Santuario

James Herbert · Capítulo 4 de 49

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Santuario

Dos

 

Otra Doncella como ella,

translúcida, adorable, brillando con claridad,

tres veces encerrada cada una en la otra…

¡Oh, que agradable miedo tembloroso!

 

The Cristal Cabinet

WILLIAM BLAKE

 

La blanca furgoneta resbaló por el terreno antes de detenerse bruscamente, y la

cabeza del conductor se proyectó inquietamente hacia el parabrisas. Soltando una

maldición, se echó para atrás, apartándose del volante y dando una palmada al

endurecido plástico, como si se tratara de la mano de un niño travieso.

Los faros de la furgoneta iluminaron los árboles del otro lado de la encrucijada en

forma de T, y el conductor miró a derecha e izquierda, gruñendo para sí mientras

trataba de penetrar la oscuridad que le rodeaba.

—Debería ser a la derecha, tiene que ser a la derecha.

No había nadie en la furgoneta para oírle, pero eso no le importaba: estaba

acostumbrado a hablar consigo mismo.

—Es a la derecha.

Metió la primera e hizo una mueca de dolor al oír el sonido rechinante. La

furgoneta dio una sacudida hacia delante, y él hizo girar el volante a la derecha. Gerry

Fenn estaba cansado, irritado y un poco borracho. El mitin al que había asistido a

primera hora de aquella noche había sido aburrido, monótono. ¿A quién le importaba

un rábano si las casas más apartadas de la localidad desaguaban o no en la red de

alcantarillado principal? No a los ocupantes, desde luego; una conexión con el

sistema de alcantarillado significaba impuestos más altos para ellos. Casi dos horas

para decidir que nadie quería alcantarillado. Preferían sus pozos negros. Como de

costumbre, los agitadores alquilados habían alargado la sesión. Una red de cloacas

era buena para la causa, suponía Fenn. No había tenido intención de quedarse tanto

rato, y ni siquiera tenía necesidad de hacerlo. Pero lo cierto es que se había quedado

dormido en la parte trasera de la sala, y le despertaron sólo los ruidos hechos al

acabar el mitin. Los agitadores se sentían irritados de que la moción a favor hubiera

sido derrotada —un buen titular: MOCIÓN DE ALCANTARILLA LOCAL DERROTADA.

Demasiado conciso para el Courier, sin embargo. Conciso. Tampoco esto era malo.

Asintió con la cabeza, en un gesto de apreciación de su propio ingenio.

Gerry Fenn llevaba más de cinco años en el Brighton Evening Courier —hombre

y muchacho, se dijo a sí mismo—, y seguía esperando la noticia grande, la historia

que ocuparía las cabeceras mundiales, la noticia sensacional que le transportaría del

periodicucho local de la ciudad balnearia al corazón del mundo periodístico: ¡FLEET

STREET! ¡Aplauso de Kermit[1] para FLEET STREET! ¡YEEAAAY! Tres años de

contrato en Eastbourne, cinco en el Courier. Paso siguiente: jefe del equipo Insight

(perspicacia) en el Sunday Times. A falta de eso valdría News of the World. Lleno de

interés humano. Desentierra la porquería, reparte la basura. Colecciona las demandas

judiciales.

Había telefoneado a la redacción después del mitin, para contar al redactor jefe de

la noche —a quien no le habían hecho mucha gracia las instrucciones de Fenn de

¡RETENER LA PRIMERA PLANA!— que la reunión había degenerado casi en un

disturbio y que el apenas había conseguido escapar con sus partes vitales intactas, y

mucho menos con su libreta de notas. Cuando el redactor jefe le informó de que el

recadero del periódico acababa de presentar su dimisión debido a una crisis

emocional a sus dieciséis años, de manera que el puesto estaba disponible, Fenn

modificó su historia, explicando que el mitin realmente había sido muy animado y

que quizá debería haber salido antes: pero cuando el Izquierdista de ojos extraviados

se había abalanzado a la plataforma y tratado de meter un excremento —parecía el de

un perro, evidentemente usado sólo para causar impresión— en las ventanillas de la

nariz de una sorprendida concejal, se imaginó… Fenn apartó el auricular de su oído,

viendo casi cómo el salivazo emergía del teléfono. Unos zumbidos excitados del

teléfono acabaron con el discurso, y una nueva moneda renovó la conexión. El jefe de

redacción había recuperado el control para entonces, aunque sólo lo justo. Como

Fenn disfrutaba tanto del itinerario campestre —dijo—, había un par de asuntitos que

podía cubrir en aquella zona. Fenn gimió, pero el redactor jefe siguió hablando. Una

excursión al Departamento de Policía local: descubrir si los imitadores de los boy

scouts (un chelín por trabajo a domicilio, y, una vez dentro, empezaban a desaparecer

libretas de pensiones, dinero suelto, pequeños objetos de valor) seguían todavía

imitando a los boy scouts. Visita rápida al cine de baja categoría local: ¿Estaban

todavía las feministas embadurnando los carteles eróticos de fuera con pintadas anti-

violación y arrojando tomates a la pantalla en el interior? Durante el camino de

regreso, visitar el emplazamiento de caravanas de Partridge Green: comprobar si

disponían ya de energía eléctrica (el Courier había emprendido una pequeña campaña

en favor de los residentes alentando a la Junta Local a conectar el emplazamiento a la

red; hasta el momento habían transcurrido seis meses). Fenn preguntó si el jefe de

redacción sabía el condenado tiempo que estaba haciendo, y le aseguraron que, desde

luego, lo sabía, y, ¿Fenn era consciente de que todo lo que su escapatoria nocturna

había causado para las ediciones del día siguiente era un ATC (Accidente de Tráfico

en Carretera) y un perro de lanas diabético que iba a su revisión veterinaria en un

maldito «Rolls-Royce»? Y el ATC ni siquiera había sido mortal.

Fenn se volvió loco y advirtió al redactor jefe de su agitado estado de ánimo,

informándole de que cuando regresara a la oficina le demostraría cuán excitado

estaba introduciéndole en su culito el clavo de archivo de sobremesa, con el extremo

de madera primero, y metiendo la máquina de escribir más próxima en aquella bocaza que estaba siempre llena de mierda, pero nunca de mierda agradable;

presentaría luego su dimisión al Courier, dejándole así en la estacada. Así se lo dijo

al redactor jefe, aunque se aseguró de que el auricular estaba descansando en su

soporte antes de hacerlo.

Su siguiente llamada fue a Sue para decirle que le esperara cuando llegara, pero

no recibió contestación de su piso. Y tampoco del de ella. Deseó con toda su alma

que ella se instalara permanentemente con él; era un sufrimiento no saber nunca

dónde encontrarla.

De muy mal humor, hizo aquello para lo que le pagaban. Los imitadores de los

boy scouts estaban ahora imitando a los que hacen recogida de objetos usados para

las tómbolas benéficas (una anciana dama había perdido incluso sus dientes postizos

—se los había dejado en la mesa de la cocina—, pero se resistía comprensiblemente a

hablar de ello). El cine local había estado proyectando Bambi durante los últimos

quince días (se esperaban problemas la semana siguiente cuando se proyectara Diosas

adolescentes del amor y Sexo en las ciénagas). Condujo el vehículo hasta Partridge

Green, y vio sólo luces de velas a través de las ventanas de las caravanas (llamó a una

puerta y le dijeron que se fuera al cuerno, de manera que no preocupó más).

Arañó en la puerta del pub más cercano sólo cinco minutos antes del cierre, y

afortunadamente el propietario no se mostró opuesto a admitirle una vez que hubo

despejado el grupo principal de clientes: dos jugadores de dominó y una mujer con un

gato en una caja de madera. Fenn deslizó la información de que pertenecía al

Brighton Evening Courier, confesión que podía haber conseguido que le mostraran la

puerta inmediatamente, o tomar una copa informativa fuera de horas. Los dueños de

los locales buscaban generalmente la buena disposición de la Prensa local (incluso los

más monótonos eran aspirantes al Premio al Pub del Año), si no tenían alguna razón

privada para sentirse irritados contra los periodistas (problemas matrimoniales

descubiertos, camareras demasiado voluptuosas en el negocio, o cocinas sin

condiciones higiénicas denunciadas, eran generalmente la causa de su desconfianza).

Éste no planteó problemas; permitió incluso a Fenn que le pagara un rumm and pep,

un gesto que hizo que el reportero se rascara mentalmente la cabeza (¿no debería ser

el propietario quien procurara que él se sintiera cómodo, y no al contrario?) No estaba

para periodismo de investigación —Fleet Street y los servicios de información del

mundo tendrían que esperar hasta que estuviera de humor—, así que, ¿por qué

diablos estaba invitando al dueño? ¡Ah, sí, para poder beber fuera de horas, eso era!

Fenn estaba cansado.

Tres pintas y cuarenta minutos de conversación nada excitante más tarde, Fenn se

encontró en el frío aire de la noche; los cerrojos crujían detrás de él para indicarle que

el puente levadizo había sido alzado, y que la casa pública ya no era un refugio, sino

una fortaleza, construida para resistir a los más poderosos invasores. Dio un puntapié

a la blanca furgoneta antes de dejarse caer en el asiento del conductor.

El vehículo constituía una molestia. Llevaba escrito el nombre del periódico, con rótulos que despedían brillantes destellos rojos, a ambos lados. Muy discreto. Muy

secreto. El Courier se había peleado con la compañía que generalmente le alquilaba

los coches, y ahora los periodistas tenían que usar sus propios coches, para los que no

había subvención de gasolina, o la única furgoneta de entregas disponible. Demasiado

grande para seguir a incendiarios sospechosos o vendedores ambulantes de droga.

Demasiado grande para vigilar citas ilícitas entre personas conocidas que se

convertirían en más conocidas aún. Ideal para reuniones secretas con la hierba

favorita. ¿Habrían conocido Woodstock y Bernstein a «Garganta Profunda» en una

maldita furgoneta blanca con las letras del Washington Post adornando los costados

de su vehículo?[2]

Los faros apenas conseguían perforar la oscuridad que se alzaba delante del

vehículo, y Fenn meneó la cabeza sintiéndose aún más disgustado. ¡Cristo, qué

noche! A veces la escapada nocturna podía resultar buena. Una hermosa violación o

un asalto. Un asesinato ocasional. Brighton estaba lleno de misterios hoy en día. Y de

árabes. Y de antiguos traficantes. Cosas curiosas sucedían cuando todos ellos iban

juntos. El problema era que muchas de las mejores historias nunca llegaban a ser

publicadas. O las publicaban suavizadas. No era costumbre del Courier denigrar la

imagen de la ciudad balnearia. Malo para los negocios. Demasiado grande para el

comercio de tipo familiar, eso era Brighton. No se debía ahuyentar a los que venían a

jugar. Desgraciadamente, sus llamadas rutinarias de primera hora no habían

producido nada de interés. Siempre hacía las llamadas normales cuando se dirigía al

trabajo: Policía, hospitales, empresarios de pompas fúnebres y bomberos… todos

estaban en su lista regular. Incluso el clero merecía una llamada. No había mucho que

esperar de ellos. La Agenda del periódico, con los hechos del día (y de la noche) que

habían de ser cubiertos, ofrecía pocas cosas excitantes. De haberlas tenido, él

probablemente se habría ahorrado la reunión en el Ayuntamiento aquella noche; tal

como estaban las cosas, no había mucho más que hacer.

Luces al frente. ¿Qué ciudad era aquélla? Debía de ser Banfield. La había cruzado

al venir. No era un mal lugar. Dos pubs en High Street. Qué más se podía pedir? Si

hacía buen tiempo el domingo, podría traer a Sue a tomar una copa. A la chica le

gustaban los pubs rurales. Más atmósfera. Auténtica cerveza inglesa. Generalmente,

una hermosa selección de botas de goma, jerseys de cuello de cisne y trajes de tweed.

Con algún que otro buhonero para bajar el tono.

Entrecerró los ojos. Se inclinó hacia delante. ¡Maldita oscuridad! Chillidos.

Frenazo. Colina abajo.

La furgoneta se estabilizó al pie de la colina, y Fenn aflojó el pie del pedal.

«Seguramente los frenos se están gastando», se dijo. A veces sospechaba que los

hombres del reparto saboteaban el vehículo como una pequeña protesta contra el

hecho de que fuera usado por los periodistas. Algún día alguien iba… ¡Cristo!, ¿qué

era aquello?

Apretó el pie con fuerza y giró el volante a la izquierda. La furgoneta patinó, trazó casi un círculo completo, y detuvo su parte delantera en el arcén de hierba al

lado de la carretera.

Fenn puso la palanca del cambio en punto muerto y, por unos instantes, descansó

apoyándose en el volante. Soltando luego un profundo y tembloroso suspiro, levantó

de golpe la cabeza y empezó a bajar el cristal de la ventanilla. Se asomó al frío aire de

la noche.

—¿Qué demonios habrá sido eso? —se preguntó en voz alta.

Algo había salido corriendo de la oscuridad cruzándose en su camino. Algo

blanco. Pequeño, pero demasiado grande para ser un animal. Casi lo golpeó. Erró el

golpe por centímetros. Le temblaban las manos.

Observó un movimiento, una mancha grisácea.

—¡Eh! —gritó.

La mancha desapareció.

Fenn abrió la puerta del coche y bajó a la húmeda hierba.

—¡Espera! —volvió a gritar.

Oyó ruidos ahogados. De pies sobre la grava.

Corrió a través de la carretera, encontrando una puerta baja, una de cuyas hojas

estaba abierta totalmente. Sus ojos se estaban adaptando rápidamente a la escasa luz,

y la media luna que emergía de las nubes en su lento movimiento le ayudaba aún más

en su visión. Volvió a ver la diminuta figura.

Se alejaba de él corriendo por un sendero bordeado de árboles. Pudo distinguir

apenas alguna clase de edificio situado en el extremo del sendero. Se estremeció.

Todo aquello era fantasmal. Tenía que ser un niño. O un enano. Fenn trató de no

pensar en el enano de Du Maurier en No mires ahora. Quería regresar a la furgoneta.

Su zangoloteante músculo esfínter podía ponerle en una situación incómoda. Pero si

era un niño, ¿qué estaba haciendo fuera a aquella hora? Moriría congelado con

aquella temperatura.

—¡Eh, vamos, párate! ¡Quiero hablar contigo!

Ninguna respuesta, sólo unos pies que corrían.

Fenn cruzó la puerta, gritó una vez más, y luego empezó a correr detrás de la

forma que se empequeñecía. Mientras corría por el sendero y el edificio de allá

delante se iba haciendo más grande y más visible, se dio cuenta de que estaba en los

terrenos de una iglesia. ¿Qué significaba un niño corriendo hacia una iglesia a

aquellas horas de la noche?

Pero la figura, todavía a la vista, no se dirigía a la iglesia. Giró a la izquierda justo

cuando llegaba frente a las grandes puertas y desapareció tras la esquina del edificio.

Fenn le siguió, respirando cada vez más fatigosamente. Casi resbaló, porque el

sendero estaba ahora fangoso, y era más estrecho. Se recuperó y siguió corriendo

hasta llegar a la parte trasera de la iglesia. Allí se detuvo bruscamente, y deseó

haberse quedado en la furgoneta.

Se extendía ante él una oscura extensión de silenciosas, inmóviles y grisáceas formas. ¡Oh, Jesús, un cementerio!

La mancha brincaba entre ellas; era la única cosa que se movía.

La luna decidió que ya tenía bastante. Se puso una nube ante los ojos como un

manto.

Fenn se apoyó contra la pared de la iglesia, sintiendo contra sus húmedas manos

el contacto de la áspera obra de piedra. Estaba siguiendo un maldito fantasma. Caería

en una tumba en cualquier momento. Su instinto le decía que era mejor regresar

silenciosamente de puntillas a la furgoneta y proseguir su camino sin averiguar nada

más; pero su olfato, que, a fin de cuentas, era el de un periodista, le persuadió de lo

contrario. No había cosas tales como fantasmas; sólo buenas historias de fantasmas.

«Piérdete ésta y siempre te preguntarás lo que te perdiste. Diles a tus amigos (por no

hablar de tu camarada el redactor jefe) que abandonaste, y nunca te volverán a invitar

a una copa. Adelante, muchacho.» Su nariz se lo decía, no su cerebro, no su corazón.

—¡Eh!

El grito se quebró en la mitad.

Se apartó del muro y anduvo a grandes zancadas por entre los grises centinelas.

Parpadeó con fuerza cuando vio a sus pies los montones de forma cónica de oscura

tierra. ¡Están haciendo una vía de escape!

Se obligó a encontrar una explicación. «Son agujeros de topo, estúpido bastardo.»

Su débil sonrisa de auto desprecio fue mecánica. Fenn descubrió la figurilla

revoloteando entre las lápidas una vez más. Parecía dirigirse hacia la parte trasera del

patio de la iglesia, donde grandes formas casi cuadradas parecían estar al acecho.

«¡Oh, Dios mío, son tumbas! ¡Es un vampiro, un vampiro enano, que se va a casa a

dormir!» Fenn no se encontraba demasiado divertido a sí mismo.

Se agachó, repentinamente temeroso de ser descubierto. La luna no se mostraba

amistosa; salió a echar otra ojeada.

Fenn se zambulló detrás de una inclinada lápida y, cautelosamente, atisbo por

encima. La figura se estaba encaramando a una pared baja. Luego desapareció.

Él frío aire nocturno tocó su cara, y Fenn se imaginó que unas almas solitarias

trataban de llamar su atención. No quería moverse, pero tampoco quedarse. Tampoco

deseaba mirar por encima de aquella pared. Pero sabía que lo haría.

El reportero se arrastró hacia delante, con las articulaciones de las rodillas rígidas

ya por el frío. Esquivando las sepulturas, y haciendo todo lo posible por no molestar a

los «no-está-muerto-sino-que-descansa», se dirigió a la parte trasera del patio de la

iglesia, hacia las tumbas que se alzaban como viejos y agrietados congeladores de

supermercado, que permitían que se pudriera su contenido. Observó que la tapa de

una de ellas estaba ladeada, y trató de no ver la imaginaria mano abriéndose camino a

arañazos, la piel verdosa por el tiempo, las uñas arrancadas, los huesos brillando a

través de la corrupta carne. «¡Deja eso, Fenn!»

Llegó a la pared, y allí se arrodilló, no demasiado ansioso por ver lo que había al

otro lado. Estaba temblando, sin aliento (seguía olvidándose de aspirar) y muerto de miedo. Pero también sentía curiosidad. Fenn se levantó de manera que sus hombros

quedaron al mismo nivel de la cima de la pared, con la cabeza proyectándose como

un coco a la espera de ser lanzado.

Se trataba de un campo, color gris pizarra y llano, bajo la tímida luz de la luna, y

cerca de su mitad, a cierta distancia, se alzaba un espantoso espectro negro. Sus

múltiples brazos retorcidos se levantaban hacia el cielo mientras los miembros bajos,

más gruesos, se inclinaban en un esfuerzo por tocar el suelo del que habían brotado.

El aislado árbol daba un relieve demoníaco a un paisaje por lo demás monótono.[3]

Los ojos de Fenn se estrecharon mientras buscaba la figurilla. Algo se movía. Sí, allí

estaba. Andando directamente hacia el árbol. Se detenía. Luego proseguía. Luego…

¡Oh. Cristo, se estaba hundiendo en el suelo! No, se había arrodillado. No se movía.

Ni tampoco el árbol.

Fenn esperó y se impacientó. La cerveza que había consumido presionaba su

vejiga. Siguió esperando.

Al final decidió que si no hacía que ocurriera nada, nada ocurriría. Se encaramó a

la pared y esperó.

No sucedió nada.

Anduvo hacia la figura.

Mientras se acercaba, vio que no se trataba de un enano.

Era una niña.

Una niña pequeña.

Y miraba fijamente el árbol.

Sonreía.

Y cuando le tocó en el hombro, la niña dijo:

—¡Qué hermosa es!

Entonces puso los ojos en blanco y cayó hacia delante.

Y no volvió a moverse.