Santuario

James Herbert · Capítulo 5 de 49

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Santuario

Tres

 

—¿Quién eres tú —dijo, al fin,

con un susurro no muy entusiasta—.

¿Eres un fantasma?

—No, no lo soy —respondió Mary,

con susurro medio asustado—. ¿Lo eres tú?

 

El jardín secreto

FRANCES HODGSON BURNETT

 

El padre Hagan yacía allí en la oscuridad, obligando a sus sentidos a escapar del

pegajoso abrazo del sueño. Sus ojos parpadearon y luego se abrieron de golpe.

Apenas podía distinguir la débil luz de la noche a través de las cortinas casi cerradas.

¿Qué era lo que le había perturbado?

El sacerdote alargó la mano hacia la lámpara de la mesilla de noche y palpó en

busca del interruptor. Sus pupilas acusaron el aguijonazo de la repentina luz, y

transcurrieron varios segundos antes de que pudiera abrir nuevamente los párpados.

Miró al pequeño reloj, estrechándose sus ojos en una mirada miope, y comprobó que

era más de medianoche. ¿Había oído algo fuera? ¿O era dentro de la casa? ¿O era su

propio sueño lo que le había perturbado? Se echó hacia atrás y contempló fijamente

el techo.

El padre Andrew Hagan tenía cuarenta y seis años, y pertenecía a la Iglesia hacía

diecinueve. El hito decisivo para él había tenido lugar dos días después de su

vigesimoséptimo cumpleaños, cuando un ligero ataque de corazón le dejó aturdido,

asustado y exhausto. Había ido perdiendo a Dios, permitiendo que el materialismo de

un mundo caótico confinara su yo espiritual, lo sojuzgara hasta un punto en que sólo

se daba cuenta de que existía. Cuatro años dando clase de Historia y Teología en un

Instituto de Segunda Enseñanza en Londres; luego tres años en otro Instituto de los

suburbios, una verdadera casa de locos, habían corroído lentamente el caparazón de

su fe y estaban empezando a afectar a su parte más interior, el centro de su creencia,

que no tenía respuestas, sino sólo SABÍA. Tenía que salvarse a sí mismo. La

proximidad de la muerte era como una madre estimulante que no permite que su hijo

permanezca bajo las sábanas ni un momento más.

Ya no enseñaba Teología en la escuela, sino sólo Historia, y de vez en cuando

daba alguna clase de inglés; la religión estaba casi muerta en aquella particular

escuela. Las Humanidades la habían remplazado, y el joven profesor de Humanidades

había sido puesto de patitas en la calle en su segundo trimestre por poner un ojo a la

funerala al director. El inglés se había convertido pronto en la segunda asignatura de

Hagan. Al no poder ya discutir su fe diariamente con unas jóvenes y curiosas —bien

que a menudo aburridas, mentes—, sus pensamientos de Dios se habían ido haciendo

más y más introvertidos, frenados por trabas de timidez. El ataque al corazón, aunque no muy grave, había acrecentado el gradual aunque aparentemente irrevocable

deslizamiento. De repente se dio cuenta de lo que había estado perdiendo. Quería

estar entre otras personas que creyeran como él, porque la creencia de ellos

fortalecería la suya; la fe de ellos aumentaría la suya. Al cabo de un año estaba en

Roma estudiando para sacerdote. Y ahora se preguntaba si la anterior corrosión no

habría dejado algún residuo.

Un ruido. Fuera. Movimiento. El padre Hagan se incorporó.

Y pegó un brinco cuando alguien llamó a la puerta de abajo.

El sacerdote buscó sus gafas, que estaban en la mesilla de noche, y saltó de la

cama; se dirigió a la ventana. Apartó las cortinas, pero dudó antes de abrir la ventana.

Nuevos golpes le alentaron a hacerlo.

—¿Quién hay ahí?

Un aire frío le envolvió y le hizo estremecerse.

—¡Sólo nosotros, los espectros! —Fue la réplica—. ¿Quiere usted bajar de una

vez y abrir?

Hagan se asomó por la ventana y trató de descubrir quién había en el porche. Una

figura se adelantó, pero no se distinguía bien.

—Tengo un problema, usted tiene un problema, ¡aquí! —dijo la voz.

El hombre parecía llevar algo en los brazos.

El sacerdote se retiró y, rápidamente, se puso una bata sobre el pijama. Olvidó

ponerse las zapatillas y bajó las escaleras descalzo, con los pies fríos. Encendió la luz

del vestíbulo y permaneció de pie detrás de la puerta de entrada durante unos

momentos, resistiéndose a abrir. Aunque el pueblo se hallaba cerca, su iglesia y casa

parroquial estaban aisladas. Por tres lados le rodeaban campos y bosques, y por la

parte delantera, la carretera principal le conectaba con sus feligreses. El padre Hagan

no era un hombre timorato, pero vivir sobre un cementerio tenía que hacer su efecto.

Un puño golpeando contra la puerta le despertó una vez más.

Encendió la luz del porche antes de abrir la puerta.

El hombre que estaba allí parecía asustado, aunque intentaba sonreír. Tenía la cara

arrugada, pálida.

—Encontré a ésta paseándose por ahí —explicó el hombre.

Tendió al sacerdote el fardo que llevaba en sus brazos, señalándolo al mismo

tiempo con un gesto de la cabeza. Sin necesidad de ver su cara, Hagan reconoció el

frágil cuerpecito en camisón.

—Tráigala aquí en seguida —dijo, abriendo camino.

Cerró la puerta principal y dijo al hombre que le siguiera. Encendió la luz del

cuarto de estar, fue a buscar una estufa eléctrica, y la encendió.

—Póngala en el sofá —dijo—. Voy por una manta. Debe de estar helada.

El hombre gruñó mientras colocaba a la pequeña sobre los cojines del sofá. Se

arrodilló a su lado y le apartó de la cara el largo pelo amarillo. El sacerdote regresó y,

cuidadosamente, envolvió la figurilla con una manta. El padre Hagan contempló la apacible cara de la niña durante unos momentos antes de volverse hacia el hombre

que la había traído a su casa.

—Dígame lo que ha sucedido —indicó.

El hombre se encogió de hombros. Tendría casi treinta años, o quizás un poco

más, necesitaba un afeitado, y llevaba una gruesa chaqueta de pana que le llegaba

hasta los muslos, el cuello levantado contra el frío, y unos pantalones corrientes o

vaqueros azul oscuro. Su escaso pelo castaño estaba enmarañado, pero no era

demasiado largo.

—Se cruzó en mi camino, frené justo a tiempo. Aunque estuve a punto de

golpearla. —Hizo una pausa para mirar a la pequeña—. ¿Está dormida?

El cura levantó uno de los párpados de la niña. La pupila le devolvió la mirada sin

inmutarse.

—No lo creo. Parece estar…

Dejó la frase sin terminar.

—No se detuvo cuando la llamé, así que la seguí —prosiguió el hombre—. Corrió

en dirección a la iglesia, y luego se desvió hacia el cementerio que hay allí. Me

asustó, ¡maldita sea! —Sacudió la cabeza y volvió a estremecerse, como para aliviar

la tensión—. ¿Tiene idea de quién es?

—Se llama Alice —informó el sacerdote tranquilamente.

—¿Por qué corrió hacia aquí? ¿De dónde es?

El padre Hagan ignoró sus preguntas.

—¿Se… se encaramó a la pared de la parte trasera del patio?

El hombre asintió.

—Eso, eso. Corrió hacia el campo. ¿Cómo lo sabe usted?

—Dígame exactamente lo que sucedió.

El hombre miró a su alrededor.

—¿Le importa si me siento un momento? Mis piernas no están muy seguras.

—Lo siento. Debe usted de haber tenido una impresión desagradable, la pequeña

corriendo y usted allí.

—Fue el maldito cementerio lo que me afectó. —Se sentó, con agradecimiento,

en un sillón, y soltó un largo suspiro. Luego su cara volvió a adoptar una expresión

de alarma—. Oiga, ¿no sería mejor llamar a un médico? La niña parece rendida.

—Sí, en seguida llamaré uno. Antes dígame qué ocurrió cuando se dirigió al

campo.

El hombre pareció sorprendido.

—¿Es usted su padre? —preguntó, mirando directamente al sacerdote con sus

azules ojos.

—Soy padre, pero no el suyo. La iglesia es católica, y yo soy su cura párroco, el

padre Hagan.

El hombre abrió la boca, y luego asintió en un gesto de comprensión.

—Naturalmente —dijo, esbozando una breve sonrisa—. Debería haberme dado cuenta.

—¿Y usted es Mr…?

—Gerry Fenn. —Decidió no decirle al cura que era del Courier, de momento—.

¿Vive usted aquí solo?

—Tengo una ama de llaves que viene durante el día. Por lo demás, sí, vivo solo.

—Espeluznante.

—Iba usted a decirme…

—¡Oh, sí! El campo. Bueno, aquello fue misterioso. La seguí y la encontré

arrodillada en la hierba. No estaba temblando siquiera; sólo mirando hacia delante,

sonriendo.

—¿Sonriendo?

—Sí, toda su cara irradiaba. Como si estuviera contemplando algo, ¿sabe? Algo

agradable para ella. Pero lo que estaba mirando era un viejo árbol grandote.

—El roble.

—¿Mmm? Sí, creo que sí. Estaba demasiado oscuro para ver.

—El roble es el único árbol que hay en aquel campo.

—Entonces supongo que era el roble.

—¿Qué ocurrió?

—Entonces vino la parte más extraña. Bueno, todo lo era condenadamente… lo

siento, padre… todo era extraño, pero esto fue lo que más me chocó. Creía que podía

tratarse de sonambulismo… andar dormido, o correr dormido, para ser más exactos…

así que la toqué en el hombro. Un toque suave, ¿comprende? No quería asustarla.

Pero ella siguió sonriendo y dijo: «¡Es tan hermosa!», como si viera algo allí en el

árbol.

El cura, rígido, miraba a Fenn con tanta intensidad, que el reportero dejó de

hablar. Y levantó las cejas.

—¿Es algo que he dicho…? —preguntó.

—Ha dicho usted que la pequeña habló. ¿Alice le habló?

Fenn estaba asombrado por la actitud del cura. Se movió incómodamente en el

sillón.

—Realmente no me habló. Bueno, más bien lo hizo a sí misma. ¿Algo anda mal,

padre?

El sacerdote bajó sus ojos hacia la niña y, suavemente, le acarició la mejilla con la

palma de la mano.

—Alice es sordomuda, Mr. Fenn. No puede hablar, ni oír.

La estupefacta mirada de Fenn fue de la cara del sacerdote a la de la niña. Allí

estaba la pequeña, pálida, inmóvil, una frágil y arrugada figurilla, tan pequeña y tan

vulnerable.