Martin Heidegger
La burla a la filosofía o ¿qué es humanismo?
LA BURLA A LA FILOSOFÍA O ¿QUÉ ES
HUMANISMO?
En la Oficina Rosenberg, en el departamento central de Ciencia y en su subdepartamento de observación y valoración científica (pues hasta este extremo se había complicado el aparato del partido), también se reunían materiales sobre Heidegger que se han conservado parcialmente e ilustran los métodos de reunión de información utilizados por los nazis. Los documentos van desde observaciones sobre la influencia de Heidegger en el ámbito de la enseñanza universitaria o su pertenencia a determinados colectivos editoriales a medidas concretas de censura, que Heidegger mencionaría detalladamente en su informe justificativo. Se trataba, en concreto, de su artículo «La doctrina de la verdad de Platón», aparecido en el segundo volumen del anuario a cargo de Ernesto Grasssi, Jahrbuch für geistige Überlieferung (1942), que en virtud de una orden del ministerio de propaganda del Reich, no debía mencionarse
en las reseñas bibliográficas[199].
Detrás de esta medida de censura se escondía un nuevo aspecto relacionado con la nueva normativa lingüística impuesta para el ámbito de las humanidades. Ernesto Grassi, en aquel momento profesor honorario de la Universidad de Berlín y desde 1928 entusiasta oyente y prácticamente discípulo de Heidegger, era en aquella época bastante amigo del judío húngaro Wilhelm Szilasi, al que ya hemos mencionado y con el que nos volveremos a encontrar más adelante, y su misión principal en la capital de Reich era la transmisión de la cultura italiana y la organización de encuentros interdisciplinares de orientación humanística entre intelectuales alemanes e italianos. Naturalmente, esta empresa promovida por el gobierno del Duce tenía también un trasfondo político. Grassi gozaba del pleno apoyo y hasta del encubrimiento por parte de su gobierno. Tras la segunda guerra mundial, Grassi hizo carrera pasando por la Universidad de Zúrich, en donde levantó fuertes suspicacias debido a su pasado político, hasta la Universidad de Munich en donde se convirtió en catedrático director del departamento de filosofía e historia del espíritu del humanismo.
El programa político-cultural de Grassi fue observado, prácticamente espiado, con bastante desconfianza por el departamento central de Ciencia de la Oficina Rosenberg. Al inicio de la guerra, Grassi había concebido en estrecha colaboración con el profesor de la Universidad de Königsberg, Walter F. Otto, y con el helenista de Berlín, Karl Reinhardt, el anuario titulado Jahrburch für geistige Überlieferung cuyo primer volumen apareció en 1940 y trataba sobre los problemas del «esclarecimiento del pensamiento y la imagen del mundo de la antigüedad», el «esclarecimiento de la esencia del humanismo y el renacimiento y la transmisión del mundo antiguo por parte de ambos» y, finalmente, el «examen de las relaciones con la Antigüedad en los siglos XIX y XX». En los cuadernos mensuales nacionalsocialistas, próximos a la Oficina Rosenberg, titulados Nationalsozialistischen Monatshefte, donde también publicaba Grassi, apareció en noviembre de 1941 una reseña muy detallada de este primer volumen, redactada por el teólogo evangélico y teórico de las religiones, Wilhelm Brachmann, uno de los miembros rectores de la universidad planeada por Rosenberg. El motivo principal de este artículo («Antigüedad y actualidad. Una contribución al problema del humanismo contemporáneo en Alemania e Italia») era formular una normativa lingüística y conceptual que sirviera de autoridad en el
«humanismo»[200]. Brachmann resumía los esfuerzos de Grassi, Otto, Reinhardt y otros bajo el título «humanismo contemporáneo» de cuño alemán e italiano, pero totalmente integrado dentro de la comprensión tradicional. Frente a este tipo de humanismo, había que abrirle la vía al «humanismo político». Basándose en Hans F. K. Günther, «el de las razas», había que destacar «el parentesco de los griegos y romanos con el pueblo alemán»: «La antigüedad clásica como gran modelo, universalmente convincente, de aquello de lo que es capaz el indogermanismo: ésta debe ser la idea determinante del humanismo político», (p. 926). Estaba en juego «la presencia real del indogermanismo, que tiene fe en su destino». Y Brachmann llegaba finalmente a la siguiente conclusión:
De ahí se deduce que el discurso sobre el «humanismo» deberá ceder su
puesto al discurso sobre la «historia espiritual del indogermanismo».
En efecto, ésta expresa mejor y de manera más clara que ningún otro discurso
el problema específico del humanismo político alemán. Es el guardián de la
herencia espiritual, condicionada por la sangre, del indogermanismo en
general y por lo tanto —y seguramente en primer lugar— de la herencia de la
antigüedad clásica. No cabe duda de que el «humanismo contemporáneo» ha
de ser bien recibido en su calidad de explorador de los caminos que llevan a
las profundidades de esta herencia, (p. 932).
Esta definición fue elevada a rango de norma lingüística por la Oficina Rosenberg. Y, en consecuencia, todos los manuscritos, incluido el artículo de Heidegger sobre la «Doctrina de la verdad de Platón» (una interpretación del mito de la caverna de Platón, Politeia VII, pronunciada por vez primera en otoño de 1931
ante los benedictinos del convento de Beuron[201]), eran sometidos a un examen riguroso y profundo. Los censores encontraron en este texto tan difícil, que presupone un conocimiento serio de la lengua y el pensamiento griegos, un pasaje que les llenó de indignación. Heidegger había osado revolverse y no acatar la línea impuesta por Brachmann y había escrito —relativizando lo más posible, pero sin embargo sin salirse de la línea de su pensamiento— las siguientes frases:
El inicio de la metafísica en el pensamiento de Platón es, al mismo tiempo, el
inicio del «humanismo». Esta palabra debe ser pensada aquí esencialmente y
por lo tanto en su sentido más amplio. Según esto, «humanismo» significa el
proceso unido al inicio, desarrollo y final de la metafísica, por el que el
hombre, según diferentes perspectivas en cada ocasión, pero siempre con
pleno conocimiento, se sitúa en medio de lo ente sin ser por ello todavía el
ente supremo. «El hombre» significa aquí tan pronto un grupo humano como
la humanidad, tan pronto el individuo singular como la comunidad, tan pronto
el pueblo como un grupo de pueblos. De lo que se trata siempre, en el ámbito
de una estructura fundamental metafísica y establecida de lo ente, es de llevar
al «hombre» determinado por esa estructura, al animal racional, a la liberación
de sus posibilidades y a la certeza de su destino y la garantía de su «vida».
Esto ocurre como acuñación de la actitud «moral», como liberación del alma
inmortal, como despliegue de las fuerzas creadoras, como desarrollo de la
razón, como cultivo de la personalidad, como despertar al sentido de la
comunidad, como disciplina del cuerpo o como adecuado apareamiento entre
todos o algunos de estos «humanismos». Cada vez se describe una
determinada órbita metafísica, más o menos amplia, alrededor del hombre.
Con la consumación de la metafísica, también el «humanismo» (o, diciéndolo
en griego: la antropología), se lanza hacia las «posiciones» más extremas, lo
que significa, las más incondicionadas[202].
El señor Dr. Erxleben, del departamento central de Ciencia de Rosenberg y Baeumler, que como miembro de la corporación alemana de estudiantes conocía bien a Heidegger desde los intentos de «puesta en marcha» del verano de 1933, intentó enérgicamente hacer fracasar el artículo de Heidegger y a ser posible suprimir la totalidad del mismo y no sólo el pasaje incriminado sobre el humanismo. En una carta al señor Dr. Lutz, del Ministerio de Educación popular y propaganda del Reich (el ministerio de Goebbels), del 17 de junio de 1942, decía haber intentado en los días pasados contactar telefónicamente con él sin éxito y que por lo tanto trasnmitía por escrito la postura del departamento en relación con el ensayo de Heidegger:
Consideraría oportuno que el profesor Grassi renunciara a insertar el ensayo
de Heidegger. La postura adoptada por Heidegger en relación con el problema
central del humanismo contribuye a apoyar las exigencias que, por parte
italiana, se plantean hoy a la ciencia especializada alemana. Cuando dice que,
desde un punto de vista esencial, es indeferente que se comprenda el
humanismo de manera teológico-cristiana o de manera política, se está
oponiendo a la postura defendida hace poco por el camarada Dr. Brachmann
en los cuadernos mensuales nacionalsocialistas, en los que subrayaba con
especial intensidad que ya no existe, un humanismo contemporáneo en
Alemania y ofrecía frente al humanismo contemporáneo un humanismo
político. Nosotros defendemos decididamente esa postura. La tendencia de
Heidegger a apoyar los esfuerzos de Grassi y la reanimación de un
humanismo contemporáneo —también en el mundo intelectual alemán—, no
podrán dejar de crear confusión en la actual situación del debate. Opinamos
que mediante la mera supresión de la frase que Vd. ha extraído, esta tendencia
de Heidegger no puede ser eliminada del ensayo. Precisamente debido al
respeto de que gozan los trabajos de Heidegger desde el punto de vista de su
importancia específica, no podemos decidimos a dar nuestro consentimiento
para que este artículo se publique en el anuario de Grassi[203].
Así pues, lo que más molestaba era el concepto relativizador de humanismo sostenido por Heidegger, que era irreconciliable con el «humanismo político» impulsado por la Oficina Rosenberg. Esta determinante comparación entre Brachmann y Heidegger muestra de manera más clara que ninguna otra cosa la irreconciliabilidad de la ideología nazi primitiva con el pensamiento de Heidegger. Queda abierta la cuestión de si Heidegger escribió su artículo a sabiendas de las normativas de Brachmann o si Grassi le había informado alguna vez de cómo era el trasfondo de la formación de opinión nacionalsocialista. Porque, en todo caso, la Oficina Rosenberg no consiguió que se aprobaran sus medidas revisionistas. El propio Duce en persona intervino a través de su embajador en Berlín, Alfieri, y consiguió que Goebbels ordenara «publicar la versión no censurada del anuario», como consigna enojado Erxleben el 3 de julio de 1942: «Con el ensayo de Heidegger». Después de todo, empujado por la postura del grupo Rosenberg y queriendo establecer una especie de compromiso, el ministerio de Goebbels «promulgó una normativa lingüística para la prensa según la cual debe evitarse toda referencia al artículo de Heidegger en todas las reseñas»: este era el decreto aludido por Heidegger, que se debe entender dentro de este contexto mucho más amplio. Por cierto que Erxleben también consignó que Lutz, del ministerio de Goebbels, le había informado de un plan para «editar las obras completas de Heidegger en italiano. Los dos ministerios quieren trabajar juntos en este asunto».
En comparación con esta controversia sobre la filosofía de Heidegger, por así decir, al más alto nivel del partido, el partido local de Friburgo elaboró unas medidas contra el filósofo más bien modestas y hasta provincianas, por mucho que éste hablara de ellas en 1945 como de una señal y testimonio especialmente grave de la hostilidad reinante contra él, lo que nos obligó a verificarlas. Todo gira en tomo a un suceso que ya hemos tenido ocasión de mencionar a propósito del caso
Staudinger[204]. Se trataba de la conferencia de Heidegger, pronunciada el 9 de junio de 1938 en Friburgo, titulada «El fundamento de la moderna imagen del mundo de la metafísica», inscrita dentro de una serie de conferencias que tenía por tema «El fundamento de la imagen del mundo de la Edad Moderna», organizada por una sociedad cultural de Friburgo (la Kunstwissenschaftliche, Naturforschende und Medizinische Gesellschaft). Los organizadores querían «aportar una valiosa contribución» a las grandes tareas de nuestra época, que el Reichsleiter Alfred Rosenberg había definido como «superación de la Edad Media», tal como fue consignado por escrito. Efectivamente, estaban convencidos de «haber prestado en Friburgo un servicio particularmente importante al nacionalsocialismo». Y no era de extrañar, puesto que el autor de El mito del siglo XX, el Reichsleiter e ideólogo jefe, Alfred Rosenberg, había organizado el otoño anterior, en octubre de 1937, una enorme manifestación en la plaza de la catedral de Friburgo cuya principal pretensión era inspirarle temor al Friburgo «negro». Esta manifestación se había desarrollado delante del palacio arzobispal, el lugar de residencia del arzobispo Gröber, compatriota y antiguo protector de Heidegger y persona non grata para el régimen. Los informes de prensa desbordaron de entusiasmo, como correspondía a la situación, sobre todo el diario nazi Der Alemanne, y la dirección regional de Friburgo del NSDAP pudo gozar todavía —en el inicio del año 1938— de su hora de triunfo y
saborearla con delectación[205]. Este era el auténtico trasfondo del ciclo de conferencias del semestre de verano de 1938. La conferencia de Heidegger constituía la cima y al mismo tiempo la conclusión de la serie. Sus declaraciones fueron descritas por los organizadores como «un acontecimiento intelectual de extraordinario alcance».
Por eso, se recibió con mayor enojo todavía la dudosa reseña del Alentarme sobre la conferencia, un esbozo de malísima calidad y nivel ínfimo o, peor aún, un golpe increíblemente primario y bajo contra la filosofía de Heidegger y la filosofía en general, redactado por un vulgar chupatintas desbordado que sacaba sus frases del arroyo y que, evidentemente, estaba respaldado por el redactor jefe del Alentarme, un tal Dr. Goebel, que ya había utilizado su diario en otra ocasión para atacar a
Heidegger[206]. Las frases iniciales del artículo servirán para dar una impresión del conjunto:
En Alemania nadie se examina de filosofía a no ser que quiera darse el
particular gustazo de doctorarse en filosofía. Cada cual es libre de hacerlo, ya
sea privadamente en su casa, recurriendo a los libros, ya sea en una
universidad con alguno de los treinta y seis profesores titulares que todavía
están en ejercicio. Esto es muy importante y hay que tenerlo en cuenta, porque
en este terreno las cosas han cambiado mucho con respecto al pasado. La
verdadera filosofía ha caído en la sombra y ahora ya nadie se rompe la cabeza
inútilmente con metafísicas y construcción de sistemas ni se mezcla en las
luchas más o menos estériles en torno a palabras hermosamente elaboradas.
No nos interesan lo más mínimo las luchas y controversias de los filósofos
entre sí y desde luego, nadie va a pensar mal porque un filósofo escriba sobre
otro: «Es por mero ornato y embellecimiento por lo que una de las
antropologías de más éxito, Ser y Tiempo de Heidegger, se autodenomina
ontología fundamental y concibe al hombre más en su papel pasivo que en su
papel activo. La aparente originalidad de los análisis existenciales de
Heidegger se desmorona fácilmente con ayuda de una frase ya clásica de
Kant: “Anunciar nuevas palabras, donde a la lengua no le faltan expresiones
para los conceptos dados, es un empeño infantil, es como querer destacar en
medio de la multitud, si no por medio de pensamientos nuevos y verdaderos,
al menos gracias a un siete en el vestido”. Muy pocos podrán juzgar si esto es
verdad, porque las obras de Heidegger no están escritas para ser accesibles a
todos y eso es lo que ha acrecentado considerablemente su fama».
El autor de este informe, el camarada Graf, originario de Wurtemberg, seguía burlándose de la conferencia en este tono, aunque no le quedaba más remedio que admitir que había habido un público más numeroso de lo habitual: «El interés general por los problemas filosóficos sigue siendo aún muy fuerte en Friburgo y, en cierto sentido, no se ha pasado de moda». Para remate del chiste introducía los comentarios suscitados por la conferencia entre los oyentes más jóvenes: «No se puede dejar de mencionar lo que aportó la conferencia a los oyentes. Fue muy emocionante y lleno de interés: algunas personas se quedaron hablando de la actividad de la ciencia y de la necesidad de apoyar el plan cuatrienal, en el que cada uno deberá emplear toda su fuerza para la comunidad de la nación y no quedará ni el menor tiempo libre para dedicarse a construir vocablos o hacer consideraciones a corto plazo. Pero a pesar del bochorno de tormenta que reinaba aquel día, el jueves constituyó para todos un agradable momento de relax». Y el diario se había compuesto de tal manera que se añadía el anuncio de una conferencia de Hermann Staudinger sobre el «Plan cuatrienal y la Química», justo después de este artículo sobre la conferencia. Ya hemos hablado de esto. ¡Qué diferente era la actual coyuntura! Pero, naturalmente, sólo Heidegger podía comprender el significado de este curioso contraste gráficamente expresado en la maqueta del diario.
Seguramente, Heidegger se sintió particularmente enojado viendo cómo triunfaba el mero utilitarismo y cómo volvía a emerger el titular de química orgánica, Hermann Staudinger —que él había denunciado durante su rectorado debido a las pocas garantías que presentaba en el terreno político— en la fase del rearme y de movilización de todos los recursos económicos. Pero ¡qué contraste frente a las elevadas aspiraciones con las que el rector Heidegger, en tanto que filósofo, había bajado a la arena científico-política en su tiempo!
En sus diferentes declaraciones y también en Hechos y reflexiones, Heidegger acusa a la universidad y sobre todo a la dirección de la universidad de haberle dejado prácticamente solo y no haberse solidarizado con él. Pero no es cierto. Naturalmente, los primeros responsables de todo el asunto eran los miembros de la asociación de profesores nacionalsocialistas, de la que Heidegger era miembro desde su fundación. El departamento de prensa de la universidad (idéntico al de la asociación de profesores nacionalsocialistas de Friburgo), unido a la dirección de la citada asociación de Friburgo, puso en marcha una «protesta oficial» rigurosa contra el tono del famoso informe y amenazó con notificárselo a la dirección de profesores del Reich, ante lo cual se llegó al acuerdo de que «los ataques de este tipo contra profesores de la universidad o miembros de la asociación de profesores estarán prohibidos a partir de ahora y, a partir de ahora, la redacción del diario Alemanne deberá ponerse en contacto con el departamento de prensa de la asociación de profesores cada vez que quiera publicar alguna opinión personal sobre la docencia de un profesor universitario». Después de esto, ya no se notificó el hecho a la dirección de profesores del Reich y lo único que se hizo fue «subrayar una vez más lo inaudito de semejante ataque». Y en la carta de la sociedad científica organizadora de la serie de conferencias, se decía lo siguiente: «No necesitamos decirles quién es el que más se debe haber alegrado en Friburgo de que un camarada del partido y un pionero del nacionalsocialismo de nuestra universidad haya sido atacado públicamente en el
órgano principal del partido»[207]. Estas líneas no dejan lugar a dudas: se consideraba a Heidegger camarada de partido e incluso «pionero del nacionalsocialismo en nuestra universidad», un camarada ahora humillado, ridiculizado y de cuya filosofía se hacía burla en la plaza pública, para la satisfacción de esas personas no nombradas, pero designadas con el adjetivo «negro»: por ejempo, el arzobispo Gröber y los suyos.
Así pues, Heidegger era considerado nacionalsocialista, al menos de cara afuera, sea lo que sea lo que deba entenderse por esto. Y ciertamente, él también permaneció fiel a este partido, ostentando públicamente su símbolo, como pudo constatar su discípulo Karl Löwith en Roma, sintiéndose profundamente herido. No hubo ningún gesto de protesta por su parte, ni siquiera después de la triste «Noche de los cristales rotos del Reich» del año 1938. Sin embargo, según cuenta en Hechos y reflexiones, había empezado a cambiar interiormente después de la acción contra Rohm, acusando incluso de complicidad a los que «después de esta época aceptaron algún cargo directivo en la universidad», porque éstos «sabían perfectamente con quién estaban colaborando». Pero ¿es que llevar el emblema del partido no era expresión de su identificación con el régimen totalitario, cuyo auténtico rostro se iba viendo cada vez más claro? ¿No era un signo de total aceptación de la concepción del mundo del Führer? ¿Hacía falta para eso ejercer una función universitaria? Sobre todo que, en su caso, su afiliación al partido había sido totalmente teatral.
El historiador de Friburgo Gerhard Ritter, futuro miembro del comité de depuración, detenido el 20 de julio de 1944 debido a sus relaciones con Carl Goerdeler y otros círculos de la resistencia, subrayaba con mucho énfasis en 1946 en una carta a Jaspers que sabía con toda precisión y exactitud que Heidegger había sido «desde el 30 de junio de 1934, en secreto, un acérrimo enemigo del nacionalsocialismo» y que además había perdido por completó «la fe en Hitler, que le
había conducido a su grave error de 1933»[208]. El propio Heidegger siempre intenta destacar determinados hechos en las nuevas versiones y constantes reelaboraciones de sus declaraciones: asegura, por ejemplo, que desde que dimitió del rectorado utilizó su cátedra como foro para llevar a cabo un debate intelectual e incluso una crítica «contra los principios antiintelectuales de la “concepción del mundo nacionalsocialista”». Miles de oyentes de sus lecciones —así dice Heidegger en su esbozo, ya mencionado varias veces, de Carta del lector escrita para el diario Süddeutsche Zeitung en julio de 1950—, habían sido educados de esta manera en la responsabilidad occidental y se habían abierto a una actitud de resistencia. Para Heidegger, esta oposición había sido percibida de inmediato por el partido, que había respondido a ella con todo tipo de malas pasadas.
Creo que aún no ha llegado el momento de emitir un juicio determinante sobre esta cuestión. Sólo se podrá extraer un balance definitivo cuando se publique todo lo escrito por Heidegger en aquellos años. De momento, tenemos que conformarnos con lo que ha sido publicado ya, por mucho que a aquellos que quieren ser escrupulosamente científicos el asunto editorial no deje de reservarles curiosas sorpresas. Y en este contexto no es posible dejar de mencionar la lección del semestre de verano de 1935, «Introducción a la metafísica», de la que ya nos hemos ocupado a fondo. Un pasaje de este texto, publicado por vez primera en 1953, provocó gran conmoción: concretamente la frase que habla de la «interna verdad y grandeza del movimiento». Inmediatamente después de la publicación en 1953, el entonces estudiante Jürgen Habermas encendió la controversia con una larga y minuciosa
recensión del texto[209]. Entretanto, la lección ha sido reeditada en la edición de las obras completas, acompañada de un epílogo de la editora que confunde más que aclara el debate en torno al pasaje incriminado. Es Otto Pöggeler, el escrupuloso investigador del «camino del pensar» de Heidegger, quien ha aportado las precisiones
definitivas en torno a ese problema[210]. Ahora está bien claro que en el semestre de verano de 1935 (hacia el final del curso), cuando estaba tratando el breve capítulo sobre «Ser y Deber», es decir, aproximadamente el problema de una ética filosófica, Heidegger pronunció las siguientes frases:
Con el ser de los valores se alcanza el punto máximo de confusión y falta de
fundamento. Sin embargo, como la noción de «valor» va perdiendo
progresivamente toda nitidez, a pesar de que sigue teniendo un papel en la
teoría económica, los valores reciben el nombre de «totalidades», pero con
este título lo único que se ha hecho es cambiar de palabra. Es cierto que en
estas totalidades se ve más claro lo que son en el fondo, esto es, mitades. Pero
las mitades son más peligrosas en el ámbito de lo esencial que esa nada tan
temida. En el año 1928 se publicó una bibliografía completa del concepto de
valor, parte primera. En este texto se relacionan 661 escritos sobre el concepto
de valor. Probablemente, entretanto ya se habrá alcanzado el millar[211]. Y si
encima se aplica a la teoría del valor esa ciencia de la aporética todo resulta
aún más cómico, hasta rozar el absurdo. Todo esto recibe el nombre de
filosofía. Y particularmente lo que se ofrece hoy como filosofía del
nacionalsocialismo, pero que no tiene nada que ver con la interna verdad y
grandeza del nacionalsocialismo, pesca en el río revuelto de los «valores» y
las «totalidades».
Esto demuestra que Heidegger no dijo en aquella ocasión lo que él mismo publicó más tarde intentando reparar el error: «Pero no tiene nada que ver con la interna verdad y grandeza del movimiento (es decir, con el encuentro entre la técnica determinada planetariamente y el hombre moderno)». Tal vez esto parezca irrelevante, pero para el historiador las versiones originarias son determinantes. A la vista de estos testimonios, uno se pregunta dónde se produjo el famoso giro interno en las convicciones de Heidegger. En este fragmento, «Ser y Deber», que analiza la filosofía de los valores, Heidegger ajusta cuentas con sus colegas filósofos que reclaman y ofrecen una filosofía del nacionalsocialismo pero en realidad son unos ignorantes que no tienen más remedio que pescar en las aguas turbias de una filosofía de valores que no tiene nada que ver con «la interna verdad y grandeza del nacionalsocialismo», verdad interna y grandeza que sólo se manifiestan al pensador del ser, al que sabe, que ha descubierto y sigue descubriendo siempre la interna verdad aunque, ciertamente, en un pueblo que cada vez se siente más confundido, en medio de hombres «que no saben en su mayoría sobre qué y entre qué cosas hay que tomar las decisiones». Esto no es culpa del pensador del ser: «La interna verdad y grandeza del nacionalsocialismo» era algo dado sin más, un fanum intocable, incuestionable y que, por lo tanto, podía prescindir de interpretación —en 1935—, porque los oyentes podían y tenían que vincular estas palabras del filósofo con aquellos lemas con los que no cesaban de bombardearles y que estaban presentes en las canciones e himnos, las fiestas del solsticio y otros muchos sitios. No fue en 1935, sino en 1953 cuando la frase fue modificada: en lugar de nacionalsocialismo se puso la palabra «movimiento», mucho menos comprometida, y se añadió una interpretación: «es decir, con el encuentro entre la técnica determinada planetariamente y el hombre moderno». Pero esta hermenéutica ya no tiene por qué interesar al historiador, puesto que ha sido hecha con posterioridad. El historiador tendrá que limitarse a registrar que el estereotipo ha pemanecido: en la lección «Ister», del semestre de verano de 1942, se polemiza una vez más contra los científicos (de nuevo, tratados anónimamente y en conjunto), que sólo ven el helenismo políticamente y quieren hacer aparecer a los griegos como «los puros nacionalsocialistas». Pero con esto «le hacen un flaco favor al nacionalsocialismo y a su singularidad histórica, un favor que no necesita para nada». ¿Existe ya alguna investigación sobre los estereotipos en Martin Heidegger? En 1942 también sigue intacto el bloque errático «nacionalsocialismo», interpretado en su «singularidad histórica». Entre 1935 y 1942 no se percibe ni asomo de cambio, o al menos eso es lo que parece. Y sin embargo, el nacionalsocialismo había traído al mundo guerra y miseria y se habían perpetrado millones de crímenes de esa humanidad en su nombre. Mientras tanto, Theodor Haecker escribía febrilmente sus diarios de día y de noche, desesperadamente puro, sufriendo profundamente por ese don de videncia que le había golpeado como a Casandra.