Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 22 de 29

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Martin Heidegger

Heidegger confrontado al examen de una nueva época

HEIDEGGER CONFRONTADO AL EXAMEN DE

UNA NUEVA ÉPOCA

LA CONTROVERSIA CON EL PASADO POLÍTICO

 

Tan sólo tres días después de la entrada de las tropas francesas en Friburgo, el 25 de abril de 1945, los profesores que habían permanecido en la ciudad —sólo los titulares—, se reunieron en asamblea constituyente para elegir rector y vicerrector, después de doce años de intermedio, para escoger también a los decanos y miembros del consejo, exceptuando a los de la Facultad de Filosofía, que no estaban presentes todavía. Con ello se quería demostrar que la universidad, como corporación independiente de propio derecho, también podía y debía actuar bajo las condiciones de la ocupación militar por fuerzas enemigas. Pero, sobre todo, los profesores querían anunciar su propósito de reanudar la tradición de la Universidad de Friburgo anterior al semestre de verano de 1933, rechazando los cambios constitucionales experimentados entretanto. La Universidad de Friburgo había visto llegar su final el 22 de abril de 1945. Nuevo comienzo y al mismo tiempo reconstrucción jurídica interna: éstos eran los lemas del 25 de abril de 1945. Y, en consecuencia, las actas de esta sesión plenaria dicen así: «La asamblea plenaria también opina que el rector y el vicerrector deben buscar contactos con el nuevo alcalde de la ciudad de Friburgo de Brisgovia, con el jefe de la policía, el arzobispo y sobre todo con el comandante de la ciudad. La Universidad de Friburgo de Brisgovia mostrará de esta manera su calidad de corporación independiente».

Pero pronto se tuvo que admitir que las aspiraciones de la universidad y la respuesta obtenida no eran del mismo tenor: naturalmente, los franceses no aceptaron semejante concepto de libertad y le impusieron a la «corporación independiente» el derecho de ocupación con el trasfondo del sistema universitario francés del momento. Pero, con todo, la Universidad de Friburgo intentó en la medida de lo posible aprovechar los márgenes de decisión que le quedaban, como también fue el caso de la otra universidad sita en territorio ocupado por los franceses: Tubinga. Y, como siempre, era importante la constelación humana: las personas que representaban a la universidad y las personas que tomaban las decisiones en la parte francesa, tanto en Friburgo como en el gobierno militar de Baden-Baden. Pronto se sumó un tercer componente: la administración de Baden de cultura, que se fue desarrollando de manera muy lenta y difusa bajo la vigilancia jurídica y profesional de las autoridades de ocupación, y que en un primer lugar tuvo su sede en Karlsruhe para ambas fuerzas de ocupación, la americana y la francesa, y después en el propio Friburgo desde el verano de 1945 cuando se fue perfilando poco a poco que la parte sur del Estado de Baden, dentro de la zona francesa de ocupación, debía constituir una organización territorial propia con Friburgo como sede del gobierno y más tarde también del Landtag. La personalidad del señor Dr. Leo Wohleb, hasta ese momento director de estudios de Baden-Baden, pasó a la escena política en el otoño de 1945 y tuvo un papel decisivo en la historia de la Universidad de Friburgo en aquellos difíciles años de posguerra en los que también se decidió el destino de Heidegger. Finalmente, para comprender lo que sigue, hay que saber que tras la caída de la Alemania de Hitler y en el proceso de desarrollo de la vida democrática, también se hicieron sentir algunas fuerzas que no sólo se alimentaban de motivaciones puras y que actuaban en las zonas de sombra. Vamos a intentar reconstruir los acontecimientos de tal manera que las fases más importantes, los puntos más decisivos y las decisiones tomadas aparezcan con toda precisión.

En un primer momento, los aliados decretaron el cese de la docencia en la universidad. Por eso, tras la constitución de las instancias académicas, los profesores se consagraron con tanta más intensidad al asunto de la reconstrucción interna y externa. Muy pronto, tanto las sesiones plenarias como las del consejo estuvieron dominadas por el problema de la depuración política, l’épuration, término acuñado por las fuerzas de ocupación francesas. El 5 de mayo de 1945 ya se discutió en el consejo, a petición del economista Walter Eucken, el problema de la «gente del partido». La atmósfera era muy tensa, porque el nuevo rector explicó que el comandante francés de la ciudad le había hecho duros reproches por la actitud de las universidades durante el Tercer Reich. El había replicado que Friburgo había sido una de las universidades menos impregnadas de espíritu nazi y que, por el contrario, era casi el bastión del clericalismo. Walter Eucken, cuya estrella científica estaba subiendo en aquel momento debido a su obra principal, Las bases de la economía nacional, se opuso decididamente a esa postura diciendo que las universidades alemanas habían tenido en conjunto una gran parte de culpabilidad en lo sucedido durante aquellos desgraciados doce años por no haber resistido enérgicamente desde el principio.

Los frentes empezaban a delimitarse. Y el 8 de mayo, cuando Alemania capituló sin condiciones, el consejo se encontraba inmerso en un profundo debate sobre el asunto aludido, a raíz del cual decidió emprender una operación interna que consistía en un cuestionario y un catálogo de criterios para juzgar el pasado político de los miembros de la universidad. La línea estaba clara. La universidad se esforzaba en dirigir el proceso en la medida de lo posible esquivando los factores exógenos. Se establecieron tres grupos a los que había que juzgar: denunciantes (sobre todo personas de confianza del Servicio de Seguridad), funcionarios (el jefe de la asociación de profesores y similares), rectores y decanos. Se comenzó por investigar la gestión de los rectores. El más destacado de todos los afectados era Heidegger, que aún no se encontraba en Friburgo; en general, la ausencia de la Facultad de Filosofía durante las primeras semanas de reconstrucción interna de la universidad debió influir muy negativamente. Robert Heiß, el psicólogo, y Hugo Friedrich, el romanista, fueron detenidos por pertenencia a una unidad de información de la aviación; el historiador Gerhard Ritter aún no había regresado de su prisión de Berlín, pero era ahora la gran figura de la resistencia relacionada con los hechos del 20 de julio de 1944. ¡Y mientras tanto, la mayor parte de la facultad seguía firmemente amarrada al peñasco de Wildenstein! El propio Heidegger se encontraba en pleno diálogo con Friedrich Hölderlin.

Hay que subrayar, nuevamente, que la universidad se esforzó desde el principio en controlar por medio de procedimientos internos los ceses y las sanciones impuestas por el gobierno militar, normalmente basándose en denuncias recibidas. Porque en las primeras semanas que sucedieron al desastre, las arbitrariedades eran moneda corriente en todas partes y por lo tanto también en Friburgo, debido a las zonas de sombra del nuevo inicio democrático y a una atmósfera turbia en la que florecían las conspiraciones, por ejemplo, las «listas negras» para el reclutamiento de trabajadores o la confiscación de viviendas, cuando se declaraba que habían sido «casas del partido». El rector y el consejo hicieron todo lo posible para aclarar semejantes acciones, sobre todo cuando empezó a crecer el número de afectados por esas medidas. Esto significaba que la universidad estaba representada en las comisiones formadas por la administración municipal en funciones por orden del gobierno militar.

También Heidegger, y precisamente él, cayó pronto junto con su familia dentro de la zona oscura, incluso cuando él se encontraba todavía en el valle superior del Danubio, ignorante de todo. Cuando a partir de ahora toquemos el asunto de la confiscación de la casa de Heidegger en el número 47 de la calle am Rötebuck —una casa humilde construida cuando el filósofo aceptó el nombramiento en Friburgo en 1928— no será por deseo de penetrar en un ámbito íntimo, sino porque es un asunto

ya tratado en otros lugares[218] aunque basándose en fuentes insuficientes y adquiridas por extraños canales. También nos ocuparemos de este asunto, porque el destino de la biblioteca privada del filósofo o, lo que es lo mismo, de su instrumento de trabajo fundamental, pemaneció en suspenso durante algunos años. Se pueden

reconstruir fácilmente los penosos procedimientos[219] utilizados en este caso y también se puede ver la vehemencia con que la universidad intervino en favor de todos sus miembros, empezando por Heidegger, para tratar de hacer valer procedimientos legales. Pero la universidad no fue la única que intervino en favor de Heidegger, sino también su compatriota, el arzobispo de Friburgo Dr. Gröber, con el que volvemos a encontrarnos siempre.

La casa de Heidegger ya fue incluida en una lista negra a mediados de mayo de 1945 por orden de una administración municipal en funciones que ejercía en nombre del gobierno militar francés; también se incluyó en la lista a otras muchas casas de profesores y de gente humilde, cuyos dueños tenían en común su fama de nazis. Se iniciaron de inmediato las pesquisas sobre el tamaño de las casas, el estado de la construcción, su equipamiento, el número de personas que las habitaban, etc., y se ordenó un confiscamiento provisional, medida contra la que la señora Elfride Heidegger protestó el 10 de junio rogando que se esperara a que Heidegger regresara a Friburgo de su «puesto de trabajo desplazado a Wildenstein del Danubio». Como el encargado del servicio de la vivienda también insinuó que podía tratarse de una medida política, la señora Heidegger añadió precavidamente:

Mi marido se afilió al partido después de 1933, pero nunca tuvo ninguna

actividad ni en el partido ni en ninguna de sus organizaciones. En 1933 se

hizo cargo de la función pública de rector de la Universidad de Friburgo (por

elección del pleno), función de la que dimitió en 1934 en protesta contra el

gobierno. Desde entonces se ha dedicado de nuevo exclusivamente a sus

trabajos filosóficos. La recensiones de sus obras fueron prohibidas hace años

por las instancias correspondientes del partido y además, desde hace tres años,

también se le prohibió publicar nuevos textos. Naturalmente, sólo mi marido

puede proporcionarles más detalles sobre su posición política.

 

Por primera vez aparecen los elementos básicos de la posterior línea de defensa seguida por Heidegger, y ya apunta el estilo de lenguaje cifrado que utilizará después. El alcalde comisario rechazó la protesta basándose en una nota que decía así: «Heidegger pasa en la ciudad por nazi (su rectorado); su nombre es mundialmente famoso (?), debería poder seguir trabajando. Podrá alojarse en casa de algún colega; rechazar». Además de la atmósfera que se trasluce en estas frases, resulta muy significativa la formulación que designa a Heidegger como «nazi», pues así fue como los franceses lo catalogaron: «nazi-typique». A partir de este momento la casa de Heidegger fue considerada como una denominada «casa del partido» que quedaba a disposición de las fuerzas francesas de ocupación: se trataba de una importante decisión y condena previas, antes de que se hubieran emprendido los procedimientos oficiales. La administración municipal de Friburgo se encontraba, mientras tanto, en un verdadero dilema, porque debido a la destrucción reinante en la ciudad, prácticamente no podía satisfacer las excesivas demandas de vivienda de los franceses. Esto es lo que refleja la respuesta del 9 de julio del alcalde comisario a la señora Heidegger:

 

El gobierno militar exige que la ciudad disponga un gran número de viviendas

para cubrir las necesidades del gobierno y alojar a los correspondientes grupos

privilegiados. Según las ordenanzas del gobierno militar, habrá que confiscar

en primer lugar las viviendas de los miembros del partido. Como el profesor

Dr. Heidegger era miembro del partido, se cumplen los presupuestos para la

confiscación.

 

Los argumentos aducidos no podían evitar la confiscación, continuaba el alcalde. No veía ninguna posibilidad de retirar la casa de Heidegger de la lista. A continuación, indicaba que el alcance de la confiscación dependía de las necesidades del momento y podía llegar a cubrir toda la casa. En ese caso, el servicio de la vivienda buscaría otro alojamiento provisional. También tenían que contar con que debían dejar en la casa el equipamiento más imprescindible, pero que, naturalmente, eso no implicaba la pérdida del mismo. Después, el alcalde comunicó al servicio de la vivienda que «la demanda de Heidegger debe considerarse definitivamente rechazada».

El filósofo, recién retornado a casa después del idilio en el valle superior del Danubio, se veía expuesto a graves dificultades materiales, teniendo que soportar el mal comportamiento de los funcionarios subalternos que le daban a entender, entre otras cosas, que debería abandonar su biblioteca puesto que, de todas maneras, en los próximos tiempos no iba a poder ejercer su oficio. Ante la posibilidad de ese peligro,

el propio Heidegger escribió al alcalde, el 16 de julio[220], una carta donde trazaba por primera vez las líneas básicas de defensa que nunca iba a abandonar a lo largo de las sucesivas reelaboraciones y versiones que fue redactando culminando con su informe justificativo de 1983. Destacando el lado mezquino de una confiscación que incluyera la biblioteca, Heidegger decía así:

 

No puedo entender con qué derecho se me castiga con semejantes

procedimientos, verdaderamente inauditos. Elevo la protesta más indignada

contra esta discriminación de mi persona y mi trabajo. ¿Por qué se me castiga

precisamente a mí con una medida de confiscación que no sólo engloba la

casa, sino que me priva de mi lugar de trabajo, además de difamarme ante

toda la ciudad, por no decir ante la opinión pública mundial? Nunca tuve

ningún cargo dentro del partido ni tampoco ejercí ninguna actividad en él ni

en ninguna de sus organizaciones. Pero si se quiere ver en mi rectorado algún

cargo político tendré que exigir que se me dé la posibilidad de justificarme

contra no se qué acusaciones y reproches dirigidos contra mí por no sé quién,

y para ello habré de ser informado de los cargos que se me imputan a mí y a

mis funciones públicas.

 

Heidegger continuaba su carta explicando que en la primavera de 1934 había sido el único de todos los rectores que tenía entonces la universidad que había dimitido de su cargo, lo que demostraba claramente su posición frente al partido. Por su parte, el partido también tuvo que tener motivos para importunarlo cada vez en mayor medida y hasta calumniarlo en sus revistas, incluso durante su época de rectorado y muy particularmente después de dimitir de su cargo: Heidegger remitía a los números de aquellos años de las revistas Volk im Werden y Der Alemanne. El partido tuvo seguramente sus motivos para causarle graves perjuicios económicos prohibiendo la publicación de sus obras o incluso la simple mención de su nombre. Un poco más adelante, dentro de la misma carta, Heidegger se quejaba indignado del trato que le dispensaba la ciudad de Friburgo, en la que sin embargo residía desde 1906, en cuyo instituto había realizado su bachillerato, en donde había hecho toda su carrera universitaria trabajando después, casi sin interrupción, para su universidad «si se exceptúa un breve período en la Universidad de Marburgo».

En 1930 rechacé un nombramiento de la Universidad de Berlín para poder

seguir dirigiendo en la universidad de mi región una de las cátedras de

filosofía más famosas en el ámbito internacional y colaborar en general a la

reputación de toda la universidad. Por el mismo motivo, volví a rechazar un

segundo nombramiento en Berlín en 1932 y otro nombramiento en Múnich.

 

Sus obras publicadas desde el año 1927 habían sido reeditadas numerosas veces en todas las lenguas del mundo, incluido el rumano, el turco y el japonés.

 

Y ahora, basándose en ciertas acusaciones cuyo contenido y procedencia

desconozco, la ciudad de Friburgo me trata como hasta ahora sólo ha tratado a

los altos funcionarios del partido. Tengo que rechazar enérgicamente que se

me equipare de algún modo con esas gentes, con las que no he tenido la

menor relación ni durante mi rectorado ni, mucho menos, después de dimitir

de mis funciones.

 

Su protesta, continuaba Heidegger, se dirigía contra la difamación de su persona y su trabajo. Ni que decir tenía que estaba dispuesto a compartir la carencia general y limitarse a lo mínimo imprescindible y también comprendía perfectamente que se le diera un trato más favorable a las personas liberadas de los campos de concentración. Semejante limitación no le resultaba nada difícil de soportar porque procedía de «una familia pobre y humilde» y había tenido que sacrificarse mucho durante su etapa de estudiante y sus años de Privatdozent, y su propia casa había conservado «un estilo de vida sencillo». «Por eso no preciso ninguna lección sobre lo que significa pensar y actuar socialmente».

El riesgo de la confiscación de la biblioteca pudo evitarse en un principio y se permitió que la familia siguiera habitando la casa, aunque dentro de un espacio sumamente reducido, sobre todo cuando se instaló temporalmente en esa casa, que de por sí era pequeña, a una segunda familia. La Universidad de Friburgo elevó una enérgica protesta contra semejantes procedimientos —en gran parte pensando en lo que le había sucedido a Heidegger—, alegando que carecían de toda base legal y que si se dejaban guiar por el odio, las ansias de persecución y la arbitrariedad caerían en la elaboración de verdaderas listas de proscritos. El rector de Friburgo, Janssen, expuso en una carta al alcalde —el 13 de agosto—, cuáles eran sus reservas de principio y a partir de ese momento se sucedió un masivo intercambio de certificados y otro tipo de informes entre la universidad y el municipio. El tono general de todos estos escritos era que la mezcla entre la política de viviendas y las sanciones políticas estaba envenenando la vida pública e impedía la reconstrucción del derecho democrático. El ajuste de cuentas político, que sin duda era una tarea necesaria, se pervertiría si quedaba abandonado al capricho de una autoridad cualquiera o de sus consejeros políticos. La cuestión de saber qué miembros de la Universidad de Friburgo tenían un pasado político reprobable no debía quedar en manos de la justicia de la ciudad de Friburgo o uno de sus servicios administrativos. «Si se quiere actuar en justicia, para determinar la culpabilidad política sólo se puede acudir a una instancia jurídica —según la opinión de la Universidad de Friburgo—, y ello incluso si las consecuencias jurídicas ligadas a la determinación de la culpabilidad son de naturaleza administrativa». Esta significativa declaración de principios de la universidad, que se basaba en un detallado informe de Franz Böhm —una persona de reputación intachable y con un pasado político limpio, cuya participación en la reconstrucción de Alemania fue decisiva en los años siguientes—, se encuentra en relación con una búsqueda intensa de la auténtica justicia y el derecho. En efecto, los datos consignados en las actas de este verano y principios del otoño de 1945, merecerían una investigación en toda regla sobre filosofía del derecho.

Así pues, la exigencia de la universidad, en agosto de 1945, era que sólo una instancia jurídica fuera competente para la determinación de la culpabilidad política. Pero el responsable de esta tarea era el gobierno militar francés y él era el que determinaba la culpabilidad política y marcaba la sanción. La depuración política, l’épuration, estaba a la orden del día. Naturalmente, la Universidad de Friburgo que, como ya hemos visto pocos días después de la ocupación de la ciudad por las tropas francesas había nombrado una constitución de propio derecho y había elegido sus órganos de autoadministración, se sostenía sobre una base constitucional muy tambaleante. Era el gobierno militar quien tenía que decidir si quería aprobar dicha constitución de la universidad o no. No mostró precisamente deseos de hacerlo.

El oficial nombrado por el gobierno militar como enlace con la universidad, le curateur, pidió a finales de julio de 1945 a los profesores liberados de su prisión berlinesa, Constantin von Dietze, Gerhard Ritter y Adolf Lampe, que representaran en el futuro a la universidad ante el gobierno militar, propuesta que también fue aceptada por el consejo, que dio un voto de confianza a sus colegas. La verdadera tarea de este «comité» era representar a la universidad frente al gobierno militar francés que le había otorgado su confianza. Pero esto estaba íntimamente ligado a la depuración política del cuerpo docente. Se amplió el número de miembros del comité: se le sumaron un profesor de la Facultad de Teología y el botánico Friedrich Oehlker. Desde hacía algunos años, Oehlker era amigo de Karl Jaspers; la relación entre ambos había surgido porque las dos esposas eran judías y durante el Tercer Reich habían vivido en perpetuo temor. Se decidió que la tarea principal de este comité, de difícil definición jurídica, era la elaboración de informes para la depuración política, un trabajo difícil y desagradable, ya que había un gran número de casos que tratar. De todos ellos, el más desatacado e importante era el de Martin Heidegger quien, todavía bajo la amenaza de tener que abandonar su casa, tuvo que responder ante el comité el 23 de julio. La mayoría de sus miembros, digámoslo en seguida, sentían más bien simpatía por el filósofo. Se procedió como si se tratara de un proceso judicial; ciertamente, no constaba ningún acta de acusación propiamente dicha, ya que los hechos se consideraban eo ipso, como ya dados. Se interrogó al acusado, se escuchó la deposición de los testigos y se sopesó el pro y el contra a partir de los recuerdos personales. No se obtuvo demasiada información a través de las actas rectorales. Pero, en todo caso, lo cierto es que Heidegger se vio al borde de la miseria material. Este dato llegó hasta Tubinga desde donde Rudolf Stadelmann escribió a Heidegger la carta salvadora en que ofrecía al filósofo la posibilidad de abandonar el frente de Friburgo, como ya hemos señalado en nuestro «primer hito».

Así pues, fue un 23 de julio de 1945 cuando se puso en marcha el procedimiento contra Heidegger, que en su transcurso pasó por todo tipo de incidentes. Pero si se sigue la exposición de los hechos de Heinrich Wiegand Petzet, que trata este episodio brevemente basándose en la descripción del propio Heidegger, las cosas parecen muy diferentes. Petzet empieza contando la versión ya mencionada del alistamiento de Heidegger en la milicia popular y de cómo Heidegger abandonó en bicicleta un Friburgo destruido por las bombas y amenazado por el avance de las tropas aliadas para ir a refugiarse a Meßkirch. Y a continuación dice que, sin embargo, lo peor esperaba a Heidegger a su vuelta:

 

Cuando en aquel momento, en diciembre de 1945, se me sometió sin

preparación alguna a un interrogatorio inquisitorial de veintitrés preguntas

ante la facultad y yo me vine abajo, el decano de la Facultad de Medicina,

Beringer (que se había dado cuenta de todo el engaño y de las verdaderas

intenciones de los acusadores), se acercó a mí y decidió alejarme

sencillamente de allí, llevándome a Badenweiler, a casa de Gebsattel. ¿Y qué

hizo éste? Se limitó a trepar conmigo por los nevados bosques invernales, sin

rumbo fijo. Nada más. Pero me ayudó humanamente. Y tres semanas más

tarde regresé con buena salud [221].

 

Por supuesto, esta narración es absolutamente falsa. En el momento en que Heidegger fue interrogado por el comité de depuración era pleno verano y hacía mucho calor; en cuanto al comité, no tenía nada que ver con la Facultad de Filosofía. El procedimiento, subrayémoslo de nuevo, duró muchos meses y no se puede reconstruir exactamente cada fase aislada. Heidegger no se sometió al tratamiento del barón Viktor von Gebsattel, que en aquel entonces era médico jefe de un sanatorio en Badenweiler, hasta la primavera de 1946.

No cabe duda de que necesitaba ayuda y de que buscaba este apoyo entre las personas con las que hacía mucho tiempo que no mantenía contacto. Por ejemplo, Romano Guardini, a quien Heidegger escribió el 6 de agosto de 1945, aunque la respuesta no llegó hasta el 14 de enero de 1946. En su carta, Heidegger animaba a Guardini a ocupar la cátedra de Filosofía II, la llamada «cátedra del Concordato» de la Facultad de Filosofía, es decir, esa misma cátedra cuya denominación se había esforzado en cambiar Heidegger tras la muerte de Honecker en 1941. Una de las primeras medidas de reparación tomadas tras el desastre, en el semestre de verano de 1945, fue la restitución de la cátedra del Concordato con su denominación y perfil originarios. Así de rápido había cambiado la coyuntura política y las condiciones y así de rápido se había adaptado Heidegger a la nueva situación, dándole la bienvenida a Guardini, uno de los favoritos de los círculos católicos de la universidad y el municipio de Friburgo. «Pensará Vd. que soy muy desagradecido por no haber contestado todavía a una carta en la que mostraba un interés tan amistoso por el asunto de mi nombramiento», escribía Guardini contando la historia del nombramiento en Tubinga, en donde comenzó a dar clases el semestre de invierno de 1945-1946 en condiciones particularmente buenas. Y Guardini añadía: «¡Cómo me gustaría charlar con Vd. sobre esto y aquello! ¡Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos! Todavía recuerdo con toda exactitud mi visita a Zähringen

y su precioso despacho»[222]. Pero aquella visita se remontaba al año 1930.

El comité, como ya lo hemos dicho, se mostraba bien dispuesto hacia Heidegger. Es verdad que Adolf Lampe, miembro de la comisión, era bastante crítico y tal vez hasta un «mortal enemigo» de Heidegger, y es bastante comprensible, puesto que el asunto Lampe de 1934 había sido una de las causas que motivaron el enfrentamiento entre Heidegger y el ministerio de Karlsruhe, como ya hemos indicado. Una persona muy ligada a Lampe era Walter Eucken, que en 1933 había sido uno de los adversarios más serios de Heidegger dentro de la universidad y que desde el principio había mostrado una clarísima oposición al nacionalsocialismo, había tenido estrechos contactos con Husserl, y ahora quería que Heidegger rindiera cuentas. Fue el equipo Lampe-Eucken el que, de hecho, prolongó considerablemente el «caso» y no cejó hasta solucionarlo en enero de 1946 (en la medida en que la universidad estaba concernida).

El propio Heidegger había podido darse cuenta en su primer interrogatorio ante el comité, el 23 de julio, que su línea de defensa debía orientarse particularmente hacia Lampe y por eso solicitó inmediatamente una entrevista personal con él, que tuvo lugar el 25 de julio de 1945. El propio Lampe confeccionó un documento muy extenso sobre esta entrevista de más de dos horas de duración, que entregó al comité

de depuración y al propio Heidegger[223]. Lampe dejó bien claro a su interlocutor que no estaba en absoluto influido por su experiencia personal de la primavera de 1934, sino que era el propio asunto, la gestión rectoral, lo que le había inclinado a tomar una determinación negativa para Heidegger y por eso deseaba volver a analizar esa determinación en un intercambio abierto de pensamientos. Lampe volvió a resumir los puntos de la acusación: Heidegger había dañado gravemente la buena imagen y la dignidad de la universidad, particularmente por medio de sus llamamientos a la corporación estudiantil de Friburgo y de sus circulares a los miembros del cuerpo docente, lo que había perjudicado a los «intereses más esenciales de la universidad». Era imposible hacer caso omiso de esos sucesos, pues sería una grave injusticia para con otras personas afectadas de la universidad. Lampe hizo mucho hincapié en que el rango internacional de Heidegger como intelectual no sólo no era un atenuante, sino por el contrario un agravante:

 

Para empezar, porque sus palabras han repercutido muy por encima de los

muros de esta universidad e incluso de las fronteras del Reich y de esta

manera se convirtieron en uno de los apoyos esenciales de las tendencias

extremadamente peligrosas que mostraba entonces el nacionalsocialismo; y

además, porque a un sabio de tamaña reputación habría que exigirle, como

algo natural, que tuviera una actitud extremadamente consciente y

responsable también en los asuntos de política universitaria.

 

En el transcurso del primer interrogatorio ya se le había preguntado a Heidegger si había leído Mein Kampf de Hitler, a lo que éste había respondido que sólo había podido leerlo parcialmente debido su «repugnancia» por su contenido. Lampe consideró que esta respuesta era un grave cargo contra Heidegger, porque en su llamamiento del 3 de noviembre de 1933 a los estudiantes de Friburgo, el filósofo había caído en una irreconciliable contradicción interna magnificando a Hitler. La respuesta apologética de Heidegger fue la siguiente:

 

— Había creído que apoyar al nacionalsocialismo era la única y suprema

posibilidad de evitar el avance del comunismo.

— Sólo había aceptado su cargo de rector con gran repugnancia y

únicamente en interés de la universidad.

— Si permaneció en su cargo, a pesar de las malas experiencias

constantes, fue sólo para evitar cosas peores.

— Tenían que admitir que había tenido que llevar a cabo su gestión en un

momento de particular turbulencia.

— Efectivamente, había evitado muchos riesgos que amenazaban con

agravar fatalmente la situación y sin embargo nadie le reconocía ahora este

mérito.

— No había sido respaldado por sus colegas en los que eran sus auténticos

objetivos.

— Posteriormente, había ejercido una clara crítica, sobre todo en sus

seminarios sobre Nietzsche.

 

Más adelante, Lampe exponía que no había sido posible llegar a un acuerdo objetivo; le había declarado a Heidegger que durante el período de su rectorado había impuesto el Führerprinzip de manera tan radical que cualquier intento de colaboración constructiva con el consejo de la universidad había estado condenado al fracaso. Heidegger tenía que cargar con la responsabilidad personal por todo lo ocurrido y por lo tanto no podía esconderse detrás de esas maquinaciones o de la superioridad de otras instancias más o menos responsables. Su crítica de última hora y muy relativa no podía considerarse como una compensación, precisamente debido a la incuestionabilidad de su posición personal como intelectual de renombre mundial.

Heidegger le había hecho considerar que un voto negativo del comité lo convertiría en un fuera de la ley. Con esto tocaba un punto esencial: las fuerzas francesas de ocupación habían sido muy drásticas en algunos casos aislados y hasta había arrestado a algunos profesores en condiciones semejantes a las de los campos de concentración. Por ejemplo, en aquellos días de julio, el titular de anatomía de Friburgo había sido llevado a un campo de concentración por pertenencia al Servicio de Seguridad. Lampe debatió el asunto y declaró tajantemente que si se diera el caso se retiraría del comité y que desde luego no estaba dispuesto a hacer nada que pudiera «condenar a Heidegger a un destino aunque sólo sea remotamente parecido». En todo caso, a Heidegger le había quedado claro que no iba a poder salir indemne del asunto y que, por lo tanto, no podría recuperar plenamente su actividad docente. Lampe propuso que Heidegger abreviara el procedimiento «retirándose voluntariamente a un puesto de profesor honorario», a lo que Heidegger había replicado brevemente que lo que más le importaba ya no era la docencia, sino no poder publicar los resultados de su trabajo, que no habían visto la luz por culpa de la presión nacionalsocialista. Pero no quería tomar la iniciativa y era el comité el que tenía que tomar esa responsabilidad. En caso de un veredicto que no fuera enteramente positivo, no rechazaría un puesto de profesor honorario «si consigue previamente la garantía del gobierno militar de que, de esta manera, el “caso H” quedará definitivamente cerrado para las fuerzas de ocupación, de tal modo que ya no tenga que temer posteriores impedimentos a su trabajo de investigación y sobre todo a la posibilidad de publicar», señala escrupulosamente Lampe en su dosier.

Con este inventario quedaban delimitadas las fronteras, tanto en lo relativo a los argumentos como a los procedimientos. Heidegger podía contar con la seguridad de que saldría bien librado del proceso de depuración. Tenía confianza en ello. En las cartas a Stadelmann de aquellas semanas de verano de 1945 (ya las hemos analizado en la introducción a este libro), se trasluce que contaba más con la actitud positiva de los franceses que con la de los alemanes, que ahora estaban empeñados en descubrir algún «cargo» en su rectorado. Por eso parecía aconsejable optar por el lado francés dedicándose, por ejemplo, a la filosofía francesa. Tenía la intención de organizar una pequeña investigación en equipo sobre Pascal: Esprit de géometrie et de finesse, escribía el antiguo amigo de Heidegger, Heinrich Ochsner, el 5 de agosto de 1945. El mismo estaba invitado a colaborar en ese equipo si el gobierno le daba su autorización. «Naturalmente nadie sabe cuándo volverán a abrirse las puertas de la universidad». Ochsner esperaba que Heidegger pudiera «ir saliendo progresivamente

de todos los peligros»[224].

Organizar un equipo de trabajo sobre Blaise Pascal —partiendo de sus Pensamientos— era una táctica inteligente. Ciertamente, Heidegger hubiera podido —pero este equipo de trabajo no pudo llegar a formarse bajo los presupuestos deseados— declararse partidario de un filósofo al que testimonia gran admiración en Ser y Tiempo. Y, por supuesto, Heidegger conocía el Memorial de Pascal, esa Confessio subjetiva que se abre con la siguiente frase: «Feu. Dieu d’Abraham, Dieu d’Isaac, Dieu de Jacob —non des philosophes et des savants». («Fuego. Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob —no de los filósofos ni de los sabios»). ¿Era esto un signo de transformación religiosa?

Recapitulando: en un principio parecía que el asunto Heidegger iba por buen camino. Se trataba de compensar su compromiso político de la época del rectorado en 1933-1934 con una especie de emigración interna que Heidegger podía llegar a hacer creíble, contando particularmente con el apoyo de Gerhard Ritter que sabía «con toda precisión y exactitud» que desde la acción contra Rohm, Heidegger había sido un encarnizado adversario del nacionalsocialismo y había perdido su fe en Hitler. Pero ¿y el rectorado? Con su mejor voluntad, el comité de depuración no podía minimizar esta fase de la carrera académica de Heidegger hasta el punto de disculpar totalmente al filósofo. En septiembre de 1945, el informe del comité estaba listo para ser entregado al consejo de la Universidad de Friburgo. Este informe ha sido publicado en la tesis de Moehling bajo la forma de una versión inglesa amañada, hasta el punto de que el lector se sorprende de que semejante informe pudiera acarrearle a Heidegger ni la más mínima sanción. El propio Heidegger se encargó de que en el ámbito anglófono sólo se llegaran a conocer los pasajes positivos del informe. Por eso, nos parece que constituye una obligación histórica reproducir el informe tal como era en su íntegra versión original:

 

Informe del comité de depuración política; septiembre de 1945. Miembros: profesores Von Dietze (presidente), Ritter, Oehlkers, Allgeier,

Lampe.

 

El filósofo y catedrático Martin Heidegger vivía antes de los profundos

cambios de 1933 en un mundo espiritual completamente apolítico, aunque

mantenía amistosos contactos (también a través de sus hijos) con el

movimiento de juventud de la época y con ciertos portavoces literarios de la

juventud alemana, como Ernst Jünger, que anunciaban el final de la era

capitalista-burguesa y el advenimiento de un nuevo socialismo alemán.

El filósofo esperaba de la revolución nacionalsocialista una renovación

espiritual de la vida alemana sobre una base popular y, al mismo tiempo,

como otros muchos intelectuales alemanes, una conciliación de los

antagonismos sociales y la redención de la cultura occidental frente al peligro

del comunismo. No tenía una representación muy clara de los sucesos

políticos del ámbito parlamentario que precedieron a la subida al poder del

nacionalsocialismo, pero creía en la misión histórica de Hitler consistente en

llevar a cabo ese giro histórico que él mismo intuía.

No se afilió al partido hasta el 1 de mayo de 1933, y lo hizo con la

condición de no tener que asumir nunca una función dentro del partido o

alguna de sus organizaciones, ya que se consideraba poco indicado para

resolver tareas de tipo práctico-político. Su entrada en el partido estuvo

estrechamente vinculada con su nombramiento como rector, función que

aceptó empujado por sus amigos y admiradores. Muchos esperaban que la

reputación científica del filósofo (sus obras han sido traducidas a muchas

lenguas, incluso no europeas) le permitiría conservar una cierta independencia

respecto al partido en su gestión universitaria y preservar a nuestra

universidad de algunas inaceptables exigencias de determinados elementos

radicales. Fue precisamente por esto por lo que se congregó un gran número

de titulares de todas las facultades para elegirlo rector. Y, efectivamente,

impidió que la cruel caza de judíos de abril de 1933 se introdujera dentro de

los muros de la universidad y desarrolló en un discurso rectoral sobre la

«Autoafirmación de la universidad alemana», discurso que fue muy

comentado en Alemania y en el extranjero, un programa propio de reforma

universitaria. En él, evitó basarse sobre la política racial y otros lemas del

partido y en lugar de ello desarrolló sus propias ideas sobre la auténtica

ciencia que, en el fondo, estaban muy alejadas de una sumisión servil a la

táctica del día; pero al situar en el mismo nivel el «servicio del trabajo» y el

«servicio de las armas», al lado del «servicio del saber», él mismo

proporcionó a la propaganda nazi la manera de utilizar políticamente su

discurso en provecho del partido. Mientras él tenía ante los ojos una

interiorización, profundización y reorientación de la ciencia alemana en el

sentido de su propia metafísica filosófica (ideas que desarrolló también

detalladamente ante los profesores), el partido aprovechó simplemente como

recurso propagandístico muy oportuno el hecho de que un sabio de su

categoría intelectual se hubiera afiliado y celebrara su victoria en discursos

públicos. El propio Heidegger contribuyó a ello al levantar a los estudiantes

contra los profesores calificados de «reaccionarios» en su empeño por atraer

para su causa a la juventud universitaria. De esta manera, confiaba en poder

llevar adelante sus propios planes de reforma y conquistar también dentro del

partido una posición importante que le permitiría salvaguardar su propia línea

e incluso influir en la evolución interna del partido en un sentido favorable.

Naturalmente, sus esperanzas se vieron pronto defraudadas; los estudiantes se

volvieron arrogantes y provocativos, la mayoría de los profesores,

profundamente heridos por sus decretos, a menudo desafortunados y

arrogantes, pasaron a la oposición; por su parte, el partido se distanciaba tanto

más de él cuanto más claramente se iba perfilando la contradicción interna

existente entre sus propios objetivos y los objetivos científicos de Heidegger.

El hecho de que colaborase activamente en la modificación de la constitución

de la universidad para introducir dentro de la vida universitaria el

Führerprinzip y algunas formas externas del hitlerianismo (por ejemplo, el

denominado «saludo alemán»), de que despreciara o arrinconara a

personalidades antinazis e incluso participara directamente en la propaganda

electoral nacionalsocialista por medio de proclamas en los periódicos, no

cambió nada en ese progresivo alejamiento mutuo. Y por eso, su rectorado

concluyó ya a finales del semestre de invierno de 1933-1934 después de un

violento choque con el ministro de cultura Wacker, por motivos parcialmente

políticos y parcialmente técnicos y administrativos. Desde aquel momento,

Heidegger se replegó totalmente en sus estudios filosóficos, cada vez más

ajeno al partido, hasta llegar a una actitud interna de tajante oposición que, sin

embargo nunca exteriorizó de manera clara. Sus lecciones, trabajos y

conferencias fueron vigilados con desconfianza por el Servicio de Seguridad,

su tarea literaria fue difamada en la prensa del partido por instigación del

pseudofilósofo Krieck (de Heidelberg), miembro del partido, por el que

Heidegger sentía un profundo desprecio, y parte de sus libros hasta cayó bajo

una prohibición de publicación y tampoco se permitieron ya, dentro de lo

posible, las recensiones de sus obras, ni tan siquiera la mención de su nombre

en la literatura oficial del partido.

A pesar de esta tardía distanciación no se puede dudar de que —el año

fatídico de 1933—, Heidegger puso conscientemente la gran reputación de

que goza su nombre y el arte singular de su lenguaje al servicio de la

revolución nacionalsocialista y que, de este modo, contribuyó de manera

esencial a legitimar esta revolución ante los ojos del mundo alemán cultivado,

a acrecentar las esperanzas puestas en ella y a obstaculizar considerablemente

la autoafirmación de la ciencia alemana dentro del caos político. Desde

1934 ya no se le puede calificar de «nazi» ni tampoco existe ningún peligro de

que vuelva a impulsar nunca las ideas nazis. Consideraríamos una lamentable

pérdida que nuestra universidad, en consideración del pasado político, tuviera

que prescindir completamente de este famoso humanista; por otra parte, nos

parece inimaginable que después de semejantes errores políticos de tan

funestas consecuencias siga manteniendo la misma posición externa que tenía

hasta ahora en la universidad. En nuestra opinión, la mejor solución sería que

entrase en la categoría de emérito, lo que le permitiría seguir ejerciendo una

actividad docente limitada pero le impediría el acceso a la administración, los

exámenes y las habilitaciones. Sin embargo, uno de los miembros de este

comité opina que, dados los hechos expuestos, habría que tomar medidas más

duras.

 

Propuesta: Grupo B [225].

El que quería tomar medidas más duras era Adolf Lampe. El punto de inflexión en el caso Heidegger se puede delimitar con toda precisión. Al mismo tiempo que se emitía este informe proponiendo que se pasara a Heidegger a la calidad de profesor jubilado, pero conservando la venia legendi, es decir, el permiso docente, se supo que el gobierno militar francés se había limitado a declarar al filósofo como «disponible», es decir, habían adoptado la medida de sanción más pequeña posible, que permitía una rehabilitación total. En Friburgo empezaron a correr rumores según los cuales Heidegger había sido invitado a Baden-Baden por oficiales franceses para dar conferencias. Estas informaciones empujaron a Lampe, Walter Eucken y el vicerrector Franz Böhm, a principios de octubre, a dirigir detallados escritos al rectorado que tenían como objetivo hacer fracasar el informe del comité e impedir la reintegración de Heidegger. Los argumentos se pueden resumir brevemente como sigue: la responsabilidad de Heidegger en la primera época del Tercer Reich había sido tan grande que no se le podrían exigir responsabilidades a ningún otro miembro de la universidad si se dejaba salir a Heidegger tan bien librado. Ahora bien, dos rectores (los de Metz y Süß) ya habían sido afectados por las sanciones, varios profesores de la Facultad de Medicina habían sido cesados de sus funciones e incluso internados en campos franceses bajo las condiciones de reclusión más duras. En su opinión, era una vergüenza y un sarcasmo que se tratara con tantos miramientos al corruptor intelectual Heidegger, que había introducido por el mal camino a tantos jóvenes intelectuales (Böhm cita, entre otros, a Stadelmann, Heimpel y Schadewaldt) y, si esto era así, ya no se podría acusar de ello a ninguno de los incriminados. Böhm, el futuro ministro de cultura del Gran-Hesse amenazó con dimitir de su cargo de vicerrector si Heidegger volvía a ser reintegrado en sus funciones o incluso nombrado profesor emérito, porque «el emeritazgo también es una manera de reinserción». Böhm iba al corazón del asunto en su detallada argumentación sobre el caso:

 

Considerando que, en muchos casos, el gobierno militar ha adoptado medidas

más duras que las propuestas por la universidad y la comisión de confianza,

compruebo lleno de amargura que uno de los intelectuales con más

responsabilidad en la traición política de las universidades alemanas, un

hombre que en el momento más decisivo —y desde su posición destacada

como rector de una gran universidad alemana fronteriza además de como

filósofo de fama internacional— ha dirigido por un camino erróneo el timón

político y ha predicado a voces y con intolerable fanatismo doctrinas funestas

que, hasta la fecha, nunca ha desmentido, en definitiva, que una persona

semejante, sólo se ve afectada con la medida de la disponibilité y

manifiestamente tampoco siente necesidad de responder de sus actos. Esto es

lo que compruebo con amargura. (Escrito al rectorado del 9 de octubre de

1945) [226].

Heidegger, informado por el rector del mal cariz que estaba tomando su asunto y del posible recrudecimiento de las medidas, ante la inminencia de una nueva determinación del consejo universitario, entregó en el acto (el 10 de octubre) una petición de jubilación anticipada redactada en los siguientes términos:

 

El gobierno militar francés ha decidido, dentro de las medidas de l’épuration,

que permanezca en mis funciones en situación de «disponibilidad». Estas

funciones consisten en la gerencia de una de las primeras cátedras europeas de

filosofía. Como después de los sucesos de los últimos meses he llegado a la

convicción de que la facultad no siente ningún interés por mi colaboración,

ruego por la presente que se solicite mi jubilación anticipada ante el

ministerio.

 

El supuesto desinterés de la facultad no era más que un pretexto; lo que ocurría es que la postura del consejo universitario había cambiado en detrimento de Heidegger hasta tal punto que parecía aconsejable por motivos tácticos adoptar una postura intermedia y mostrarse abierto a una solución de compromiso en lugar de exigir la plena reintegración en las funciones docentes (que para Heidegger era sin embargo la única solución aceptable, sobre todo en los años posteriores).

Pero ¿qué había de verdad en los rumores de las conferencias de Baden-Baden? Los rumores eran exagerados, pero encerraban una parte de verdad. Tal como lo consigna el rector en las actas relativas a una entrevista mantenida con Heidegger el 5 de noviembre de 1945, el filósofo de Friburgo había sido invitado a un encuentro personal en Baden-Baden con Jean Paul Sartre «que representa la filosofía existencialista en Francia. Además le han dicho que si las discusiones filosóficas dieran lugar a una exposición más amplia de la filosofía existencialista ante un público más numeroso, dejarían esto en manos del profesor Heidegger». Según este documento, Heidegger no había tomado todavía ninguna determinación. Pero lo más importante era lo que también se supo en aquellos momentos: la visita de un joven lugarteniente del gobierno militar francés de Baden-Baden, corresponsal de la Revue Fontaine, al filósofo Heidegger. Se trataba de Edgar Morin, por aquel entonces un joven de 24 años interesado en la filosofía y la sociología e inmerso precisamente en la redacción de L’an zero de l’Allemagne (publicado en 1946). Morin fue a visitar a Heidegger, a finales de septiembre, para entregarle una carta de Max Pol Fouchet, director de la Revue Fontaine, en la que se le proponía a Heidegger que entregase algún estudio o fragmento de sus trabajos para su traducción al francés y posterior publicación. Además, Fouchet se mostraba interesado en editar en la serie de libros de la revista alguna de las obras o incluso lecciones o resúmenes de Heidegger. La traducción al francés la asumiría él mismo y Heidegger corregiría las pruebas de imprenta junto con los demás colaboradores. La correspondencia podría llevarse a cabo a través del lugarteniente Morin o el general Arnaud, jefe de prensa y del servicio de información del gobierno militar de Baden-Baden, es decir no podía acudir a mejor sitio. Con todo, si Heidegger no pudiera ofrecer trabajos para la revista ni para la serie de libros, estarían vivamente interesados en que les mandara un artículo sobre su actitud respecto a la situación actual o respecto a la filosofía en Francia, es decir, querrían obtener de él una colaboración en exclusiva. La alta tirada y la amplia difusión de la revista garantizaban un eco suficiente.

El rector comunicó el contenido de esta carta y la invitación del Gouvernement Supérieur de Baden-Baden a la asamblea mantenida por el consejo el 21 de noviembre de 1945, una sesión decisiva para el caso Heidegger ya que, entretanto, el informe moderado y apaciguador del comité de depuración había sido reelaborado y acababa de ser presentado a la sesión del consejo del 19 de enero de 1946 en su segunda versión, mucho más dura e incisiva.

Una vez más, fueron Eucken, Lampe y Böhm los que expresaron de manera más vehemente su indignación ante la propuesta de la Revue Fontaine de que Heidegger se pronunciara sobre la situación presente: «En la última sesión del consejo no tuve ocasión de escuchar», decía Adolf Lampe en un escrito muy completo:

 

que el señor Heidegger haya sentido o expresado la decidida imposibilidad de

inmiscuirse de esa manera en los acontecimientos actuales. Por lo tanto hay

que concluir, antes como ahora, que el señor Heidegger (en contra de lo

supuesto por el presente informe de nuestro comité de depuración) no ha

experimentado en absoluto esa profunda transformación de su pensamiento

político que todo el mundo había dado por hecha. Sin ese presupuesto no

podríamos ni deberíamos disculpar al señor Heidegger tan generosamente de

las consecuencias de su conducta como primer rector de nuestra universidad

durante el Tercer Reich, tal como ocurrió a la hora del voto final del comité.

(Legado de Lampe).

 

Así pues, se exigió la revisión total del informe y, efectivamente, así se hizo. Lampe llevó su argumentación hasta sus últimas consecuencias: si Heidegger opinaba seriamente que «precisamente él y nadie más que él es la persona llamada para ofrecer alguna explicación y orientación sobre las miserias que han traído al mundo Hitler y sus partidarios, ciegos o criminales», sólo quedaban dos posibilidades: o Heidegger era consciente de la enormidad de su culpa «cuando haciendo uso de la fuerza bruta empujó a nuestra universidad a introducirse por el camino del nacionalsocialismo y, gracias a su nombre internacionalmente famoso como filósofo, cegó y confundió a miles de personas» o seguía padeciendo también en el momento presente de una «ceguera acerca de la realidad, verdaderamente aterradora».

Pero ya antes, cuando empezó a perfilarse un cambio de atmósfera desfavorable a Heidegger (a finales de octubre y principios de noviembre), las instancias francesas competentes, es decir, los delegados universitarios con función de curateur, intentaron sacar a Heidegger de la línea de tiro de Friburgo y llevarlo a Tubinga, donde el ambiente era más pacífico, donde el capitán Cheval, un germanista muy intrigante, había tomado contacto en calidad de curateur con el departamento de cultura de Wurtemberg. Así pues, el terreno ya estaba abonado, porque el decano comisario Stadelmann había tejido una espesa red, desde hacía mucho tiempo, para impedir que Heidegger cayera en el vacío. También se podía esperar un cierto apoyo por parte del departamento de cultura, ya que el director de cultura del Estado, Cario Schmid, hacía todo lo posible para que la Universidad de Tubinga adquiriera algún brillo, por ejemplo, llamando a Romano Guardini para una cátedra de nueva creación de la Facultad de Filosofía. El funcionario del ministerio con el que Cheval discutió el asunto señaló que el gobierno militar francés se alegraría de un nombramiento de Heidegger en Tubinga. Esto no era una orden, sino una mera invitación. La facultad era libre de tomar la decisión que le placiera. Lo único que quería expresar el gobierno militar es que no pondría objeción a un nombramiento de Heidegger. Naturalmente, esta propuesta levantó considerables tensiones en la facultad de Tubinga en noviembre de 1945; la candidatura de Heidegger fue objeto de un intenso y controvertido debate, pero finalmente no fue situada en cabeza de lista. En último extremo, la facultad de Tubinga no quiso servir de coartada.

De esta manera, la Universidad de Friburgo siguió siendo el frente de la controversia: volvió a reiniciarse el procedimiento contra Heidegger en el seno de la universidad. Una vez más, pero bajo diferentes condiciones, en una atmósfera mucho más tensa, el filósofo tuvo que rendir cuentas. Y es precisamente este interrogatorio de diciembre de 1945 el que constituye el transfondo de la narración de Heidegger integrada en la obra de Petzet, Auf einen Stern zugehen, con la diferencia esencial de que había precedido ya un proceso de larga duración, con todas las complicaciones expuestas, y de que ahora los únicos que tenían que ver con el caso Heidegger eran el comité de depuración y el consejo de la universidad. Ahora, las cosas presentaban un mal cariz para Heidegger. Este, que a la vista del presumible recrudecimiento de las medidas estaba dispuesto a jubilarse, luchaba ahora por conservar la venia legendi.

La Facultad de Filosofía se ocupó por vez primera del caso Heidegger el 1 de diciembre de 1945. Según el detallado informe de Gerhard Ritter, la facultad decidió por unanimidad dar los siguientes pasos: en primer lugar, cursar una petición al gobierno militar francés solicitando la reintegración de Heidegger; en segundo lugar, presentar una solicitud ante el ministerio en relación con los deseos expresados por Heidegger de pasar a la categoría de profesor emérito y en tercer lugar «escribir al propio señor Heidegger comunicándole que hemos presentado ambas solicitudes, pero que lamentamos profundamente que abandone la universidad y desearíamos poder contar con su colaboración para los casos de importancia que puedan

presentarse en el futuro»[227], todo ello, partiendo siempre del presupuesto de que Heidegger estaría autorizado a seguir impartiendo su docencia. En el centro de mira de las tensas discusiones de esta semana estuvieron casi siempre la conducta de Heidegger con Husserl y el telegrama enviado por el rector Heidegger al canciller del Reich, Adolf Hitler, el 20 de mayo de 1933.

Se comprende perfectamente que el desafortunado comportamiento de Heidegger con su predecesor en la cátedra y maestro, particularmente durante la larga enfermedad de Husserl en 1937-1938, su ausencia en el entierro y su silencio tras la muerte de éste, pesarán ahora gravemente contra él. Era uno de los puntos más delicados. El telegrama a Hitler, en el que le rogaba que no recibiera por el momento a los jefes de la asociación de universidades «hasta el momento en que la directiva de la asociación de universidades haya consumado la “unificación”, particularmente necesaria en este caso», fue considerado un agravante precisamente por haber usado el término «unificación». Ya hemos señalado que el término y concepto de «unificación» tenían un sentido muy preciso en mayo de 1933.

A lo largo de una serie de cartas —al rector y al comité de depuración—, Heidegger intentó desarticular los nuevos reproches que se le hacían. En un último gesto de fuerza, escribió una carta —el 15 de diciembre— al presidente del comité de depuración política, Constantin von Dietze, resumiendo los argumentos ya empleados y haciendo una declaración de principios:

 

En 1933-1934 ya sentía la misma oposición contra la concepción del mundo

nacionalsocialista, pero creía que era posible introducir al movimiento por

otros caminos y consideraba que esta pretensión era compatible con las

tendencias generales de tipo social y político del movimiento. Creía que

Hitler, después de haber asumido en 1933 la responsabilidad de todo el

pueblo, se alzaría por encima del partido y de su doctrina y que todo se

reencontraría sobre el suelo de una renovación y agrupación orientada hacia

una responsabilidad occidental. Esta creencia era un error, como pude darme

cuenta después de los sucesos del 30 de junio. Pero, en 1933-1934 me había

situado en una postura intermedia por la que aprobaba lo social y lo nacional

(pero no lo nacionalsocialista) a la vez que negaba la base espiritual y

metafísica del biologismo de la doctrina del partido porque, a mi entender, lo

social y nacional no estaban vinculados esencialmente con la concepción del

mundo biológica y racial.

 

A continuación, el filósofo volvía a dar las gracias por la actitud comprensiva del comité de depuración, que había sabido juzgar correctamente sus intenciones de 1933-1934. Ciertamente, había cometido muchos errores «en el plano técnico y personal de la gestión de la universidad». «Pero nunca sacrifiqué al partido el espíritu y la esencia de la ciencia y la universidad, sino que busqué la renovación de la universitas». Ahora, dejaría que la universidad decidiera si todavía le interesaba en alguna medida su colaboración. Sólo solicitaba de la universidad que protegiera su trabajo filosófico de treinta años:

del que creo sinceramente que todavía tendrá algo que decirle a Occidente y al

mundo. Compartiendo el destino general y espiritual, y preocupado por la

suerte de mis dos hijos desaparecidos en Rusia, mis fuerzas se encuentran de

todas maneras tan disminuidas que tal vez ya sólo alcancen para concluir una

parte de las cosas en las que más empeño tengo de cara al futuro de la

filosofía. (Legado de Lampe).

 

Paralelamente, Heidegger se acordó de dos amigos que tal vez pudieran actuar en su favor y cuya intervención podía ser especialmente importante por el hecho de tratarse de personalidades muy reconocidas: se trataba de Karl Jaspers y del arzobispo Conrad Gröber.

Ante el giro negativo que empezaron a tomar los acontecimientos en diciembre, Heidegger solicitó que se recabara un informe sobre su persona a Karl Jaspers. El comité aceptó la petición y, como ya se ha indicado, uno de sus miembros, Oehlkers, escribió a Jaspers, en Heidelberg. El botánico Oehlkers era amigo de Jaspers desde hacía algunos años. Ambos profesores habían intercambiado experiencias y problemas tras la caída del Tercer Reich. Por ejemplo, el 26 de mayo de 1945, Oehlkers narraba en una carta la situación especialmente precaria de la Universidad de Friburgo —prácticamente destruida, sobre todo en el sector de los departamentos —, bajo las condiciones de las fuerzas francesas de ocupación, cuyos objetivos en política universitaria no eran todavía muy claros, de la misma manera que —durante aquellas semanas— ningún observador alemán podía saber claramente si la nueva división territorial del Estado de Baden (el sur de Baden, francés y el norte de Baden, americano) iba a ser definitiva y si la capital del Estado, Karlsruhe, iba a ser responsable de ambas universidades, Friburgo y Heidelberg. O también, el 12 de julio de 1945, informaba a Jaspers con todo detalle sobre la creación, competencias y primeras experiencias del comité de depuración, para el que había sido elegido como representante de la disciplina de ciencias de la naturaleza:

 

Los colegas me rogaron con gran insistencia que colaborara y de esta manera

salí de mi reserva y desde hace casi catorce días hemos tenido mañana y tarde,

prácticamente a diario, sesiones, asambleas, entrevistas, etc. El trabajo se

acumula de manera aterradora. Estamos desbordados por la gente: nos

abruman indiscriminadamente con ruegos, amenazas, advertencias y palabras

de ánimo. Ahora ya lo sé por propia experiencia: la acusación de

colaboracionismo se pronuncia con mucha alegría. Pero lo que pretendemos

es conseguir en nuestra universidad un cuerpo docente que sea capaz de

trabajar según nuestra propia concepción y no la de los franceses. (Legado de

Jaspers).

 

Cuando Oehlkers envió esta carta a Heidelberg, el comité aún no tenía el caso Heidegger sobre su mesa. Pero el 15 de diciembre de 1945, Oehlkers expuso a su amigo y colega el asunto Heidegger, haciéndole ver que era un caso extremadamente complicado porque ya era la segunda vez que lo remitían al comité y habían aparecido nuevos hechos. El propio Heidegger, en tanto que primer rector nacionalsocialista, estaba acusado «de cargos muy graves». Pero Oehlkers no le escondía que en las acusaciones contra Heidegger también se habían deslizado graves reproches contra la señora Elfride Heidegger, como ya se ha señalado más arriba. ¿Qué es lo que se esperaba de Jaspers? Un juicio «que pasara por encima de los hechos del rectorado», es decir, una opinión mucho más amplia y global sobre la personalidad de Heidegger y muy particularmente sobre la cuestión de su antisemitismo. «El mismo nos ruega que le preguntemos a Vd. precisamente sobre este punto». Oehlkers no se cansaba de repetir en su carta que Heidegger no era «un “nazi” en el sentido corriente de la palabra». Según él, había algo trágico en aquella fatal época del rectorado.

 

Por el contrario, era completamente apolítico y el nacionalsocialismo que él

se había cortado a su medida no tenía nada en común con la realidad. Era a

partir de ese espacio cerrado desde donde actuaba como rector y desde donde

le provocó a la universidad tremendos perjuicios hasta que, de pronto, se dio

cuenta de las ruinas que yacían a su alrededor. Sólo ahora empieza a

comprender cómo se produjeron. Es muy fácil condenar esta actitud, pero es

muy difícil comprenderla verdaderamente.

 

El deseo de Oehlkers, el ruego de Heidegger a su antiguo amigo filósofo y el carácter semioficial de la carta recibida, pusieron a Jaspers en una difícil vicisitud, casi irresoluble, un auténtico dilema. El informe de Jaspers del 22 de diciembre de 1945 —el filósofo se sentó a su escritorio inmediatamente después de recibir la carta de Oehlkers—, estuvo detenido durante todo el fin de semana, hasta que la noche de Navidad Jaspers le añadió a su carta de cuatro páginas, escrita a máquina, la siguiente posdata a mano: «24/12 Como ha coincidido un domingo en el medio, la carta se ha quedado aquí. Esto me ha dado tiempo a reflexionar si acaso no debería renunciar a mi respuesta en consideración a mis anteriores relaciones con Heidegger. Pero responda o no, en este asunto todo va contra mi naturaleza. Finalmente ha sido la exigencia de una instancia oficial y sobre todo del propio Heidegger la que ha vencido. Así las cosas, enviaré esta carta». Seguramente Jaspers era consciente de que su juicio iba a ser determinante y de que, además, iba a romper los puentes entre

él y Heidegger, si es que aún existía alguno y no era sólo un sueño[228].

 

Heidelberg, 22. XII. 1945

Estimado señor Oehlkers:

Recibí hoy su carta del 15 de diciembre. Me alegro de que el asunto

Gentner[229] marche bien. Tal vez haya ido a visitarlo entretanto o por lo

menos eso pensaba hacer con ocasión de un viaje a París del que regresará en

estos días.

Paso a contestar de inmediato el asunto principal de su carta. Dada mi

antigua amistad con Heidegger resulta inevitable que entre en el terreno de lo

personal, aunque sólo sea para no esconder mis eventuales reservas a la hora

de emitir un juicio. Tiene razón cuando dice que el caso es complicado. Y

como toda cosa complicada, habrá que procurar reducirla a algún elemento

sencillo y determinante para no quedar enredado en el zarzal de la

complicación. Permítame que analice por separado algunos puntos esenciales:

 

1) Había esperado poder guardar silencio, excepto con los amigos más

íntimos y ésa era la intención que tenía desde 1933 cuando después de mi

terrible desilusión decidí callar por fidelidad a algunos buenos recuerdos. Me

resultó bastante fácil, porque en nuestra última conversación de

1933 Heidegger también guardó silencio sobre mis preguntas más

embarazosas o se limitó a contestar de forma vaga e imprecisa, sobre todo por

lo que respecta a la cuestión judía, y porque interrumpió las visitas que venía

haciéndome regularmente desde hacía diez años, de modo que no volvimos a

vernos. Es verdad que siguió enviándome sus publicaciones hasta hace poco,

aunque en 1937-1938 no acusó recibo de mis propios envíos. Ahora esperaba

poder callar definitivamente. Pero, ahora, no sólo me interroga Vd.

oficialmente en nombre del señor von Dietze, sino también por deseo expreso

de Heidegger de que se tenga en cuenta mi opinión. Esto me obliga a romper

mi silencio.

2) Además de los hechos públicamente conocidos, tengo conocimiento de

otros hechos de los que, al menos dos, considero que son lo suficientemente

importantes como para comunicarlos.

Por petición del régimen nacionalsocialista, Heidegger entregó un informe

sobre Baumgarten a la asociación de profesores de Gotinga, cuyo borrador

tuve ocasión de leer hace algunos años. Dentro de él se encuentran frases

como ésta: «Mientras estuvo aquí, Baumgarten lo fue todo menos

nacionalsocialista. Tanto por afinidad como por su actitud intelectual procedía

de un círculo de intelectuales demócratas y liberales de Heidelberg en torno a

Max Weber. Después de fracasar conmigo, entró en estrecho contacto con el

judío Fraenkel, antes profesor en Gotinga y ahora expulsado de aquí.

Encontró empleo en Gotinga gracias a él… Naturalmente, aún no se puede

emitir un juicio definitivo sobre él. Todavía puede evolucionar. Pero, en todo

caso, habría que esperar todavía un plazo prudencial antes de admitirlo en

alguna organización del partido nacionalsocialista. Actualmente estamos

acostumbrados al horror y por eso tal vez no se pueda comprender el espanto

que me invadió cuando leí estas frases hace años.

El asistente del seminario de filosofía de Heidegger, Brock, era judío.

Heidegger no conocía este dato cuando le dio el puesto. A consecuencia de las

medidas nacionalsocialistas, Brock tuvo que abandonar su trabajo. Según las

declaraciones que pude oírle personalmente a Brock en aquella época,

Heidegger tuvo una conducta intachable con él. Además, facilitó su partida a

Inglaterra por medio de amistosos certificados.

En la década de los veinte, Heidegger no era antisemita. El adjetivo

«judío», aplicado a Fraenkel, indica que en 1933 se había vuelto antisemita, al

menos en determinados contextos. No es que se limitara a mostrarse siempre

reservado en este asunto. Pero esto no excluye que, tal como supongo, en

otros casos el antisemitismo atentara contra su conciencia y su gusto.

3) Heidegger es una potencia muy importante, no tanto por su concepción

filosófica del mundo, cuanto por su manera de utilizar las herramientas

especulativas. Posee un órgano filosófico, cuyas percepciones son

interesantes, por mucho que, a mi parecer, sea inusualmente acrítico y se

encuentre alejado de la auténtica ciencia. A veces da la impresión como si

vinculara la seriedad del nihilismo con la mistagogía de un mago.

Ocasionalmente acierta de manera secreta y maravillosa con el nervio de la

filosofía en la corriente de su lenguaje particular. Tal vez en este punto, hasta

donde alcanza mi visión, él sea el único filósofo alemán contemporáneo.

Por eso hay que desear y exigir muy imperiosamente que esté en

condiciones de poder seguir trabajando y escribiendo lo que pueda.

4) Cuando se trata a individuos singulares, hoy, no se puede dejar de tener

presente la situación general.

Así, resulta inevitable pedirle responsabilidades a quien ha contribuido a

ensillar al nacionalsocialismo. Heidegger es uno de los pocos profesores

universitarios que lo ha hecho.

La dureza con que se excluye a numerosas personas de sus puestos, a

pesar de no haber sido internamente nacionalsocialistas, llega hoy muy lejos.

¿Qué dirán los colegas que tienen que marcharse y caer en la miseria sin

haber cometido nunca actos nacionalsocialistas si Heidegger no es sancionado

en absoluto? Su inhabitual contribución intelectual puede constituir un motivo

legítimo para poner los medios para que siga desarrollando su trabajo, pero no

es un motivo para que permanezca en sus funciones ni en su actividad

docente.

En la presente situación, hay que llevar con la mayor responsabilidad la

educación de los jóvenes. Se debe aspirar a una total libertad de la enseñanza,

pero no a establecerla de inmediato. El modo de pensar de Heidegger, que a

mi juicio es esencialmente dictatorial, opuesto a la libertad y la comunicación,

acarrearía hoy desastrosas consecuencias en la actividad docente, porque me

parece que el modo de pensar es más importante que el contenido de los

juicios políticos, cuya agresividad puede cambiar fácilmente de rumbo.

Mientras no dé muestras de un auténtico renacer, también visible en su obra,

pienso que no se debe situar a semejante profesor ante una juventud que

actualmente apenas tiene capacidad de reacción interna. Primeramente la

juventud tendrá que adquirir un pensamiento autónomo.

5) Reconozco hasta cierto punto la exactitud de esa disculpa personal

según la cual Heidegger es apolítico por naturaleza y el nacionalsocialismo

que se hizo a su medida no tenía nada en común con el verdadero. Pero, sin

embargo, me gustaría recordar dos cosas. En primer lugar, las palabras de

Max Weber de 1919: los niños que agarran con sus manos la rueda de la

historia universal son aplastados. En segundo lugar, también me gustaría

señalar que, probablemente, Heidegger no percibió todas las fuerzas y

objetivos reales de los führer nacionalsocialistas. Prueba de ello es su

confianza en poder gozar de una voluntad propia. Pero su manera de hablar y

sus actos denotan cierto parecido con otros fenómenos nacionalsocialistas que

nos hacen comprender su error. El, Baeumler y Carl Schmitt son profesores,

muy diferentes entre sí, que han pretendido situarse en la cima intelectual del

movimiento nacionalsocialista. En vano. Empeñaron en la empresa una

verdadera capacidad intelectual, para desgracia de la reputación de la filosofía

alemana. De ahí ese rasgo trágico del mal, que yo también percibo, como Vd.

Se puede juzgar el cambio de convicciones que supuso la mudanza al

campo antinacionalsocialista a partir de los motivos que pueden deducirse

parcialmente de las fechas: 1934, 1938, 1941 significan fases básicamente

diferentes. En mi opinión, el cambio de opinión no reviste mucha importancia

a la hora de juzgar, porque no sucedió hasta 1941 y tiene poco valor si no

ocurrió de manera radical después del 30 de junio de 1934.

6) En ocasiones excepcionales, y siempre que se opine que el caso es

verdaderamente importante, se puede aplicar una normativa inusual. Por eso,

mi propuesta es la siguiente: a) Disponer una pensión nominal para Heidegger

—con el fin de que pueda seguir desarrollando trabajos filosóficos y editando

sus obras—, alegando la reputación de que gozan sus trabajos y con la

esperanza de que aún produzca cosas importantes.

b) Suspensión de la actividad docente durante algunos años. Después,

nueva revisión basada en las publicaciones surgidas entretanto y en las nuevas

condiciones académicas. En este momento habrá que plantearse si se puede

intentar restablecer la antigua libertad de enseñanza, que daría opción a que

prosperaran ideas adversas y peligrosas para la universidad, ya que él las

defendería con su rango intelectual. Sólo se alcanzará un estado semejante

dependiendo de la marcha de los acontecimientos políticos y de la evolución

de nuestro espíritu público.

En caso de que se rechace una normativa extraordinaria para Heidegger,

considero que sería injusto favorecerlo dentro del marco de las medidas

generales.

Con esto habría expresado mi opinión con una brevedad que seguramente

estará preñada de posibles malentendidos. En caso de que quiera comunicarle

el contenido de esta carta a Heidegger, le autorizo para que le entregue una

copia de los puntos 1, 2 y 6, y el párrafo del punto 3 que dice: «Por eso… lo

que pueda».

Le ruego disculpe la forma apodíctica y la brevedad. Hubiera preferido

discutir el asunto personalmente con Vd. y aclarárselo más a fondo

dependiendo de las preguntas que Vd. me hiciera. Pero no puede ser.

Me habla Vd. de la penuria provocada por el invierno. Seguramente allí es

mucho mayor que aquí, a pesar de que también padecemos lo nuestro. Pero

hasta ahora es soportable. Lo único que espero es que no venga alguna cruda

helada.

Saludos cariñosos para Vd. y su querida esposa de mi mujer y de su

 

Karl Jaspers.

 

Como ya hemos tratado el problema del antisemitismo de Heidegger en otro contexto, recordaremos sólo algunos datos de manera resumida: Jaspers expone el caso Baumgarten, el informe elaborado por Heidegger para la directiva de la asociación de profesores nacionalsocialistas de Gotinga que contiene la fórmula «el judío Fraenkel», pero también aduce que Heidegger intervino en favor de su asistente destituido, el Privatdozent Dr. Brock, y le facilitó su partida a Inglaterra por medio de amistosos certificados. Dice que en la década de los veinte Heidegger no era antisemita, pero en su última conversación en casa de Jaspers —con ocasión de la conferencia de Heidegger del 30 de junio de 1933—, había guardado silencio ante las preguntas más comprometidas o había contestado de manera «vaga», sobre todo en lo relativo a la cuestión judía. Lo importante es que Jaspers vincula el compromiso político de Heidegger con el de Carl Schmitt y el de Alfred Baeumler, creando un trío basado en que los tres se esforzaron en llegar «a la cima intelectual del movimiento nacionalsocialista». Este informe, que contiene tantos elementos, aunque de manera poco sistemática, era básicamente negativo, tanto en lo tocante a la condena de la actividad filosófica de Heidegger —aunque su voz siguiera oyéndose más adelante—, como en lo tocante a las medidas de castigo. El dictamen de Jaspers para una suspensión temporal correspondía a lo que en francés se llamaba suspendu, es decir, era algo que no correspondía a una categoría de profesor emérito con derecho a dar clases, ni tampoco se trataba de una jubilación corriente, sino que era una especie de cese bajo la forma particular de una «pensión nominal», es decir, una «pensión de gracia» que equivalía al sustento gratuito y ello únicamente como medida excepcional.

En efecto, el informe de Jaspers fue decisivo para la determinación adoptada por el consejo de la Universidad de Friburgo y también contribuyó a formar la opinión del gobierno militar francés. Así las cosas, Jaspers también se vio inmiscuido en el debate: el 14 de abril de 1946, el decano Heiß le hizo saber que la situación de Heidegger era muy difícil y que él, Heiß, opinaba de manera diferente a Jaspers. En la carta de respuesta de Jaspers, del 28 de mayo de 1946, el filósofo subraya que no es una cuestión de opiniones, sino de motivos y contextos imperativos. Si Heiß conociera su informe hablaría de otra manera. El 5 de julio de 1946 Heiß contesta que conoce muy bien el informe y que ha seguido la evolución de Heidegger desde hace muchos años, ha asistido personalmente a dos cursos del mismo y conoce otros a través de copias. Lo menos que se puede decir es que Heidegger ha cambiado de opinión de manera rápida y completa. No es que pretenda disculpar en algún modo lo hecho por Heidegger en 1933, pero ha seguido su evolución con gran seriedad y cree poder decir que la conoce a la perfección. También él está espantado y muy afectado por lo que hizo Heidegger en 1933, pero sabe lo que hizo después. «Vd. comprenderá que, sabiendo esto, la mayoría de las opiniones sobre Heidegger no me dicen nada. La suya, sin embargo, me parece extraordinariamente importante». Personalmente no duda de que «el señor Heidegger está avocado a una especie de exilio; y se puede decir que recoge lo que ha sembrado. No tengo nada que objetar contra esto». (Dosier Robert Heiß; en posesión del autor).

Y cuando a finales del otoño de 1946 Hans-Georg Gadamer, discípulo de Heidegger, realizó un viaje de Leipzig a Friburgo buscando una cátedra en las zonas occidentales de ocupación e interesándose por la sucesión de Martin Heidegger — cuyo asunto seguía pasando por un mal momento—, comentó una vez de vuelta en Leipzig, en una carta a Jaspers del 6 de octubre de 1946, que la situación de Heidegger empeoraba cada día. La única cuestión era ya si le darían la jubilación o simplemente lo «cesarían». Probablemente lo segundo, con las consecuencias económicas que ello tendría. Por eso, continuaba Gadamer, se temía que la opinión de Jaspers hubiera sido «tácticamente muy desfavorable, puesto que sólo habla Vd. de una “pensión”». (Legado de Jaspers). Seguramente en su visita a Friburgo, donde también habló con el decano Heiß a propósito de la posible sucesión de la cátedra de Heidegger, Gadamer tuvo ocasión de leer el informe de Jaspers. Jaspers no dejó de explotar el informe y las consiguientes reacciones y autorizó al comité para que lo diera a conocer a Heidegger en su totalidad. El caso Heidegger no dejó de atormentar a Jaspers hasta que, como dijimos al principio de la obra, poco después de mudarse a Basilea intentó tender un puente hacia Friburgo en un gesto de reconciliación con Heidegger.

Pero las esperanzas de Jaspers se vieron defraudadas y no cabe duda de que, antes de que terminara el año, Heidegger se enteró del contenido del informe, sobre todo de las propuestas concretas de Jaspers. Dado que el comité de depuración había hecho depender en gran medida su veredicto de la opinión de Jaspers, a Heidegger sólo le quedó como último recurso su paisano de Meßkirch, su paternal amigo y benévolo protector, el arzobispo Conrad Gröber, que durante aquellas semanas supo ser un refugio para muchos, ya que el obispo de Friburgo pasaba por haber sido uno de los pilares de la resistencia eclesiástica durante la época del Estado de no derecho nacionalsocialista y ahora era una autoridad intocable ante el gobierno militar francés. Su palabra no caía en saco roto, sino que tenía mucho peso. De este modo, Heidegger asumió el papel de hijo pródigo, regresó a casa del arzobispo después de muchos años de distanciamiento y volvió a sentir, en el mismo lugar que antes, el mismo calor y sentimiento entrañable procurado por el común arraigo en la tierra de Meßkirch, sobre todo gracias a la hermana del arzobispo, María, que supo atenuar en el primer encuentro que se producía después de muchos años —¡y qué años!— la amargura de esa especie de peregrinación a Canossa escuchando ella misma las peticiones de Heidegger en el dialecto de la tierra, familiar a Heidegger. En seguida hubo una segunda visita y antes de que acabara el año 1945 Gröber redactó una carta favorable a Heidegger a intención del gobierno militar francés e hizo tomar cartas en el asunto al Abbé Virrion, que trabajaba en Baden-Baden para el gobierno militar francés en la sección de enseñanza. Gröber estaba interesado en que su informe llegara cuanto antes a la instancia central de Baden-Baden, ya que cualquier espera suponía un riesgo muy grande y si el consejo de la Universidad de Friburgo emitía entretanto un veredicto negativo ya sólo el gobierno militar podría «mejorarlo». El informe del arzobispo no ha llegado hasta nosotros, pero se puede deducir su tono positivo de una carta del citado «Abbé» enviada a Friburgo el 2 de enero de 1946: el informe del arzobispo aún no había llegado a Baden-Baden y seguramente esto se debía a que aún no lo habían transmitido desde Friburgo, pero se ocuparía de él nada más recibirlo. Hablaría del caso Heidegger con el coronel competente en cuanto éste regresara de permiso. «Pero será difícil volver a admitir a Heidegger en la universidad si el rector vota en contra. En todo caso, yo haré todo lo que pueda,

puesto que Vd. me recomienda a esta persona»[230].

Como vemos, se habla abiertamente de la dificultad que supondría un veredicto negativo del consejo de la Universidad de Friburgo, porque la política universitaria francesa dejaba bastante campo libre a las exigencias de autoadministración de las universidades alemanas. El comité de depuración era ante el gobierno militar francés una instancia competente, una especie de puente. Y si el consejo votaba por petición del comité de depuración era difícil oponerse a sus veredictos. Pero, sea como sea, Gröber puso en la balanza el peso de su autoridad. No podemos dejar de subrayarlo en contra de la multitud de opiniones de otro tenor, que tanto arraigo han tenido, según las cuales las autoridades eclesiásticas católicas de Friburgo intentaron por todos sus medios que Heidegger fuera apartado de la universidad. Esta es, por ejemplo, la versión de Robert Minder, una de las personas que más han contribuido a difundir esa leyenda sin aportar ni una sola prueba en apoyo de su tesis. Dice así: «En todo caso está probado que el príncipe de la Iglesia (el arzobispo Gröber) intentó por

todos los medios, después de la ocupación, apartar al herético de la universidad»[231]. En realidad, sucedió todo lo contrario. Es verdad que algún tiempo después, en 1949, cuando se trató de la revisión del veredicto y la posible rehabilitación, Heidegger acusó a la Iglesia católica de querer impedir su total rehabilitación, es decir, la reintegración plena en sus funciones. Pero dijo esto basándose en puras sospechas, sin una sola prueba, sólo porque ya no era posible la reconciliación entre una teoría vinculada al dogmatismo y el pensamiento del propio Heidegger, libre de cualquier atadura «extrafilosófica». Heidegger siguió siendo siempre el «herético».

A la vista de la evolución interna de su asunto en la universidad, a principios de 1946 Heidegger se vio obligado a añadir a su petición de jubilación anticipada una declaración por la que se comprometía a abstenerse de toda actividad docente hasta

que la universidad solicitara su reintegración[232]. El veredicto emitido en la sesión del consejo del 19 de enero de 1946 —el único orden del día fue el caso Heidegger— era duro: Heidegger debía pasar a la calidad de profesor jubilado, pero sin permiso de docencia, se rechazaba la propuesta del comité de revisar la sentencia dentro de un plazo prudencial y además: «El consejo ruega al rector que comunique al profesor Heidegger que se espera de él que se abstenga de participar en los actos públicos de

la universidad»[233]. La protesta unánime de la Facultad de Filosofía ante esta dura decisión del consejo fue una prueba de la inquebrantable benevolencia de la facultad a la que pertenecía Heidegger.

El consejo incluyó sin discusión en su dosier la carta de protesta de la facultad. El prelado Joseph Sauer, que había seguido el camino de Heidegger a lo largo de varias décadas, se burlaba en su anotación del diario del día 27 de febrero de 1946 de la «chapuza entre cómica y confusa» que había redactado la Facultad de Filosofía y que había provocado una carcajada general; para Sauer, esa facultad no perdía nunca la ocasión de ponerse en ridículo. Gerhard Ritter, miembro del comité de depuración, expresa el dilema en una carta de finales de enero de 1946 dirigida a Hermann Heimpel, antiguo partidario de Heidegger durante la época del rectorado:

 

Por lo que se refiere al señor Heidegger, él mismo podrá informarle hasta qué

punto y con cuánto éxito me he esforzado por imponer la opción de la

jubilación frente a la del cese, a pesar de las violentas resistencias internas del

consejo y el comité de depuración. Con este motivo, la facultad me ha

expresado su agradecimiento y confianza unánimes de la forma más solemne.

La responsabilidad de Heidegger en el progresivo deslizamiento de las

universidades alemanas dentro de las aguas del partido fue, sin embargo, muy

grande y él mismo es plenamente consciente de ello en la actualidad. A mí

mismo me causó en 1933 un dolor extremadamente vivo (recuerdo que por

aquellas fechas me pasé semanas sin dormir lleno de inquietud por la

catástrofe intelectual que se avecinaba)[234].

 

También Jaspers, cuyo informe tuvo una influencia tan decisiva, envió una carta a Gerhard Ritter el 4 de febrero de 1946, diciéndole así: «la idea que no me abandona es la de que esta situación puede ser, desde el punto de vista intelectual, la más fértil para Heidegger. Una aparición en público le acarrearía dificultades y, según creo, más bien podría paralizarle. Además, de esta manera queda a salvo de los diferentes

patinazos que hoy día corremos siempre el peligro de dar[235].

Muchas personas esperaban que en esta fase de su vida, que le había precipitado dentro de la más profunda penuria —también material—, en la que se veía cortado de las raíces de su actividad universitaria y se sentía difamado, Heidegger volvería sobre sus pasos. Pero ¿hacia dónde? ¿Acaso también Jaspers pensaba que Heidegger debía dar marcha atrás? Heidegger, que se había derrumbado física y moralmente ante los ataques a los que se veía expuesto, se encontraba en la primavera de 1946 en el sanatorio Schloß Haus Baden, en Badenweiler, y se hallaba sometido a tratamiento psicosomático bajo la dirección de Viktor, barón de Gebsattel, en donde por cierto se pusieron las bases, o al menos se fortalecieron, para una futura colaboración intelectual orientada hacia la psiquiatría, concretamente la orientación analítica de tipo antropológico-existencial de Ludwig Binswanger y Medard Boss, a la que también pertenecía Gebsattel, ulteriormente catedrático de Psiquiatría en Wurzburgo. Por lo menos el arzobispo Gröber contaba con una vuelta atrás de Heidegger. En una carta al consejero para asuntos políticos alemanes del papa Pío XII, el padre Leiber —escrita el 8 de marzo de 1946—, carta en la que se establecía un informe sobre la situación política a intención del propio papa, Gröber decía así:

 

El filósofo Martin Heidegger, mi antiguo alumno y compatriota, ha sido

jubilado anticipadamente y ya no tiene derecho a dar clases. En estos

momentos se encuentra en Haus Baden, en Badenweiler, y va volviendo en sí,

según me contó ayer el profesor Gebsattel. Consideré un gran consuelo que al

iniciarse su desdicha viniera a mí y se condujera de manera verdaderamente

edificante. Le dije la verdad y él la recibió con lágrimas. No corto las

relaciones con él, porque albergo la esperanza de que se produzca un giro

espiritual [236].

 

Pero el caso Heidegger seguía sin estar definitivamente cerrado: al principio del año 1946 el gobierno militar francés ordenó la creación de una «comisión de depuración del Estado de Baden», que se constituyó según la representación proporcional de cada uno de los partidos políticos que se habían autorizado entretanto y a la que se tenían que comunicar todos los procedimientos, incluidos los casos ya tratados por el comité de depuración de la universidad. También en este caso reinaba la habitual inseguridad sobre las competencias y no se sabía hasta qué punto la universidad debía estar representada en la comisión para proteger sus intereses. El consejo de la Universidad de Friburgo se ocupó en varias ocasiones del asunto durante la primavera de 1946 y finalmente delegó a Constantin von Dietze como representante suyo. De los informes de Dietze se deduce que la comisión de depuración del Estado de Baden no estaba dispuesta a respetar las decisiones específicamente universitarias; por el contrario, exigía igualdad de trato y clasificación dentro de las diferentes categorías de sanciones, con las correspondientes consecuencias de tipo legal-administrativo. Y así, a pesar de la actitud contraria de la Universidad de Friburgo, triunfó la opinión de incluir dentro del grupo de «acusados» a todos los rectores de la época del Tercer Reich.

En agosto de 1946 Heidegger empezó a ver claro que no se le otorgaría una simple jubilación, tal como había propuesto la universidad en enero, sino que sería cesado, o lo que es lo mismo, se le retiraría la venia legendi y se le arrebatarían todas sus funciones como profesor de manera definitiva. Como la comisión del Estado de Baden trabajaba bajo vigilancia y según las indicaciones del gobierno militar francés, no había nada que obstaculizara la ratificación de la propuesta. Y así, el 5 de octubre de 1946 se dictó provisionalmente un veredicto que fue redactado en su versión definitiva el 28 de diciembre de 1946: «Il est interdit a M. Heidegger d’enseigner et de participer à toute activité de l’Université». A raíz de esta determinación, el Ministerio de Cultura de Baden informó el 11 de marzo de 1947 a Martin Heidegger de que: «En el marco de la depuración política de la administración, el 28 de diciembre de 1946 ha sido tomada la siguiente decisión: prohibición docente y ninguna función dentro de la universidad. La prohibición docente entra en vigor de

inmediato. El abono de su sueldo cesará a finales de 1947»[237]. Finalmente sólo se acabó levantando esta dura medida económica en mayo de 1947, momento en que el gobierno militar autorizó una pensión de jubilación completa, pero al mismo tiempo expresó tajantemente la posibilidad de nombrar a Heidegger emérito. Por lo tanto, esta decisión del 28 de diciembre de 1946 siguió teniendo pleno valor jurídico en una época en que la Carta sobre el humanismo, dirigida a Jean Beaufret ya estaba en camino.

Porque, en efecto, semejante al ave fénix, Heidegger resurgió de entre las cenizas de la hoguera preparada por el gobierno militar francés para integrarse en la vida intelectual de Francia como la fuerza filosófica determinante. El pensamiento de Heidegger inició una marcha triunfal a través de los países románicos.

La determinación del gobierno militar del otoño de 1946, que excluía una reintegración de Heidegger en la universidad, no coincidía con los intereses de ésta última. Los rumores que cuentan otra versión de los hechos no tienen fundamento alguno. Cómo se comportó la fuerza francesa de ocupación en éste y otros casos es algo que el historiador no puede esclarecer mientras las actas correspondientes sigan siendo inaccesibles o de difícil acceso. Pero, en todo caso, hay una cosa segura: el gobierno militar francés de Baden-Baden inició en el caso Heidegger una línea más dura que fue tornándose más rigurosa a medida que pasaba el tiempo, lo cual también estaba en relación con la confusión política que reinaba en Francia y que también repercutió sobre la política de ocupación. Una vez más, la biblioteca de Heidegger se halló en peligro de ser confiscada, hasta el punto de que, en 1947, se necesitó la concurrencia de varias fuerzas conciliadas para evitar este peligro. El historiador de Friburgo Clemens Bauer y el arzobispo Gröber emplearon en ello todos sus esfuerzos valiéndose de sus contactos indirectos con el más alto responsable de la política cultural francesa en Baden-Baden, el general Raymond Schmittlein.

Según un rumor, la biblioteca de Heidegger iba servir para dotar la Universidad de Maguncia, recién creada por las fuerzas de ocupación francesas. Fue Franz Josef Schöningh, responsable jurídico y redactor jefe del diario Süddeutsche Zeitung editor de Hochland, amigo íntimo de Clemens Bauer y buen conocido del arzobispo Gröber, quien ante los ruegos de ambos intervino ante Schmittlein para que no se confiscara la biblioteca de Heidegger. En el verano de 1947, Schöningh había participado en Lahr (Baden) en unas jornadas de escritores franceses y alemanes y había conocido allí al general. Durante su estancia en Friburgo tuvo un encuentro con el arzobispo Gröber y Clemens Bauer. El día 6 de septiembre de 1947 escribió a Schmittlein en estos términos:

 

Durante mi estancia en Friburgo me comunicaron por varias vías que la

biblioteca del conocido filósofo Martin Heidegger corre el peligro de ser

confiscada. Las personas que me llamaron la atención sobre este hecho no

pertenecen en absoluto al círculo de amigos de Heidegger (al que

personalmente no conozco), sino que rechazan su anterior filosofía, así como

las consecuencias políticas que el propio Heidegger extrajo de ella al inicio

del período nacionalsocialista. Yo mismo señalé en la conferencia

pronunciada en las citadas jornadas, la funesta importancia del nihilismo de

Heidegger. Pero también señalé la importancia que ha tomado en Francia este

filósofo, en parte gracias a Sartre. Esto demuestra que, nos guste o no nos

guste, Heidegger ocupa un lugar dentro de la historia espiritual de Europa. Por

eso mismo, la confiscación de su biblioteca (en la que según parece está

interesada la Universidad de Maguncia) llamaría mucho la atención y, según

me temo, parecería una medida de una dureza tal que, cuando termine el

gobierno militar francés, sería considerada como una culpa. Por ello considero

que es mi obligación llamar su atención sobre este caso y rogarle que

considere si se puede impedir de alguna manera que se dé un paso que puede

dar lugar a tantos malentendidos[238].

 

En el transcurso de la conferencia pronunciada en el congreso de Lahr, Schöningh había expuesto que Sartre hablaba de «Heidegger en Francia como de un descubrimiento» y que «en el aterrador nihilismo de Heidegger o Sartre sólo puede contemplarse el reflejo de una catástrofe sociopolítica». «En Heidegger y Sartre el espíritu europeo ha llegado al lugar que le había atraído infatigablemente desde hace siglos: a la nada. Todos Vds. conocen el pasado político de Heidegger. Si lo menciono es porque a través de él se puede mostrar plásticamente la relación entre el nihilismo y el nacionalsocialismo». Naturalmente —continuaba Schöningh—, sabía muy bien que esta relación escondía elementos diversos que sólo podían explicarse a partir de unas premisas específicamente alemanas, entre las que había que contar a Hegel, Nietzsche, Wagner y Bismarck, pero tampoco se debía olvidar por eso un fenómeno «que nos sonríe burlonamente en todos los países de Europa: la total falta de fe del nihilismo. Es el resultado de nuestra común evolución histórica y, por eso

mismo, todos debemos habérnoslas comúnmente con él»[239].

Heidegger se sintió mal entendido, perseguido, difamado, y todo ello —en su opinión— injustamente. Las humillaciones que había tenido que sufrir desde el verano de 1945: confiscación de parte de su casa, constante peligro de su biblioteca, obligación de participar en las tareas de desescombramiento de las calles de Friburgo (como castigo), los distintos procedimientos de depuración política en distintos niveles, todas estas humillaciones, en fin, culminaron con la decisión definitiva del gobierno militar francés: destitución de su cargo y privación de la venia legendi. Para Heidegger, esta medida había sido decretada por los extranjeros, ya que en aquellos momentos los alemanes no poseían ningún poder político y sólo actuaban en calidad de órganos de ejecución y ayuda de las fuerzas de ocupación. Heidegger no podía ni quería aceptar el verse incluido dentro del ejército de miles de pequeños funcionarios expulsados de sus puestos por culpa de su pasado político y completamente desorientados, no quería que lo trataran como al maestro de escuela de su vecindario, que había sido destituido por pertenencia al NSDAP y por haber tenido un pequeño puesto de funcionario dentro del partido. Es inútil buscar en Heidegger un sentimiento de solidaridad de este tipo, puesto que él se incluía dentro de la resistencia. Seguramente, en 1946 Heidegger todavía seguía convencido de que los alemanes aún no habían declinado y aún habrían de atravesar la noche antes de poderse levantar; muy posiblemente, él, que todo lo pensaba a largo plazo, seguía alimentando esa convicción desde la confianza proporcionada por la distancia esclarecedora que siempre tenía ante los ojos en su cabaña de Todtnauberg: la vista lejana sobre los picos alpinos de Suiza. Heidegger cada vez se veía más obligado a retirarse en aquel lugar de montaña, en aquel refugio. Y a él le dedicó en 1947 el pequeño libro escrito en la cabaña La experiencia del pensar (Pfullingen 1954), en donde escribió la frase: «Quien piensa cosas grandes, también se equivoca en cosas grandes». Allí, en su cabaña, emprendió en 1946-1947 el intento de traducir la obra de Lao-tse al alemán, esfuerzo que tenía un carácter terapéutico puesto que había sido condenado a la inactividad universitaria.

Pero Heidegger tampoco aceptaba la sentencia de Baden-Baden desde el punto de vista práctico y jurídico y se reservaba la posibilidad de una futura revisión y rehabilitación. Y eso sólo podía significar para Heidegger la plena reintegración en su puesto docente dentro de la universidad, una vez que se hubiera restablecido el campo de acción de la misma en el marco de la autonomía universitaria. Lo que deseaba Heidegger —que sólo tenía 57 años y por lo tanto aún tenía que esperar 11 años para alcanzar la edad normal de jubilación— era que se bloquease su cátedra, que quedara reservada para una posible vuelta. Pero los deseos alimentados por Heidegger eran utópicos. Para conocer la verdadera realidad de la cotidianidad universitaria en aquellos años críticos hay que volver a la decisión del otoño de 1946. Y para que quede más clara la coyuntura jurídica y mental del momento, esbozaremos brevemente el problema de la sucesión de la cátedra de Heidegger.