Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 24 de 29

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Martin Heidegger

¿Cómo rehabilitar a Heidegger?

 

El 26 de septiembre de 1949 Heidegger cumplió 60 años. Con motivo de esta fecha señalada, en la que es tradición ofrecer a los intelectuales universitarios un libro homenaje, iba a abrirse una grieta en el muro de silencio formado en torno a Heidegger. Hans-Georg Gadamer, discípulo de Heidegger, se esforzó sinceramente por organizar este homenaje, en el que quería que participaran todos los filósofos célebres que tuvieran alguna relación con el pensamiento de Heidegger. Un título de trabajo tal como «Homenaje al filósofo Martin Heidegger» hubiera bastado como mínimo denominador común, sin necesidad de añadir otras palabras de

dedicatoria[242]. Gadamer tuvo que tratar el proyecto con las mayores precauciones del mundo y aún así recibió como respuesta aceptaciones con claúsulas, disponibilidad con condiciones o, finalmente, negativas. En efecto, al principio los filósofos parecieron querer quedarse al margen, pero finalmente el proyecto tuvo éxito aunque llegó con algo de retraso. En 1950 apareció el libro homenaje Anteile. Martin Heidegger zum 60. Geburtstag (Fráncfort del Meno). Un proyecto paralelo organizado por Wilhelm Szilasi, el interino de la cátedra de Heidegger, apareció a su debido tiempo: Martin Heidegger. Einfluß auf die Wissenschaften (Berna, 1949). También los amigos de Heidegger del ámbito de la lingüística le dedicaron un libro

homenaje[243]. La aspereza del terreno empezaba a ceder y ablandarse, el mundo científico volvía a interesarse públicamente por Heidegger; las sombras se difuminaban, por mucho que el «caso» Heidegger siguiera sin resolver. Otro hecho importante es que los medios de comunicación tomaron como excusa la fecha del 26 de septiembre de 1949 para adoptar posturas mayoritariamente positivas, expresando su asombro por el silencio al que seguía condenado Heidegger.

Al inicio de 1949, cuando estaba a punto de decretarse la ley fundamental, cuando la fundación de la República Federal de Alemania estaba a las puertas y los alemanes occidentales iban a recuperar por fin una buena parte de su soberanía, esto es, cuando las ataduras del derecho de ocupación iban a aflojarse, empezaban a resultar un estorbo los procedimientos de desnazificación —¡poniendo por fin un punto final!— y la hierba empezaba a crecer sobre el pasado reciente, también pareció que había llegado el momento de sacar a Heidegger de su destierro y de aclarar legalmente su situación dentro de la Universidad de Friburgo. Los auspicios eran favorables, puesto que se había elegido rector para el ejercicio de 1949-1950 al historiador Gerd Tellenbach. Con él, la Facultad de Filosofía, la facultad de Heidegger, volvía a estar representada en primera línea. Se nombró decano de la facultad a Clemens Bauer. Ambos colegas se habían mostrado muy comprensivos con las dificultades de Heidegger en los años anteriores: ya hemos citado antes el empeño de Bauer por salvar la biblioteca de Heidegger; Tellenbach también le echó una mano a Heidegger cuando se trató de protegerlo frente a nuevas limitaciones en su vivienda y más confiscaciones de muebles o de liberarlo de las tareas impuestas por el Servicio de Trabajo. En efecto, en el verano de 1947 Heidegger se había visto seriamente

amenazado por esos peligros[244].

Ahora, a principios del año 1949, se imponía el optimismo: el 9 de enero de 1949 Heidegger hizo llegar al rector electo, Tellenbach, un breve informe titulado «Mi situación en relación con la universidad», donde esbozaba brevemente los sucesos posteriores a 1945 y concluía diciendo: «Si la facultad se propone acabar con esta situación, pienso que después de lo sucedido la única vía posible es que la universidad consiga del gobierno militar que se me levante la prohibición docente a fin de que, a continuación, me vea liberado legalmente de mis obligaciones académicas, tal como lo he solicitado». No debemos olvidar este plan de acción propuesto por el propio Heidegger, porque pronto surgieron considerables conflictos dentro de la universidad y una campaña manipulada hizo creer que la Universidad de Friburgo había cometido una injusticia con el filósofo no rehabilitándolo de manera conveniente. Así pues, el 9 de enero de 1949, Heidegger veía clara cuál era su situación jurídica, cuál era su «situación respecto a la universidad»: se debía suprimir la prohibición docente que pesaba sobre él para que, a continuación, él pudiera aspirar a una jubilación ordinaria. No debemos apartar de nuestra mente este aspecto jurídico. Al principio, la situación tampoco pareció modificarse por el hecho de que Heidegger tuviera que someterse, como todos los miembros del partido nazi, a la denominada «cámara de desnazificación». En marzo de 1949 Heidegger fue clasificado por el comisario del Estado de Baden encargado de la depuración política,

como miembro del partido no sancionable[245].

La facultad estaba dispuesta a presentar la solicitud de jubilación de Heidegger y nadie discutía que ya no podía tratarse de una revisión de los contenidos de la decisión emitida por el consejo de la Universidad de Friburgo en enero de 1946, sino simplemente de una revisión puramente formal o, lo que es lo mismo, de la mera concesión de la jubilación y por lo tanto, de manera indirecta, de la supresión de la anterior prohibición docente. Habría sido un craso error intentar volver a nombrar a Heidegger en su anterior cátedra. Después de algunos sondeos previos realizados por el rector Tellenbach entre los oficiales franceses que servían de enlace y el gobierno del Estado de Baden, la Facultad de Filosofía presentó en mayo de 1949 la solicitud

para conceder a Heidegger una jubilación normal con plenos derechos[246]. Entre otras cosas, se destacó el hecho de que, debido al renombre internacional del filósofo Martin Heidegger, no se había normalizado su situación en la Universidad de Friburgo siguiendo los conductos habituales, sino que se le había otorgado a su caso un trato de favor, quedando reservada la decisión última al gobernador militar. Así las cosas, a la universidad le parecía correcto llevar a cabo la rehabilitación por la vía universitaria interna, ya que, como señalaba la solicitud, la situación había cambiado mucho: «El interés que el mundo entero sigue mostrando por la filosofía de Heidegger y su evolución hace aconsejable que se le devuelva la palabra al propio Heidegger. La reserva absoluta en la que ha vivido el señor Heidegger ha impedido que se expresara en contra de las manifestaciones funestas de una época —tal como había hecho antes con mucha frecuencia durante sus cursos, según se ha atestiguado con frecuencia—, y también ha impedido que diera a conocer la evolución última de su pensamiento». A la larga, resultaba una situación insostenible que en un Estado basado sobre la libertad de expresión un hombre de la categoría de Heidegger no pudiera hablar, lo que significaba que se le prohibía ejercer su actividad docente. La facultad consideraría un beneficio para toda la universidad que Heidegger, cuya importancia había sido percibida claramente por el público con ocasión de la próxima celebración de su 60 cumpleaños, pudiera volver a ocupar su puesto en la universidad y desde el humilde puesto de profesor emérito pudiera exponer de manera digna lo que no se le había permitido decir desde 1934, aunque se le excluyera de toda decisión sobre el destino de la universidad.

Con este debate, el consejo, la plataforma de la Universidad de Friburgo, volvía a

abrir las antiguas heridas. Como mostraron[247] las sesiones del consejo de mayo de 1949, había todavía serias resistencias. Finalmente, después de dos largas sesiones del consejo (el 4 y 18 de mayo de 1949), se dio curso a la solicitud de la facultad, aunque con una mayoría muy reducida (7: 5). Tal como muestra el número de votos en contra del filósofo, el clima distaba de haber vuelto a la normalidad. Los oponentes de Heidegger adujeron particularmente la dudosa calidad de la filosofía de éste: según ellos, la facultad sobrevaloraba con mucho el rango intelectual de Heidegger, que no era más que un filósofo de moda o incluso un charlatán, cuyas teorías eran peligrosas y había sido condenado con razón a una prohibición docente. La Facultad de Filosofía replicó a estas críticas precisando, una vez más, que no se le había concedido la suficiente importancia en su calidad de única facultad competente en la materia y que lo único que había determinado las decisiones de la misma había sido la importancia de Heidegger como filósofo:

 

¿Es acaso Heidegger una voz tan importante dentro del diálogo filosófico, al

lado de Hegel, Kierkegaard, Nietzsche, Dilthey, Husserl y otras personas

sobresalientes, que estimula a pesar de todo nuestra idea de la universidad y

de la ciencia y debe volver a recobrar la palabra, independientemente de que

haya que reaccionar contra él o, por el contrario, seguirlo? La facultad se ha

hecho esta pregunta a sí misma y la ha contestado afirmativamente y aunque

comprende y respeta todas las reservas, no querría separarse para siempre de

Martin Heidegger.

 

Finalmente la facultad comunicó que presentaría informes de otros sabios reconocidos, como Romano Guardini (Múnich), Karl Jaspers (Basilea), Nicolai Hartmann (Gotinga), Charles Bayer (París), Emil Staiger (Zúrich) y Werner Heisenberg (Gotinga), es decir de expertos internacionales, en apoyo de su solicitud. El consejo se mostró de acuerdo con la propuesta.

Uno de los principales personajes que intervino en favor de esta operación de «rehabilitación» fue Max Müller, el titular de la cátedra de Filosofía Cristiana, que se consideraba discípulo de Heidegger por mucho que el «viejo de la montaña» (en términos del propio Müller) no le hubiera mostrado especial simpatía en su momento. Max Müller también se ocupó de la parte de «correspondencia con Guardini», con el fin de conseguir de él un informe favorable para Heidegger, lo cual no era precisamente tarea fácil, porque Guardini, que mientras tanto ya estaba en Múnich, hubiera preferido no comprometerse a pesar de que, o precisamente porque, conocía a fondo el asunto Heidegger. El propio Heidegger, según cuenta Müller en carta a Guardini del 11 de junio de 1949, ansiaba vivamente poder regresar a la Universidad de la que «tanto tiempo ha constituido el orgullo y la fama» en calidad de profesor emérito.

 

Consideramos que, independientemente de que compartamos sus tesis y las

consideremos correctas o, por el contrario, las combatamos, su voz dentro del

diálogo filosófico es tan importante e imprescindible (también frente a la

multitud de errores a los que éste está expuesto), que seguir manteniendo la

prohibión docente nos parece una actitud irresponsable. No perseguimos ni

juicios políticos ni revisiones: lo único que nos preocupa es saber si el

extraordinario rango intelectual de Heidegger no nos obliga a permitirle,

aunque sólo sea dentro del marco limitado de un puesto de profesor emérito,

que recupere su ansiada actividad en el ámbito universitario.

 

Müller opinaba que cuanto más individualizado y personalizado fuera el informe, tanto más gustaría a la facultad. También decía que Heidegger no estaba al tanto de

esta acción[248]. En su respuesta del 1 de julio de 1949, Guardini decía que no se sentía legitimado a «enjuiciar el tipo y modalidad de la supresión de la prohibición docente a Martin Heidegger» que había que adoptar. Personalmente, mantenía una importante relación con Heidegger desde hacía más de treinta años. En lo tocante a lo intelectual, opinaba que Heidegger «es en estos momentos la potencia filosófica más fuerte de Alemania» y esperaba poder documentar esta opinión públicamente. Pensaba que era muy de desear que Heidegger pudiera volver a desarrollar sus convicciones libremente, tanto escrita como oralmente. «Por eso, y a pesar de todas las reservas políticas y filosóficas, me ofrezco con alegría a hacer todo lo que esté en mi poder para serle útil». Pero en su calidad de persona ajena a la universidad, continuaba Guardini, no podía opinar sobre el puesto que debía ocupar Heidegger en la facultad. Ante la insistencia de Müller, Guardini acabó declarándose dispuesto a que su carta fuera leída por el consejo. El resto de los informes pedidos también fueron positivos, muy particularmente el de Karl Jaspers que, de esta manera, intentaba paliar el efecto causado por su destructivo informe de diciembre de 1945.

Así pues, por parte de la Universidad de Friburgo estaban puestas todas las premisas para que, en el verano de 1949, se diera el desarrollo de los acontecimientos deseado por Heidegger: jubilación normalizada tras supresión de la prohibición docente. Pero, al principio, la solicitud de jubilación se topó con dificultades jurídicas. Después de una larga guerra de contenido puramente formal, se determinó que, según las normas vigentes de los funcionarios, no era posible conceder una jubilación antes de los 62 años y Heidegger no tendría esa edad hasta septiembre de 1951. Así las cosas, hubo que recurrir a procedimientos auxiliares. Gracias a las intensas negociaciones del rector Tellenbach con los ministerios competentes se obtuvo por fin que si la solicitud era presentada por el propio Heidegger se le concedería la jubilación y la supresión de la prohibición docente, aunque con unos ingresos propios de una pensión ordinaria y que, posteriormente, cuando cumpliera los 62 años, se le otorgaría la pensión concedida a los catedráticos de universidad. Hasta ese momento podría compensar la diferencia de ingresos percibidos impartiendo algunas clases. El ministerio de Estado, dirigido por el presidente del Estado de Baden, Leo Wohleb, garantizaba la efectividad legal de esa medida a partir del 26 de septiembre de 1951, fecha del 62 cumpleaños de Heidegger.

En el transcurso del debate recién expuesto sobre los complicados problemas de tipo burocrático de los funcionarios, el presidente del Estado de Baden, Wohleb, un hombre de gran cultura y sinceramente entregado a la Universidad de Friburgo, había insinuado la posibilidad de solicitar la reintegración de Heidegger, naturalmente desconociendo por completo las relaciones de fuerza existentes en el seno del consejo de la Universidad de Friburgo. Detrás de esta benevolencia del presidente del Estado estaba, una vez más, Max Müller que, desde el punto de vista de la política científica, era una especie de eminencia gris de Wohleb. Cuando a finales de marzo de 1950 las negociaciones empezaron a acercarse a su término, llegó una solicitud minoritaria de la Facultad de Filosofía para reintegrar a Heidegger, es decir, para volver a nombrarlo titular de su propia cátedra (1 de abril de 1950), solicitud que causó un gran revuelo y volvió a enturbiar la atmósfera y a envenenarla. Heidegger se alegró de que se pronunciaran a su favor y señaló que si ahora la demanda de reintegración procedía de la facultad, tendría que considerar esa posibilidad, hasta ahora nunca expresada, como «la más adecuada a la situación, sobre todo después de haber tenido que sufrir durante cinco años sanciones que sobrepasaban con mucho lo que el comité de depuración de la universidad había considerado justo en 1945» (carta de Heidegger al rector Tellenbach del 6 de abril de 1950). Naturalmente, en este caso tanto el rector como el decano ofrecieron resistencia a los deseos de Heidegger, ya que eran realistas y sabían que conceder semejante petición era provocar un escándalo de imprevisibles proporciones en la Universidad de Friburgo. Esta solicitud minoritaria, que manifiestamente había sido presentada con el conocimiento y el acuerdo previos de Heidegger, obligó al rector a hablar en términos claros con el filósofo preguntándole si estaba dispuesto a aceptar la vía propuesta por el rector o se decidía por la solicitud de esa minoría de la Facultad de Filosofía. Después de unas intensas negociaciones con Heidegger, éste cedió y se declaró dispuesto a aceptar la opción propuesta por el rector y el decano (consistente en una pensión ordinaria provisional con plenas garantías de jubilación con categoría de profesor y pensión en consecuencia a partir de los 62), sobre todo dado que se suprimía de inmediato la prohibición docente. Así se procedió finalmente. A partir del semestre de invierno de 1950-1951, Martin Heidegger pudo volver a tener una actividad docente de manera oficial, había salido del destierro y había sido rehabilitado: el propio Heidegger consideró que esta modalidad de rehabilitación había sido de tercera clase y le guardó rencor toda su vida al responsable.

Pero, mientras tanto, la opinión pública lo había rehabilitado ya de otra manera: en determinados círculos de élite (desde 1949, en el Club de Bremen), los oyentes se agolpaban en torno a Heidegger. Por ejemplo «Wer ist Zarathustra?», «Der Satz vom Grund» y otras conferencias fueron pronunciadas allí y el 25-26 de marzo de 1950, justo en el momento en que la Universidad de Friburgo estaba decidiendo su suerte, las mismas conferencias fueron repetidas en el balneario «Bühler Höhe», un lugar mundano y algo esnob en donde el público que rodeaba al filósofo era de lo más

heterogéneo[249]. Pero lo que verdaderamente le dio fama a Heidegger fue la conferencia «Über das Ding», organizada por la Academia de Bellas Artes de Baviera, en Múnich, en el verano de 1950. Este acto público no dejó de provocar un cierto revuelo político, pero los únicos que salieron perjudicados fueron los envidiosos. Cuando en el semestre de verano de 1952, Heidegger volvió a dar cursos oficialmente en Friburgo (en el semestre precedente sólo se había hecho cargo de algunos trabajos), la capacidad del aula escogida no bastó para albergar a todos los estudiantes: un callado triunfo. Los motivos para acudir en masa eran la sed de saber, la curiosidad y el anhelo de volver a escuchar la palabra pensante de Heidegger:

había que haber escuchado a Heidegger preguntando « [250] ¿Qué significa pensar? ».

Y, una y otra vez, las invitaciones de la Academia de Bellas Artes de Baviera, de 1953 a 1957, cuyas series de conferencias se preparaban en equipos muy reducidos, a los que pertenecían, además de Heidegger, Werner Heisenberg, Carl Friedrich von Weizsäcker, Friedrich Georg Jünger, Ernst Jünger, Carl J. Burckhardt y otros. De entre estas series, destacó la titulada «Las artes en la era de la técnica» (1953). «Cuando Heidegger» —esto es lo que leemos en la obra de Petzet (1983, p. 81)— «cerró su conferencia con la frase que se ha tomado célebre, “Porque preguntar es la piedad del pensar”, una tormenta surgida de miles de gargantas estalló en una ovación que parecía que no iba a terminar nunca. Tuve la sensación de que el anillo de desconfianza y odio que había rodeado a mi maestro y amigo por fin había estallado. Tal vez fuera éste su mayor éxito público». Tampoco faltaron todo tipo de actos de homenaje: el día de su 70 cumpleaños, en 1959, Heidegger fue nombrado ciudadano de honor de su ciudad natal, Meßkirch; en 1960 obtuvo el premio Hebel del Estado de Baden-Württemberg, premio que había sido concedido también a Albert Schweitzer y Carl Jacob Buckhardt.

Su obra tardía maduraba. Si hasta entonces había viajado muy poco, ahora fue a visitar algunos lugares de Europa que sólo conocía a través de la literatura. Todtnauberg se convirtió en lugar de peregrinación y la paz de la Selva Negra se vio rota a menudo: acudían personas invitadas y personas que no lo habían sido. ¡Qué importaba la eterna discusión sobre el pasado político del filósofo! A imagen de Francia, donde Jean Beaufret y otros se habían encargado de que la fama de Heidegger no tuviera mancha alguna, también los alemanes empezaron a acallar sus críticas. Cada vez que alguien atacaba, todos los amigos se lanzaban a la brecha. Erhart Kästner, gran previsor y estratega, convenció a Heidegger en 1966, precisamente cuando se estaba debatiendo el dichoso tema en el Spiegel, para que le concediera una entrevista a dicha revista. La entrevista, muy bien preparada, se llevó a cabo al término del verano de 1966, pero su publicación se reservó para después de

la muerte del filósofo[251].

Algo más tarde, la inolvidable experiencia de poder encontrar a Paul Celan, el judío, que a finales del semestre de verano de 1967 (el 24 de julio) debía leer sus poemas ante un auditorio gigante: «Hace mucho tiempo que deseo conocer a Paul Celan. Es el que más destaca, pero el que más se retrae. Lo sé todo de él, también la grave crisis de la que ha sabido salir por sus propias fuerzas en la medida en que un

hombre es capaz de hacerlo»[252]. Era un encuentro difícil, debido a esa carga paralizadora del pasado que, en principio, no permitía ningún acercamiento entre ambos. Pero, frente a todas las previsiones, Celan aceptó la invitación de Heidegger para acudir a su cabaña de Todtnauberg. El 25 de julio de 1967 tuvo lugar el diálogo redentor, pero nada salió a la luz. La decepción de Celan tiembla entre las líneas escritas en el libro de huéspedes de la cabaña: «En el libro de la cabaña, con la mirada puesta en la estrella del pozo, albergando en el corazón la esperanza de una

palabra aún por venir. Con fecha del 25 de julio de 1967: Paul Celan»[253].

Sea como sea, el 1 de agosto de 1967 Paul Celan escribió en Fráncfort el poema Todtnauberg, que no se publicó hasta 1968 en una edición bibliófíla:

 

ARNICA, BÁLSAMO CONSOLADOR, un trago del pozo coronado

por una estrella,

 

en la

cabaña,

 

en el libro

—¿quién escribió su nombre

antes del mío?—,

en el libro,

líneas escritas que hablan

de una esperanza, hoy,

en una palabra Pensante

por venir (sin

tardanza)

una palabra

esperada en el corazón

 

Abruptos suelos del bosque,

 

orquídeas y más orquídeas,

aisladas,

 

Duro, lo que más tarde, al caminar

parece claro,

 

quien nos conduce,

este hombre

que nos escucha,

 

por los

senderos de leños, semirrecorridos,

de la ciénaga.

 

Húmedo,

mucho[254].