 1933, en que da las gracias por su nombramiento como rector, tampoco nos aporta ninguna información suplementaria:
Pero también me he puesto a disposición del Ministerio prusiano de Cultura,
por deseo expreso suyo, para celebrar consejos o para el caso de que haya que
poner en marcha de manera global y determinante el plan de universidad
nacionalsocialista.
Pero ¿en qué medida ofrecían garantías estos acuerdos a la vista de los constantes cambios? ¿No era, tal vez, un programa cargado de esperanzas exaltadas que desde hacía tiempo ya no correspondía con la realidad? Y ¿es que Heidegger no sabía ya que las instancias gubernamentales berlinesas, los grupos fíeles al partido, etc, lo utilizaban por motivos tácticos, como estandarte, pero habían previsto para los puestos directivos a personas acreditadas y experimentadas, antiguos militantes que se adecuaban a la cruda ideología del partido? ¿Es que Heidegger no había visto los últimos días de septiembre lo brutal que se había vuelto la dirección de la corporación de estudiantes alemanes que al principio aún había mostrado algún resquicio de idealismo? ¡Las luchas por el poder y la guerra de trincheras hacían furor en muchos niveles del sistema policrático de partido único!
Pero si es cierto que Heidegger ya se dio cuenta en el semestre de verano de 1933 de que la evolución política no transcurría en la dirección esperada por él (según la versión presentada en 1945 ante el comité de depuración), entonces las declaraciones públicas o internas del führer-rector, del otoño de 1945, son aún más incomprensibles. Ya conocemos alguna de estas declaraciones: el llamamiento a los estudiantes de Friburgo del 3 de noviembre de 1933, y una semana más tarde, en el periódico de los estudiantes, el llamamiento para las elecciones al denominado Reichstag del 12 de noviembre. Pero estas formulaciones no son nada en comparación de la proclama que lanzó Heidegger al mundo en su calidad de destacado miembro de una manifestación celebrada en Leipzig el 11 de noviembre. En las elecciones del 12 de noviembre se iba a votar un plebiscito sobre la política de Hitler: se trataba de elegir una lista unitaria para el Reichstag vinculada con la aprobación popular para la retirada de Alemania de la Sociedad de Naciones. La proclama del rector de Friburgo fue un conglomerado de política interna y externa basada en los elementos más importantes de su discurso del rectorado, es decir, de su filosofía, y en la política práctica de Hitler. Seguramente se trató del error público más grave del filósofo, aquel con el que comprometió a su filosofía. Pero ¿se trataba realmente de un error?
No conozco en toda la obra de Heidegger ningún pasaje, ni siquiera de sus cartas y documentos, en el que retire aunque sólo sea una palabra de esta proclama y otras declaraciones semejantes. Heidegger nunca desmintió sus palabras porque, dentro de la comprensión de su pensamiento, no estaba expuesto al error, este peligro sólo incumbía a los que no le escuchaban a él, el profeta del ser. En realidad, deberíamos citar íntegramente el discurso de Leipzig, a fin de poder entender perfectamente el contexto, pero nos conformaremos con algunas frases destacadas:
Nos hemos liberado de la idolatría a un pensamiento sin base ni autoridad.
Asistimos al final de la filosofía que le sirve. Estamos seguros de que retoman
un rigor lúcido y la seguridad del cuestionamiento simple e implacable acerca
de la esencia del ser. El valor originario de crecer o aniquilarse en el debate
con lo ente, es el más íntimo móvil del cuestionamiento de una ciencia
popular… y por eso proclamamos, nosotros, a quienes se deberá confiar en el
futuro la salvaguarda de la voluntad de saber de nuestro pueblo, que la
revolución nacionalsocialista no es sólo la adquisición de un poder que ya
existía previamente dentro del Estado por parte de un partido que ha crecido
lo suficiente para ello, sino que esta revolución conlleva la transformación
total de nuestra existencia alemana. A partir de ahora, cada cosa exige
determinación y cada acto responsabilidad. Estamos seguros de que cuando la
voluntad de ser responsable de uno mismo se convierta en la ley de la
convivencia entre los pueblos, cada pueblo podrá y tendrá que ser para el
resto de los pueblos un maestro que enseñe la riqueza y la fuerza de todas las
grandes hazañas y grandes obras del ser humano. La elección que se presenta
ahora al pueblo alemán es ya, como mero acontecimiento e
independientemente del resultado, la demostración más patente de la nueva
realidad alemana del Estado nacionalsocialista… Ha sido el Führer quien ha
despertado plenamente esta voluntad en todo el pueblo y quien la ha fundido
en una única decisión. Nadie puede permanecer ausente el día que se
proclame esta voluntad. Heil Hitler! (Schneeberger 1962, documento n.º 132).
Como puede observarse, predomina el lenguaje pseudorreligioso; a la persona iniciada, estas frases le suenan familiares, le recuerdan las fórmulas de abjuración y acto de fe del bautismo de las comunidades cristianas primitivas. La filosofía anterior a Heidegger era idolatría: «Nos hemos liberado». Pero ahora, una vez que el Estado nacionalsocialista ha puesto manos a la obra, de acuerdo con «la exigencia originaria de todo ser para salvar y conservar su propia esencia», se pueden invocar los dogmas de fe de la verdadera filosofía y se puede proclamar la nueva profesión de fe: «Y por eso proclamamos» —los que saben— que «la revolución nacionalsocialista conlleva la transformación total de nuestra existencia alemana». A finales del otoño de 1933, Heidegger no podía haberse resignado todavía, ni muchísimo menos. Tampoco se resignó cuando, en noviembre de 1933, se hicieron públicas las nuevas estructuras directivas de la conferencia de rectores, en las que no se había incluido a Heidegger.
Pero todo esto no encerraba ningún compromiso. Heidegger sólo podía demostrar su valía dentro de su universidad, y después de ser nombrado führer-rector quiso convertir «las posibilidades dadas en una realidad verdadera y probada». Hic Rhodos, hic salta! Pero era un terreno pedregoso, difícil de labrar y con malas perspectivas de cara a la recolección. El alto vuelo de los discursos de Heidegger, de sus proclamas y declaraciones, contrastaba extraordinariamente con el trabajo realizado con el sudor de la frente sobre la tierra reseca.
Antes de interesarnos por los escasos y más bien pobres esfuerzos de Heidegger por llevar a cabo una reforma de la universidad, según las ordenanzas de remodelación del nacionalsocialismo, queremos mencionar algunos datos sobre los esfuerzos personales de Heidegger en relación con la oprobiosa ley del Reich de restablecimiento del funcionariado, promulgada el 7 de abril de 1933. Ya hemos tenido ocasión de mencionarla en anteriores ocasiones en relación con el decreto antijudío de Baden de abril de 1933. Esta ley se había dictado particularmente contra los funcionarios judíos y todos los funcionarios políticamente indeseables que, entre otras cosas, no garantizaban una actitud nacionalista. Como es lógico, todo rector de cualquier universidad alemana tenía que encargarse del cumplimiento de esta ley, en colaboración con el correspondiente ministerio de cultura de su Estado. La ley, a la que se sumaban un gran número de subordenanzas, era extraordinariamente complicada y ofrecía cierto margen de interpretación en lo tocante a los plazos y las excepciones contempladas. La aplicación de esta ley trajo consigo el gran éxodo del espíritu alemán y acarreó irreparables pérdidas en todas las disciplinas científicas, sobre todo en el campo de las ciencias de la naturaleza y la medicina.
Los que con más dureza sintieron el peso de esta ley fueron los profesores no titulares o asistentes judíos porque, debido a su corta edad, por lo general no pudieron acogerse a las medidas de excepción contempladas por la ley (por ejemplo, podía conservar su plaza el que hubiera sido nombrado funcionario antes del 1 de agosto de 1914, o el que hubiera sido soldado en el frente). Uno tras otro, todos fueron privados de la venia legendi. También el asistente de Heidegger, el Privatdozent, Dr. Werner Brock, como ya dijimos. Y lo mismo le ocurrió a un joven colaborador científico de la Facultad de Medicina, el Privatdozent Dr. Hans Krebs, futuro Sir Hans Krebs, premio Nobel de medicina de 1953 por el descubrimiento del ciclo del ácido cítrico: fue en su departamento de la facultad de Friburgo donde realizó los trabajos que sirvieron como base para el descubrimiento que le valió el Premio Nobel, (véase su artículo, objetivo y humilde: «Cómo fui expulsado de Alemania», Medizinhistorisches Journal, vol. 15, 1980, pp. 357-377).
La carta de Heidegger de 12 de julio de 1933 al Ministerio de Cultura, muestra lo difícil y controvertida que era la situación para el rector que, en esta carta, intervenía en favor de dos catedráticos de renombre mundial que se habían visto amenazados por la nueva ley (ambos cumplían los requisitos para ser amparados por las medidas de excepción). Se trataba de Eduard Fraenkel, profesor titular de filología clásica (del que ya hemos hablado anteriormente) y de Georg von Hevesy, catedrático de Química Física (premio Nobel en 1943); Heidegger resaltaba que «era plenamente consciente de la necesidad de aplicar la ley de restablecimiento del funcionariado», pero que pensaba que esto podía repercutir en perjuicio del mantenimiento y fortalecimiento de la consideración de la universidad y la ciencia alemanas ante la comunidad internacional. Y si se destituyera a ambos catedráticos judíos, cuyo extraordinario renombre científico estaba fuera de dudas, no podía dejar de haber una respuesta desfavorable, sobre todo en «los círculos intelectuales y políticos de mayor peso del extranjero».
Con Hevesy, Heidegger tenía en mano varios triunfos: este científico internacionalmente famoso, premiado varias veces, había conseguido muchos medios económicos a través de la Rockefeller-Foundation y los había invertido en la compra de nuevos aparatos para el nuevo departamento de química física. Estos fondos y, en general, toda la industria química, sufriría un tremendo menoscabo con su destitución, desde el momento en que Hevesy era prácticamente insustituible en el terreno de la investigación aplicada y la formación de químicos. Además, la familia Von Hevesy pertenecía a los círculos políticos dirigentes de Hungría. Un hermano, Paul von Hevesy, había sido en su tiempo delegado en Madrid. Y Heidegger añadía que «un cese definitivo supondría un golpe del que el renombre de la ciencia alemana y precisamente también de nuestra universidad fronteriza no podría volverse a recuperar en los próximos tiempos». Por otra parte, ambos eran miembros de distinguidas familias judías nobles con un carácter modélico; él podía garantizar que su conducta era intachable, «en la medida en que un juicio humano basta a este fin».
El ministerio destituyó a Fraenkel y conservó, probablemente por razones de utilidad y teniendo en cuenta la repercusión de su cese en el extranjero, al químico von Hevesy, quién después de un año se marchó voluntariamente a Copenhague y el 1 de octubre de 1934 fue cesado en el Estado de Baden por petición propia. En estos casos, Heidegger también tuvo que aceptar las decisiones del ministerio, pues su campo de acción era extremadamente pequeño.
¿Debía haber protestado o incluso dimitido en señal de protesta? Pero ¿son estos los criterios adecuados para juzgar a un rector que estaba convencido y era «plenamente consciente de la necesidad de aplicar la ley»? En el informe justificativo de 1983, Hechos y reflexiones, Martin Heidegger caracterizaba su situación personal del siguiente modo:
Lo único fructífero, pero únicamente en un sentido negativo, fue que en el
transcurso de la «acción de depuración», que muchas veces amenazó con
exceder sus objetivos y sus límites, pude evitar ciertas injusticias y perjuicios
para la universidad y mis colegas. Pero, luego continúa: «El trabajo
meramente preventivo no se manifestaba en los resultados, ni tampoco era
necesario que los colegas se enteraran de ello. Muchos colegas meritorios y de
renombre, de las facultades de Derecho, Medicina y Ciencias, se asombrarían
si supieran el destino que les aguardaba».
Heidegger alude en estas frases al parágrafo 4 de la ley. Son frases que sugieren algo oscuro, amenazador, escondido, oculto bajo el velo del misterio. Naturalmente, en las actas no se encuentra nada al respecto. Habría que preguntarse si todo figura en las actas, pero yo opino que seguramente no había ninguna oculta amenaza o casi ninguna. Las autoridades, al menos durante la primera fase del Tercer Reich, se comportaron por lo general dentro de la legalidad, por muy inhumanas que fueran las leyes.
Por ejemplo, dentro del distrito universitario de Friburgo sólo se conoce un caso —del período de rectorado de Heidegger— en que un profesor titular fuera cesado en virtud del parágrafo 4 de la citada ley. Se trataba del teólogo de la moral y científico de la caridad, Franz Keller, quien debido a su actitud pacifista, anterior a 1933, no ofrecía garantías de plena adhesión al Estado nacionalsocialista. En este caso, el ministerio de Karlsruhe actuó por voluntad propia, al menos formalmente, y puso en marcha el procedimiento de destitución. Ya se sabe que en aquellas semanas de profundos cambios políticos las denuncias anónimas estaban al orden del día. El vicerrector Sauer anotó en su diario, el día 2 de junio de 1933, que había observado en el rectorado que se había presentado una demanda contra el profesor de dogmática Engelbert Krebs; además, también se había elevado una grave acusación contra el economista Adolf Lampe (del que tendremos ocasión de volver a hablar), por haber calificado de absurdo al programa económico de los nazis durante la campaña electoral anterior a la elección de Hindenburg en 1932. Igualmente, Sauer también se había fijado en que se había «acusado gravemente» al profesor de teología moral Keller por sus ideas antinacionales y pacifistas.