Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 13 de 29

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Martin Heidegger

Edmund Husserl y Martin Heidegger. Perfil humano y político

EDMUND HUSSERL Y MARTIN HEIDEGGER

 

Perfil humano y político

 

Considero que este es el momento apropiado para hablar con más detenimiento de la relación entre Husserl y Heidegger, porque, si no me equivoco, es un asunto que interesa a muchas personas, sobre todo porque las diferentes apreciaciones, rumores, suposiciones, etc, se mueven en un terreno poco filosófico. El año 1933 es como un espejo en el que se reflejan tanto los años anteriores como los posteriores. Comenzaremos este apartado con un escrito de Heidegger, del otoño de 1945, dirigido al presidente del comité de depuración, en el que explica su comportamiento con Husserl:

 

El rumor que cuenta que mientras era rector prohibí a Husserl la entrada en la

universidad y la biblioteca es una calumnia particularmente indigna. Nunca he

dejado de ver a Husserl como mi maestro con ojos agradecidos y respetuosos.

Es verdad que, con el tiempo, mis trabajos filosóficos se fueron apartando

bastante de su posición, de tal manera que el propio Husserl me atacó

públicamente en su gran discurso del palacio de los deportes de Berlín en

1931 [139]. Así, mucho tiempo antes de 1933, ya había empezado a disminuir

nuestra amistad. Cuando en 1933 se promulgó el primer decreto contra los

judíos, que nos horrorizó en grado máximo tanto a mí como a otras personas

con inclinaciones nacionalsocialistas, mi esposa le mandó a la señora Husserl

un ramo de flores con una carta en la que le expresaba, también en mi

nombre, nuestro inmutable respeto y agradecimiento y, al mismo tiempo,

nuestra condena del riguroso proceder contra los judíos. Cuando iba a

aparecer una nueva edición de “Ser y Tiempo” el editor me escribió

diciéndome que sólo la publicaría sin la dedicatoria a Husserl. Me mostré de

acuerdo con este recorte bajo la condición de que la auténtica dedicatoria,

incluida en el texto de la página 38, quedase como estaba; así se hizo. Cuando

Husserl murió yo estaba en cama, y cuando me recuperé de mi enfermedad,

no escribí a la señora Husserl, lo que sin duda fue una grave omisión, pero el

motivo de mi silencio fue una dolorosa vergüenza por lo que había ocurrido

con los judíos mientras tanto —rebasando con mucho la primera ley— y ante

lo que hubo que permanecer impotentes.

 

Resulta interesante el uso que hace Heidegger de la lengua: «hubo que» permanecer impotentes. Pero revela su falsedad si «se integra» en este contexto [de nuevo una fórmula impersonal] el telegrama anteriormente mencionado, dirigido a principios de mayo de 1933 a Wagner, jefe de distrito y Reichskommissar/Reichsstatthalter y único responsable del decreto antijudío de Baden.

En la entrevista del Spiegel de 1966 Martin Heidegger volvió a referirse en varios momentos a este asunto aportando más detalles. En pocas frases, realiza una pintura general de un largo período de tiempo sobre el que refiere tanto cosas importantes como superficiales. Por lo que respecta a lo superficial, el rumor acerca de una supuesta prohibición de acceso a la universidad y a la biblioteca es efectivamente falso, es «una calumnia particularmente indigna», como decía Heidegger en 1945. Sin embargo esta versión ha sido sostenida machaconamente una y otra vez desde entonces, hasta convertirse casi en un tópico. Por ejemplo, Golo Mann, historiador y periodista, la sostiene en sus memorias [Erinnerungen und Gedanken] cuando cuenta cómo se produjo la ruptura entre él y su director de tesis, el filósofo Karl Jaspers. Golo Mann, deseoso de evitar la ruptura que se acercaba, envió un ramo de flores a Jaspers con el ruego de aceptar su visita, pero obtuvo una brusca reacción por parte del filósofo: «No deseaba mi visita; y mis flores le recordaban a aquellas enviadas por Martin Heidegger a su maestro Edmund Husserl el mismo día en que, en su calidad de rector de la Universidad de Friburgo, le había prohibido el uso de la biblioteca». Golo Mann se hace sensible a la comparación: «Tuve que considerar esta

ofensa como el final de nuestra relación de más de treinta años»[140].

Una y otra vez, se vuelve a encontrar la historia de esa supuesta prohibición de entrada en la universidad y la biblioteca en relación con el rector Martin Heidegger y ello incluso en publicaciones científicas especializadas. Golo Mann tampoco duda de ella, sino que por el contrario se indigna por una comparación que considera infamante. Pues bien, ¿qué ocurrió exactamente con la prohibición de la biblioteca y el ramo de flores?

Antes de nada, queremos confirmar que, efectivamente, Martin Heidegger nunca decretó una prohibición de entrada en el recinto de la biblioteca universitaria o de la biblioteca del departamento, ni en tanto que rector ni en calidad de director de

departamento. Este reproche tantas veces repetido es insostenible[141].

El asunto del ramo de flores y de cierta carta es algo más complejo. Disponemos de dos conductos de información: por un lado, un conducto inmediato, contemporáneo, el de la mujer de Husserl, Malvine, quien en una carta del 2 de mayo

de 1933 habla de este suceso[142]; por otro, dos testimonios de Martin Heidegger, en primer lugar, el relato bastante próximo a los acontecimientos de Alfred (Frédéric) de Towarnicki Visite a Martin Heidegger, solicitado por el propio Heidegger, que se publicó en la revista de Sartre Les Temps Modernes (1945-1946) y se enmarca dentro de los primeros esfuerzos de justificación de Heidegger después de 1945, y, en segundo lugar, la entrevista de Spiegel del 23 de septiembre de 1966, publicada postumamente el 31 de mayo de 1976.

Malvine Husserl explica en una carta privada del 2 de mayo de 1933 que ha recibido una carta de Elfride Heidegger «que nos ha enojado mucho. Dice que siente la necesidad, también en su nombre [el de Heidegger] de decirnos (en estas semanas tan difíciles) que hoy como ayer siguen pensando en todo llenos de una inmutable gratitud, etc.». En el escrito de Towamicki también se encuentra una traducción (parcial) de esta carta de Elfride Heidegger (extraída de la copia conservada por la familia Heidegger, ya que la carta original fue quemada en 1940 en el puerto de Amberes, junto con gran número de escritos de Husserl).

La carta de los Heidegger tuvo que ser reexpedida y le llegó finalmente a Husserl el 1 de mayo de 1933 (un lunes), en Orselina de Locarno, a donde se había marchado el matrimonio el sábado 29 de abril de 1933. La carta, que debía acompañar al ramo de flores —el dato del ramo de flores enviado por los Heidegger (d’une manière officielle), aparece por primera vez en el libro de Towarnicki, quien fecha el envío el 23 de abril—, seguramente llegó al número 40 de la calle Loretto de Friburgo el día de la partida y probablemente fue escrita la víspera, es decir, el 28 de abril (en la entrevista del Spiegel se habla del mes de mayo). Así pues, las flores que acompañaban a la carta debían estar bien mustias cuando los Husserl regresaron de Orselina a mediados de mayo. En todo caso, no mencionan las flores.

Vamos a reconstruir, a partir de los documentos citados, el estilo y algunos pasajes literales de la carta de Elfride Heidegger: empezaba diciendo que aunque su marido hubiera seguido otros caminos en filosofía, nunca podría olvidar lo que debía a su maestro Husserl. Ella misma, Elfride Heidegger, tampoco olvidaría nunca la bondad y amistad que la señora Husserl les había dispensado en los difíciles años de la postguerra (de la primera guerra mundial). Había sufrido en los últimos años al no poder expresar su reconocimiento por culpa de los malentendidos forjados por terceras personas entre las dos familias. Ha leído llena de espanto que su hijo, Gerhart Husserl, ha sido cesado, pero espera que se tratará de una medida pasajera, propia de la confusión general reinante, ordenada por algún pequeño subordinado y comparable a los abusos ocurridos durante las semanas revolucionarias del año 1918. Después de todo, la familia Husserl ha demostrado su capacidad de compromiso con el pueblo alemán durante la primera guerra mundial. Este era el tono de la carta.

Quien conoce la calurosa amistad que había habido entre ambas familias, que empezó a crecer a partir de 1918 hasta adquirir el tono de una gran familiaridad, sobre todo entre ambas mujeres, tiene que sorprenderse del estilo ceremonioso y hasta afectado de esta carta, que además no menciona un hecho tan importante como el cese del propio Edmund Husserl, y sin embargo se extiende sobre las medidas tomadas en Kiel contra el profesor de Derecho e hijo de Husserl, Gerhart, minimizando la importancia de la medida calificándola simplemente de abuso de algún pequeño subordinado: «la vieja historia», como comentó Malvine Husserl en relación con este pasaje.

La inicial amistad entre ambas familias no dejó de enfriarse desde el momento en que Heidegger fue nombrado en Friburgo (en 1928) gracias a la vehemente ayuda de Husserl. A partir de 1930 ya casi no existía ninguna relación entre los dos matrimonios. Este dato ha sido más que probado por varios documentos que se han ido publicando entretanto.

Pero ¿por qué escribir ahora esta carta llegando al punto de mencionar el patriotismo de la familia Husserl, que, Dios lo sabe, había derramado suficiente sangre durante la primera guerra? Se lo explicaré: en Baden, estado modelo hasta en esto, se promulgó el 6 de abril de 1933 —víspera de la entrada en vigor de la odiosa ley del Reich sobre el restablecimiento del funcionariado profesional (dirigida sobre todo contra los funcionarios judíos)—, un decreto especial del que era entonces Reichskommissar y jefe de distrito, Robert Wagner, según el cual (nadie sabe con qué base legal) todos los funcionarios del Estado de ascendencia «no aria», y fueran de la confesión que fueran, habían de ser destituidos inmediatamente, incluidos ¡colmo del absurdo! los que ya estuvieran jubilados. En la Universidad de Friburgo este decreto afectaba a los profesores jubilados Edmund Husserl y Otto Lenel (un famoso profesor de Derecho romano). Al mismo tiempo se decretó que las asambleas autonómicas y los servicios de las universidades de Baden habían de ser «limpiados de judíos», lo que equivalía a destituir a los decanos o miembros del consejo que fueran judíos.

Al principio, en la Universidad de Friburgo reinó gran confusión pues no se sabía hasta dónde debía alcanzar el rigor de este decreto que algunos opinaban no había que tomar en serio. Pero el ministerio de cultura exigió su cumplimiento y así, el 14 de abril de 1933, se le comunicó su «cese» a Edmund Husserl, lo que suscitó vivo interés, también fuera de Alemania. Pocas semanas más tarde, Husserl escribió que el cese había sido la peor ofensa que había recibido en toda su vida.

«Pienso que yo no era el peor de los alemanes (al estilo y en el sentido antiguo) y mi casa era un hogar con auténtico espíritu patriótico como han demostrado todos mis hijos, bien en su actividad voluntaria durante toda la duración de la guerra en el frente de batalla, bien (Elli) en el hospital».

Fueron precisamente este tipo de acciones absolutamente inadmisibles las que, entre otras, empujaron al rector electo von Möllendorff a deponer su cargo pocos días después de la elección, el año académico 1933-1934. En tanto que rector, Heidegger también tendría que vérselas con este tipo de decretos una vez elegido. El 28 de abril de 1933 se anuló el decreto de 6 de abril del Reichskommissar, porque había sido superado ya por la ley del Reich mencionada, es más, incurría en contradicción con ella. El rector Heidegger ya estaba informado de esto el 28 de abril, mientras que los afectados, es decir, también Husserl, no lo supieron hasta más tarde: en efecto, Husserl no se encontró con la anulación del decreto hasta su vuelta de Orselina a mediados de mayo.

Pero el 28 de abril, el día que se escribió la célebre carta en casa de Heidegger, Martin Heidegger sabía, además, que el 1 de mayo, «día nacional del trabajo», iba a ingresar en el NSDAP de manera espectacular. El día y la hora de la afiliación al partido habían sido fijadas desde principios de abril por el mencionado cuadro de profesores nacionalsocialistas, del que Heidegger era el hombre de confianza, esperando recibir el acuerdo del ministerio de Karlsruhe.

Este era el auténtico trasfondo que explica el ramo de flores y la carta de Elfride Heidegger. Sabemos lo profundamente dolidos que se sintieron los Husserl a través de una carta de Edmund Husserl a su discípulo Dietrich Mahnke, fechada el 4 de mayo de 1933 desde Orselina: los sucesos de los últimos meses y semanas habían herido las «raíces más profundas» de su ser, decía Husserl. Heidegger era el discípulo que más hondamente le había decepcionado desde el momento en que «rompió las relaciones conmigo (poco después de su nombramiento)» y eso a pesar de haber depositado su confianza en él durante años. «El broche de oro de esta supuesta filosófica comunión de espíritus fue su afiliación al partido nacionalsocialista (de manera completamente teatral) el día 1 de mayo».

Quien conozca la narración que hace Heidegger en la entrevista del Spiegel del distanciamiento entre él y Husserl, puede matizar mejor la cuestión. Lo único sorprendente de toda esta historia es que Malvine Husserl se dignara responder. La atribución de culpa de Heidegger al matrimonio Husserl (la ruptura de relaciones habría estado motivada por la carta de respuesta de la señora Husserl) sólo tiene en cuenta los hechos superficiales y formales. Pero ¿cómo se forjó la leyenda de la supuesta prohibición de acceso a las bibliotecas? No lo sé. En todo caso, Karl Jaspers sabía perfectamente que Martin Heidegger no era culpable de ese cargo. Cuando en el verano de 1946 Hannah Arendt envió a Jaspers su versión inglesa del artículo «What is Existenz Philosophy?», Jaspers corrigió la afirmación, allí reflejada, según la cual Heidegger había prohibido a su «maestro y amigo» Husserl la entrada en la facultad por «ser judío»: «La observación sobre Heidegger no es exacta en lo tocante a los puros hechos. Supongo que, por lo que respecta a Husserl, se trata de la carta que en aquellos momentos todo rector tuvo que escribir a las personas excluidas por el régimen». (Carta del 9 de junio de 1946).

Posiblemente, Jaspers leyó más tarde el artículo de Alfred de Torwanicki, porque, que yo sepa, la historia del ramo de flores sólo aparece allí y en la entrevista del Spiegel. ¿Tal vez Jaspers entremezcló más tarde diversas informaciones? Creo que las «historias» pueden convertirse en elementos de la realidad y que tal vez reflejan la verdad en un sentido más profundo.

El ramo de flores enviado por la señora Heidegger a la señora Husserl fue el único gesto de este género, por parte del filósofo, en medio de todas las contrariedades que tuvo que soportar Edmund Husserl a raíz del decreto antijudío de Baden de abril de 1933 y de la derogación de dicho decreto el 28 de abril de 1933. Los motivos pueden interpretarse de diferentes maneras pero lo cierto es que la familia Heidegger quiso mostrar un poco de solidaridad con los Husserl, en recuerdo de unas relaciones que habían durado más de quince años, pasando por alto las rupturas y dificultades surgidas entre ellos. Por el contrario, la explicación dada por Heidegger a la eliminación de la dedicatoria de la quinta edición de Ser y Tiempo en 1941 no se sostiene. Heidegger no tenía por qué aceptar esta enmienda y además en la cuarta edición de la obra, publicada en 1935, todavía figuraba la dedicatoria:

 

A Edmund Husserl,

en testimonio de mi admiración y amistad.

Todtnauberg en la Selva Negra de Baden, el 8 de abril de 1926.

 

Edmund Husserl había cumplido 67 años el 8 de abril de 1926. Cuando apareció la cuarta edición, la odiosa ley sobre los ciudadanos del Reich, dictada en Nuremberg el 13 de diciembre de 1935, aún no había afectado al fenomenólogo Husserl. A finales del año 1935 la ley fue aplicada y Husserl dejó de ser «persona universitaria»; en términos de eufemismos jurídicos se decía que se le retiraba su autorización docente al profesor «liberado de las obligaciones laborales». La Universidad de Friburgo, como era su obligación, transmitió el decreto sin acompañarlo de ninguna carta ni de ningún gesto de simpatía o condolencia, lo que, por otra parte, no habría encajado en el clima político del momento. La universidad dejó de nombrar a Husserl en el índice anual de cursos a partir del semestre de verano de 1936. Asimismo, la venerable sociedad Alberto-Ludoviciana se vio liberada en abril de 1938 de la

obligación de conmemorar la muerte de Edmund Husserl[143].

Heidegger se sumó a estas medidas destinadas a borrar la memoria de Husserl o, por lo menos, se sometió a las prescripciones. Era un signo elocuente o cuanto menos tuvo ese efecto, por mucho que Heidegger se esforzara siempre por subrayar el hecho de que la auténtica justificación de la antigua dedicatoria del libro no había sido eliminada, sino que podía seguir leyéndose en la página 38 de Ser y Tiempo: «Si la presente investigación avanza algunos pasos en dirección a la comprensión de las “cosas mismas”, el autor lo debe particularmente a E. Husserl, que le ha familiarizado durante sus años de aprendizaje en Friburgo con los más diversos ámbitos de la investigación fenomenológica brindándole una solícita dirección personal y permitiéndole el acceso totalmente libre a sus trabajos inéditos». Heidegger repitió incluso textualmente todo este pasaje en la entrevista del Spiegel.

Pero el silencio absoluto de Heidegger durante la larga enfermedad de Husserl, y con ocasión de su muerte y entierro es lo suficientemente nefasto y no tiene disculpa. En contrapartida, Edith Stein se interesó por la última fase de Husserl con conmovedora abnegación desde su convento de Colonia.

Con esto hemos llegado a los puntos esenciales: ya hemos descrito más arriba con todo detalle cómo transcurrió el proceso de aproximación de Heidegger a Husserl, sobre todo el año 1917, subrayando el gran interés que se tomó Husserl por resolver los problemas materiales de Heidegger (como un padre), las esperanzas que tenía depositadas en él y los esfuerzos que realizó para conseguir su nombramiento en Marburgo. Sabemos a través de numerosos testimonios que Husserl veía en Heidegger a su discípulo por antonomasia, al único que podía continuar su filosofía llevándola a cotas más altas. Incluyó en su Anuario de Fenomenología (Jahrbuch für Phänomenologie und phänomenologische Forschung) la obra principal de Heidegger, Ser y Tiempo (editada en 1927 en el volumen VIII del anuario y también en edición independiente), y nunca puso en duda que su sucesor en Friburgo debía ser Heidegger. En 1928 sólo hubo una lista de nombres para la sucesión en donde aparecía el nombre de Heidegger primo et unico loco. Fue el propio Husserl, a punto de jubilarse, quien concibió y redactó el informe para la facultad, lo que se puede considerar un proceder absolutamente inhabitual. Y el 21 de enero de 1928, inmediatamente después de la sesión de la comisión en la que se decidió la sucesión, escribió triunfante a Heidegger, en Marburgo: «¡Querido amigo! Determinación de la comisión: unico loco. Ni que decir tiene que hay que guardar silencio absoluto». Y un poco más tarde Edmund Husserl comunicaba a su discípulo que su informe provisional había sido aceptado en el ministerio. Todo había ido bien y para Heidegger el final había sido «altamente satisfactorio». Estos datos bastan para comprobar la abnegación y el profundo interés con que Husserl se volcó para obtener un nombramiento exclusivo de Heidegger en Friburgo.

Cierto que Husserl recibió varias advertencias contra Heidegger: «Según parece, la fenomenología de Heidegger es completamente diferente a la mía. Según esto, sus lecciones en la universidad, así como su libro, no son desarrollos de mis trabajos científicos, sino, por el contrario, ataques abiertos o disimulados que intentan desacreditarlos en su esencia. Cuando le conté amistosamente a Heidegger lo que me habían dicho se echó a reír y me dijo “¡Tonterías!”», así escribe Husserl el día de Reyes de 1931 a Alexander Pfänder, extrayendo un amargo balance de un largo período de trabajo en colaboración que se había iniciado lleno de esperanzas y había llegado a ser una amistad científica entremezclada incluso de sentimientos paternales. Para Husserl, Heidegger representaba prácticamente toda una parte de su vida. El joven filósofo se había entregado por completo a él, como discípulo y futuro colaborador suyo, situándose en los elementos más esenciales del método y la problemática de su fenomenología constitutiva. «La impresión constantemente acrecentada de su extraordinarío talento y su absoluta entrega a la filosofía, aunados a la impresionante fuerza de pensamiento de este joven, me hicieron estimar exageradamente su importancia futura para una fenomenología científica en el sentido de la mía». Para Husserl la única explicación de su fe infantil en Heidegger era su «ceguera». Por eso había sido Heidegger el único candidato para el puesto de Friburgo. Pero ¡qué decepción tan grande después del nombramiento de Heidegger en 1928! «Tras ocupar su plaza nuestra relación duró unos dos meses y después se terminó pacíficamente. Sencillamente esquivó del modo más simple toda posibilidad de intercambio científico, como si fuera para él algo manifiestamente innecesario, indeseable y hasta incómodo». Lo veo una vez cada dos o tres meses, con mucha menos frecuencia que al resto de mis colegas», continúa Husserl, subrayando que en los últimos tiempos sólo se ha leído a fondo Ser y Tiempo y los últimos trabajos de Heidegger:

He llegado a la triste conclusión de que, filosóficamente, no tengo nada en

común con esa profundidad de espíritu, esa genial falta de cientificismo de

Heidegger, y de que la crítica abierta o disimulada de Heidegger reposa sobre

un malentendido muy grosero: en realidad, Heidegger está empeñado en la

construcción de una filosofía sistemática del tipo de las que he querido hacer

imposibles para siempre dedicando a ello toda mi vida. Hace tiempo que se

han dado cuenta de esto otras muchas personas menos yo. No he dejado de

decirle a Heidegger la conclusión a la que he llegado. No estoy emitiendo

ningún juicio sobre su personalidad, pues ésta se ha vuelto completamente

incomprensible para mí. Durante cerca de una década fue mi mejor amigo

pero, naturalmente, eso se acabó. La falta de comprensión acaba con la

amistad: este giro en la apreciación científica y la relación personal ha sido

una de las heridas más grandes que he recibido en toda mi vida [144].

 

Conflicto generacional, problemas entre discípulo y maestro, conflicto entre distintas escuelas, etc: ciertamente nada nuevo en la historia de la ciencia. Simplemente la profunda decepción, la herida de un maestro. Lo que sí resulta más problemático es el aspecto humano de la cuestión. Este aspecto no puede explicar en absoluto el comportamiento posterior de Heidegger, después de 1933, cuando ya no tenía ningún motivo especial para mantener relaciones abiertas con el judío Husserl, ahora políticamente proscrito. El anciano fenomenólogo estaba muy lejos de imaginar que su «discípulo» Heidegger acostumbraba desde hacía años a hablar y escribir con mordaz ironía sobre su maestro, su método y su filosofía «científica», dentro de su círculo de íntimos. Si alguna vez ve la luz la correspondencia de Heidegger, los testimonios al respecto serán legión. Ofrecemos aquí algunas muestras extraídas de una carta de Heidegger a Jaspers del 14 de julio de 1923, en la que le da las gracias por sus felicitaciones a raíz de su nombramiento en Marburgo:

 

Hay que eliminar mucha idolatría, descubrir la terrible y penosa obra de los

diferentes brujos de la filosofía actual, y eso mientras estén en vida, para que

no se crean que con ellos ha aparecido el Reino de Dios. Seguramente ya sabe

que Husserl ha recibido una propuesta de nombramiento de Berlín; se

comporta peor que un Privatdozent que confunde la titularidad con la gloria

eterna. Lo que ocurre es muy oscuro, en principio se ve uno como Praeceptor

Germanie. Husserl está completamente fuera de onda, si es que estuvo

«dentro» alguna vez, cosa que en los últimos tiempos cada vez pongo más en

duda; oscila aquí y allá y dice unas trivialidades que dan pena. Vive de su

misión como «fundador de la fenomenología». Nadie sabe lo que es eso —

pero cualquiera que pase aquí un semestre se entera de lo que se cuece—;

empieza a darse cuenta de que la gente ya no le sigue y opina, naturalmente,

que es demasiado difícil, que nadie puede entender unas «matemáticas de lo

ético» (¡la última novedad!) aunque haya hecho más progresos que

Heidegger, de quien ahora dice que como tenía que dar sus propios cursos, no

podía asistir a los míos, pero que de lo contrario habría avanzado más. Y esto

es lo que quiere salvar el mundo en Berlín. Semejante atmósfera acaba con

uno aunque intente permanecer fuera.

 

Este tipo de cuadros descuidadamente esbozados se encuentran muy a menudo en las cartas a Jaspers. Heidegger escribía estas misivas en la fase en que dedicaba todo su empeño en ganar la amistad de Karl Jaspers: en la misma carta dice que «nuestra amistad debe alcanzar ahora una concreción», «debe convertirse en una comunidad de lucha» —«la certeza creciente de una comunidad de lucha segura de sí misma en cualquiera de sus dos lados» (Carta del 19 de noviembre de 1922)—, a partir de la cual sería posible llevar a cabo una completa remodelación de la filosofía en las universidades. «Y cuanto más orgánica, concreta y discretamente se consuma el cambio, tanto más firme y seguro será.» (14 de julio de 1923). En su gradual camino ascendente, el escalón «Husserl» ya había cumplido su función y podía dejarse atrás para pasar al siguiente. El siguiente era el escalón «Jaspers». Pero ¿cómo describe Jaspers su amistad con Heidegger en sus memorias? «Parecía uno de esos amigos que te traicionan cuando están ausentes pero que, en determinados momentos, que como tales no tenían continuación, estaba inolvidablemente próximo», dice Jaspers con la mirada profesional del psiquiatra. Y continúa:

 

Sólo una amistad en la que no hay puertas cerradas ni reservas secretas, en la

que reina la confianza en relación con las cosas simples de lo verdadero y lo

falso, en la que la fidelidad dirige las palabras, los actos y los pensamientos,

alcanza una solidaridad que no se derrumba ante las contrariedades de la vida

pública. Ninguno de los dos puede reprocharle al otro que no haya surgido

una amistad de este tipo entre nosotros. La consecuencia es la vaguedad y

ambigüedad de lo posible [145].

 

Husserl tampoco habría podido imaginar que Ser y Tiempo, cuyas pruebas de imprenta tuvo en sus manos en el otoño de 1926, estaba escrito «contra» él, según la intención de Heidegger: «Si el tratado está “escrito” contra alguien, entonces contra Husserl, que se dio cuenta de inmediato, pero se atuvo desde el principio a su parte positiva.» (Carta a Jaspers del 26 de diciembre de 1926). Sea como sea, se trata de la emancipación de un discípulo genial que escapa del círculo de un maestro excesivamente poderoso, buscando la libertad en las amplitudes inconmensurables del pensar. Volvemos a encontrarnos en el ámbito de lo existencial, en el mundo de las relaciones humanas, donde las cosas se complican extraordinariamente por el destacado compromiso político adquirido por el rector Heidegger. Y ahora, volvemos a nuestras reflexiones sobre la situación de la primavera de 1933.

Uno de los pocos que siguió fiel al judío Edmund Husserl en las actuales cirscunstancias fue el filósofo Dietrich Mahnke, de Marburgo, que había sido el mejor colega de Heidegger en esa ciudad. Mahnke prestó al anciano matrimonio Husserl una ayuda y un respaldo moral considerables durante las difíciles semanas de abril y mayo de 1933, cuando se trató de buscarle a Gerhart Husserl, que acababa de ser cesado en Kiel, un puesto en alguna otra universidad prusiana. En efecto, la Universidad Christian-Albrecht de Kiel iba a ser transformada en modelo de universidad de élite del «movimiento». Los profesores no arios o políticamente sospechosos ya no tenían cabida allí. Sabemos por las memorias de Gerhard Leibholz que cuando «todo se vino abajo en las universidades alemanas» la Universidad de Gotinga se defendió con pies y manos contra un posible «desplazamiento» de Gerhart

Husserl a esta ciudad[146]. No es de extrañar que los Husserl sintieran un emocionado agradecimiento por las escasas muestras de fidelidad y amistad que recibieron: «Antes que nada, déjeme decirle que estamos los dos muy conmovidos por la cariñosa comprensión que ha manifestado ante nuestra situación. Lo único que puede alentamos en estos momentos es la lealtad de hombres valiosos que proclaman abiertamente su apoyo a aquellos que están profundamente dolidos», así se expresa Malvine Husserl en una carta a Dietrich Mahnke, del 18 de mayo de 1933, que concluye así: «A los problemas que tenemos en general, se suman experiencias personales muy dolorosas. Nuestro común amigo (o más bien enemigo) H. ha sido una de las peores. Habría muchas cosas que decir, pero mejor verbalmente».

Algún tiempo antes, en la larga carta ya citada del 4 de mayo de 1933 (y después de la carta a Alexander Pfänder del día de Reyes de 1931), Edmund Husserl vuelve a hacer un balance muy amargo y profundo de su filosofía y la evolución de sus discípulos: «Pero con otros he tenido que pasar por experiencias personales muy desagradables: la última y la que más me ha afectado ha sido mi experiencia con Heidegger, y digo, la que más me ha afectado, porque deposité toda mi confianza (de un modo que ahora ni yo mismo comprendo muy bien) no sólo en su talento, sino también en su carácter». Después se produjo la adhesión pública —«completamente teatral»— al partido.

 

Primero ya se había producido la ruptura conmigo, provocada por él (muy

poco después de su nombramiento), y en los últimos años se sumó a esto su

antisemitismo, cada vez más manifiesto, incluso contra un grupo de

entusiastas discípulos judíos y dentro de la facultad. Era difícil pasar por

encima de esto. Y además también había que pasar por el modo en que

Heidegger y el resto de la filosofía de la «existencia» (en gran medida nacida

como caricatura de los pensamientos expuestos en mis escritos, lecciones o

explicaciones personales) convertían el sentido fundamental, radical y

científico de todo mi trabajo en su contrario, desvalorizándolo —aunque a

base de muchas alabanzas— como algo completamente superado, como algo

que resulta superfluo seguir estudiando hoy día… Pero lo que han traído los

últimos meses y semanas ha herido las raíces más profundas de mi ser.

 

Y el patriota Husserl, cuya familia había vertido su sangre en la primera guerra mundial, y que no necesitaba participar simbólicamente en la fiestas patrióticas de Langemarck, pues bastaba su trágico duelo por el hijo caído, escribía proféticamente: «Sólo el futuro podrá juzgar lo que fue la realidad alemana en 1933 y quiénes fueron los verdaderos alemanes: si los alemanes con prejuicios raciales más o menos materialistas y míticos o los alemanes con un espíritu puro, heredado de los grandes alemanes, y dignamente perpetuado». Husserl estaba solo y prácticamente excluido de la comunidad, fuera de «la querida comunidad de la nación»: ésta fue para él una dura época de crueles pruebas. «Se puede decir que he huido provisionalmente de Alemania». Aquí, en el Tessin, podía «volver a ser considerado alemán» y no necesariamente un «intelectual judío».

A la vista de estas frases, se debilitan considerablemente los esfuerzos de Heidegger por justificar su comportamiento con el que fue su predecesor en la cátedra I de Filosofía. Sus disculpas sólo eran un balbuceo impotente, un recuento escrupuloso que intentaba reunir penosamente las ruinas abandonadas en el camino. Y el ridículo número de miembros de la facultad que asistieron a la ceremonia fúnebre de Edmund Husserl, en abril de 1938, demuestra las pocas personas que se atrevían a rendirle un último homenaje a una persona proscrita en época de Hitler.

En comparación, fijémonos en la abnegación con que Edith Stein, cuyo nombre de carmelita era sor Theresia Benedicta a Cruce, se interesó por el viacrucis de Edmund Husserl, su venerado maestro, lo que se explica por su convicción monástica y vital. Ella, la judía, sabía en qué atmósfera tenía que recorrer un profesor judío la última etapa de su vida en 1937-1938. Dicha etapa habría sido aún más dura si no hubiera mediado otra discípula de Husserl, Adelgundis Jaegerschmid, benedictina del convento de Santa Lioba, en Friburgo-Günterstal, que también se convirtió en compañera espiritual de Husserl y en un apoyo para la señora Malvine Husserl. Edith Stein escribió estas palabras a la hermana Adelgundis desde su clausura de Colonia el día 15 de mayo de 1938: «No sé nada sobre el entierro. La nota no decía nada al respecto. ¿Qué actitud habrá adoptado la universidad? ¿Y Heidegger?». Sus sombríos presentimientos no la engañaban. Edith Stein y Adelgundis Jaegerschmid eran amigas desde la época de la carrera con su común profesor Husserl (a finales de la primera guerra europea) y siguieron siéndolo siempre.