Santuario

James Herbert · Capítulo 8 de 49

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Santuario

Seis

 

—Y digo, ¿cómo lo haces? —preguntó John,

frotándose la rodilla. Era un muchacho bastante práctico.

—Procura tener pensamientos hermosos —explicó Peter—,

y ellos te levantarán en el aire.

 

Peter Pan

J. M. BARRIE

 

Domingo. Por la mañana. Soleado. Pero frío.

Fenn detuvo su «Mini» detrás de una larga fila de coches, la mayor parte de los

cuales se hallaban estacionados sobre el arcén de hierba al lado de la carretera.

—Son más de las nueve y media, Gerry. Vamos a llegar tarde.

Sue que iba en el asiento del pasajero, no hacía ningún gesto de salir del coche.

Fenn sonrió.

—No te obligarán a hacer penitencia, ¿verdad?

Apagó el motor.

—No estoy segura de que quiera hacer esto. —Sue se mordía ansiosamente el

labio inferior—. Quiero decir algo hipócrita, ¿no?

—¿Por qué? —Fenn la miró, sorprendido, aunque sus ojos seguían sonriendo—.

Los hijos pródigos siempre son bien acogidos.

—Para con eso; no es divertido.

Fenn cambió de tono.

—¡Ah, vamos, Sue, no tienes que convertirte en una católica renacida! Yo me

sentiría perdido si estuviera ahí solo; no sabría qué demonios hacer.

—Reconócelo: estás condenadamente asustado. ¿Qué crees que le hacen los

católicos a los agnósticos? ¿Quemarlos en la hoguera? ¿Y qué te hace pensar que se

fijarán siquiera en ti?

Fenn se retorció, con incomodidad.

—Me imagino que me sentiré como un intruso.

—¿Un espía, quieres decir? ¿Y cómo crees que voy a sentirme yo?

Él se inclinó hacia delante y pasó una mano en torno a su cuello, atrayéndola

suavemente hacia él.

—Te necesito conmigo, Sue.

Ella le miró a la cara, dispuesta a rechazarle por su evidente expresión infantil;

pero en vez de eso gruñó, y le empujó a un lado para bajar del coche, cerrando la

puerta de golpe.

Fenn arrugó el ceño, pero no pudo reprimir una risita. Cerró el coche y corrió

detrás de Sue, que marchaba a grandes zancadas por el sendero bordeado de árboles

que conducía a la entrada de la iglesia. Algunos otros rezagados se apresuraban a su lado; el sonido de la música de órgano aceleraba sus pasos.

—¡Las cosas que llego a hacer por ti, Fenn! —murmuró Sue mientras entraban en

el pórtico.

—Ya, pero no todas son malas —susurró Fenn en respuesta, pero un fuerte

codazo hizo desaparecer su sonrisa.

La iglesia estaba llena, y Fenn quedó sorprendido; él había oído decir que los

clérigos se quejaban del número cada vez menor de feligreses. Allí había una

multitud. Demasiado, en realidad; él y los otros recién llegados tendrían que quedarse

en la parte trasera. Observó cómo Sue se mojaba los dedos en la pila situada en el

extremo de la nave central, y admiró sus piernas mientras la joven hacía una rápida

genuflexión. «Recuerda dónde estás, Fenn», se dijo a sí mismo. Decidió que se

sentiría demasiado tímido para actuar como ella, y descubrió que le daba vergüenza

no hacerlo.

Retirándose a un lado y tratando de pasar lo más inadvertido posible, echó una

mirada a su alrededor. Había gente de todas las edades, formas y tamaños. Muchos

niños; algunos, acompañados de adultos, otros, sólo con sus hermanos, hermanas o

amigos; muchas mujeres, la mayoría, de edad mediana o mayores, algunas

adolescentes aquí y allí; y una buena muestra de hombres, la mayoría del tipo

familiar, y uno o dos grupos de muchachos adolescentes entre ellos. Cantaban un

himno, y las bocas se abrían y cerraban, aunque muchas de ellas no formaban

palabras… sólo se abrían y cerraban. Sin embargo, la melodía no era mala y no era

desagradable el efecto global de todas las voces acompañado por los ricos acordes de

un asmático órgano. Fenn canturreó con ellos.

El himno terminó y se oyó un susurro de libros que se cerraban y cuerpos que

cambiaban de postura, un sonido ahogado como el de una ola rompiendo suavemente

contra la playa. Los feligreses se arrodillaron, y él se preguntó qué hacer —el suelo

de piedra parecía irrazonablemente duro—. Echó una mirada de soslayo a Sue para

tener una guía, y se sintió aliviado al ver que ella simplemente inclinaba la cabeza un

poco. Él hizo lo mismo, pero sus ojos miraban hacia arriba, por encima de las cabezas

de las personas que tenía delante.

La monótona letanía del sacerdote llamó su atención hacia el altar, y apenas

reconoció al hombre con su sorprendente uniforme de oficiante, una casulla blanca y

brillante vestidura verde y amarilla. El padre Hagan había cambiado de identidad; se

parecía muy poco, tanto en carácter como en apariencia, al confuso y ansioso

personaje vestido con una bata y con los pies descalzos de unas noches atrás. La

transición era tan dramática como la de Clark Kent transformándose en Supermán. O

Popeye después de comer espinacas. Llevaba las ropas como si fuera una santa

armadura, y le proporcionaban una tranquila fuerza. Fenn estaba un poco

impresionado, aunque cínicamente se recordó a sí mismo que un traje de fantasía era

el disfraz más enmascarador de todos.

La cara del padre Hagan carecía de expresión; sus ojos estaban bajos, casi cerrados, mientras murmuraba rápidamente las plegarias iniciales. Los feligreses

respondían a sus solemnes súplicas con un murmullo casi incoherente. Luego rezaron

juntos sacerdote y creyentes; mientras lo hacían, Fenn observó que los ojos del

sacerdote permanecían abiertos de par en par, y su cabeza ya no estaba inclinada. No

dejaba de mirar a su izquierda, como observando a alguien arrodillado en aquel lado

de la iglesia. Fenn siguió su mirada, pero sólo pudo ver filas de cabezas inclinadas.

Cambió de posición para tener una clara visión de la nave lateral; pero siguió sin ver

nada extraño. Volvió entonces su atención hacia la misa, interesado en el servicio,

pero sin obtener de él ningún bienestar, ninguna elevación espiritual. Pronto sintió

una creciente frustración, un ligero resentimiento.

Quizá no le gustaba, sencillamente, formar parte de la reunión, parte de una

multitud que parecía —le parecía a él— estar repitiendo estúpidamente unas palabras

como si fueran una fórmula mágica, una petición colectiva de adoración. Aquello

empezó a enervarle. Fenn ni creía ni dejaba de creer en la existencia de Dios: en todo

caso, esto significaba poco para él. «Encuentra tu propia moral, tu propio código;

luego, aférrate a él.» Mientras nadie recibiera daño (demasiado grande), actuaba uno

bien. Si había un Dios, Él sería lo bastante grande como para comprenderlo. Era el

hombre, el maldito hombre mortal, el que creaba los mitos. ¿Qué Supremo Ser podía

alentar, y mucho menos apreciar, aquel repetitivo ritual dogmático? ¿Qué Altísimo

Poder alentaría a Su propia creación (a los que, según el rumor indicaba, había creado

a Su propia imagen) a adularle para poder conseguir una tajada de felicidad celestial

cuando fuera llamado su número? Aquello no tenía sentido.

Fenn miró desafiadoramente hacia el altar. Había montones de cosas más para

discutir. Como la idolatría, la interpretación teológica errónea y el simbolismo

ingenuo. Como el control de natalidad, la confesión, penitencia y absolución. Como

el fanatismo (¿quién dice que tengas que ser católico para poner un pie en la puerta?),

la ceremonia, la solemnización y la maldita infalibilidad. ¡El pecado original, por el

amor de Cristo! Y por no hablar de la opinión de la Iglesia sobre la fornicación.

Empezó a sonreír ante su propia indignación. Nada como un buen servicio

religioso para agitar las emociones, en favor o en contra.

Mientras el padre Hagan leía el Evangelio, Fenn miró a Sue y, subrepticiamente,

le cogió una mano, estrechándosela con suavidad; ella le ignoró, atenta a las palabras

del cura. Fenn le soltó la mano, sorprendido.

Empezó el sermón, y Fenn le prestó escasa atención, aunque estudió a Hagan con

interés. Era extraño: el sacerdote no parecía tan invencible ahora. Su cara tenía una

expresión tensa y seguía mirando a un lado, a alguien sentado en el banco delantero.

De nuevo, el reportero trató de ver, y en esta ocasión consiguió distinguir la parte

trasera de la cabeza de una mujer entre los hombros de un hombre y una mujer

sentados en la segunda fila.

Ella llevaba una brillante bufanda rosa. Quizás al cura no le gustaba el color rosa.

Fenn cambió el peso de su cuerpo sobre los pies. Si hubiera sido fumador, se estaría muriendo por un cigarrillo. ¿Era un sacrilegio masticar chicle en una iglesia?

Decidió que seguramente lo era.

Las palabras del sacerdote parecían vacilantes, como si ni siquiera él estuviera

convencido. Pero habló y desarrolló su tema; sus palabras se fueron haciendo más

enérgicas, y Fenn pudo sentir casi la sensación de alivio que experimentaron los

feligreses; evidentemente preferían sus sermones duros e implacables. La voz del

padre Hagan fue aumentando sutilmente de volumen, hasta alcanzar un tono agudo,

en un momento dado, acusadora, y al siguiente, zalamera, luego tranquilizando,

recuperando más tarde un tono de reproche cuando las cosas se ponían demasiado

agradables. Fenn disfrutó de su técnica.

El servicio continuó (para Fenn, interminablemente…), y él lamentó haber

llegado a tiempo de asistir a toda la misa. Su idea era la de empaparse de la atmósfera

del servicio dominical, quizá charlar luego con algunas personas; pero el propósito

principal era hablar con el cura. Tenía intención de mantener con él una larga charla

cuando hubiera acabado la misa, esperando descubrir cómo estaba la niña. ¿Había

vuelto a la iglesia? ¿Había hablado otra vez? Se preguntó si no estaría soportando

demasiado por su aventura.

Echó otra mirada de soslayo a Sue, sintiéndose algo embarazado ante la clara

actitud de reverencia de la joven hacia el entorno. El que ha sido católico una vez,

siempre será católico. Esperaba que esto no la indujera a echarlo de la cama aquella

noche.

La iglesia se tornó particularmente silenciosa. El padre Hagan estaba haciendo

ahora algo con un cáliz sumamente bruñido, rompiendo sobre él lo que parecía ser

una hostia blanca. La comunión, eso era. Beber vino, comer pan. La sangre y el

cuerpo de Cristo. ¿Cómo lo llamaban…? La Eucaristía. Todas las cabezas estaban

inclinadas, y la gente en torno a él se arrodilló mientras tintineaba una campanilla.

Fenn dirigió su mirada alarmada hacia Sue, y ésta le hizo un gesto con los ojos para

que él se arrodillara a su lado. El suelo de piedra le hirió las rodillas.

Gerry mantuvo la cabeza baja, temeroso de ofender a alguien —particularmente a

AQUEL QUE LO VE TODO— hasta que percibió movimiento a su alrededor.

Levantando la mirada, vio que la gente salía a las naves y formaba una doble cola que

conducía a la barandilla del altar, donde el sacerdote esperaba con la copa de plata y

las hostias de la comunión. Un anciano que llevaba una casulla blanca le ayudaba a

un lado. La procesión de personas avanzaba lentamente arrastrando los pies, y el

órgano volvió nuevamente a resoplar.

Varias personas estaban sentadas ahora, y algunas de las que estaban en la parte

trasera de la iglesia se pusieron en pie, no dispuestas a seguir soportando el dolor en

sus rodillas. Fenn consideró que su decisión era sensata, y también se levantó; Sue

permaneció arrodillada.

Se reanudó el canto, y los feligreses empezaron a moverse arriba y abajo,

acercándose al altar por la nave central y volviendo a sus lugares por las naves laterales. Fenn vio la bufanda rosa moverse en un banco y dirigirse hacia el centro, e

instantáneamente reconoció a su portadora como la mujer que había ido a casa del

cura, unos días atrás, con su marido, a hacerse cargo de la niña sordomuda. El

sacerdote había estado mirando hacia la madre de Alice durante el servicio.

La bufanda rosa se unió a las otras cabezas inclinadas en la lenta procesión y

desapareció por completo de la vista cuando la mujer se arrodilló para recibir la

hostia del sacerdote.

Entonces fue cuando una figurilla se levantó del lugar en que la mujer había

estado sentada durante la misa. Salió a la nave lateral y levantó los ojos hacia una

estatua que tenía ante ella; luego se volvió y empezó a caminar hacia la parte trasera

de la iglesia. Fenn reconoció a Alice.

Llevaba el cabello partido en el centro, y dos largas trenzas descansaban sobre sus

hombros; vestía un impermeable marrón, una talla demasiado grande para ella, y

largos calcetines blancos. Sus manos estaban juntas, firmemente entrelazadas y

apretadas, y sus ojos parecían mirar hacia delante, a nada en particular.

Fenn la miró fijamente, y advirtió que ocurría algo raro. La niña estaba pálida, y

sus nudillos, blancos. Fenn comprendió que el cura la había vigilado a ella, no a su

madre.

Y el padre Hagan la seguía vigilando ahora.

La hostia de la comunión se mantuvo tentadoramente por encima de una boca

abierta, en tanto la lengua del receptor, colgando del labio inferior, empezaba a sufrir

un movimiento espasmódico. La madre de Alice, arrodillada junto a la persona que

comulgaba, estaba demasiado absorta en sus propias plegarias como para darse

cuenta del retraso en la acción.

El sacerdote miró como si se dispusiera a gritar, y Fenn vio que se contenía a

duras penas. Algunas cabezas se estaban volviendo para descubrir lo que provocaba

la atención de su sacerdote, pero todo lo que vieron fue a la pequeña Alice Pagett, la

sordomuda, andando hacia la parte trasera de la iglesia, probablemente para unirse a

la cola que iba a recibir la sagrada comunión. El padre Hagan se dio cuenta de que

estaba retrasando la misa y reanudó la ceremonia, pero sus ojos siguieron con

preocupación el avance de la pequeña.

Fenn sintió curiosidad. Por un momento pensó en adelantarse para cerrar el

camino de la niña, pero luego se dio cuenta de que eso sería una estupidez; tal vez

Alice no se sentía muy bien, y lo único que quería era respirar un poco de aire fresco.

Sin embargo, aunque estaba pálida, había una expresión de felicidad en su cara, una

alegría remota en aquellos vívidos ojos azules. Parecía no ver nada; sólo lo que estaba

más allá de su visión física, y la idea inquietó a Fenn. ¿Podía estar en trance? No

tropezaba con nadie, ni tampoco sus pasos eran lentos o adormilados. La miró cuando

pasaba, y sonrió a medias, sin saber por qué.

El órgano seguía tocando, y las voces se alzaron en una adoración colectiva; éste

era el momento de la misa en que las emociones alcanzaban su punto culminante.

Nadie parecía darse cuenta de que los demás niños salían de sus bancos.

Fenn miró con sorpresa a derecha e izquierda. Los pequeños —alguno de sólo

seis años de edad, otros de doce o trece— se estaban deslizando de las manos de sus

mayores y dirigiéndose hacia la salida de la iglesia; el éxodo infantil pasó en gran

parte inadvertido a causa de la multitud que atestaba la nave central.

A diferencia de Alice, no había nada parecido a un trance en aquellos niños.

Estaban excitados, algunos soltaban risitas, mientras corrían dando saltitos tras la

niña sordomuda.

Una madre advirtió que su hijo trataba de escapar (algo muy corriente en aquella

criatura), y rápidamente lo aferró. Sus berridos de rabia y esfuerzos por liberarse

dejaron sorprendida a la mujer. La gente a su alrededor, los demás padres, empezaron

a comprender lo que estaba sucediendo. Quedaron asombrados al principio, y luego

confusos. Más tarde, sólo un poco irritados. Un padre perdió los estribos y lanzó un

grito a un muchacho que se escapaba.

El padre Hagan lo oyó y levantó los ojos. Llegó a tiempo de ver a la pequeña con

su impermeable marrón y largas trenzas abrir la puerta de la iglesia y desaparecer

bajo la brillante luz del sol. Otros niños se lanzaron apresuradamente tras ella.

Las voces de los cantores se iban debilitando a medida que la gente advertía que

algo andaba mal. Pronto, sólo cantaba la regordeta monja del órgano, perdida en su

propia extasiada plegaria a Dios como para que éste se mostrara benevolente con la

Humanidad.

Fenn se despabiló de pronto. ¡Qué barbaridad!, casi había caído también él en

trance; tuvo que hacer un esfuerzo por arrancarse de aquel estado. Se movió

rápidamente hacia la puerta y abrió una de sus hojas. La luz le hirió los ojos durante

unos momentos, pero algunos rápidos parpadeos le permitieron ver claramente una

vez más.

Los niños corrían a través del cementerio hacia la pared baja, de piedra gris, de la

parte trasera.

Fenn salió del pórtico y aceleró los pasos cuando vio cómo Alice se encaramaba a

la pared. Los otros niños empezaron a hacer lo mismo, los más pequeños, ayudados

por sus compañeros más altos.

Una mano agarró al reportero por el brazo.

—Gerry, ¿qué pasa?

Sue miró a los niños, y luego a él, como si Fenn supiera la respuesta.

—No tengo ni idea —respondió Fenn—. Corren detrás de la pequeña sordomuda.

Y creo que sé adonde van.

Se separó ahora de Sue, y empezó a correr, ansioso de llegar a la pared.

Sue estaba demasiado sorprendida para moverse. Unas voces que sonaron detrás

de ella la hicieron volver la cabeza; padres aturdidos estaban saliendo de la iglesia,

mirando a su alrededor ansiosamente en busca de sus pequeños perdidos. El sacerdote

se abrió camino por entre la multitud, vio a Sue de pie en el sendero que atravesaba el cementerio y luego descubrió la figura de Fenn corriendo hacia los niños.

El reportero saltó por encima de agujeros de topo recientes, dando un traspiés,

pero consiguiendo mantenerse en pie. Prácticamente cayó contra la pared, y sus

manos se hirieron con la áspera superficie. Permaneció allí, jadeando, los ojos

abiertos de par en par.

La pequeña Alice se arrodillaba ante el retorcido roble, tal como hiciera aquella

oscura y helada noche una semana atrás. Los otros niños estaban diseminados detrás

de ella, algunos, arrodillándose como ella, otros, simplemente mirando. Varios niños

señalaban al árbol, riendo y dando saltitos de delicia.

Los ojos de Fenn se estrecharon mientras estudiaba el objeto de su atención. ¡No

había nada! ¡Sólo un viejo árbol! Ni siquiera era hermoso; en realidad era

espantosamente feo. ¿A qué se debía aquella fascinación? Alguien tropezó con él, y

Gerry miró a su alrededor y vio a Sue, que se había pegado a él una vez más.

—¿Gerry…?

La pregunta quedó congelada en sus labios cuando vio a los niños.

Oyeron pasos apresurados detrás de ellos y personas que se detenían a causa de la

pared baja. Fenn y Sue fueron empujados cuando unos padres angustiados quisieron

ver lo que había ocurrido con sus hijos. La multitud estaba impresionada. Luego se

produjo un silencio tranquilo. Hasta el órgano había dejado de tocar.

Fenn vio que el cura estaba de pie a su lado. Se miraron durante unos momentos,

y el reportero creyó detectar cierta hostilidad en la mirada de Hagan, casi como si

sospechara que Fenn había tenido algo que ver con el fenómeno.

Gerry apartó la mirada, más interesado en los niños que en el cura. Se sacó del

bolsillo una pequeña cámara de fotografiar barata; tomó cuatro rápidas instantáneas,

y luego saltó por encima de la pared.

De manera irracional, Sue trató de hacer que volviera; por alguna razón tenía

miedo, o quizás estaba sólo sobresaltada, y era la sensación de miedo lo que la

mantenía callada. Las personas que la rodeaban se inquietaron cuando vieron a Fenn

entrar en el campo, y no parecían decididos a seguirle. Asustados como ella, o

perplejos. O quizás ambas cosas.

Fenn se acercó al primer niño, un muchacho de once o doce años con trenca y

tejanos. El muchacho sonreía como lo hiciera Alice aquella primera noche. No

parecía darse cuenta de la presencia de Fenn, y el reportero agitó una mano ante sus

ojos. Por unos instantes frunció el entrecejo, y luego echó la cabeza a un lado,

tratando de conseguir una visión clara del árbol.

Fenn lo dejó tranquilo y se dirigió a otro niño. Esta vez una niña, de cuclillas en la

húmeda hierba, con una mirada de felicidad en la cara. Se agachó hasta ponerse a su

altura y le tocó en un hombro.

—¿Qué es eso? —preguntó Fenn suavemente—. ¿Qué ves?

La pequeña le ignoró.

Fenn siguió moviéndose y vio a un pequeño de cinco años que palmoteaba de regocijo, también en cuclillas; a dos niñas, gemelas, cogidas de la mano y sonrientes;

a un muchacho de trece años, de rodillas, con las manos juntas ante su nariz y las

palmas enfrentadas, moviendo los labios en silenciosa plegaria.

Otro muchacho, éste con pantalones cortos, las rodillas sucias de barro, pues se

había caído, abrazándose a sí mismo, los hombros encogidos y una amplia sonrisa en

su cara. Fenn se quedó ante él, tapándose deliberadamente la vista. El muchacho se

hizo a un lado, sin dejar de sonreír.

Fenn se inclinó de manera que su cara quedara a nivel de la del muchacho.

—Dime lo que ves —ordenó.

Una cosa quedó clara: el muchacho no veía a Fenn. Ni tampoco le oía.

El reportero se enderezó y sacudió la cabeza con frustración. Todas las caritas que

le rodeaban estaban sonrientes. Algunos lloraban, pero sin dejar de sonreír.

Observó que el sacerdote se encaramaba a la pared, y que otros seguían su

ejemplo. Fenn se volvió y marchó rápidamente hacia la pequeña de impermeable

marrón, la niña sordomuda, que estaba arrodillada a unos metros de los otros niños,

cerca del roble. Se puso delante de ella, aunque a un lado para no impedirle la visión.

Agachándose un poco, apuntó la cámara y sacó dos fotografías más. Poniéndose de

pie nuevamente, fotografió al resto de los niños.

Luego se volvió y fotografió el árbol.

Los padres y guardianes estaban ya entre los niños, tomándolos en brazos o

abrazándoles estrechamente. Una pequeña, a unos seis metros de distancia de Fenn,

se balanceó y cayó sobre la blanda tierra antes de que su turbada madre pudiera

alcanzarla. Otra niña la siguió. Y luego un muchacho. El pequeño de cinco años que

había estado dando palmadas rompió en histérico llanto cuando su padre y su madre

se acercaban a él. Muchos niños empezaron a llorar, y voces preocupadas disiparon el

extraño silencio que había reinado, cuando los adultos trataron de consolarles.

Los ojos de Fenn brillaron de abstraída admiración; tenía una historia, una gran

historia. Contemplaba la misma clase de histeria que se había apoderado de una

multitud de trescientos niños en Mansfield algunos años atrás; se había producido un

desmayo masivo en el Festival de Bandas de Desfile. Esto no era de la misma

magnitud, pero los acontecimientos guardaban cierta semejanza. Estos niños eran

afectados por algo que funcionaba con la mente de Alice Pagett. ¡De alguna manera,

la niña les transmitía su propio estado hipnótico, haciendo que se comportaran igual

que ella! ¡Jesús, una especie de telepatía! Ésa era la única explicación. Pero ¿qué

había provocado su delirio… si es que se trataba de delirio? El padre Hagan se abrió

paso a través de las preocupadas familias y niños desmayados, dirigiéndose hacia

Fenn.

El reportero se sintió tentado de sacarle una foto, pero decidió que aquél no era el

momento adecuado; había algo intimidador en el cura, pese a su actitud preocupada.

Y se deslizó la cámara en el bolsillo.

El clérigo ignoró a Fenn y se arrodilló junto a Alice. Le pasó un brazo a su alrededor, cubriendo su mano completamente el hombro de la pequeña. Le habló,

sabiendo que no podía oírle, pero esperando que la pequeña captara la dulzura de sus

palabras.

—Todo va bien, Alice —dijo—. Tu madre va a venir, estarás bien.

—No creo que deba moverla, padre —le interrumpió Fenn, agachándose de

nuevo para poder mirar a los ojos de Alice.

El sacerdote le miró de una extraña manera.

—¿No es usted el hombre que me la trajo la otra noche? Fenn, ¿no es así?

El reportero asintió con la cabeza, sin dejar de observar a la pequeña.

—¿Cuál es su juego, Mr. Fenn? —La voz de Hagan era brusca. Se levantó,

arrastrando a Alice con él—. ¿Qué tiene usted que ver con todo este asunto? Fenn le

miró, sorprendido, y luego también él se puso en pie.

—Mire usted… —empezó a decir, cuando otra voz habló.

—Quiere que volvamos.

Los dos hombres se sobresaltaron, y luego permanecieron en silencio.

Finalmente, miraron a Alice.

Ésta sonrió y dijo:

—La señora de blanco quiere que volvamos. Dice que tiene un mensaje, padre.

Un mensaje para todos nosotros.

Fenn y el cura no se daban cuenta de que la muchedumbre había vuelto a guardar

silencio y de que todo el mundo había oído las palabras dichas con suavidad de Alice,

aunque habría sido imposible, por encima del frenético alboroto de voces ansiosas.

El sacerdote fue el primero en hablar, con palabras vacilantes.

—¿Quién, Alice? —¿Podía oírle? La niña había hablado, pero ¿podía oír?—.

¿Quién… quién te ha dicho eso?

Alice señaló hacia el roble.

—La señora, padre. La señora de blanco me lo dijo.

—Pero ahí… no hay nadie, Alice.

La sonrisa de la pequeña desapareció por unos momentos, para reaparecer luego,

aunque menos intensa.

—No, ahora se ha ido.

—¿Dijo quién era?

El sacerdote hablaba lentamente, procurando que su voz siguiera siendo baja,

suave.

Alice asintió con la cabeza, luego frunció el ceño como concentrándose, como

tratando de recordar las palabras exactas.

—Dijo que era la Inmaculada Concepción.

El sacerdote quedó rígido, mientras su cara empalidecía espantosamente. En ese

momento fue cuando la madre de Alice, con su brillante bufanda rosa colgándole por

detrás de la cabeza, se precipitó de rodillas, arrastrando a Alice consigo y apretándola

con fuerza. Los ojos de Molly Pagett estaban cerrados, pero las lágrimas manaban de ellos, empapando la cara y el cabello de la pequeña Alice.