Martin Heidegger
Los primeros trabajos del estudiante de teología
LOS PRIMEROS TRABAJOS DEL ESTUDIANTE DE
TEOLOGÍA
El desarrollo intelectual del estudiante de teología Heidegger puede medirse y juzgarse con bastante exactitud a través de sus primeras publicaciones. Pero ocurre un hecho peculiar en relación con estas primeras publicaciones: si examinamos las numerosas bibliografías de las obras de Heidegger nos encontramos con una lista minuciosa de sus trabajos a partir de 1912, es decir, de la época de sus estudios de teología. El célebre volumen número 13 de las Obras Completas, Aus der Erfahrung des Denkens (1983), sólo contiene escasas obras entre 1910 y 1911: el pequeño artículo sobre la inauguración del monumento a Abraham-a-Sancta-Clara en Kreenheinstetten en agosto de 1910, y tres poemas, «Sterbende Pracht», «Ölbergstunden», «Wir wollen warten», todo lo cual fue publicado en la revista ultraconservadora, católica integrista, Allgemeine Rundschau, del editor mulliques
Armin Kausen[61], lo cual demuestra que se trata de una selección canónica autorizada por el propio Heidegger hacia el final de su vida. Pero ¿por qué no se ha recogido el resto de los trabajos de la época teológica? ¿Acaso han escapado a la observación de los celosos investigadores de la época de juventud de Heidegger por haber sido editados en lugares poco conocidos y a veces incluso bajo seudónimo o por ser textos cifrados, pero en todo caso no apócrifos? ¿O es que cayeron bajo el veredicto de condena del anciano Heidegger? Sea como sea, lo cierto es que esos trabajos merecen ser rescatados, deben serlo, porque gracias a ellos se obtiene una imagen muy exacta de lo que fue el estudiante de teología Heidegger.
Estos textos se encuentran reunidos en su mayor parte en la revista Der Akademiker, de la Sociedad Católica de Académicos Alemanes, un órgano que apareció por vez primera en 1908 como lazo de unión entre las distintas corporaciones católicas: el «heraldo de nuestros nobles ideales cristianos en todos los
ámbitos de la vida estudiantil», como dice su programa[62]. La iniciativa de fundación de la revista surgió en el círculo de la Allgemeine Rundschau. Junto al componente religioso y científico, también se contemplaba el ámbito de lo social y caritativo. El joven autor Heidegger se encuentra, de esta manera, dentro del grupo de Romano A. Guardini y Oswald von Nell (-Breuning), estudiante de matemáticas y pionero de la doctrina social católica. Pero en aquellos años de grandes controversias en el seno del catolicismo, a propósito del modernismo alemán, la revista siguió estrictamente la línea del papa Pío X, defendiendo con absoluta determinación la autoridad de la
Iglesia incluso en el ámbito de la teología científica y las humanidades[63].
Dentro del periodismo católico de la época también tuvo un papel importante el texto de Friedrich Wilhelm Foerster Autoridad y Libertad (1910), en el que se defiende la filosofía de la autoridad de la Iglesia frente a una filosofía del individualismo ético-eclesiástico. Teniendo en cuenta este horizonte, tal vez cobre interés la crítica sobre dicha obra publicada por el estudiante de teología Heidegger en el número de mayo de 1910 de la revista: los lectores ya conocían el tema, puesto que ya se había publicado previamente la introducción de la obra de Foerster. El crítico Heidegger no se aparta ni un ápice de la línea oficial en contra de un «autonomismo sin límites». Toda la base filosófica del texto habla en favor del «inestimable valor de la obra». Heidegger, a la sazón estudiante de 21 años, vive en el interior de su Iglesia: «Y si la Iglesia quiere permanecer fiel a su eterno tesoro de verdad, deberá enfrentarse con toda razón a las influencias subversivas del modernismo, que no es consciente de la total contradicción existente entre su moderno concepto de la vida y la antigua sabiduría de la tradición cristiana». Aún más, para este aplicado estudiante de teología, Foerster no es lo suficientemente crítico con el modernismo. Y sin embargo: «Al que nunca se haya equivocado de camino ni se haya dejado cegar por el falso esplendor del espíritu moderno, al que quiera aventurarse en la vida a la luz esplendorosa de la verdad, abandonando su propio ser de modo verdadero, profundo y meditado, este libro le promete grandes alegrías, volverá a despertar en su conciencia con asombrosa claridad la sublime felicidad que se esconde en la posesión de la verdad». Leyendo esta obra, continúa Heidegger, se le «ocurre una frase del gran Görres que recuerda con agrado: cava más hondo y te toparás con suelo católico».
Volvemos a encontrarnos con las raíces católicas de Heidegger, que acabamos de ver en esta crítica, en otros importantes artículos como el ensayo «Per mortem ad vitam (Reflexiones sobre la obra de Jørgensen “Mentira de la vida y Verdad de la vida”)» —en el número de marzo de 1910— que consiste en un estudio sobre el escritor, lírico y ensayista danés, Johannes Jorgensen (1866-1956), quien en 1896 se convirtió del darwinismo y el naturalismo al catolicismo y en 1913 fue nombrado profesor de estética en la universidad católica de Lo-vaina. Las fases de conversión del danés, para Heidegger un «moderno san Agustín», provocan una fuerte fascinación sobre el estudiante y le llevan a meditar sobre la personalidad, la autorrealización, las normas éticas, las ataduras y la libertad sin trabas. ¿Qué es lo que impresiona al joven Heidegger y qué máximas deben guiar la vida de los hombres?
En nuestros días se habla mucho de «personalidad» y los filósofos encuentran
nuevos valores. Además de juicios críticos, morales o estéticos, también
emplean el «juicio de la personalidad», sobre todo en literatura. La persona
del artista pasa a un primer plano. Por eso se oye hablar tanto de hombres
«interesantes» como O. Wilde, el dandy, P. Verlaine, el «borracho genial»,
M. Gorky, el gran vagabundo, o el superhombre Nietzsche: hombres
verdaderamente interesantes. Y cuando uno de ellos, alcanzado por la gracia,
se da cuenta de la gran mentira de su vida bohemia y destruye los altares de
los falsos dioses convirtiéndose en un cristiano, se llama a esto «insípido,
repugnante». Johannes Jorgensen ha dado este paso. Su conversión no estuvo
motivada por un deseo de sensacionalismo, sino por una profunda y amarga
gravedad.
Con esta campanada es con lo que Heidegger abre su ensayo, que en definitiva, es un ajuste de cuentas con una «filosofía errónea y mentirosa» a la que se opone «la búsqueda y construcción sin descanso, el último paso hacia la verdad». Desenmascara la decadencia del individualismo como falsa norma de vida y pone una marca de fuego sobre la «psicología del librepensador», caracterizándola de enfermedad mortal. El teólogo Heidegger escribe con gran solemnidad: «y si quieres vivir en el espíritu, si quieres ganar la salvación de tu alma, entonces muere, mata todo lo bajo que hay en ti, actúa con la gracia sobrenatural y resucitarás. Así reposa ahora el filósofo poeta a la sombra de la cruz confortado por la esperanza y fortalecido por su voluntad: es un moderno san Agustín». Jorgensen siente como el joven Heidegger, puesto que descubre «las grandes e indestructibles relaciones con el pasado», convive con los místicos de la Edad Media y su «pacífico corazón de poeta» arde de amor por san Francisco, el «pobrecillo de Asís».
Y en la primavera de 1911 (número de marzo) Heidegger enumera una serie de consejos «para la orientación filosófica de los estudiantes universitarios». Para él, la filosofía es una philosophia perennis, «en verdad, un espejo del Eterno», mientras que la moda de las visiones del mundo subjetivas es algo desechable. Heidegger defiende con su mejor labia la objetividad de la lógica estricta, de los «límites eternos e inamovibles de los principios lógicos». Por supuesto, el pensamiento lógico estricto precisa un cierto fondo de «fuerza ética», del «arte de apresarse y expresarse a sí mismo». Para el estudiante católico, una formación apologética sólida y la apropiación de una imagen del mundo auténtica y verdadera son premisas imprescindibles. Pero en la actualidad es la «vida» la que corta a su medida la imagen del mundo en lugar de ser a la inversa.
Y pese al actual mariposeo aquí y allá y a que la sutileza en asuntos
filosóficos se ha convertido casi en un deporte, pese a la arrogancia y la
autocomplacencia, emerge inconscientemente la exigencia de encontrar
respuestas cerradas y concluyentes a las preguntas últimas sobre el ser, que a
veces centellean con fuerza y otras yacen sin resolver en el alma torturada
desprovista de meta y de vía.
Como ayuda para los estudiantes interesados en asuntos filosóficos Heidegger enumera una serie de trabajos que proceden sin excepción del campo católico, especialmente una obrita del jesuita Friedrich Klimke sobre los Principales problemas de la concepción del mundo (1910), que según Heidegger puede servir para «orientarse en medio de los tortuosos senderos de las «modernas concepciones del mundo» de distinto signo, para separar el trigo de la paja y sacarle partido. El estudiante de teología con tendencias filosóficas Martin Heidegger, se sabe a cubierto bajo la carpa de la filosofía católica, sobre todo en lo tocante a la teoría del conocimiento, la «ciencia fundamental» por antonomasia, a cuyo respecto recomienda la lectura de la obra de Josef Geyser fundamentos de la lógica y la teoría del conocimiento. Una investigación de las formas y principios del verdadero conocimiento (1909). Heidegger mantiene este mismo tono en una breve crítica sobre el opúsculo del jesuita Otto Zimmermann, La necesidad de Dios (1910), que fue publicada en la Akademische Bonifatius-Korrespondenz el 15 de mayo de 1911. Se trataba de un escrito apologético en el que se presentaba bajo un nuevo aspecto la cuestión de la demostración de Dios, adaptándola a concepciones modernas. El crítico Heidegger aprueba el método, aunque con reservas: «Tal vez sea prudente extender nuestro sistema, según el aspecto destacado por Zimmermann, debido a los modernos ataques contra las demostraciones tradicionales de Dios. La presente obra puede constituir para algunas personas cultivadas de nuestros días, que buscan la verdad con sinceridad, una potente salvaguardia de su fe en Dios». La «Korrespondenz» era el órgano del Akademischer Bonifatiusverein, asociación que integraba estudiantes católicos, libres o agrupados en corporaciones, y laicos o teológos, unidos por un mismo empeño de defender los intereses católicos desde el punto de vista filosófico, científico y político-social.
En este espejo literario puede verse un reflejo aproximado de lo que era el estudiante de teología Heidegger.