Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 16 de 29

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Martin Heidegger

El proyecto «Campamentos científicos»

 

El reagrupamiento de todas las fuerzas de los cuerpos de profesores y alumnos disponibles para la revolución nacional, que culminó en las jornadas elitistas de formación de Berlín, era una especie de contrapartida positiva —el «despertar del espíritu alemán»— frente a la quema de libros planeada «contra el espíritu antialemán», una especie de «desarrollo consecuente de la primera acción», tal como escribía el director del servicio central de educación política de la corporación de estudiantes alemanes, Georg Plötner, el 29 de mayo de 1933, en una carta al fiel seguidor de Heidegger, el Privatdozent Rudolf Stadelmann de Friburgo, en la que discutía con el historiador acerca de la «universidad política»: Stadelmann se había mostrado dispuesto, de acuerdo con Heidegger, a apoyar a la dirección de la corporación de estudiantes alemanes en su lucha revolucionaria. El 25 de mayo de 1933, escribió lo siguiente en una carta dirigida a Berlín: «La universidad política no es tal porque la “política” sea su tarea central, sino porque está constituida por hombres políticos». En su carta de respuesta, Plötner expresaba la esperanza de que Heidegger quisiera prestarles una parte de su discurso del rectorado o de algún otro artículo que sirviera para «despertar el espíritu alemán». Además, añadía Plötner,

Heidegger iba a acudir a las primeras jornadas de los [156] führer de . Berlín.

El resultado de estas primeras jornadas de formación del Servicio de Ciencia de la corporación de estudiantes alemanes, que tuvieron lugar el 10 y 11 de junio de 1933, debía ser la constitución de una auténtica «comunidad universitaria basada en las relaciones de confianza entre el cuerpo de profesores universitarios y el cuerpo de estudiantes y arraigada sobre el suelo de una nueva ciencia», así como la obtención de «una auténtica vinculación de la universidad con la vida profesional del pueblo que arranque de un trabajo común, en las distintas especialidades, del cuerpo de estudiantes y los trabajadores ya profesionalizados». El discurso del rectorado de Heidegger, en el que imponía a los estudiantes alemanes el triple servicio del trabajo, las armas y el saber, constituía hasta cierto punto el trasfondo espiritual de las jornadas de Berlín, en las que Heidegger habló sobre la investigación y la docencia, mientras que Baeumler trató sobre «las especialidades de la nueva universidad». La interrelación entre los nuevos elementos constitutivos del cuerpo de estudiantes y del cuerpo de profesores debía surgir y fortalecerse en el campamento científico: una concepción genuina de Heidegger, que se declaró dispuesto a organizar en Todtnauberg una especie de campamento científico piloto en el que se debía formar ya a un grupo de nuevos estudiantes y profesores políticos. En el campamento científico debía nacer una relación de confianza espiritual entre los profesores universitarios y los estudiantes, gracias al trabajo científico en común, que debía ser entendida como un sentimiento de camaradería en la lucha política y, por otra parte, también debía tener lugar el encuentro y contacto entre los estudiantes y los trabajadores.

El concepto de ciencia tematizado en Berlín también era el del discurso del rectorado de Heidegger: «La ciencia es la capacidad de sostenerse, en actitud de cuestionamiento, en medio del ente en su totalidad, que siempre trata de esconderse. Esta constancia de la actuación sabe de su impotencia frente al destino». Naturalmente, esta esencia inicial de la ciencia se había visto ocultada por la posterior interpretación del mundo teológico-cristiana y el pensamiento técnico-matemático de la edad moderna, pero el inicio aún perduraba y había penetrado el futuro. «Se encuentra allí como ese lejano mandato por encima de nosotros de que recuperemos su grandeza». La actitud anticristiana de Heidegger —«irrupción del cristianismo en la vida espiritual alemana»— fue destacada en Berlín de modo aún más agresivo: lo que se quería era, finalmente, inculcar una formación. No sabemos todavía qué fue lo que dijo exactamente Heidegger en Berlín, pero debió de ser algo tan fuerte y atrevido que Heidegger reclamó el manuscrito para que sólo circulara en grupos privados, impidiendo tajantemente su publicación. Según la descripción que hacía la revista nazi Der Deutsche Student (número de agosto de 1933), el estudiante de la nueva universidad debía sentirse sobre suelo seguro,

 

gracias a la vinculación con una ciencia que procede de nuestro espíritu, una

ciencia que ha vuelto a despertar a la realidad vital de la naturaleza y de la

historia desde el sueño encantado de un ideologismo de todos los matices,

alejado de toda realidad y estéril, en el que había caído debido a la irrupción

del cristianismo en la vida espiritual alemana y que se ha vuelto a liberar

ahora de la esclavitud del mercadillo positivista de los hechos.

 

No sabemos cuántos campamentos científicos fueron organizados y dirigidos por Heidegger en el verano y otoño de 1933, es decir, en una época de grandes cambios, en que incluso la élite de la dirección de la corporación de estudiantes alemanes fue disuelta y sustituida y en la que muchos procesos permanecían invisibles a los ojos de un rector político de provincias. Como estos campamentos científicos funcionaban un poco a la sombra, casi fuera de la legalidad (por ejemplo, el campamento militar dirigido por la agrupación SA de los estudiantes) y tenían un carácter más bien elitista, es difícil sacar conclusiones válidas para un estudio de tipo histórico.

Tal vez puedan abrirnos camino los dos documentos al respecto publicados hasta ahora: uno de ellos es la descripción de un participante en uno de los campamentos, el estudiante de teología Heinrich Buhr, y otro es la descripción hecha por el propio Heidegger en su escrito justificativo de 1983.

El futuro pastor protestante Buhr escribía así sus vivencias en el campamento científico de Todtnauberg:

 

Creo que fue en el otoño de 1933, en Todtnauberg, cuando, siendo yo un

joven estudiante de teología evangélica, escuché por vez primera a Martin

Heidegger en un discurso dirigido a los representantes de los estudiantes de

las universidades de Heidelberg, Friburgo y Tubinga. Yo era el único teólogo

del grupo y el único que reconocía su vinculación con la teología. Martin

Heidegger sostuvo un discurso que, hasta donde yo pude comprender, iba

dirigido contra el cristianismo, contra la teología cristiana, contra la

intepretación cristiana de la existencia, de la realidad. Según Heidegger, si se

quería atacar al cristianismo no bastaba con enfrentarse al segundo artículo de

esta doctrina (el que dice que Jesús es Cristo), sino que había que empezar por

rechazar el primer artículo, el de que un dios ha creado y conserva el mundo y

el ente es sólo un producto fabricado por una especie de artesano. Pues es en

ese artículo donde, según él, se escondía el fundamento de un concepto

negativo del mundo, que lo desprecia y lo niega; además es también causa de

ese falso sentimiento de seguridad y protección basado en falsas

representaciones del mundo inventadas por el hombre en contra de esa noble

y grandiosa sabiduría sobre la inseguridad del Dasein. Esto es

aproximadamente lo que entendí entonces y he conservado en mi recuerdo.

Como era lector de Ernst Jünger (estoy pensando en Das abenteurliche Herz)

estas ideas no me resultaron desconocidas[157].

 

Los recuerdos de Buhr eran correctos, basta con leer ese libro para comprobarlo.

En su célebre escrito justificativo, Heidegger decribe por primera vez detalladamente todo lo referente al «Campamento de Todtnauberg» (estos pasajes no se encuentran en las actas del procedimiento político de depuración de 1945). Heidegger sitúa dicho campamento, que resultó un fracaso, en relación con sus esfuerzos por imprimir un rumbo contrario a la corriente de la doctrina del partido nazi y evitar la «influencia de los funcionarios del partido». A fin de poder comprender este asunto, extremadamente complejo, es absolutamente necesario reproducir una larga cita del informe justificativo:

 

Un signo característico de lo que iba a ser el semestre de invierno del

33/34 fue el «Campamento de Todtnauberg», que debía preparar a profesores

y estudiantes para el auténtico trabajo del semestre y aclarar mi concepción de

la esencia de la ciencia y el trabajo científico por medio del debate y la

discusión sobre el tema.

La elección de los participantes en el campamento no se llevó a cabo

según los puntos de vista de la pertenencia al partido o la actividad en pro del

nacionalsocialismo. Una vez que se dio a conocer en Karlsruhe el plan del

campamento, vino una petición de Heidelberg para enviar también a algunos

participantes; Heidelberg llegó a un acuerdo con Kiel a este respecto.

Intenté aclarar el núcleo del discurso del rectorado por medio de una

conferencia sobre la universidad y la ciencia y presentar de modo más

penetrante la tarea de la universidad teniendo en cuenta los peligros ya

mencionados. En seguida tuvieron lugar charlas muy fructíferas en los

distintos grupos, sobre saber y ciencia, saber y fe y fe y concepción del

mundo. Por la mañana del segundo día llegaron súbitamente en automóvil, sin

previo aviso, el jefe de los estudiantes del distrito, Scheel, y el señor Dr. Stein,

que sostuvieron animada conversación con los participantes procedentes de

Heidelberg, cuya «función» se iba aclarando lentamente. El señor Dr. Stein

expresó su deseo de dar una conferencia. Habló sobre la raza y el principio

racial. Los participantes en el campamento escucharon la conferencia, pero no

se volvió a hablar sobre ella. La auténtica misión del grupo de Heidelberg era

sabotear el campamento. Pero, en realidad, su objetivo no era el propio

campamento, sino la Universidad de Friburgo, cuyas facultades no debían ser

dirigidas por personas del partido. Se produjeron sucesos desagradables y, en

ocasiones, hasta dolorosos, que sin embargo no hubo más remedio que

soportar si no se quería que fracasara por adelantado todo el próximo semestre

de invierno. Tal vez hubiera sido mejor dimitir en aquel mismo instante. Pero

en aquellos momentos no contaba todavía con lo que pronto iba a ser

manifiesto: la creciente hostilidad tanto por parte del ministro y el grupo de

Heidelberg del que dependía, como por parte de mis colegas. (Heidegger

1983, pp. 53 ss.).

 

La concepción y estuctura interna del primer campamento científico especializado de Todtnauberg, que duró del 4 al 10 de octubre de 1933, se ha podido reconstruir bastante bien gracias al legado de Rudolf Stadelmann, que en aquella época era

Privatdozent [158] de la Universidad de Friburgo. Heidegger se hizo responsable de los profesores titulares y asistentes, pero no en calidad de rector. Había seleccionado «para este primer intento» a un grupo bastante reducido entre un gran número de personas interesadas. El grupo de profesores debía llevar a cabo el «trabajo de campamento» con los estudiantes, que también habían sido cuidadosamente seleccionados, siguiendo el ritual propio de la disciplina de campamento nacionalsocialista: partida de la universidad en buen orden; «se alcanzará la meta a pie» —a pesar de estar situada a una buena distancia de Friburgo—, «se llevará el uniforme de la SA o las SS o, eventualmente, el de los “Cascos de Acero” con brazaletes»; el plan cotidiano de trabajo se extendía desde el toque de diana a las 6 de la mañana hasta el toque de retreta a las 22 horas. Naturalmente, la vuelta también debía realizarse a pie. Tal como lo describe Heidegger en un comunicado a los profesores participantes, de 22 de septiembre de 1933, los objetivos del campamento eran los siguientes:

 

El auténtico trabajo del campamento consiste en meditar sobre los

caminos y medios para combatir por la consecución de una futura «alta

escuela» [universidad] del espíritu alemán. Esto exige:

 

1) Tornarnos conscientes de la actual situación de la entidad universitaria

(cuerpo de estudiantes, cuerpo de profesores, estados federales y gobierno

central).

2) La descripción vivida de los objetivos de una revolución

nacionalsocialista en el seno de la universidad.

3) La preparación de los pasos posteriores del trabajo que se

avecina (estructuración interna de la Casa de la camaradería; disposición,

límites y carácter provisional de las especialidades; tarea de las facultades y

su relación con la preparación de profesiones superiores).

 

El trabajo del campamento no debe transcurrir según un programa vacío.

Debe basarse en una verdadera relación entre la jefatura y el espíritu de

obediencia y a partir de ahí el campamento podrá darse sus propias normas.

Unas pocas conferencias ante la totalidad de los participantes en el

campamento deben servir para establecer el ambiente de base y la actitud

fundamental. Las decisivas charlas de los distintos grupos deberán animar y

encender las charlas comunes.

El éxito del campamento depende del alcance de un valor nuevo, de la

claridad y vigilancia de cara al futuro, de un mayor despego respecto a lo

habido hasta ahora, de la determinación en la voluntad de fidelidad, sacrificio

y servicio. Sólo estas fuerzas pueden lograr un auténtico espíritu de

obediencia, Y sólo este espíritu soporta y consolida una verdadera comunidad

alemana.

 

Las cabezas dirigentes, subordinadas al auténtico führer del campamento, Heidegger, eran los profesores contratados Stadelmann (para el grupo de Friburgo y, al mismo tiempo, para la línea heideggeriana), Johann Stein (para «los de

Heidelberg») [159] y Otto Risse (para el grupo de Kiel). Al mismo tiempo, estas personas representaban orientaciones muy diferentes sobre el que debía de ser el futuro camino de la nueva universidad alemana. El profesor de medicina, Otto Risse, tuvo un papel especialmente importante: habilitado como profesor el año 1930 en Friburgo, era director del departamento de radiología de Friburgo, pero al mismo tiempo se le consideraba «natural de Kiel», porque había trabajado durante algún tiempo en el departamento de fisiología de la Universidad de dicha ciudad a partir del

año 1925 y pertenecía al grupo de activistas nacionalsocialistas de Kiel[160].

El objetivo incondicional de Heidegger de llevar a cabo «una revolución nacionalsocialista de la entidad universitaria» chocó manifiestamente contra una fuerte oposición, no tanto en lo tocante a sus objetivos, como en lo tocante a los métodos: entre los grupos de oposición se encontraba el «activismo de Kiel», que para Heidegger sólo era un activismo de corte radical. Sea como sea, el caso es que se cuestionaron las aspiraciones de jefatura de Heidegger. Si refrescamos nuestras memorias recordaremos que el 1 de octubre de 1933 Heidegger había sido nombrado führer-rector de la Universidad de Friburgo; a continuación había rechazado su segundo nombramiento en la Universidad de Berlín, pero, lógicamente, permanecía en estrecho contacto con las instancias dirigentes de Berlín debido sus misiones de dirección política. Así pues, Heidegger estaba situado en una posición muy visible y elevada.

Ya desde los primeros días estallaron violentas confrontaciones en el campamento de Todtnauberg, se constituyeron frentes y Heidegger tuvo que considerar la psibilidad de disolver el campamento antes de lo previsto. Ante los ruegos de los profesores Stein y Risse abandonó este proyecto, pero excluyó a una parte de los participantes.

En todo caso, el testimonio proporcionado por las fuentes originales (la correspondencia Heidegger-Stadelmann de octubre de 1933) contradicen claramente la presentación de los hechos expuesta por Heidegger, que acabamos de citar. Esta correspondencia nos permite saber que Heidegger casi había sacrificado a su fiel seguidor Stadelmann: éste, que se había encargado de un discurso sobre la nueva ciencia, tuvo que renunciar a pronunciarlo por orden de Heidegger e incluso abandonar el campamento en secreto, a primeras horas de la madrugada, antes del toque de diana, y sin mediar ni una explicación. Manifiestamente, Heidegger pretendía apaciguar la atmósfera del campamento abandonando a su colaborador más íntimo: un acto de disciplina típico del filósofo.

Stadelmann se sometió a esta orden, pero se sintió profundamente herido en su fidelidad y obediencia al führer Heidegger. De esto trata la correspondencia citada, gracias a la cual también se puede reconstruir la concepción y los sucesos del campamento de Todtnauberg.

El sentimiento de obediencia tan invocado por Heidegger —que lo consideraba el elemento central en la estructura de la nueva universidad nacionalsocialista y concretamente en la relación entre la jefatura y la auténtica «obediencia de aquellos que están llenos de un nuevo valor» (discurso del rectorado)—, estaba acompañado, en el caso de Stadelmann, de una profunda calidad humana: de modo similar, aunque desde distintas premisas que el profesor de penal Erik Wolf, se había puesto a la disposición del führer Heidegger, del hombre que llevaba consigo un «lejano mandato». ¿Acaso sin condiciones? Seguramente no, si es que el historiador que era Stadelmann, habitado por una comprensión de la historia de corte romántico, había meditado bien la frase del discurso del rectorado de Heidegger que dice: «Toda jefatura debe reconocer la particularidad de los que obedecen. Pero la obediencia conlleva la resistencia. Esta oposición esencial entre guiar y seguir, jefatura y obediencia, no debe borrarse y aún menos desaparecer».

Nada más regresar de Todtnauberg, Heidegger la emprendió duramente por carta con su partidario Stadelmann: «Supuse que abandonaría Vd. el campamento a la mañana siguiente y por eso me sorprendió verlo todavía conversando con Risse». En el campamento, continuaba Heidegger, había reinado para todos «un ambiente peligroso». «Constituyó una prueba tanto para los que se quedaron como para los que se fueron». El führer Heidegger había confiado en la «responsabilidad» de su hombre de confianza: «Tenemos que aprender a pensar juntos, hoy, determinadas cosas: por ejemplo, que le aconsejé a Vd. que se fuera a la mañana siguiente cuando precisamente Vd. tenía una misión especial aquel día y yo le había asegurado mi confianza». Heidegger se decía sabedor de que era demasiado pedir. «Pero no debemos esquivar estas situaciones; por el contrario, si no volvieran a darse a cada instante, las tendríamos que buscar e inventar». Estas ansias por las demostraciones de valía, subordinación y controversia entre hombres adultos, entre científicos que se dejaban integrar en la disciplina de la vida de campamento, nos resulta en la actualidad difícil de entender y completamente ajena a nosotros. Heidegger hasta emplea la palabra «pensar», para que se comprenda mejor la paradoja de la vida. Desde luego, se trata de una actitud artificial y exagerada, pero no obstante una actitud central en la política científico-filosófica de Heidegger. Es verdad que él mismo condena su concepción sobre «la futura alta escuela del espíritu alemán» que debía ser «la auténtica misión del campamento». ¡Qué manera de caminar a ciegas, qué bravatas, qué falta de realismo! Lo único que se decretaba era «la explicación vivida de los objetivos de la revolución nacionalsocialista en el seno de la universidad». ¿Y qué más? El trabajo del campamento no debía desarrollarse según un programa vacío. «Debe basarse en una verdadera relación la jefatura y el espíritu de obediencia…». Fidelidad, sacrificio, servicio, obediencia, comunidad: «comunidad alemana». ¿No eran esto palabras vacías sin realidad alguna?

Al término de su carta Heidegger apostrofa así a su hombre de confianza, Stadelmann: «¡Endurecer lentamente!». La particular aspiración a la dureza y el rigor fue uno de los rasgos fundamentales del Heidegger de aquellos años.

Pero su seguidor, que se veía de este modo obligado a rendir cuentas y cuya responsabilidad se ponía en tela de juicio, resistió, porque sabía por el propio Heidegger que «la obediencia conlleva resistencia». En su carta de respuesta del 16 de octubre de 1933 (en aquellos momentos Heidegger se encontraba en un «campamento científico» en Bebenhausen, no lejos de Tubinga, para explicar también sus ideas a los colegas y estudiantes de Wurtemberg), Stadelmann exponía el problema fundamental de la revolución y la obediencia: no le importaba tener razón o lamentarse por los agravios recibidos. Algo más importante estaba en juego. «Seguramente nadie ha superado la “prueba” del campamento» o, lo que es lo mismo, ¡ni siquiera el propio Heidegger! «Pero todos han tomado conciencia de que la revolución no ha terminado. Y de que el objetivo de la revolución universitaria es el estudiante SA». Heidegger quería reprimir las formas actuales de los estudiantes, según Stadelmann. Su meta era clara y visible. «Y todos los que así lo desean constituyen un grupo.

Si tienen un führer que les lleva hasta esa meta, constituyen un grupo de seguidores, su grupo de seguidores. Y él puede exigirles todo cuanto quieran No cabía duda, continuaba Stadelmann, de que ese führer era Heidegger. El seguidor debía someterse al führer, entregarse a la obligación de salvar el «campamento», incluso contra su «propio conocimiento y conciencia». Y el führer Heidegger había sellado ese compromiso con un «apretón de manos», es decir, había renovado la obediencia. Stadelmann había depositado su fe en ese sentimiento de obediencia, pero Heidegger había sobrepasado los límites y ya sólo había exigido pura disciplina. Stadelmann, defraudado, concluía así su amarga carta:

 

Y nunca rehuiré esta disciplina. Y nunca he comprendido tan claramente

como en Todtnauberg que mi lugar está en el campamento de la revolución y

no en el campo opuesto ni entre los espectadores que glosan lo que vea

Mantendré la disciplina, pero albergaba mayores esperanzas, creía en la

posibilidad de la obediencia. Por eso me ha trastornado y dolido tanto esta

partida.

 

Esta amalgama de síndrome de escutismo, de círculo cerrado a lo Stefan-George y de pensamiento revolucionario nacionalsocialista, adobado de un sentimiento de camaradería viril, era el marco donde debía llevarse a cabo la revolución de la universidad alemana. En el fondo no deja de ser chocante que a la hora de la partida hacia el campamento sólo se suministrara una infusioncita rala en vez de una colación fortalecedora, si era verdad que se aspiraba a la revolución: las provisiones de viaje eran insuficientes. Los héroes bajaban a la arena del circo para dar un par de fintas. No tenían espectadores, actuaban para ellos mismos. La acción se estaba llevando a cabo en otro lugar y desembocó en atrocidades. Aquí sólo tenía lugar un ajuste de fuerzas verbal. Stadelmann no le iba a la zaga a Heidegger en lo tocante a la

constante formulación de definiciones revolucionarias: meditando[161] sobre la «esencia histórica de la revolución alemana» había llegado a la conclusión de que «estamos inmersos dentro de una tercera revolución nacional alemana que establecerá por fin en Europa formas indiscutibles de vida estatal y popular». La «revolución» de Martín Lutero y el alzamiento alemán de 1810 eran, para él, las verdaderas revoluciones alemanas que habían modificado las correspondientes estructuras de poder en Europa. Esto era lo que sucedía también ahora, porque el pueblo alemán estaba adquiriendo conciencia de sí:

 

Es extraordinario contemplar cómo ese pueblo dormido se toma consciente de

su fuerza y bajo una jefatura heroica consuma el paso desde una amorfa

pertenencia al pueblo a una comunidad de la nación capaz de acción.

Y Stadelmann concluía este artículo dándose la mano a sí mismo, por decirlo de algún modo: «El alemán sólo consuma su esencia en la revolución, porque sólo en la acción práctica se manifiesta lo que somos»; estas palabras reflejan con fiel exactitud el pensamiento y el estilo de Heidegger.

Sin embargo, en octubre de 1933, Heidegger pretendía restablecer la antigua relación de confianza con Stadelmann, quería explicarle por qué lo había excluido de la comunidad del campamento, hasta cierto punto de modo individual, sacrificándolo a la orientación de las gentes de Kiel y Heidelberg. «Sé que tengo que volver a conquistar su obediencia, que la necesito sin ningún menoscabo»: con esta confesión termina la carta de Heidegger del 23 de octubre de 1933.

La estrecha relación de vasallaje entre ambos hombres volvió a fundarse de nuevo y Heidegger eligió a Stadelmann para pronunciar la conferencia de inauguración de la serie de cursos universitarios sobre las «tareas de la vida espiritual en el Estado nacionalsocialista». La conferencia de Stadelmann se tituló «La autoconciencia histórica de la nación» y su temática quedó grabada para siempre en la memoria de Heidegger, hasta el punto de que en julio de 1945 todavía estaba, o tal vez sólo empezaba a estar entonces, completamente penetrado de esta problemática, como indican las primeras frases de nuestra obra. «La idea germánica de vasallaje como punto de partida de un nuevo orden popular»: esto era lo que contenía el artículo; en definitiva, elementos que podían ser esenciales habían degenerado en una

ideología[162].