Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 11 de 29

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Martin Heidegger

Cómo fue nombrado rector Heidegger

 

No es por un vano prurito de enmendarle la plana al filósofo y temporal rector de la Universidad de Friburgo por lo que encontramos necesario seguir estos caminos armados con todo el equipo del historiador que, acostumbrado a la búsqueda de huellas, encuentra rastros que fueron borrados conscientemente, de manera que el camino que parecía avanzar en línea recta revela en realidad la existencia de tortuosos senderos, no tan bien ocultos como se creía, que conducen al vacío o al abismo. Sine ira et studio, sin pasión, pero con el debido compromiso. El historiador tiene que comprobar muchos datos antes de encontrar una base firme sobre la que levantar sin peligro su edificio, antes de disponer de una estructura ordenada. Antes de decidir, tendrá que sopesar una y otra vez en la balanza las declaraciones del interesado y tendrá que compararlas con los datos extraídos de las fuentes que tiene a su disposición. Por eso, cedámosle en primer lugar la palabra a Heidegger, leyendo las primeras frases de su informe justificativo, Hechos y reflexiones:

 

En abril de 1933 fui elegido rector unánimemente por el pleno de la

universidad. Mi predecesor, von Möllendorf, había tenido que deponer su

cargo por orden del ministro tras un breve período de ejercicio. El propio von

Möllendorf, con quien tuve ocasión de hablar por lo menudo de la sucesión,

deseaba que me hiciera cargo yo del rectorado. Asimismo, el anterior rector,

Sauer, intentó convencerme de que aceptara el cargo en bien de la

universidad. La propia mañana del día de la elección yo dudaba y deseaba

retirar mi candidatura. No tenía relación alguna con las instancias dirigentes

del partido y el gobierno; ni era miembro del partido ni tenía ningún tipo de

actividad política. Por eso, parecía incierto que se me escuchara, allí donde se

concentraba el poder político, acerca de lo que yo consideraba una tarea

necesaria. Pero también era dudoso en qué medida la universidad iba a ser

capaz de encontrar y configurar de manera más originaria su auténtica esencia

y ésta era una misión que yo ya había expuesto públicamente en mi discurso

inaugural del verano de 1929.

 

Se trata de una descripción bien construida y clara en la que se vinculan las internas motivaciones y los auténticos sucesos acaecidos al filósofo. Sin querer ni poder detenernos en los detalles (algo válido tanto para éste como para otros muchos puntos) tenemos que constatar, no obstante, que las cosas no sucedieron exactamente de la manera descrita: ni el catedrático de Anatomía Möllendorf, rector por pocos días, tuvo que dimitir de su cargo por orden del ministro, sino que se retiró voluntariamente porque, en su calidad de demócrata y republicano convencido, no quería colaborar con las medidas igualatorias que iban a recaer sobre la universidad, particularmente contra los profesores judíos, ni fueron los colegas de Heidegger quienes le presionaron para que aceptara el cargo.

Los motivos eran más profundos; en la carta a Karl Jaspers del 3 de abril de 1933, Heidegger ya dice así: «Seguía albergando la esperanza de obtener alguna noticia concreta sobre los planes de remodelación de las universidades». Baeumler guardaba silencio, seguía contando Heidegger, y su breve carta le había dado la impresión de que estaba enojado. Tampoco había podido sacarle nada a Krieck de Fráncfort. En cuanto a Karlsruhe, no daba señales de vida. El 6 de abril iba a tener lugar una reunión del equipo de trabajo de la Facultad de Filosofía; el delegado por Friburgo sería Schadewaldt. En Friburgo no se sabía aún quién iría en representación de Heidelberg. Heidegger esperaba que tal vez se pudiera saber algo con esta ocasión, sobre todo a través de los representantes de Berlín. Un equipo de trabajo fundado y dirigido por Krieck, en Fráncfort, también parecía detenido. El rector de Friburgo (el prelado Sauer), con quien había podido hablar, se había mostrado horrorizado ante la incapacidad de la conferencia alemana de rectores. En estas pocas frases, Heidegger trazaba un cuadro muy completo y demostraba que aguardaba con impaciencia las novedades que debían producirse y a las que deseaba contribuir. Y así es como hay que entender las últimas frases de la carta: «Por oscuras y cuestionables que parezcan muchas cosas, cada vez siento en mayor medida que estamos introduciéndonos en una nueva realidad y que se ha terminado una época. Todo depende de si sabremos prepararle a la filosofía un adecuado campo de acción y contribuimos a su tarea».

Con los nombres de Alfred Baeumler y Ernst Krieck se está citando a figuras clave con las que Heidegger colaboró muy estrechamente en un primer momento, por lo menos en la primera fase de la «revolución nacional», pero con las que muy pronto, aunque de manera diferente, iba a entrar en tensiones cada vez más fuertes, que llegaron a la hostilidad declarada en el caso de Krieck. Sin embargo, a principios del semestre de verano de 1933 esto aún no era previsible; cada uno de ellos, Heidegger, Baeumler y Krieck, quería desempeñar su propio papel, pero también querían alcanzar juntos determinadas metas en el marco del nacionalsocialismo. Así las cosas, cuando vemos que Heidegger silencia este intenso trabajo en colaboración de los primeros tiempos y nos presenta un cuadro embellecido para la galería de la historia, se impone la prudencia. Estos eran los nobles competidores que arañaban impacientemente la línea de salida con la esperanza de salir en primera posición y llegar en cabeza a la meta. Desde luego, sabían que la pista no era fácil ni corta y que la competición se iba a convertir en una larga carrera de obstáculos llena de baches y trampas, pero, con todo, en el momento de la salida, la moral era muy elevada.

Fue precisamente el joven friburgués Graecist Wolfgang Schadewaldt quien, en dos ocasiones, fue a hablar con el que aún era rector de Friburgo, Sauer, cuyo mandato debía terminar a mediados de abril, para pedirle de una manera y en una fecha absolutamente inusuales que, debido a la particular coyuntura política, fuera Heidegger quien asumiera su sucesión en lugar de von Möllendorf, quien desde diciembre de 1932 había sido designado ya como futuro rector. La petición sorprendió sobremanera a Sauer, que no podía explicarse a qué venía semejante pretensión y que tampoco consideraba muy apto a Heidegger para asumir en aquellos momentos esta importante función debido a su falta de experiencia en la

administración autónoma de la universidad[114].

La primera visita de Schadewaldt, que tuvo lugar en una fecha muy inhabitual para un teólogo católico, un Viernes Santo (14 de abril), víspera del traspaso del cargo de rector, transcurrió como sigue:

Luego vino Schadewaldt y se quedó hasta la una y media. Me habló del asunto de la «unificación» [Gleichschaltung} de nuestra universidad y me preguntó si no se podía elegir rector a Heidegger. Yo contesté que no lo encontraba en absoluto adecuado para un cargo de tipo más bien administrativo y burocrático que además es hoy mucho más difícil que antes… Insistí en que Möllendorf seguía ahí y era el más indicado para ello.

Esta anotación del diario de Sauer puede ser clave para descubrir quién introdujo a Heidegger por la vía del rectorado, pero precisa una breve interpretación. Schadewaldt, persona completamente adepta al nuevo gobierno, catedrático titular de Filología Clásica junto a su colega (judío) de más edad, Eduard Fraenkel, quien ahora estaba «disponible» en virtud de la reciente legislación de Baden, era manifiestamente una de las fuerzas que intrigaban para sustituir al rector von Möllendorf, candidato insostenible desde la perspectiva nazi, por Heidegger, y para imponer la «unificación» dentro de los equipos de autogestión de la universidad, es decir, para retirar a todos los miembros no arios del consejo universitario e, igualmente, sustituir a todos los decanos no arios.

Naturalmente, el rector Sauer, teólogo y persona honorable, antiguo miembro de una asociación de estudiantes, no tenía ni idea de que en aquellos momentos se estaba empezando a configurar ya dentro de la asociación Alberto-Ludoviciana un cuadro de profesores nazis o al menos muy simpatizantes del nazismo. En los primeros días de abril, el nuevo delegado nazi de universidades del Ministerio del Interior de Karlsruhe, el consejero ministerial Eugen Fehrle, más tarde catedrático de Etnología en la Universidad de Heidelberg, visitó Friburgo y se entrevistó, además de con los representantes oficiales de la universidad, es decir, el rector Josef Sauer y el rector electo Wilhelm von Möllendorf, con un pequeño grupo de profesores nazis a quienes instruyó de cuál era la línea política que se debía seguir. El informe de uno de estos profesores alude a estas negociaciones del 9 de abril de 1933, en los siguientes términos:

 

Respecto a la ejecución de nuestro primer punto, tratado en nuestra última

reunión y que concernía a la agrupación de los profesores universitarios

nacionalsocialistas, hemos observado que el señor profesor Heidegger ya ha

emprendido negociaciones con el ministerio prusiano de cultura. Merece toda

nuestra confianza, de tal manera que rogamos que por ahora se le considere

nuestro punto de apoyo dentro de la Universidad de Friburgo. El señor colega

Heidegger no es miembro del partido y tampoco considera práctico afiliarse

en estos momentos, a fin de tener las manos más libres en su trato con el resto

de los colegas cuya postura aún no está clara o es hostil. Sin embargo, se

muestra dispuesto a afiliarse cuando lo considere útil por otros motivos. Les

agradecería muy particularmente que entraran en contacto directo con el

colega Heidegger, que ya dispone de plena orientación sobre los puntos que

nos interesan. Próximamente estará a su plena disposición, si exceptuamos el

día 25, en que tendrá lugar una reunión en Fráncfort en la que sería muy

oportuno que actuara ya como portavoz de nuestra universidad.

 

Un poco más adelante, el escrito expone otras medidas tácticas; también se debate la cuestión del rectorado de von Möllendorf, considerado un «demócrata

señalado»[115]. Como vemos, Heidegger no alcanzó el rectorado por casualidad ni porque los honorables Sauer y von Möllendorf echaran esa carga sobre sus espaldas. Por el contrario, su elección fue algo amañado en el interior de la universidad, pues aunque ésta representara sus obras de cara al público siguiendo escrupulosamente el guión, entre bastidores estaba dirigida de facto por el pequeño cuadro nazi. El nuevo rector von Möllendorf convocó para el 18 de abril, primer martes después de pascua, la primera sesión del consejo. Aquel día amaneció bajo los malos auspicios de un artículo publicado en la tirada matinal del diario nazi Der Alentarme.

 

El profesor Von Möllendorf ha sido elegido rector de la universidad. A partir

de ahora, y desde su posición dirigente, deberá trabajar en la reconstrucción

cultural de Alemania. Ni que decir tiene que dicha reconstrucción sólo podrá

tener éxito si todas las instancias responsables se entregan a su tarea con un

rigor sin reservas y la mayor energía posible. Por el contrario, el trabajo no

tendrá sentido si algunas personas llenas de reservas y de ideas liberales, que

evidentemente están fuera de lugar en estos momentos, se oponen a la

«unificación» o incluso actúan contra ella. Existe el peligro de que el profesor

von Möllendorf emprenda un trabajo obstaculizador de este tipo, al menos en

los asuntos relativos al personal. Porque, si en su calidad de rector de la

Universidad de Friburgo, defiende a un alcalde que, indudablemente, tenía

contactos poco intensos con la universidad y cuyo cese temporal no es en

absoluto competencia del señor rector, ¿qué no hará cuando tenga que tomar

decisiones que sean de su competencia? En nuestra opinión, la actividad

pública de una persona con semejantes ideas es incompatible con la

revolución nacional. Tampoco nos podemos imaginar cómo puede forjarse

una esfera de confianza entre el señor profesor von Möllendorf y la gran

mayoría de los estudiantes, que son de tendencia nacionalsocialista. Pero

incluso suponiendo que ciertas contradicciones pudieran llegar a superarse por

medio de un trabajo objetivo, de todos modos, su oposición frente a la

orientación de las instancias dirigentes de Baden y en definitiva del Reich,

conduciría a incompatibilidades que deben ser evitadas en interés de una

evolución pacífica. Además, se produciría un inútil derroche de energía y

trabajo para solventar las tensiones producidas. El sentido de la «unificación»

es que las personas con una misma orientación suman sus fuerzas en un

trabajo unánime de colaboración y se concentren sobre la meta. No debe

volver a existir una división de fuerzas. Nadie que desee colaborar debe ser

excluido pero, por eso mismo, hay que procurar que las resistencias

innecesarias y superfluas no sean un estorbo y un obstáculo. Le sugerimos al

señor profesor von Möllendorf que aproveche esta sugerencia y no

obstaculice la reestructuración de las universidades.

 

Esto no era un suceso aislado, sino una acción planeada siguiendo la puesta en escena mencionada. Este ataque del órgano nazi, el Alemanne, tuvo gran repercusión. Los acontecimientos se precipitaron de tal manera que el 20 de abril (¡día del cumpleaños de Hitler!) von Möllendorf tuvo que apresurarse en convocar una sesión extraordinaria del consejo en la que el consejo y el rector decidieron dar su dimisión y convocar para el día siguiente una reunión plenaria «con objeto de elegir nuevo rector y nuevo consejo». Ya no había nada que se opusiera a la «unificación» de la Universidad de Friburgo.

Como se puede ver, von Möllendorf había ganado en pocas horas una opinión sobre su sucesor. Lo que no sabía es que todo estaba sucediendo conforme a lo establecido en un guión y que la elección del futuro rector Heidegger estaba planeada hacía tiempo.

Y así fue como, el 21 de abril de 1933, Heidegger fue elegido rector casi por unanimidad, si bien es cierto que faltaban algunos profesores de la universidad con derecho a voto. Algunos pasajes del acta de la sesión de elección no pueden ocultar que hubo una gran conmoción entre los profesores friburgueses por ser la primera vez que se excluía a miembros del consejo, que antes tenían derecho a voto, por motivos puramente raciales; los excluidos fueron exactamente 13 de 93. La nueva situación respondía a una legislación recién instaurada por el jefe del distrito y comisario del «Reich» de Baden, Robert Wagner, que gozaba de plenos poderes de decreto. En un principio se destituyó a todos los profesores no arios de las universidades de Baden y se les obligó a abandonar todos sus cargos académicos, por ejemplo el de decano o miembro del consejo. Aunque dentro de la universidad se mostraba mucha inquietud y enojo y en privado se daban muestras de simpatía a los afectados por esta medida, los gremios universitarios fueron «depurados» según lo ordenado y la dirección de las universidades, los institutos científicos y las clínicas «cumplieron a la perfección» el decreto antijudío de Baden. Esto muestra hasta qué punto estaba arraigada la confianza en el Estado, lo poco que se cuestionaba la legitimidad de semejantes decretos, que pasaban por encima de los derechos más elementales del hombre y le abrían las puertas a la falta de humanidad. Esta capacidad de adaptación, esta facilidad para cambiar de opinión y ponerse a favor del Estado dirigente estaba muy extendida, era general. El nuevo derecho se basaba en la ley de autorización de plenos poderes, es decir, seguía las disposiciones aún vigentes de la constitución de Weimar.

A pesar de todo, el acta de la sesión de Friburgo del 21 de abril de 1933 da cuenta de que el decano de la Facultad de Teología, Engelbert Krebs, como sabemos antiguo amigo de Heidegger, había emitido una declaración en la que expresaba su simpatía a los compañeros destituidos: era un gesto muy noble, pero puramente interno. Dado el nuevo estado de cosas, la Universidad de Friburgo ya no estaba en situación de mostrarse públicamente solidaria con los colegas judíos destituidos. Se arriaron las velas y se fondeó el navío en una tranquila bahía donde debía pasar el invierno a la espera de que amainara la tormenta en el exterior. Pero el nuevo rector Heidegger quiso poner de nuevo a flote el navío universitario y dirigirlo velozmente hacia alta mar a la cabeza de la armada. El diario nazi de Friburgo, Der Alemanne, se mostró jubiloso ante la elección de Heidegger: había sido llevada a cabo en el contexto de la «unificación» general y los profesores de Friburgo habían proclamado su voluntad de «colaborar activamente en la obra de la revolución nacional y social»; por otra parte, los estudiantes habían jurado «fidelidad y cooperación» al nuevo rector en su calidad de «nuevo führer de la universidad». «La universidad», así concluía el informe, «cuya organización y trabajo educativo con los jóvenes universitarios debe estar de acuerdo con los pensamientos rectores del Estado, ve allanarse de esta manera el camino hacia la reconstrucción en la dirección única».

¿Con qué programa se introdujo el führer-rector Heidegger en esta nueva etapa de su vida, inmersa dentro del gran movimiento nacional, iluminada de lleno por las candilejas de una opinión pública que no estaba sólo restringida a la Universidad de Friburgo? Para saberlo, habría que analizar a fondo el discurso del rectorado del 27 de mayo de 1933 —cosa que ya ha sido hecha con gran aplicación por la investigación competente— enmarcando el discurso dentro del pensamiento general de Heidegger hasta esa fecha, destacando los elementos relacionados con una

filosofía del Estado y buscando la filosofía política dé Heidegger[116]. Esta no es exactamente nuestra tarea. El filósofo, en tanto que rector, reclamaba para sí la dirección espiritual de la Universidad de Friburgo y al mismo tiempo definía cuál era la esencia de toda la universidad alemana, que sólo alcanzaría «claridad, rango y poder», «si ante todo, y en todo momento, los guías [führer, guías, jefes] son a su vez guiados [geführte]: guiados por la inexorabilidad de esa misión espiritual que obliga al destino del pueblo alemán a aceptar el cuño de su historia». El arraigo de esos guías y de sus seguidores dentro de dicha esencia sólo podía alcanzarse a través de la autoafirmación de la universidad alemana, entendida como voluntad de su propia esencia. «La voluntad de la esencia de la universidad alemana», esto es lo que leemos, «es voluntad de ciencia en tanto que voluntad de aceptar la misión espiritual e histórica del pueblo alemán». Y esto quería decir que los filósofos, los guardianes del ser, esto es, los guías espirituales del pueblo, el cuerpo docente de la universidad, debían adelantarse verdaderamente «a los puestos más avanzados, donde la constante incertidumbre del mundo representa más peligro», porque sólo el mundo espiritual garantizaría al pueblo su grandeza. Ahora bien, este mundo espiritual de un pueblo era el poder que más profundamente conservaba las fuerzas procedentes de su raza y de su tierra en tanto que potencia que lograba la más íntima excitación y la máxima conmoción de su existencia. Basándose en estos principios, formulados en el lenguaje peculiar de su filosofía, el lenguaje del ser, Heidegger desarrolló su programa por lo menudo, un programa (ya debatido muchas veces) que se desvaneció en el vacío.