Martin Heidegger

Hugo Ott · Capítulo 2 de 29

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Martin Heidegger

Hitos en el camino hacia una biografía

Primer hito:

 

«LA VOZ DEL POETA DESDE SU TORRE»

 

«¡Qué curioso!». Justo una hora antes de que llegara su carta había estado reflexionando sobre la «autoconciencia histórica» y eso le había hecho pensar mucho en el remitente de la misiva: así escribía Martin Heidegger a Rudolf Stadelmann, catedrático de Historia Moderna y decano comisario de la Facultad de Filosofía de la Universidad Eberhard-Karls de Tubinga. Este mensaje enviado desde la ciudad de Hölderlin, y que el pensador recibía en días difíciles mezclados de temor y de esperanza contenía un ofrecimiento de Stadelmann para albergar en Tubinga al filósofo, que en aquellos momentos pasaba por una difícil situación existencial. En efecto, dos cátedras acababan de quedar libres en dicha ciudad, una de ellas la de Filosofía Sistemática, que Theodor Haering había tenido que abandonar por motivos políticos. Por otra parte, la vida de Martin Heidegger corría peligro permaneciendo en un Friburgo que había sufrido un terrible ataque aéreo el 27 de noviembre de 1944: el rumor de este riesgo se había extendido con rapidez.

Para Heidegger, esta sobria carta era algo más que un solícito ofrecimiento del que tal vez fuera su más fiel partidario durante la época del rectorado de 1933-1934. Rudolf Stadelmann, discípulo del historiador Gerhard Ritter, era por aquel entonces

Privatdozent[22] en Friburgo y se interesaba por la filosofía de la historia. Verdaderamente, aquellas líneas llegadas de Tubinga fueron recibidas por el filósofo «como la voz del poeta desde su torre, a orillas del patrio río». Y Heidegger contesta al fiel amigo diciéndole que el último medio año lo ha pasado «en la tierra natal y, en parte, en una exaltante proximidad a la casa de mis antepasados paternos, en la región del valle superior del Danubio, por debajo del castillo de Wildenstein» y que allí su pensar se ha elevado muy por encima de una mera interpretación de Hölderlin — como la del poema «Ister» (el Danubio) de 1942— convirtiéndose en «un diálogo con el poeta»: «su vital quietud es el elemento de mi pensar». Así, poco a poco esta carta se va transformando en una lección académica. No necesito señalar que estas pocas frases están repletas de citas de Hölderlin y Rilke. Quizás, mientras Heidegger redactaba estas líneas estaba pensando en aquella observación escrita al margen de su

lección «Ister» de 1942 (y que no ha sido consignada en el volumen editado)[23]:

 

«Tal vez Hölderlin, el poeta, deba convertirse en el destino que determine la

andadura de un pensador cuyo abuelo, según indica el acta de nacimiento,

nació aproximadamente en la misma fecha en que se escribía el himno «Ister»

y el poema «Andenken», in ovili, esto es, en los establos de una granja situada

en el valle superior del Danubio, cerca de las orillas del río, bajo las rocas. La

historia oculta de la leyenda no conoce el azar. Todo es providencia» [24].

En el verano de 1945, esto es, en los meses de la catástrofe política, Heidegger estaba más inmerso que nunca en esa ideología hölderliniana mitificadora de su propia persona y gustaba de augurar sombríos presagios con ademán solemne. Por eso, Stadelmann podía calibrar muy bien lo que su ofrecimiento iba a significar para Heidegger: ¡Tubinga! Un sueño de juventud podía encontrar finalmente tisfacción si tenía ocasión de desarrollar su «auténtico pensamiento, bajo su forma más adecuada, en la propia patria, en el elemento de Hegel, Schelling y, sobre todo, Hölderlin». Verdaderamente, así escribía Heidegger a Stadelmann en una carta posterior, Tubinga tenía «una atmósfera capaz de seducirle». Además, estaba convencido de que «el espíritu occidental redespertará en nuestra patria suaba». Sobre todo, desde el momento en que también Romano Guardini vendría pronto a Tubinga. ¡Qué constelación! A pesar de que Heidegger no había tenido ninguna relación con el filósofo de la religión, Guardini, durante muchos años —sobre todo durante el período del Tercer Reich—, ahora había llegado el momento de acordarse de él. Y ni corto ni perezoso, el 6 de agosto de 1945 Heidegger escribe a Romano Guardini animándole a acudir a Friburgo, donde se acaba de restablecer la cátedra de Filosofía Cristiana anulada por los nazis.

En aquellos tiempos las cartas tardaban mucho en llegar a su destino. Pero Guardini aún tardó más en contestar: no lo hizo hasta el 14 de enero de 1946, en el momento en que se estaba decidiendo el destino de Heidegger: «¡Cómo me gustaría charlar con Vd. sobre esto y aquello! ¡Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que nos vimos! Todavía recuerdo con toda exactitud mi visita a Zähringen y su precioso despacho». Además, Guardini le deseaba lo mejor para el año ya

comenzado, «que seguramente decidirá sobre nuestro ser y no-ser»[25]. Romano Guardini quería volver a vivir en una gran ciudad donde su actividad intelectual pudiera encontrar un eco y, naturalmente, pensaba en Múnich. Pero, mientras esperaba que se le volvieran a abrir las puertas de la metrópoli bávara, tuvo que contentarse con Tubinga. Con Tubinga, ciudad respetada por la guerra, donde las ruinas no eran tan evidentes como en otras ciudades alemanas y donde se podía uno permitir dar clases magistrales sobre estética ante los ojos de niños hambrientos.

Pero volvamos a la correspondencia con Stadelmann. Heidegger explica que su futuro en Friburgo aún no está decidido y que ya nada le retiene allí. Le imputan —«no los aliados, sino los nuestros»— cargos de su época del rectorado, a pesar de que «fue algo bien diferente a una adhesión al partido y a su doctrina». Por el contrario, continúa Heidegger, desde su dimisión en 1934 le han puesto cada vez más trabas, le han perseguido y a duras penas se ha librado «de cosas peores». Aquí ya se inicia el tono que caracterizará en el futuro la composición apologética de Heidegger; además, la densidad e intimidad de esta carta —a la que seguirán otras en los meses posteriores— gozan de la extraordinaria fuerza expresiva de aquello que sólo se dice

entre amigos[26].

Pero lo que el filósofo comunicaba en una carta enviada a Tubinga el 20 de julio de 1945 (otro día de conmemoración nacional), se enmarcaba dentro de un contexto más amplio. Reflexionaba «sobre la autoconciencia histórica, su esencia y sus capacidades» pensando vividamente en Stadelmann. Esto precisa una explicación. En efecto, el Privatdozent Stadelmann había inaugurado en el semestre de invierno de 1933-34 de la Universidad de Friburgo, siendo rector Heidegger, una serie de lecciones públicas o conferencias sobre las Tareas de la vida intelectual en el Estado nacionalsocialista y ello precisamente el día 9 de noviembre, aniversario de la marcha a la Feld-hermhalle de Munich, escogiendo como tema concreto del día «la

autoconciencia histórica de la nación»[27]. En este texto, Stadelmann entona el solemne canto de la revolución nacionalsocialista y rinde honores a un culto a la germanidad increíblemente ingenuo, todo ello ricamente adobado con citas del Mein Kampf de Hitler. Además, anuncia con voz profética la aparición de un pensamiento histórico de tipo mítico, pues «no es en la historia, sino en el mito donde se reconoce el genio de la nación», demostrando en todo punto ser un atento discípulo de Heidegger, incluso por lo que respecta a la formulación lingüística. Pues bien, recordando y citando aquella conferencia del 9 de noviembre de 1933, Heidegger medita ahora sobre la autoconciencia histórica como si no hubiera ocurrido nada durante los doce años transcurridos. Reflexiona sobre su «esencia y capacidades». Verdaderamente, ¡qué cita, la de esta carta del 20 de julio de 1945! El propio rector Martin Heidegger cerró la mentada serie de conferencias del semestre de invierno de 1933-1934 —el día 22 de febrero de 1934— con el tema titulado «La necesidad de la

ciencia»[28].

Se podría olvidar esta carta si no contuviera algunas conclusiones que llaman la atención y dejan estupefacto al lector: «Ahora todos piensan en la decadencia, pero nosotros, alemanes, no podemos declinar, porque aún no nos hemos levantado y todavía tenemos que atravesar la noche». A su alrededor sólo hay caos, ruinas, una indescriptible miseria, destierro, culpa, en verdad, la decadencia más absoluta, si es que esta palabra tiene todavía un significado y un sentido. Y, sin embargo, surgen estas frases, nacidas de las entrañas de su pensamiento, crecidas sobre un suelo que sólo los elegidos pueden pisar, dirigidas a un amigo que siempre ha comprendido a Heidegger. ¿Compartía Stadelmann —también en estos momentos— esa increíble pérdida del sentido de la realidad de Heidegger, de aquél al que había contemplado como un guía y había seguido con la fidelidad del más leal de los partidarios? Este diálogo epistolar trae a la memoria el recuerdo del espíritu teñido de fraternidad viril que reinaba en los campamentos en el otoño de 1933, por ejemplo, en el famoso campamento científico de Todtnauberg, que se encontraba en el círculo de visión de la «cabaña» de Heidegger. En efecto, éste lo mencionará más tarde en su escrito de autodefensa, publicado postumamente en 1983, aunque de manera parcial e incompleta y por supuesto sin mencionar a Stadelmann, a pesar de que ya veremos hasta qué punto este campo de trabajo científico jugó un importante papel tanto en la relación entre estos dos hombres como en su peculiar comprensión de la revolución. No cabe duda de que muchas cosas están en lenguaje cifrado.

La voz del poeta desde su torre se había convertido en un manto protector que lo escondía y disfrazaba. Lo que Heidegger no mencionaba a su benefactor de Tubinga era cómo había llegado al valle superior del Danubio. Heidegger abandonó el destruido Friburgo en diciembre de 1944, retirándose a su pueblo, Meßkirch. En marzo de 1945 se presentó ante el equipo directivo de la Facultad de Filosofía de Friburgo, que se encontraba en el valle superior del Danubio, a donde había huido a la vista de los avances del frente occidental, refugiándose en el Wildenstein y los pueblos de los alrededores, muy cerca de la abadía benedictina de Beuron. Era en este paisaje en donde Heidegger, huésped de una pareja de príncipes de Sajonia-Meiningen, esperaba la llegada de las tropas francesas. La contemplación del «Ister», cuyos meandros excavan su lecho en las rocas calcáreas de la meseta del “Alb”

suabo[29], desemboca en un diálogo con Hölderlin. El idilio del valle superior del Danubio, lugar donde se respira la seguridad mientras en casi toda Alemania los jinetes del Apocalipsis van sembrando la ruina, será tema de las meditaciones de Heidegger durante mucho tiempo después de su regreso a Friburgo. Vive en medio de un auditorio de lo más variopinto, reunido por los azares del destino (la pareja de príncipes de Sajonia-Meiningen, los colegas de la facultad, algunos estudiantes y el servicio), en la casa forestal de Hausen, cerca de Beuron. Aludiendo a una frase de Hölderlin dice así: «Entre nosotros todo se concentra sobre lo espiritual, nos hemos

vuelto pobres a fin de volvemos ricos»[30]. Por cierto, que ésta habría de ser su última lección en calidad de catedrático titular de filosofía.

En la posterior correspondencia entre Heidegger y Stadelmann (que hay que contemplar desde el trasfondo del proceso de destitución de Heidegger que se estaba perfilando en Friburgo), el filósofo llega a nuevas formulaciones fundamentales en torno a la cuestión de la recepción de su filosofía en el mundo intelectual francés y la posición de su pensamiento dentro de la actualidad alemana.

Según Heidegger, se daba una situación paradójica. En Francia, sobre todo en París, y en el gobierno militar de Baden-Baden, se le consideraba un «filósofo de moda» frente a sus «compatriotas», de mentalidad estrecha y antiliberal. Y se le invitaba a escribir numerosas contribuciones para importantes revistas francesas.

Con orgullo contenido, Heidegger cuenta a su amigo de Tubinga que los franceses saben muy bien que su tarea filosófica «determina y estimula el pensamiento [en Francia] y sobre todo la actitud de los jóvenes en lo relativo a las cosas del espíritu». Hace poco, ha sido invitado por la Revue Fontaine a enviar escritos aún no traducidos, trabajos sin publicar y lecciones inéditas. En efecto, a finales de septiembre de 1945, el joven lugarteniente Edgar Morin, por entonces bastante próximo al Partido Comunista Francés, había llevado personalmente a Heidegger una carta del editor de la Revue Fontaine, el señor Max-Pol Fouchet, previa autorización expresa del jefe del servicio de Prensa e Información de Baden-Baden, el general

Arnaud[31]. En efecto, se le reclamaba a Heidegger que adoptara una postura respecto a la presente situación política o la filosofía en Francia.

«No me atreveré a ejercer semejante influencia de pensamiento en Francia mientras no se me ofrezca la posibilidad de que mi trabajo sea accesible a los alemanes.» (Carta de 30 de noviembre de 1945). Mientras tanto, sus compatriotas ya no quieren saber nada de él. El clima de la Universidad de Friburgo se ha vuelto glacial. Su propia facultad se mantiene a cubierto, mientras que, por el contrario, «en los círculos de la Facultad de Teología y del arzobispado» se empieza a reaccionar y a comprender «que detrás de ese supuesto “nihilismo” se esconde algo muy diferente y que hasta el Maestro Eckhart había hablado en su día de la nada de la divinidad». Precisamente, en estos círculos se encontraban algunos de los compañeros de su juventud católica, que ya conoceremos más a fondo, como el arzobispo Dr. Conrad Gróber, su paisano de Meßkirch y constante benefactor, su «paternal amigo», que le había mostrado el camino del pensar y le había proporcionado el «bastón y la vara» para recorrerlo. Ahora, cuando tantos, le abandonaban, cuando le robaban su cátedra, y después de muchas vueltas y recodos, el camino de Heidegger volvía a conducirlo ante el dintel de sus orígenes católicos: otra vez volvía a llamar a esa puerta, aunque ciertamente sin introducirse en el seno católico, sin regresar arrepentido a su mansión.

En medio de ese complejo aislamiento sólo le quedaba la posibilidad de una reacción desafiante. Pretende que puede esperar, pero la cuestión es saber si «los jóvenes y la actual situación espiritual de los alemanes» puede permitirse esperar (30 de noviembre de 1945). Cuando en los días anteriores a la Navidad de 1945 la precariedad material de Heidegger empieza a mostrar su peor cara, decide agarrarse a su última tabla de salvación; se acuerda de su antigua amistad con Karl Jaspers y le pide un informe favorable a este colega, con el que había perdido todo contacto desde hacía años. Jaspers había vuelto a reintegrarse con todos los honores en su antigua cátedra de Heidelberg e incluso ejercía la función de Praeceptor Germaniae. Pero el certificado de Jaspers (de 22 de diciembre de 1945), calificando al antiguo amigo y competidor, es destructivo: Heidegger no es apto para educar a la juventud universitaria porque su modo de pensar es esencialmente dictatorial, opuesto a la libertad y la comunicación, y por ende, sus efectos podrían resultar catastróficos en la

actual enseñanza[32]. Expulsado de la enseñanza, el 23 de enero de 1946 Heidegger pone punto final a su correspondencia con el amigo de Tubinga, Stadelmann, con las siguientes palabras: «Tengo la sensación de que aún harán falta otros cien años de oscuridad antes de que se presienta todo lo que nos aguarda en la poesía de Hölderlin», y concluye con un verso de Mnemosyne de Hölderlin:

 

«… largo es

el tiempo, pero acontece

lo verdadero».