Martin Heidegger
Epílogo
Heidegger vivió muchos años, pero tuvo que pagar por ello el correspondiente tributo físico: la enfermedad y debilidad comunes a las edades muy avanzadas. La muerte de sus amigos, parientes y personas próximas a él le recordaba permanentemente la actualidad de su propia despedida. Hablar sobre la muerte, incluso hablar filosóficamente, es muy diferente que asistir a la muerte de otros, había dicho Heidegger en una conversación mantenida con el filósofo de Tubinga Walter
Schulz[255] en la posada «Hirsch», sita en el terreno del antiguo convento cisterciense de Bebenhausen. Su análisis de la muerte en Ser y Tiempo era para los médicos, había declarado en la misma ocasión. Y, efectivamente, tal vez donde mejor vio Heidegger los límites de la «filosofía práctica» fue en el fenómeno «muerte», en gran medida porque allí se plantea la cuestión «fe y filosofía» como algo más que una mera «cuestión de escritorio», como escribió el propio Heidegger a Jaspers el 1 de marzo de 1927 ante la inminente muerte de su madre. Tal vez toda su vida no fuera sino una única preparación para su propia muerte. ¿Cómo entender si no la estrofa del primer coro de la Antígona» de Sófocles, a la manera de Heidegger?
Siempre en camino, siempre errando,
sin experiencia ni salida
llega a la nada.
Sólo para la muerte
no ha encontrado evasión por mucho que lograra esquivar hábilmente
las más temibles enfermedades[256].
El 26 de mayo de 1976 Heidegger murió en Friburgo. Su entierro tuvo lugar el 28 de mayo. Heidegger quiso ser enterrado en su tierra natal, en el lugar donde se sentía verdaderamente familiar, donde hundía sus raíces la memoria de los antepasados, donde el cielo alza su bóveda por encima de una región libre, abierta y luminosa, cuya aparente aspereza esconde sin embargo serenidad. Quería regresar allí, al lugar desde el que había emprendido su andadura: el suelo de la patria, las fuentes. Quiso regresar a casa abandonado un mundo de actividad febril, locura y desolación, volver a la herencia de la patria, reunida a lo largo de varias centurias de fuerzas humanas y celestes: la iglesia de San Martín de Meßkirch era el símbolo de esa eterna permanencia. Quiso devolverle a esta tierra bendecida y cristiana una herencia acrecentada, el cumplimiento de su promesa, quiso «cargar con su parte de la angustia de esta época alejada de Dios y mostrarle el camino a la época y al mundo como un camino que lleva hacia allí», «aguardando sin desmayo la epifanía del Dios divino», como dijo en memoria del difunto el sacerdote y teólogo católico Bernhard Welte, compatriota y compañero del pensar de Heidegger, en la capilla del
cementerio de Meßkirch[257]. Estas frases del sacerdote extraídas del profeta Jeremías: «El Señor me contestó “No digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, irás; lo que yo te mande, lo dirás”» (Jeremías 1,7), son un difícil intento de responder a la pregunta de si Martin Heidegger regresó a la tierra natal como cristiano católico. La sencilla tumba del filósofo no tiene más adorno que una estrella, pero el símbolo de la cruz que se yergue sobre las vecinas tumbas de sus padres y de su hermano parece inclinarse también sobre la tumba del filósofo. Bernhard Welte se preguntaba si era conveniente enterrar a Martin Heidegger cristianamente:
¿Es conforme al mensaje del cristianismo, es adecuado al pensamiento de
Heidegger? En todo caso, fue su deseo. Además, nunca rompió sus vínculos
con la comunidad de creyentes. Es verdad que siguió su propio camino y
también es cierto que tuvo que seguirlo, que no hacía sino cumplir su propia
promesa y no es fácil llamar cristiano a este camino en el sentido habitual de
la palabra. Pero fue el camino de la búsqueda tal vez más grandiosa de este
siglo. Esperando y escuchando el mensaje, buscó al Dios divino y su
esplendor. También lo buscó en el mensaje de Jesús. Por eso, creo que
tenemos el derecho de pronunciar sobre la tumba de este gran buscador las
palabras de consuelo del Evangelio y las plegarias del salmo, sobre todo el
«De profundis» y la oración más grandiosa de todas cuantas existen, la
oración que Jesús nos enseñó.
El lenguaje de las fórmulas litúrgicas era cristiano: el sobrino sacerdote, Heinrich Heidegger, las manejaba con cuidado, conforme a los deseos de su tío, familiarizado con su proximidad y lejanía respecto a la Iglesia católica. Las tres plegarias pronunciadas en la capilla del cementerio seguían los textos y ritos de la liturgia fúnebre católica. ¿Era la vuelta a casa del hijo pródigo, el retorno al seno de la Iglesia? El escritor Albert Krautheimer, que fue durante más de una década cura de Bietingen, cerca de Meßkirch, solía decir: los miembros de la Iglesia celebrarían que Martin atravesara el umbral principal de la iglesia de San Martín de Meßkirch con hábito de penitente; pero hace mucho tiempo que ya entró en ella por la puerta de la sacristía, como antes, cuando era el hijo del sacristán. Y Krautheimer sabía lo que decía puesto que era él quien había escondido los manucritos de Heidegger en la imponente y empinada torre de la Iglesia de Bietingen durante la época de confusión e incertidumbre de la guerra y la posguerra.