Santuario

James Herbert · Capítulo 26 de 49

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Santuario

Veintiuno

 

¿Y brilló la Faz Divina sobre

nuestras colinas nubladas?

¿Y fue Jerusalén construida aquí,

entre estos oscuros Molinos Satánicos?

 

Jerusalén

WILLIAM BLAKE

 

Hacía frío. Un condenado frío que helaba las entrañas.

Fenn cerró la portezuela del coche y se subió el cuello del abrigo. El vapor de la

boca empañó la ventanilla cuando se inclinó para insertar la llave en la cerradura. Se

enderezó y se dirigió a la iglesia.

Por una vez, la entrada de los terrenos estaba libre de hombres de la Prensa.

Probablemente el funeral del día anterior había saciado su apetito durante algún

tiempo.

Se encaminó dificultosamente hacia la puerta; el arcén de tierra estaba duro y

quebradizo, la hierba pisoteada desde hacía mucho tiempo. Surcos desiguales

crujieron bajo sus botas. Una figura solitaria le observaba con cautela mientras se

acercaba.

—Fría mañana —comentó Fenn.

El hombre asintió con la cabeza.

—Soy Fenn, del Brighton Evening Courier —anunció el reportero cuando llegó a

la puerta.

—Le conozco —replicó el hombre, un ayudante voluntario de St. Joseph—, pero

sería mejor que me enseñara su carné de Prensa.

Fenn hurgó en su cartera, los dedos ya rígidos debido al frío. La abrió y sacó su

carné de identidad. El hombre gruñó, satisfecho. —Vengo a ver a monseñor Delgard.

El hombre abrió la puerta.

—Sí, ya dejó aviso.

Fenn cruzó el umbral.

—No hay mucha gente esta mañana.

El hombre cerró cuidadosamente la puerta, y luego miró al periodista.

—Ya aparecerán más tarde. La mayoría está ahora en el convento.

Se sacó un pañuelo y se sonó.

—Acabo de pasar por él. Hay poca gente allí.

—Supongo que se hartaron ayer. ¡Sanguijuelas!

Contempló a Fenn, y en su mirada no había ninguna excusa.

—¿Conocía usted bien al padre Hagan? —preguntó el reportero, ignorando el

desaire.

—Era un buen hombre. Un hombre bueno, e infatigable trabajador. Le echaremos

de menos.

Fenn avanzó, dejando al hombre que movía la cabeza y se sonaba.

Se dirigió a la casa; abrió la puerta un joven sacerdote, alguien a quien el

reportero no había visto anteriormente. Había algunos de ellos ahora en St. Joseph,

haciendo de oficinistas, secretarios… controladores de la multitud.

El sacerdote sonrió y dijo con un suave acento irlandés:

—¿Mr. Fenn? ¡Ah, sí, monseñor Delgard está en la iglesia! ¿Quiere que vaya a

buscarle?

—No hace falta, iré yo.

Fenn se volvió, y el sacerdote le observó unos momentos mientras se encaminaba

hacia St. Joseph, antes de cerrar suavemente la puerta.

El periodista se estremeció. Se estaba levantando una ligera neblina, que cubría el

viejo edificio y se arremolinaba en torno a las esparcidas lápidas manchadas de verde.

Sabía que la tumba recién excavada estaba al otro lado, en un lugar retirado del

cementerio, cerca de la pared fronteriza, y no sentía el menor deseo de verla. El ver

cómo bajaban el ataúd del padre Hagan a su frío hoyo le había trastornado tanto como

cuando sus padres —que murieron con unas semanas de diferencia, uno, de cáncer, y

el otro, al igual que el sacerdote, del corazón—, fueron enterrados. Era como si la

envoltura de tierra fuera realmente la final e irrevocable consumación de la vida, y el

momento mismo de la muerte, sólo la primera fase. Había conocido a otras personas

muertas prematuramente (¿no era siempre prematura la muerte, incluso entre las

personas de edad? No eran muchos los que llegaban a ella realmente dispuestos),

pero ninguna le había afectado de aquella manera. Eso había sido comprensible con

su padre y su madre, porque ambos habían muerto cuando él era todavía un

adolescente, y su mutuo afecto padres/hijo no había tenido tiempo de agriarse; pero el

cura había sido casi un extraño, incluso parecía no gustarle a Fenn. Quizás era porque

había intentado —y fracasado— salvar la vida del sacerdote, por lo que sentía con

tanta intensidad aquella pérdida. Pero, de todas maneras, poco era lo que podía haber

hecho, porque la autopsia reveló que Hagan había muerto de un ataque al corazón; la

carne que tragó tal vez fue lo que inició el pánico del cura, pero difícilmente era lo

bastante grande como para asfixiarle. Así que, ¿por qué el sentimiento de pérdida se

mezclaba con otro de culpabilidad? Era una pregunta para la que Fenn no tenía

respuesta.

Las puertas de la iglesia estaban cerradas, y Fenn hizo girar el pesado anillo de

metal negro para abrir una de las hojas. Fuera hacía un frío glacial, pero dentro de la

iglesia el frío tenía un carácter especial. Cerró la puerta y se dirigió al altar, hacia la

figura de negro sentada cerca del primer banco.

Monseñor Delgard no se volvió al acercarse el periodista; contemplaba la vidriera

situada encima del altar, aunque dirigía la mirada realmente hacia dentro.

Fenn se sentó cerca del sacerdote.

—¿Monseñor Delgard?

El sacerdote siguió mirando fijamente.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó, y las palabras no iban dirigidas al reportero.

—Lo siento, ¿qué ha dicho?

El sacerdote parpadeó y dijo:

—No comprendo lo que está sucediendo en esta iglesia, Mr. Fenn. No comprendo

por qué murió el padre Hagan y por qué tenía tanto miedo.

—¿Tenía miedo?

—¡Oh, sí! Estaba mortalmente asustado.

—Estaba enfermo.

—Sí, estaba enfermo. Pero había algo más. Algo le arrancó su fuerza.

—No lo entiendo.

El cura suspiró y bajó la cara. Se volvió hacia el reportero.

—¿Cree usted en Dios, Mr. Fenn? —preguntó.

Fenn fue cogido de improviso por la pregunta, y se sintió algo incómodo por ella.

—Creo que sí, no estoy seguro. Imagino que no he pensado bastante en ello.

—Todo el mundo piensa bastante en ello, Mr. Fenn. ¿Tiene usted miedo de

ofenderme porque soy sacerdote?

—No, no es eso. Realmente, no estoy seguro, eso es todo. No puedo creer en esa

gran Figura Paterna del cielo, si es eso a lo que usted se refiere.

—No hace falta que sea así. De hecho, sería más bien ingenuo imaginárselo de

esa manera. Déjeme que le pregunte una cosa: ¿tiene usted miedo de no creer?

—Supongo que la mayoría de la gente lo tiene.

—¿Y usted?

—Cuénteme entre ellos.

—¿Tiene miedo de morir debido a pasadas transgresiones?

—No. Sólo espero que, al llegar allí. Él acepte mis excusas. Oiga, ¿qué tiene todo

esto que ver con el padre Hagan?

El monseñor volvió a mirar hacia el altar:

—Él era un devoto sacerdote, un hombre realmente bueno; no obstante, tenía

miedo de morir.

—Quizá tenía secretos que usted no conoce.

—Sí, todos tenemos nuestras vergüenzas secretas. Por lo general, son triviales,

importantes —vergonzosas— sólo para nosotros mismos. De manera extraña, oí la

confesión del padre Hagan la noche antes de morir, y sé que no tenía nada que temer.

Fenn se encogió de hombros.

—La muerte, por sí sola, ya es suficiente. Es un gran salto, y no hay garantía de

que el aterrizaje sea suave. O de que haya aterrizaje alguno. No importa cuán fuertes

sean tus creencias, cuán profundamente religioso seas, no existe ninguna garantía,

¿verdad?

—Eso es absolutamente cierto, Mr. Fenn, pero entiendo su punto de vista.

—Así que cuando llegó el momento, el padre Hagan no fue diferente del resto de

nosotros… asustado por el dolor, y un poco aprensivo ante el Gran Momento de la

Verdad.

—El padre Hagan tenía miedo de lo que dejaba detrás.

Fenn lo miró, atónito.

—Tenía miedo de lo que ocurría en esta iglesia. —El sacerdote volvió otra vez la

cara hacia el reportero, apoyando un codo en el respaldo del banco, sus largos dedos

apretados—. ¿Sabe usted?, apenas dormía desde que se produjo el primero de los

supuestos milagros. Por alguna razón, ya no se sentía seguro en los terrenos de su

propia iglesia.

—Advertí que su aspecto iba empeorando cada vez que le veía. Pero lo atribuí a

su mal estado de salud general.

—Lo vio usted por primera vez cuando encontró a la niña en el campo, ¿no?

—Sí. Y entonces ya no parecía la imagen misma de la salud. Pero, como digo, iba

empeorando día a día. Pensé que era a causa de la presión que se iba acumulando

sobre él.

—Sufría una gran tensión mental mucho antes de todo eso, me temo. Durante mi

estancia aquí sostuvimos largas discusiones sobre St. Joseph, la niña, y sus visiones.

Y sobre el propio padre Hagan. Era un hombre trastornado.

—¿Tenía algo que ver con sus trastornos su nombramiento en Hollingbourne?

Los rasgos de monseñor Delgard se aguzaron:

—¿Quién le habló de eso?

—Nadie. Sólo que recuerdo el incómodo silencio que se produjo en la

conferencia de Prensa cuando un reportero de la zona le hizo una pregunta al

respecto. ¿Cuál fue el problema, o sigue siendo un gran secreto?

El sacerdote suspiró.

—Con su tenacidad, estoy convencido de que lo descubriría usted más tarde o

más temprano. Todo ocurrió en el pasado, y realmente no tiene importancia.

—Pues si no la tiene, cuéntemelo.

—¿En el bien entendido de que no saldrá de aquí?

—Absolutamente.

Delgard se sintió satisfecho. Si se hubiera negado a contárselo, Fenn se habría

sentido más interesado y habría hurgado por ahí hasta encontrar algo; de esta manera,

se veía comprometido a guardar el secreto a causa de su pacto sobre «informaciones

confidenciales» de unas noches antes.

—El padre Hagan era joven, un novicio, cuando fue enviado a Hollingbourne —

empezó—. Estaba inseguro de sí mismo, pero trabajaba duramente, ansioso de

aprender. Y era vulnerable.

Delgard guardó silencio, y Fenn se impacientó.

—¿Trata usted de decirme que tuvo algún asunto con alguna de las feligresas?

—No exactamente. No exactamente un asunto, y no con una de sus feligresas. — Delgard movió tristemente la cabeza—. Se… se despertó en él un gran afecto por su

párroco.

—¡Oh, Jes…!

—No hubo enredo sexual, que esto quede bien claro. De haber sido éste el caso,

ninguno de los dos estaría aún en el sacerdocio.

—Entonces, ¿por qué?

—Se extendieron los rumores. Era un lugar pequeño donde cualquier cosa es

noticia. Y el afecto, el afecto profundo, no pasa inadvertido. Llegó a oídos del obispo

de aquella diócesis, y éste intervino, afortunadamente, antes de que la situación

pudiera agravarse.

—Perdóneme la pregunta, pero ¿cómo sabe usted que no fue así?

—Ambos sacerdotes habrían confesado en el momento de ser enfrentados.

—Tiene usted una elevada opinión de la naturaleza humana.

—No habrían mentido.

—Así que el padre Hagan fue destinado a otro lugar.

—Sí. El otro sacerdote, su nombre no es importante, dejó la parroquia algún

tiempo después. Sé que lo sucedido había torturado al padre Hagan durante su carrera

eclesiástica, y también sé que jamás volvería a sucumbir a semejante tentación. Se

enterró en el trabajo y la oración.

—Pero ¿siempre vivió con el sentimiento de culpa?

—Era un hombre sensible. No creo que jamás se exonerara a sí mismo de la

culpa.

—Eso es algo que su religión adora, ¿no?

Le era difícil evitar el rencor en su voz.

—Una observación muy poco amable, Mr. Fenn, y no muy cierta. Sin embargo,

sería en este momento más bien inútil una discusión sobre los ideales teosóficos de la

Iglesia católica romana. Limitémonos al tema del padre Hagan y sus temores por esta

iglesia.

—Eso es algo que me ha venido intrigando desde la noche en que murió. Dijo que

había algo que funcionaba mal en St. Joseph, y usted pareció estar de acuerdo.

—Mire a su alrededor, Mr. Fenn. ¿Le parece que está oscuro aquí?

—Bien… sí. Pero hay niebla fuera, la luz es bastante pobre.

—Ahora cierre los ojos y dígame lo que siente.

Fenn lo hizo así.

—¿Cómo se siente?

—Estúpido.

—No. Piense sólo en la iglesia, piense en donde está.

No le gustaba. No le gustaba tener los ojos cerrados dentro de la iglesia.

—¡No!

Abrió los ojos de golpe, y miró al sacerdote con sorpresa.

—Lo siento —dijo—. No sé qué me ha hecho gritar. —Se estremeció—. No sé qué ha sucedido.

—¿Ha sentido usted una atmósfera…? —apuntó suavemente Delgard.

—No, no he sentido nada. —Fenn frunció el ceño—. ¡Cristo, eso ha sido! No he

sentido nada. Está vacío aquí. No me refiero a vacío de gente… sino a lo que usted

dijo la otra noche. Algo de que la iglesia iba quedando espiritualmente vaciada…

—Eso es exactamente lo que dije. Usted también lo ha sentido.

—Yo… no sé. Es algo frío y espeluznante, hay que reconocerlo. Pero siempre hay

algo espeluznante en una iglesia vacía.

—No para un clérigo. Un sacerdote sólo encuentra tranquilidad en una iglesia

vacía, un lugar para meditar, para rezar. No hay paz aquí; sólo una sensación de

desolación.

Delgard cambió de postura, se deslizó hacia el borde del asiento y descansó las

entrelazadas manos en el asiento de delante. Fenn estudió el perfil del hombre, su

nariz de elevado puente, la firme mandíbula, las profundas arrugas de su frente. Sólo

un ojo de pesado párpado era visible desde aquel ángulo, y había tristeza en su

mirada, un cansancio reflejado desde dentro. Cuando el sacerdote volvió a hablar, su

voz era fuerte, profunda, pero la pena interior estaba de algún modo contenida en su

timbre.

—Si Alice tuvo una aparición, entonces la presencia del Espíritu Santo sería

abrumadora en este lugar.

—Usted dijo que una iglesia es sólo un edificio hecho de piedra —apuntó Fenn.

—Quise decir que era un recipiente que podía ser vaciado de su contenido como

cualquier otro recipiente. El obispo Caines debería haberlo comprendido. Esta iglesia

ha sido drenada.

—No lo entiendo. ¿Cómo puedo decirlo?

—Sólo tiene que sentirlo. Como ha hecho usted hace unos momentos. El padre

Hagan pasó por el mismo trauma durante muchas semanas; sólo que su percepción

era mayor; sus sensaciones, más fuertes. Usted mismo observó que estaba cambiando

físicamente, que su vitalidad era socavada.

—Estaba enfermo. Su corazón…

—No. Su fuerza vital estaba siendo drenada, como la esencia espiritual de su

iglesia estaba siendo drenada. Debería haberme dado cuenta antes, debería haber

comprendido lo que estaba sucediendo cuando él me habló de sus dudas. Él no creía

que las curaciones fueran milagrosas, Mr. Fenn. Ni tampoco creía que Alice hubiera

visto a la Santísima Virgen. Al principio no estaba seguro. Alice había sido siempre

muy buena niña, una inocente a la que lo que más le gustaba era ayudar a su madre en

su trabajo en St. Joseph. La conocía desde que era un bebé…

—¿Antes de volverse sordomuda?

—¡Oh, sí! Él llegó a la parroquia poco antes de que la niña naciera. La vio crecer,

le dio su primera comunión, la animó a jugar con los demás niños, pese a su

incapacidad. Sin embargo, hacia el final… estas últimas semanas… tenía miedo de ella.

—¿Miedo de una niña de once años?

—Usted estaba en el convento, el domingo pasado.

—Claro. Estaba enferma.

—Antes de eso. La forma cómo la miraba el padre Hagan.

—Tiene usted razón, estaba asustado. Con todo lo que ha ocurrido desde

entonces, lo había olvidado. Parecía aterrorizado. —Fenn dio en el banco unos

golpecitos pensativamente—. Pero se estaba desmoronando —dijo—. Lo siento,

monseñor Delgard, no deseo mostrarme irrespetuoso con él. Pero usted mismo sabe

que se estaban aflojando sus goznes. Estaba a punto de caerse a pedazos.

—Tal vez fuera así, pero por una buena razón. La tensión que estaba sufriendo

habría sido excesiva para cualquier hombre.

—Quiere usted decir, la publicidad…

—No quiero decir nada de eso. Eso era sólo una pequeña parte. Me refiero a la

angustia mental que sufría, al saber que su iglesia estaba siendo saqueada, que una

niña estaba siendo utilizada…

—Oiga, espere un momento. Todo eso parece un poco traído por los cabellos,

¿no?

El cura sonrió, pero aquélla era una sonrisa torva.

—Sí, Mr. Fenn. Sí, es lógico que piense usted así, y no le censuro. Usted es" un

cínico nato, y creo que probablemente los cínicos son los que menos sufren en este

mundo. —Miró al reportero con unos ojos en los que había piedad—. O quizá los que

más sufren, ¿quién puede decirlo?

Fenn dio la vuelta en redondo en su asiento, poniéndose de cara al altar y

apartándose de la mirada del sacerdote.

—Su escepticismo es el que puede servir de ayuda en este asunto, Mr. Fenn —

oyó decir a monseñor Delgard.

Lentamente el periodista giró la cabeza para mirar otra vez al cura.

—No es usted un gran creyente en nada, ¿verdad? —preguntó Delgard, más bien

en tono de afirmación—. No tiene usted creencias religiosas, no tiene familia, no

tiene esposa…

—¿Cómo lo sabe? Usted no sabe nada de mí.

—¡Oh, sí que lo sé! He tenido una larga discusión sobre usted con Miss Gates,

¿sabe?

—¿Sue? No debería…

Sus palabras se apagaron cuando el sacerdote asintió con la cabeza.

—Susan acude con regularidad a la iglesia en estos días. Me temo que está muy

confusa sobre usted en este momento, Mr. Fenn.

—Sí. Ya me he dado cuenta. Pero ¿por qué le habló ella de mí?

—Porque yo le pregunté. —La voz de Delgard se animó—. Necesito su ayuda,

Mr. Fenn. Averigüé cuanto pude sobre usted, ante todo, por la asociación que tiene ahora con la Iglesia bajo el edicto del obispo Caines; y luego, porque creo que puede

usted resultar de ayuda de otras maneras.

—De nuevo me desorienta usted.

—Su empleador me dijo que era usted un buen periodista. Algo molesto, pero

básicamente competente. Al parecer tiene usted una mente inquisitiva o, tal como

dice su redactor jefe, un olfato de detective. Por desgracia no fue muy elogioso en

otros aspectos de su carácter, pero eso no me preocupa mucho.

—Puedo imaginar lo que dijo.

—Bien. Así que usted y yo somos conscientes de nuestros defectos.

—Yo no…

—Fue Susan quien me dijo que tiene usted una mente clínica, abierta hacia la

mayor parte de las cosas, en especial cuando se trata de su trabajo. Debo admitir,

después de haber leído su primer artículo sobre Alice y St. Joseph, que pensé que era

usted más bien demasiado emocional, nada objetivo. Pero ella me explicó eso; en

realidad me hizo ver cuán objetivo podía usted ser. Era algo perverso, aunque

supongo que yo debería respetar su oportunismo de alguna manera. Usted no creía en

lo que escribía, pero quería que sus lectores creyeran. Usted, muy hábilmente,

sensacionalizó la historia sin dar crédito realmente a lo que había ocurrido. Sólo

leyéndolo con más detenimiento y conociendo un poco al autor, puede uno captar la

deliberada ambigüedad de sus afirmaciones. Ésa fue su objetividad: escribió un

artículo periodístico crudo, sincero, aunque sólo en la superficie, para promover sus

propios intereses. En otras palabras: quería usted una noticia de primera plana. Y eso

fue seguramente lo que consiguió.

—Quizá me está usted atribuyendo más mérito del que me corresponde.

Suponiendo que me atribuya algún mérito. Estoy algo confuso.

—¿Comprende usted todo esto? El hecho de que sea usted un cínico con respecto

a la Iglesia, podría significar que también lo es con relación a su contrario. Eso le

daría una ventaja.

—¿Sobre qué?

—Sobre el mal que nos está rodeando.

Fenn sonrió.

—¿Ah, sí?

—Ya ve; si no lo cree, entonces no tendrá usted miedo. El mal es un parásito que

se alimenta de las creencias de las personas.

—Creía que se alimentaba de la ignorancia.

—A menudo es el ignorante el que tiene creencias irrazonables. Pero la suya no es

esa clase de ignorancia. Usted creería algo si se le demostrara de manera concluyente;

además, usted se molestaría en buscar esa prueba; el ignorante, no. Y eso es lo que

quiero de usted, Mr. Fenn. Quiero que busque.

Fenn se metió las manos en los bolsillos del abrigo. No estaba seguro de si era la

conversación o la iglesia lo que le hacía sentir tanto frío.

—¿Qué quiere que busque, monseñor Delgard?

—Quiero que averigüe algo sobre esta iglesia.

Fenn le miró, sorprendido:

—Probablemente, eso le resultaría a usted más fácil.

—Objetividad, Mr. Fenn, y sentido práctico. Yo estaré demasiado ocupado en los

meses venideros organizando las cosas en St. Joseph, preparándolo para las

peregrinaciones, supervisando el trabajo que tendrá que hacerse. En cuanto a la

objetividad, estoy demasiado mezclado en la espantosa atmósfera de este lugar,

demasiado implicado en la tragedia del padre Hagan, como para ver las cosas bajo

una luz pura, objetiva. Y, aún más, quiero que haga averiguaciones sobre el pueblo.

Necesito un ojo investigador, alguien que sepa hurgar, que encuentre respuestas. Ya

ha llegado a un acuerdo con el obispo Caines y George Southworth; esto sería

simplemente parte del trabajo. Todo lo que pido es que busque usted algo más, algo

que pueda haber sucedido aquí en el pasado.

—¿Como qué?

—No lo sé. A usted le toca averiguarlo.

Fenn se encogió de hombros.

—De acuerdo. Como dijo usted, ello formaría parte del trabajo de todos modos.

—Y otra cosa: Quiero que averigüe cuanto pueda sobre Alice Pagett.

Y sobre sus padres. Algo anda mal, y no tengo idea de qué es. Sólo que tenemos

que descubrirlo.

—¿No cree que tal vez se está usted también desquiciando un poquito, monseñor?

Delgard le estudió fríamente durante un momento, y luego habló:

—Eso es bueno. Quiero que piense de esta manera. Pero antes de que se vaya,

deseo mostrarle algo.

Se levantó del banco y Fenn hizo lo mismo rápidamente; se echó a un lado en el

pasillo para que el sacerdote pudiera pasar.

Delgard hizo la genuflexión ante el altar y luego se dirigió hacia la nave derecha

de la iglesia. Se volvió hacia Fenn cuando estuvo debajo de la estatua de Nuestra

Señora.

—Por favor, ¿quiere usted acercarse?

Fenn, con las manos en los bolsillos, se acercó. Miró con curiosidad al sacerdote

que señalaba la estatua con un gesto de la cabeza.

—El padre Hagan me dijo que a Alice le gustaba esta estatua, que solía pasar

largos ratos sentada ante ella. Podría decirse que era casi una obsesión. Si sus

visiones eran meramente las alucinaciones de una mente perturbada, no es

improbable que tomaran la forma de algo por lo que ella estaba fascinada. Eche una

atenta mirada a la estatua.

Fenn recordó haber contemplado la estatua sólo dos semanas antes, el domingo de

los milagros. Entonces había observado un defecto: la débil grieta que corría desde

debajo de la barbilla hacia un lado del cuello.

Ahora, la efigie era una masa de líneas negras, una absurda red de delgadas y

melladas venas que cubría casi cada centímetro cuadrado de blanca piedra. Las

grietas que salían de las comisuras de los labios de la Virgen le conferían un aspecto

de extraña y obscena sonrisa. Incluso sus ojos ciegos estaban cruelmente rasgados por

cicatrices.

En vez de una imagen finamente esculpida y de aspecto compasivo, parecía una

bruja espantosamente arrugada, cuyos ojos miraban con fijeza a los dos hombres,

mientras sus destrozadas manos se tendían hacia ellos en un gesto de súplica.

Fenn se apartó a un lado, como si temiera que la figura de piedra pudiera alargar

la mano y tocarle.