Martin Heidegger
Introducción
Hugo Ott
Martin Heidegger
En camino hacia su biografía
ePub r1.0
Titivillus 21.06.16
Título original: Martin Heidegger. Unterwegs zu seiner Biographie
Hugo Ott, 1988
Traducción: Helena Cortés Gabaudan
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
INTRODUCCIÓN
Hace mucho tiempo que me aconsejan reunir en un libro, o mejor dicho, integrar dentro de una presentación global más ambiciosa, mis estudios sobre Martin Heidegger, que fueron publicados en su día en revistas poco conocidas «de provincias». Este deseo se tornó imperioso tras la aparición de la obra de Víctor Farias Heidegger et le nazisme (1987), que también contribuyó a que mis propios artículos encontraran un eco internacional bajo las formas más variadas, siendo la última de ellas el artículo, muy exhaustivo y riguroso, de Thomas Sheehan,
«Heidegger and the Nazis», publicado en [1] The New York Review of Books.
Lo cierto es que desde que hace cinco años empecé a interesarme por la época de
rectorado de Heidegger me he ido introduciendo cada vez más en esta temática[2]. El punto de partida fue la reedición en el año 1983 del discurso del rectorado sobre «La autoafirmación de la universidad alemana», así como la primera publicación de El rectorado 1933/34. Hechos y reflexiones, que puede considerarse como el último
escrito de justificación del filósofo[3], que debía de ser publicado «cuando llegara el momento» por su hijo Hermann. Fue su contribución al cincuenta aniversario de la subida al poder de Hitler. Es verdad que para quienes leyeron la entrevista de la
revista [4] Spiegel titulada «Sólo ya un dios puede salvarnos» este escrito no les aportaba nada nuevo. Pero con todo, la intención expresa de no mencionar en este texto (¡postumamente!) más que «hechos» absolutamente indiscutibles podía invitar al historiador a efectuar una «contralectura», es decir, a volver a repasar y comprobar los datos con ayuda de las fuentes disponibles. Fue como arrojar una piedra en un estanque de aguas tranquilas. Hasta parecía que se había olvidado la enconada polémica que había estallado en 1953 a raíz del minucioso comentario del entonces doctorando Jürgen Habermas a la obra de Heidegger Introducción a la metafísico, comentario que fue publicado en el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) y que trataba sobre todo de la estimación filosófica de Heidegger del nacionalsocialismo. La polémica, plasmada en los diarios FAZ y Die Zeit, alcanzó su momento culminante cuando Heidegger mandó una carta al respecto al diario Die Zeit. La básica documentación de Guido Schneeberger Nachlese zu Heidegger. Dokumente zu seinem Leben und Denken (Berna, 1962) quedó dormida en los anaqueles de las bibliotecas: el autor estaba considerado como un marginal.
Pues bien, decíamos que la piedra arrojada en 1983 provocó olas en el estanque. Las olas crecieron con la obra de Heinrich Wiegand Petzet Auf einen Stern zugehen.
Begegnungen und Gespräche mit Martin Heidegger 1929-1976[5] [Acercarse a una estrella. Encuentros y conversaciones con Martin Heidegger 1929-1976], que salió al mercado precisamente en 1983, año del aniversario, y consistía en un retrato biográfico de Heidegger nacido del trato íntimo y constate con el filósofo durante varias décadas. De nuevo, se trataba de una obra importante para el historiador, puesto que Petzet incluye en su obra varias reflexiones, autorizadas por Heidegger, sobre su compromiso político y sobre su actitud después de 1945. Además, dentro de esta obra, se integra de maneras diversas el informe justificativo «Hechos y reflexiones», que de este modo cobra mayor fuerza. El estudio de la etapa política de Heidegger mostró que no se podían tomar las afirmaciones contenidas en «Hechos y reflexiones» sin más ni más y que la imagen que ahí se quiere esbozar se modifica constantemente hasta el punto de transformarse precisamente en su contrario.
Pronto me percaté de lo siguiente: quien quiera aproximarse a Heidegger con espíritu crítico y se atreva incluso a corregir ciertos datos alterando la imagen preestablecida será automáticamente situado en el campo enemigo. Para colmo, tuve la osadía de comunicar los resultados a los que había llegado en mi investigación en
dos conferencias públicas que sostuve en 1984 en la Universidad de Friburgo[6]: esto ya rozaba el sacrilegio. Según me explicó más tarde un célebre norteamericano especialista en Heidegger, Friburgo, la ciudad donde enseñó y trabajó Heidegger, había sido «profanada», se había convertido desde entonces en an unholy place, aunque ésta no era su estimación personal del asunto, me transmitía la versión exportada a los Estados Unidos. Todas mis objeciones al respecto fueron inútiles. Ya me habían puesto la marca de fuego, un sanbenito del que difícilmente me podría desprender. No dejaron de darme benévolos consejos como que me olvidara del tema, aunque sólo fuera por bien de la paz interna de la universidad. Y además, ¿con qué derecho me erigía yo en juez, yo que ni siquiera tenía una orientación filosófica? También salió a relucir el argumento de lo fácil que es juzgar cosas pasadas y por supuesto se me acusó de una buena dosis de hostilidad. Y creo que se me seguirá acusando durante mucho tiempo.
Si a pesar de todo no abandoné mis investigaciones, e incluso incluí en ellas el
período de niñez y juventud[7] de Heidegger, fue sobre todo porque cuanto más avanzaba en mis pesquisas más se ampliaban mis fuentes. Y esto a pesar de las restricciones consabidas: bloqueo del legado de Heidegger conservado en el Deutsches Literaturarchiv de Marbach por tiempo indefinido, bloqueo del legado de Bultmann (la correspondencia entre Rudolf Bultmann y Martin Heidegger) en la
biblioteca universitaria de Tubinga, etc[8].. A pesar de estas dificultades encontré un número más que suficiente de testimonios que justificaban plenamente la elaboración de un libro sobre Heidegger, aunque tuviese un carácter provisional. Una beca de estudios de la fundación Volkswagenwerk (1986) me permitió consagrarme plenamente a la búsqueda de nuevas fuentes, así como a su análisis. Entre ellas destaca la correspondencia entre Jaspers y Heidegger, extraída del legado del primero (en el Deutsches Literaturarchiv de Marbach), que pude consultar gracias a Hans Saner. Esta importantísima correspondencia está a punto de ser publicada.
Las actas y documentos de numerosos archivos (Bundesarchiv de Coblenza, Generallandesarchiv de Karlsruhe, Hauptstaatsarchiv de Stuttgart, Staatsarchiv de Friburgo, Erzbischöfliches Archiv de Friburgo, Stadtarchiv de Friburgo y en menor medida el Universitätsarchiv de Friburgo, por citar sólo los más importantes) y bibliotecas (sobre todo la biblioteca de la Universidad de Marburgo), me proporcionaron nuevas informaciones. Así ocurrió, por ejemplo, con el legado de Dietrich Mahnke, en Marburgo, que me fue señalado por mi colega de Friburgo, Eduard Sangmeister. Fue de él de quien obtuve el permiso para estudiar la correspondencia entre Husserl y Mahnke. Pero mis pesquisas no siempre me condujeron a descubrimientos agradables. Por poner un ejemplo, en el año 1984 me topé en el Staatsarchiv de Friburgo con el «caso» Hermann Staudinger y me enteré, no sin sorpresa, de que en el año 1933, durante su período de rectorado, Heidegger denunció e incluso quiso destituir, por considerarlo políticamente sospechoso, a un afamado científico de su universidad (Staudinger obtuvo algo más tarde, en 1953, el Premio Nobel de química). Fue por entonces cuando empezó a obsesionarme la cuestión de la personalidad y mentalidad de Heidegger, porque no daba con la clave que pudiera hacerme comprender semejante proceder. Por este motivo, el análisis de la personalidad y psicología de Heidegger es uno de los asuntos principales de mi obra, para el que me he apoyado sobre todo en documentos extraídos de legados privados.
Heidegger mantuvo relaciones con personas que fueron importantes para él especialmente en su juventud, pero a las que sin embargo no menciona en sus breves apuntes autobiográficos: me refiero, por ejemplo, a Engelbert Krebs, con quien en 1912 mantenía una relación casi de amistad, hasta el punto de que fue Krebs quien unió religiosamente en 1917 a la pareja Heidegger/Petri. También es verdad que esta amistad fue debilitándose gradualmente y con el tiempo se estableció una gran distancia entre ellos. Dentro de este primer círculo de amigos destaca también Ernst Laslowski, quien a partir de 1911 fue el amigo más íntimo de Heidegger, el que le acompañó y apoyó en el difícil período de su vida que medió entre su abandono de los estudios de teología y el соmienzo de su carrera científica. El legado de Krebs (que antes se guardaba en el Dogmatisches Seminar de la Universidad de Friburgo y ahora en la biblioteca de la Universidad de esta misma ciudad), ha sido una importante fuente para mis pesquisas. Lo mismo puedo decir de las cartas de Laslowski a su amigo (1911-1917), que pude consultar en la biblioteca del Deutsches Caritasverband de Friburgo gracias al señor Dr. Wollasch. Los diarios de Josef Sauer, catedrático de Arqueología Cristiana y Patrología de la Universidad de Friburgo han sido también de vital importancia en mi investigación, no sólo por las importantes informaciones que procuran sobre el período de rectorado de Heidegger, sino por los datos que aportan sobre su juventud. Efectivamente, Heidegger publicó algunos de sus primeros trabajos científicos en la revista Literarische Rundschau (editorial Herder) que dirigía Sauer. Así fue como a partir de 1911 comenzó un frecuente trato entre Sauer y Heidegger: las cartas a Sauer del joven estudiante, al que esperaba una decisiva carrera científica, dibujan ya un primer esbozo de lo que iba a ser su primera filosofía. Cuando más tarde, en la primavera de 1933, Heidegger aspiró a la plaza de rector y Sauer criticó esta decisión, lo hizo basándose en los derechos que le daba una vieja amistad. Este profundo conocimiento de la persona es el que presta al diario de Sauer una especial lucidez y profundidad de análisis. Desde estas páginas doy las gracias al sobrino del profesor Sauer, el canónigo Dr. Sauer, por facilitarme el estudio de dicha fuente.
Las últimas personas que he citado fueron sobre todo compañeros de andadura del Martin Heidegger «católico». Se inscriben dentro del contexto de la posición inferior que tenían los católicos dentro de la investigación y las ciencias de la Alemania guillermina. Se precisaban grandes esfuerzos para salir de esa posición inferior. Poco antes de la Navidad de 1923, el teólogo de Marburgo Rudolf Bultmann, escribía a su amigo Hans von Soden, catedrático de Exégesis del Nuevo Testamento en Breslau, diciéndole que su seminario (sobre la ética de san Pablo) había sido especialmente interesante en aquella ocasión «gracias a la participación de un nuevo filósofo, Heidegger, alumno de Husserl. A pesar de su procedencia católica es completamente protestante». Bultmann añade que Heidegger no sólo conoce al
dedillo la escolástica, sino también el pensamiento de Lutero[9]. Creo que el camino recorrido por Heidegger desde su fase católica hasta que pasa por ser completamente «protestante» es de extrema importancia y por eso la misión de nuestro primer gran capítulo ha sido seguir dicho camino hasta sus últimas ramificaciones. La sobresaliente figura de Edmund Husserl, con quien Heidegger mantuvo una fértil relación oscilante entre la admiración y la amistad pero también el amor y el odio, juega el papel principal de este apartado. Debo mis conocimientos a este respecto a la generosidad del catedrático Dr. S. IJsseling, director del Archivo-Husserl de la Universidad Católica de Lovaina. Las primeras investigaciones sobre los años decisivos entre 1917 y el nombramiento de Heidegger en Marburgo se encuentran en
las obras de los especialistas americanos, Thomas Sheehan[10] [11] y Theodore Kisiel.
A pesar de la importancia que tiene la época marburguesa de Heidegger, no le he prestado mucha atención. Para mí, esos años que van de 1923 a mediados de 1928 no pasan de ser un episodio en la vida de Heidegger que, sabedor de que podría retomar a Friburgo como sucesor de Husserl, se limitaba a soportar Marburgo con disgusto fortaleciéndose con sus escapadas a la «cabaña» de Todtnauberg. Ser y Tiempo fue escrito en el valle de Todtnauberg y allí está también fechada la célebre dedicatoria al maestro Husserl.
Así pues, yo no cejaba en mi empeño de buscar criterios que me ayudaran a descifrar a Heidegger desde su interior. Pero seguir estos senderos es lo más parecido a caminar sobre el filo de una montaña:
¿Dónde hay que situar los límites? ¿Dónde empieza el ámbito de la intimidad? Así, por ejemplo, no he incluido en mi análisis la relación de Heidegger con la estudiante de filosofía de Marburgo Hannah Arendt, pero esto no quiere decir que no tenga importancia en la biografía de Heidegger. Cuando dispongamos de las fuentes
esenciales al respecto habrá que analizar a fondo esa cuestión[12]. Pero por ahora me encuentro en este punto con la dificultad insuperable de la falta de fuentes. Por el contrario, me ha parecido indispensable analizar la evolución de la pareja Martin Heidegger y Elffide Petri, su unión y los problemas para contraer matrimonio entre personas de diferentes confesiones religiosas, porque pienso que de ahí se derivan importantes datos que iluminan el proceso biográfico. Me pareció importante dejar muy claros algunos puntos: que, según creo, Heidegger nunca se libró del todo de la fe aprendida en su infancia y que debido a este motivo siempre vivió internamente desgarrado, o también, en el terreno personal, la importancia de la personalidad del que más tarde sería arzobispo de Friburgo, Dr. Conrad Gróber, que fue quien introdujo a Heidegger en el camino del pensar y volvió a encontrarse con él en todos los hitos decisivos de su vida, o la de Edmund Husserl. Le debo preciosas indicaciones al catedrático Dr. Karl Schuhmann (de la Universidad de Utrech) con quien he mantenido un intercambio científico permanente y me ha proporcionado el
manuscrito de la versión corregida y aumentada de su [13] Crónica de Husserl.
El estudio biográfico introductorio ha sido estructurado siguiendo un principio del propio Heidegger según el cual hacia la mitad de su vida (1935) tuvo que habérselas con dos asuntos concretos: el problema de la fe y su fracaso político. Con todo, no hay que olvidar el carácter procesual de su andadura y por eso me he esforzado por subrayar y explicar los aspectos más generales de la vida de Heidegger siempre que procedían del ámbito más íntimo y profundo de su ser.
Y así, en el primer hito de mi camino hacia una biografía de Heidegger he intentado aclarar de la mano de la relación particularmente intensa entre Heidegger y el historiador Rudolf Stadelmann (que, por cierto, ha sido dejada en la sombra hasta ahora) la indisoluble vinculación entre los años 1933 y 1943: el estallido revolucionario de 1933, el acontecimiento histórico desde el punto de vista del pensar del ser por parte de Heidegger, no cae en el olvido para siempre, sino que sigue siendo una tarea que los alemanes han de resolver y ha sido rescatada en el lenguaje de Hölderlin. Estos testimonios fundamentales del autor iluminan la disposición mental del filósofo de manera muy específica.
La pretensión de esta obra, de caminar en dirección hacia una biografía de Heidegger, puede sonar ambiciosa y desprovista de toda modestia, sobre todo desde el momento en que no se contempla el componente histórico-filosófico. Por eso, ella misma da marcha atrás cuando se percata de la extremada duración y dificultad de esta existencia. Siempre se ha mantenido que lo que había que estudiar era el decir de Heidegger y que su vida no revestía ningún interés, que sólo su obra era importante. Sus escasos testimonios biográficos han sido publicados varias veces y se consideran el único hilo conductor del que nadie debería apartarse. Este es, por ejemplo, el nivel en el que se mantiene el discípulo de Heidegger, Walter Biemel, Martin Heidegger in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten (Reinbek, 1973). También Winfried Franzen se
atiene a esta directriz[14] en su introducción a la filosofía de Heidegger (que por cierto constituye un importante instrumento bibliográfico).
Los testimonios de sus compañeros de ruta son numerosos: seguramente los más
importantes son los de Karl Jaspers[15] [16] y Hans-Georg Gadamer. Ambos conocieron a Heidegger al principio de la década de los veinte y permanecieron vinculados a él, aunque de diferentes maneras. También son importantes los recuerdos reunidos por Günter Neske —uno de los editores de Martin Heidegger—
en el volumen titulado [17] Erinnerung an Martin Heidegger. Hasta cierto punto también Otto Pöggeler puede ser considerado uno de sus compañeros de ruta: empezó a observar muy pronto al filósofo, cuando éste ya empezaba a envejecer, y publicó en 1963 su obra Denkweg Martin Heideggers [El camino del pensar de Martin
Heidegger][18] que es la directriz básica para todo aquel que no esté especialmente instruido en filosofía. Sin embargo, todos estos testimonios no pueden superar la obra de Karl Löwith, Mein Leben in Deutschland vor und nach 1933 [Mi vida en Alemania antes y después de 1933], redactada en 1940 y publicada en 1986, en la que el autor relata todas las vivencias hechas con o a través de Martin Heidegger.
El lector de la presente obra se extrañará de lo poco que menciono a Víctor Farias. Tengo buenos motivos para ello. No es que ignore su obra —conozco la versión traducida al francés del español y el alemán—; al contrario: mi comentario
publicado en el diario [19] Neue Zürcher Zeitung, ha llegado incluso al ámbito de las
lenguas románicas a través de una traducción francesa[20]. Lo que ocurre es que mi obra, que se basa en un número bastante considerable de estudios expuestos a la consideración de los especialistas desde 1983, esto es, que está sostenida por una documentación que ha descubierto numerosas tierras desconocidas hasta ahora, es precisamente lo opuesto a la de Farias. Por eso he estimado que debía seguir mi propio camino, sobre todo teniendo en cuenta que la edición alemana de Heidegger et le nazisme va a ser, en particular desde el punto de vista cuantitativo, muy diferente a la edición francesa que yo conozco.
En Francia, en donde el pensamiento de Heidegger echó desde 1945 profundas raíces de un tono muy específico —el alcance del profundo pensamiento del filósofo ha eclipsado casi por completo su perfil político— el libro de Víctor Farias ha producido un efecto similar al de un terremoto y ha dado lugar a un debate, sobre todo periodístico, que ya es imposible ignorar. Uno de los más importantes transmisores del pensamiento de Heidegger al mundo francés, me refiero a Jean Beaufret, que habitó Lyon hasta su muerte en 1982 y al que éste dirigió en 1946/1967 su «Carta sobre el Humanismo», ha caído ahora en el descrédito en calidad de interlocutor de Heidegger desde que el historiador Robert Faurisson (Universidad de Lyon II), el infame propagandista de la «mentira de Auschwitz», publicara sus cartas. La revista Armales d’Histoire Révisiormiste (n.º 3, 1987) publicó las cartas que Beaufret dirigió a Faurisson el año 1978 transmitiéndole su apoyo y ánimo para continuar por su camino. Según Faurisson ese camino es el mismo de Beaufret, aunque éste no se lo dijera por escrito, sino sólo oralmente, por miedo a sublevar al público. Parece que ya no se puede dudar de la autenticidad de estas cartas y en consecuencia Faurisson pudo publicar su artículo en cabeza del número de primavera (n.º 4, 1988) de la citada revista bajo el lema: «A la mémoire de Martin Heidegger et de Jean Beaufret, qui m’ont précédé en révisionnisme». Desde luego, esta apropiación de la persona de Heidegger como supuesto precursor de la «mentira de Auschwitz» es completamente arbitraria por parte de Faurisson y no tiene justificación alguna. Pero, no obstante, las cartas de Beaufret han enturbiado la luz que iluminaba el contexto de la recepción de Heidegger en Francia.
En noviembre de 1984 hice un primer balance de mis hallazgos en una contribución al diario Neue Zürcher Zeitung titulada «El filósofo bajo la luz de la
ambigüedad política. Martin Heidegger y el Nacionalsocialismo»[21]. En aquel momento extraía las siguientes conclusiones: «Los esfuerzos de Heidegger por restarle importancia a su época de rectorado y por hacerla casi olvidar para, en contrapartida, hacer aparecer al máximo una actitud de “resistencia”, deben ser considerados un fracaso. Tales esfuerzos no están a la altura de la grandeza de su pensamiento filosófico». Todavía hoy, después de estudios más profundos sobre el tema, no encuentro nada que reprochar a esta apreciación.
Mi lista de agradecimientos debería ser muy larga, pues muchos son los que me han acompañado críticamente y me han ayudado en mi tarea. Sin embargo sólo podré citar a unos pocos. A principios del año 1966 pude permanecer durante algunas semanas como huésped en la abadía de Beuron, donde redacté la primera versión del manuscrito. Algunas de mis charlas con los monjes del convento me resultaron muy útiles. Adalbert Hepp, el lector de la editorial Campus, que venía animándome desde hace tiempo para escribir este libro, fue un interlocutor tolerante y cooperativo. Los colaboradores de mi cátedra universitaria, que de lo contrario se dedican a sobrios proyectos de historia económica, me ayudaron intensamente en la corrección del trabajo. Mi asistente, el señor Uwe Kühl, se encargó de gran parte del trabajo de coordinación. Tengo que darle gracias muy especiales a mi secretaria, la señora Inge Wissner, sin cuya preciosa ayuda esta obra no habría aparecido en el plazo previsto.
Hugo Ott
Merzhausen de Friburgo, final de verano de 1988.