Santuario
Dos
Otra Doncella como ella,
translúcida, adorable, brillando con claridad,
tres veces encerrada cada una en la otra…
¡Oh, que agradable miedo tembloroso!
The Cristal Cabinet
WILLIAM BLAKE
La blanca furgoneta resbaló por el terreno antes de detenerse bruscamente, y la
cabeza del conductor se proyectó inquietamente hacia el parabrisas. Soltando una
maldición, se echó para atrás, apartándose del volante y dando una palmada al
endurecido plástico, como si se tratara de la mano de un niño travieso.
Los faros de la furgoneta iluminaron los árboles del otro lado de la encrucijada en
forma de T, y el conductor miró a derecha e izquierda, gruñendo para sí mientras
trataba de penetrar la oscuridad que le rodeaba.
—Debería ser a la derecha, tiene que ser a la derecha.
No había nadie en la furgoneta para oírle, pero eso no le importaba: estaba
acostumbrado a hablar consigo mismo.
—Es a la derecha.
Metió la primera e hizo una mueca de dolor al oír el sonido rechinante. La
furgoneta dio una sacudida hacia delante, y él hizo girar el volante a la derecha. Gerry
Fenn estaba cansado, irritado y un poco borracho. El mitin al que había asistido a
primera hora de aquella noche había sido aburrido, monótono. ¿A quién le importaba
un rábano si las casas más apartadas de la localidad desaguaban o no en la red de
alcantarillado principal? No a los ocupantes, desde luego; una conexión con el
sistema de alcantarillado significaba impuestos más altos para ellos. Casi dos horas
para decidir que nadie quería alcantarillado. Preferían sus pozos negros. Como de
costumbre, los agitadores alquilados habían alargado la sesión. Una red de cloacas
era buena para la causa, suponía Fenn. No había tenido intención de quedarse tanto
rato, y ni siquiera tenía necesidad de hacerlo. Pero lo cierto es que se había quedado
dormido en la parte trasera de la sala, y le despertaron sólo los ruidos hechos al
acabar el mitin. Los agitadores se sentían irritados de que la moción a favor hubiera
sido derrotada —un buen titular: MOCIÓN DE ALCANTARILLA LOCAL DERROTADA.
Demasiado conciso para el Courier, sin embargo. Conciso. Tampoco esto era malo.
Asintió con la cabeza, en un gesto de apreciación de su propio ingenio.
Gerry Fenn llevaba más de cinco años en el Brighton Evening Courier —hombre
y muchacho, se dijo a sí mismo—, y seguía esperando la noticia grande, la historia
que ocuparía las cabeceras mundiales, la noticia sensacional que le transportaría del
periodicucho local de la ciudad balnearia al corazón del mundo periodístico: ¡FLEET
STREET! ¡Aplauso de Kermit[1] para FLEET STREET! ¡YEEAAAY! Tres años de
contrato en Eastbourne, cinco en el Courier. Paso siguiente: jefe del equipo Insight
(perspicacia) en el Sunday Times. A falta de eso valdría News of the World. Lleno de
interés humano. Desentierra la porquería, reparte la basura. Colecciona las demandas
judiciales.
Había telefoneado a la redacción después del mitin, para contar al redactor jefe de
la noche —a quien no le habían hecho mucha gracia las instrucciones de Fenn de
¡RETENER LA PRIMERA PLANA!— que la reunión había degenerado casi en un
disturbio y que el apenas había conseguido escapar con sus partes vitales intactas, y
mucho menos con su libreta de notas. Cuando el redactor jefe le informó de que el
recadero del periódico acababa de presentar su dimisión debido a una crisis
emocional a sus dieciséis años, de manera que el puesto estaba disponible, Fenn
modificó su historia, explicando que el mitin realmente había sido muy animado y
que quizá debería haber salido antes: pero cuando el Izquierdista de ojos extraviados
se había abalanzado a la plataforma y tratado de meter un excremento —parecía el de
un perro, evidentemente usado sólo para causar impresión— en las ventanillas de la
nariz de una sorprendida concejal, se imaginó… Fenn apartó el auricular de su oído,
viendo casi cómo el salivazo emergía del teléfono. Unos zumbidos excitados del
teléfono acabaron con el discurso, y una nueva moneda renovó la conexión. El jefe de
redacción había recuperado el control para entonces, aunque sólo lo justo. Como
Fenn disfrutaba tanto del itinerario campestre —dijo—, había un par de asuntitos que
podía cubrir en aquella zona. Fenn gimió, pero el redactor jefe siguió hablando. Una
excursión al Departamento de Policía local: descubrir si los imitadores de los boy
scouts (un chelín por trabajo a domicilio, y, una vez dentro, empezaban a desaparecer
libretas de pensiones, dinero suelto, pequeños objetos de valor) seguían todavía
imitando a los boy scouts. Visita rápida al cine de baja categoría local: ¿Estaban
todavía las feministas embadurnando los carteles eróticos de fuera con pintadas anti-
violación y arrojando tomates a la pantalla en el interior? Durante el camino de
regreso, visitar el emplazamiento de caravanas de Partridge Green: comprobar si
disponían ya de energía eléctrica (el Courier había emprendido una pequeña campaña
en favor de los residentes alentando a la Junta Local a conectar el emplazamiento a la
red; hasta el momento habían transcurrido seis meses). Fenn preguntó si el jefe de
redacción sabía el condenado tiempo que estaba haciendo, y le aseguraron que, desde
luego, lo sabía, y, ¿Fenn era consciente de que todo lo que su escapatoria nocturna
había causado para las ediciones del día siguiente era un ATC (Accidente de Tráfico
en Carretera) y un perro de lanas diabético que iba a su revisión veterinaria en un
maldito «Rolls-Royce»? Y el ATC ni siquiera había sido mortal.
Fenn se volvió loco y advirtió al redactor jefe de su agitado estado de ánimo,
informándole de que cuando regresara a la oficina le demostraría cuán excitado
estaba introduciéndole en su culito el clavo de archivo de sobremesa, con el extremo
de madera primero, y metiendo la máquina de escribir más próxima en aquella bocaza que estaba siempre llena de mierda, pero nunca de mierda agradable;
presentaría luego su dimisión al Courier, dejándole así en la estacada. Así se lo dijo
al redactor jefe, aunque se aseguró de que el auricular estaba descansando en su
soporte antes de hacerlo.
Su siguiente llamada fue a Sue para decirle que le esperara cuando llegara, pero
no recibió contestación de su piso. Y tampoco del de ella. Deseó con toda su alma
que ella se instalara permanentemente con él; era un sufrimiento no saber nunca
dónde encontrarla.
De muy mal humor, hizo aquello para lo que le pagaban. Los imitadores de los
boy scouts estaban ahora imitando a los que hacen recogida de objetos usados para
las tómbolas benéficas (una anciana dama había perdido incluso sus dientes postizos
—se los había dejado en la mesa de la cocina—, pero se resistía comprensiblemente a
hablar de ello). El cine local había estado proyectando Bambi durante los últimos
quince días (se esperaban problemas la semana siguiente cuando se proyectara Diosas
adolescentes del amor y Sexo en las ciénagas). Condujo el vehículo hasta Partridge
Green, y vio sólo luces de velas a través de las ventanas de las caravanas (llamó a una
puerta y le dijeron que se fuera al cuerno, de manera que no preocupó más).
Arañó en la puerta del pub más cercano sólo cinco minutos antes del cierre, y
afortunadamente el propietario no se mostró opuesto a admitirle una vez que hubo
despejado el grupo principal de clientes: dos jugadores de dominó y una mujer con un
gato en una caja de madera. Fenn deslizó la información de que pertenecía al
Brighton Evening Courier, confesión que podía haber conseguido que le mostraran la
puerta inmediatamente, o tomar una copa informativa fuera de horas. Los dueños de
los locales buscaban generalmente la buena disposición de la Prensa local (incluso los
más monótonos eran aspirantes al Premio al Pub del Año), si no tenían alguna razón
privada para sentirse irritados contra los periodistas (problemas matrimoniales
descubiertos, camareras demasiado voluptuosas en el negocio, o cocinas sin
condiciones higiénicas denunciadas, eran generalmente la causa de su desconfianza).
Éste no planteó problemas; permitió incluso a Fenn que le pagara un rumm and pep,
un gesto que hizo que el reportero se rascara mentalmente la cabeza (¿no debería ser
el propietario quien procurara que él se sintiera cómodo, y no al contrario?) No estaba
para periodismo de investigación —Fleet Street y los servicios de información del
mundo tendrían que esperar hasta que estuviera de humor—, así que, ¿por qué
diablos estaba invitando al dueño? ¡Ah, sí, para poder beber fuera de horas, eso era!
Fenn estaba cansado.
Tres pintas y cuarenta minutos de conversación nada excitante más tarde, Fenn se
encontró en el frío aire de la noche; los cerrojos crujían detrás de él para indicarle que
el puente levadizo había sido alzado, y que la casa pública ya no era un refugio, sino
una fortaleza, construida para resistir a los más poderosos invasores. Dio un puntapié
a la blanca furgoneta antes de dejarse caer en el asiento del conductor.
El vehículo constituía una molestia. Llevaba escrito el nombre del periódico, con rótulos que despedían brillantes destellos rojos, a ambos lados. Muy discreto. Muy
secreto. El Courier se había peleado con la compañía que generalmente le alquilaba
los coches, y ahora los periodistas tenían que usar sus propios coches, para los que no
había subvención de gasolina, o la única furgoneta de entregas disponible. Demasiado
grande para seguir a incendiarios sospechosos o vendedores ambulantes de droga.
Demasiado grande para vigilar citas ilícitas entre personas conocidas que se
convertirían en más conocidas aún. Ideal para reuniones secretas con la hierba
favorita. ¿Habrían conocido Woodstock y Bernstein a «Garganta Profunda» en una
maldita furgoneta blanca con las letras del Washington Post adornando los costados
de su vehículo?[2]
Los faros apenas conseguían perforar la oscuridad que se alzaba delante del
vehículo, y Fenn meneó la cabeza sintiéndose aún más disgustado. ¡Cristo, qué
noche! A veces la escapada nocturna podía resultar buena. Una hermosa violación o
un asalto. Un asesinato ocasional. Brighton estaba lleno de misterios hoy en día. Y de
árabes. Y de antiguos traficantes. Cosas curiosas sucedían cuando todos ellos iban
juntos. El problema era que muchas de las mejores historias nunca llegaban a ser
publicadas. O las publicaban suavizadas. No era costumbre del Courier denigrar la
imagen de la ciudad balnearia. Malo para los negocios. Demasiado grande para el
comercio de tipo familiar, eso era Brighton. No se debía ahuyentar a los que venían a
jugar. Desgraciadamente, sus llamadas rutinarias de primera hora no habían
producido nada de interés. Siempre hacía las llamadas normales cuando se dirigía al
trabajo: Policía, hospitales, empresarios de pompas fúnebres y bomberos… todos
estaban en su lista regular. Incluso el clero merecía una llamada. No había mucho que
esperar de ellos. La Agenda del periódico, con los hechos del día (y de la noche) que
habían de ser cubiertos, ofrecía pocas cosas excitantes. De haberlas tenido, él
probablemente se habría ahorrado la reunión en el Ayuntamiento aquella noche; tal
como estaban las cosas, no había mucho más que hacer.
Luces al frente. ¿Qué ciudad era aquélla? Debía de ser Banfield. La había cruzado
al venir. No era un mal lugar. Dos pubs en High Street. Qué más se podía pedir? Si
hacía buen tiempo el domingo, podría traer a Sue a tomar una copa. A la chica le
gustaban los pubs rurales. Más atmósfera. Auténtica cerveza inglesa. Generalmente,
una hermosa selección de botas de goma, jerseys de cuello de cisne y trajes de tweed.
Con algún que otro buhonero para bajar el tono.
Entrecerró los ojos. Se inclinó hacia delante. ¡Maldita oscuridad! Chillidos.
Frenazo. Colina abajo.
La furgoneta se estabilizó al pie de la colina, y Fenn aflojó el pie del pedal.
«Seguramente los frenos se están gastando», se dijo. A veces sospechaba que los
hombres del reparto saboteaban el vehículo como una pequeña protesta contra el
hecho de que fuera usado por los periodistas. Algún día alguien iba… ¡Cristo!, ¿qué
era aquello?
Apretó el pie con fuerza y giró el volante a la izquierda. La furgoneta patinó, trazó casi un círculo completo, y detuvo su parte delantera en el arcén de hierba al
lado de la carretera.
Fenn puso la palanca del cambio en punto muerto y, por unos instantes, descansó
apoyándose en el volante. Soltando luego un profundo y tembloroso suspiro, levantó
de golpe la cabeza y empezó a bajar el cristal de la ventanilla. Se asomó al frío aire de
la noche.
—¿Qué demonios habrá sido eso? —se preguntó en voz alta.
Algo había salido corriendo de la oscuridad cruzándose en su camino. Algo
blanco. Pequeño, pero demasiado grande para ser un animal. Casi lo golpeó. Erró el
golpe por centímetros. Le temblaban las manos.
Observó un movimiento, una mancha grisácea.
—¡Eh! —gritó.
La mancha desapareció.
Fenn abrió la puerta del coche y bajó a la húmeda hierba.
—¡Espera! —volvió a gritar.
Oyó ruidos ahogados. De pies sobre la grava.
Corrió a través de la carretera, encontrando una puerta baja, una de cuyas hojas
estaba abierta totalmente. Sus ojos se estaban adaptando rápidamente a la escasa luz,
y la media luna que emergía de las nubes en su lento movimiento le ayudaba aún más
en su visión. Volvió a ver la diminuta figura.
Se alejaba de él corriendo por un sendero bordeado de árboles. Pudo distinguir
apenas alguna clase de edificio situado en el extremo del sendero. Se estremeció.
Todo aquello era fantasmal. Tenía que ser un niño. O un enano. Fenn trató de no
pensar en el enano de Du Maurier en No mires ahora. Quería regresar a la furgoneta.
Su zangoloteante músculo esfínter podía ponerle en una situación incómoda. Pero si
era un niño, ¿qué estaba haciendo fuera a aquella hora? Moriría congelado con
aquella temperatura.
—¡Eh, vamos, párate! ¡Quiero hablar contigo!
Ninguna respuesta, sólo unos pies que corrían.
Fenn cruzó la puerta, gritó una vez más, y luego empezó a correr detrás de la
forma que se empequeñecía. Mientras corría por el sendero y el edificio de allá
delante se iba haciendo más grande y más visible, se dio cuenta de que estaba en los
terrenos de una iglesia. ¿Qué significaba un niño corriendo hacia una iglesia a
aquellas horas de la noche?
Pero la figura, todavía a la vista, no se dirigía a la iglesia. Giró a la izquierda justo
cuando llegaba frente a las grandes puertas y desapareció tras la esquina del edificio.
Fenn le siguió, respirando cada vez más fatigosamente. Casi resbaló, porque el
sendero estaba ahora fangoso, y era más estrecho. Se recuperó y siguió corriendo
hasta llegar a la parte trasera de la iglesia. Allí se detuvo bruscamente, y deseó
haberse quedado en la furgoneta.
Se extendía ante él una oscura extensión de silenciosas, inmóviles y grisáceas formas. ¡Oh, Jesús, un cementerio!
La mancha brincaba entre ellas; era la única cosa que se movía.
La luna decidió que ya tenía bastante. Se puso una nube ante los ojos como un
manto.
Fenn se apoyó contra la pared de la iglesia, sintiendo contra sus húmedas manos
el contacto de la áspera obra de piedra. Estaba siguiendo un maldito fantasma. Caería
en una tumba en cualquier momento. Su instinto le decía que era mejor regresar
silenciosamente de puntillas a la furgoneta y proseguir su camino sin averiguar nada
más; pero su olfato, que, a fin de cuentas, era el de un periodista, le persuadió de lo
contrario. No había cosas tales como fantasmas; sólo buenas historias de fantasmas.
«Piérdete ésta y siempre te preguntarás lo que te perdiste. Diles a tus amigos (por no
hablar de tu camarada el redactor jefe) que abandonaste, y nunca te volverán a invitar
a una copa. Adelante, muchacho.» Su nariz se lo decía, no su cerebro, no su corazón.
—¡Eh!
El grito se quebró en la mitad.
Se apartó del muro y anduvo a grandes zancadas por entre los grises centinelas.
Parpadeó con fuerza cuando vio a sus pies los montones de forma cónica de oscura
tierra. ¡Están haciendo una vía de escape!
Se obligó a encontrar una explicación. «Son agujeros de topo, estúpido bastardo.»
Su débil sonrisa de auto desprecio fue mecánica. Fenn descubrió la figurilla
revoloteando entre las lápidas una vez más. Parecía dirigirse hacia la parte trasera del
patio de la iglesia, donde grandes formas casi cuadradas parecían estar al acecho.
«¡Oh, Dios mío, son tumbas! ¡Es un vampiro, un vampiro enano, que se va a casa a
dormir!» Fenn no se encontraba demasiado divertido a sí mismo.
Se agachó, repentinamente temeroso de ser descubierto. La luna no se mostraba
amistosa; salió a echar otra ojeada.
Fenn se zambulló detrás de una inclinada lápida y, cautelosamente, atisbo por
encima. La figura se estaba encaramando a una pared baja. Luego desapareció.
Él frío aire nocturno tocó su cara, y Fenn se imaginó que unas almas solitarias
trataban de llamar su atención. No quería moverse, pero tampoco quedarse. Tampoco
deseaba mirar por encima de aquella pared. Pero sabía que lo haría.
El reportero se arrastró hacia delante, con las articulaciones de las rodillas rígidas
ya por el frío. Esquivando las sepulturas, y haciendo todo lo posible por no molestar a
los «no-está-muerto-sino-que-descansa», se dirigió a la parte trasera del patio de la
iglesia, hacia las tumbas que se alzaban como viejos y agrietados congeladores de
supermercado, que permitían que se pudriera su contenido. Observó que la tapa de
una de ellas estaba ladeada, y trató de no ver la imaginaria mano abriéndose camino a
arañazos, la piel verdosa por el tiempo, las uñas arrancadas, los huesos brillando a
través de la corrupta carne. «¡Deja eso, Fenn!»
Llegó a la pared, y allí se arrodilló, no demasiado ansioso por ver lo que había al
otro lado. Estaba temblando, sin aliento (seguía olvidándose de aspirar) y muerto de miedo. Pero también sentía curiosidad. Fenn se levantó de manera que sus hombros
quedaron al mismo nivel de la cima de la pared, con la cabeza proyectándose como
un coco a la espera de ser lanzado.
Se trataba de un campo, color gris pizarra y llano, bajo la tímida luz de la luna, y
cerca de su mitad, a cierta distancia, se alzaba un espantoso espectro negro. Sus
múltiples brazos retorcidos se levantaban hacia el cielo mientras los miembros bajos,
más gruesos, se inclinaban en un esfuerzo por tocar el suelo del que habían brotado.
El aislado árbol daba un relieve demoníaco a un paisaje por lo demás monótono.[3]
Los ojos de Fenn se estrecharon mientras buscaba la figurilla. Algo se movía. Sí, allí
estaba. Andando directamente hacia el árbol. Se detenía. Luego proseguía. Luego…
¡Oh. Cristo, se estaba hundiendo en el suelo! No, se había arrodillado. No se movía.
Ni tampoco el árbol.
Fenn esperó y se impacientó. La cerveza que había consumido presionaba su
vejiga. Siguió esperando.
Al final decidió que si no hacía que ocurriera nada, nada ocurriría. Se encaramó a
la pared y esperó.
No sucedió nada.
Anduvo hacia la figura.
Mientras se acercaba, vio que no se trataba de un enano.
Era una niña.
Una niña pequeña.
Y miraba fijamente el árbol.
Sonreía.
Y cuando le tocó en el hombro, la niña dijo:
—¡Qué hermosa es!
Entonces puso los ojos en blanco y cayó hacia delante.
Y no volvió a moverse.