Santuario
Dieciséis
«No puedo explicarme a mi misma, me temo —dijo Alicia—,
porque yo no soy yo misma, ¿sabe?»
Alicia en el país de las maravillas
LEWIS CARROL
Martes, a media mañana
Southworth sonrió mientras se servía un jerez. Llenó el vaso casi hasta el borde.
Normalmente le bastaba con medio vaso, un regalo privado de media mañana que se
permitía ocasionalmente; pero hoy había algo que celebrar.
Una reunión de urgencia del concejo municipal había sido convocada la noche
anterior debido a los nuevos «milagros de Banfield», las asombrosas curaciones que
habían tenido lugar en St. Joseph el domingo. Y no sólo curaciones: muchos
pretendían haber visto levitar a Alice. Southworth, que también había estado allí, no
estaba seguro de este aspecto, porque su visión se hallaba algo restringida por la
gente que tenía delante, pero estaba dispuesto a creerlo casi todo después de las
impresionantes curaciones. La levitación de la niña podía ser algo imaginado, tan
intenso era el sentimiento que corría por la multitud; pero no cabía la imaginación en
la curación de los inválidos. Aun ahora, y aunque él era un testigo visual, resultaba
difícil de aceptar.
Afortunadamente, no se podía hablar de fraudulencia. Las cinco personas curadas
tenían enfermedades auténticas, todas ellas confirmadas por sus propios médicos, y
posteriormente garantizadas por los registros médicos de los hospitales que las habían
atendido. Aquellas enfermedades y debilidades habían desaparecido por completo en
todos los casos menos dos: el hombre de las cataratas aún no había recuperado por
completo la visión, aunque el informe de aquella mañana señalaba que su vista seguía
mejorando constantemente; y el muchacho tullido tenía aún dificultad para caminar
sin ayuda, pero esto bien podía ser debido a los deteriorados músculos de las piernas
(se esperaba que su estado mejorara a medida que sus piernas se fortalecieran).
Southworth sorbió el jerez seco y echó una mirada a los periódicos esparcidos
ante él en su mesa. La historia se había difundido por todo el mundo. Banfield estaba
literalmente atestada de enviados de los medios de difusión. Prensa, Televisión,
revistas… todos querían la historia. El pueblo hervía como jamás lo había hecho
antes y como no se podía esperar que lo hiciera nunca. ¡Estaba vivo! Los residentes
estaban aturdidos, ¡pero el mundo sabía de su existencia! Y ellos, los del pueblo,
estaban respondiendo a la repentina atención. No sólo respondiendo, ¡sino
prosperando con ella! Desde luego, también estaban aquellos que no deseaban la
publicidad, los que preferían su confortable y estancada intimidad, pero éstos se hallaban en minoría. Una indicación del alto grado de excitación generado en todo
Banfield la proporcionó la reunión del concejo municipal del lunes por la mañana.
¡Nunca se había visto tan activos a sus miembros! Y tan dispuestos a escuchar los
planes de expansión.
No cabía ninguna duda de que St. Joseph se convertiría en un santuario después
de las últimas noticias emitidas por la radio por la noche y aparecidas en los
periódicos de la mañana, aunque la Iglesia católica se negara a proclamarlo como tal.
La publicidad por si sola atraería a millares de peregrinos, turistas y buscadores de
emociones (uno de los concejales, el director de uno de los Bancos nacionales de
Banfield, estaba tan entusiasmado con la idea, que hacía subir su número a millones,
estimación que provocó carcajadas entre sus compañeros de concejo, aunque en el
fondo no rechazaban del todo la cifra en cuestión). Southworth aventuró la
posibilidad de que la Iglesia se viera forzada a hacer concesiones y pudiera incluso
disfrutar con la situación. ¿Qué más podía pedir ninguna religión que un milagro
actual para perpetuar la fe? Él conocía personalmente al obispo de la diócesis, el
obispo Caines, y trataría de conseguir una reunión con él para discutir los recientes
acontecimientos. Sacaría también a colación el tema de cómo podían combinar sus
fuerzas para enfrentarse con el diluvio humano que seguramente se desencadenaría
sobre la zona.
Southworth había hablado con el obispo esta mañana, quedando muy sorprendido
por la buena receptividad mostrada en general por el eminente clérigo a la
proposición del concejo. Sí, comprendía perfectamente la necesidad de un acuerdo
entre el concejo municipal y la Iglesia en los meses venideros, y se esforzaría por
cooperar con cualesquiera planes patrocinados por ellos con tal de que no significaran
explotación barata ni se relacionaran con actividades que pudieran perjudicar la
dignidad de la Iglesia católica. Southworth se sintió más que satisfecho de la
afirmación, aunque un poco pomposa, y aseguró al obispo Caines que el concejo no
tenía intención alguna de comercializar lo que debía ser considerado como un
acontecimiento sumamente santo. El obispo le advirtió sin vacilar que aún no podía, y
quizá no podría nunca, ser proclamado un hecho «santo». Realmente, todo el asunto
precisaría de un detalladísimo examen para determinar la validez de la visión de
Alice Pagett y las curaciones subsiguientes dentro de un contexto religioso. Su
Eminencia el cardenal arzobispo había expresado profunda preocupación, e instaba a
la cautela.
El obispo Caines prosiguió sugiriendo que una reunión entre los miembros del
concejo, monseñor Delgard —a quien el obispo había nombrado supervisor de St.
Joseph— y el padre Hagan, podría resultar provechosa en aquella temprana fase.
Ellos le informarían a él, quien, a su vez, comunicaría lo que hubiera a la Conferencia
Episcopal.
Southworth lo había considerado una excelente idea. De hecho, se celebrarían dos
reuniones: una, informal, entre él y los dos clérigos, en la que podría valorar las actitudes de éstos —y a la que quizás invitaría también al reportero, Fenn—; y otra
reunión, más amplia, en la que participara el resto del concejo. De esta manera, él
podía allanar el terreno primero —algunos de sus colegas del concejo se mostraban
demasiado francos con sus ideas—. Al igual que Rodney Tucker, no eran católicos y
se mostraban inclinados a olvidar la sensibilidad de los creyentes. La mayoría de los
concejales eran miembros de la comunidad desde muy antiguo, y las historias
familiares, como la suya, se remontaban a través de los siglos hasta el comienzo
mismo del pueblo, en algún momento del siglo XIV. Entonces había sido conocido
como Banefeld, una comunidad formada por aquellos que habían huido de los
horrores de la Muerte Negra, que se había extendido por las ciudades densamente
pobladas. Aquellos primitivos colonos habían prosperado en la rica tierra de cultivo
de la zona y habían permanecido allí, contentos de ignorar la faz cambiante de
Inglaterra, como tantas otras pequeñas comunidades del país. Ningún acontecimiento
importante había ocurrido nunca en Banfield; quizás algunos delitos menores a través
de los siglos, pero nada que tuviera grandes consecuencias. Y ahora el pueblo tenía la
oportunidad de salir de la oscuridad, una oportunidad de salvarse del olvido. Y los
miembros del concejo lo sabían. Eran conscientes de ello incluso los viejos
intransigentes «dejad-al-mundo-al-otro-lado-de-la-puerta». Aquellos cuyos nombres
familiares estaban entrelazados con el pasado poco glorioso y falto de
acontecimientos de Banfield, vieron la oportunidad no sólo de revivir el cadáver que
se descomponía, sino de inyectarle una vida mucho más brillante de la que hasta el
momento había tenido, y de esta manera restaurar su propia historia.
Y todos se sentían excitados por la prosperidad que aquel dramático y espantoso
incidente podía traerles.
Southworth volvió a sonreír. Era difícil no hacerlo.
Miércoles, primera hora de la mañana
La mujer se subió la ropa de la cama hasta el cuello y permaneció allí mirando al
techo, en espera de que él saliera del baño. Éste era uno de los buenos aspectos de
Rodney: era limpio. Siempre se lavaba, antes y después. Su mente no era tan limpia,
pero esto no le preocupaba demasiado a Paula; sus propios pensamientos podían ser
igualmente groseros.
Se frotó con las manos el estómago, experimentando una sensación tan agradable
como si fueran otros dedos los que estuvieran palpando su carne. Paula, aún soltera,
conocía bien los placeres de su propio cuerpo. Comprobó si sus pezones estaban
erectos; quería aparecer de la manera más deseable posible a su empleador, y los
pellizcó para que se endurecieran. Oyó tirar de la cadena, y se impacientó un poco
con el ritual de Rodney. «Tranquila, Paula —se dijo a sí misma—, esta noche no es el
momento adecuado para disgustarle. Esta noche es noche de progreso.» Ya le había dado bastante con qué preocuparse las últimas semanas, y ahora era el momento de
tener un poco de misericordia, un poco de amor, un poco de concesión por su parte.
Se trataba de un fino equilibrio: mantenerle ansioso y mantenerle interesado.
El hombre estaba de buen humor, porque sus planes se iban cumpliendo. El
pueblo se agitaba, despertando finalmente al gran mundo más allá de sus confines
semirrurales. Las cosas se movían, y Tucker se movía con ellas.
Los dedos de Paula tantearon más abajo, deslizándose a través de un recio y
oscuro pelo como serpientes por entre la maleza, y su dedo medio, el jefe del grupo,
encontró la depresión. Abrió las piernas, sabiendo que a Rodney le gustaba
encontrarla húmeda y esperando, y contuvo la respiración ante la punzada de placer
que sintió. Había algo sórdido y excitante a la vez en hacer el amor en una habitación
de motel, la clase de degradación que iba acompañada de masturbación, y Paula era
aficionada a ambas cosas. Habría preferido una cena con candelabros para dos,
seguida de una noche de amor en una lujosa suite de hotel, la energía y las ideas
sostenidas por un cubo de hielo con Dom Perignon —había algunas cosas que ella
sabía hacer con una toalla de lino llena de hielo—. Pero, a falta de ello, tenían cierta
gracia una ginebra con tónica y un polvo en un motel.
Oyó a Rodney chapoteando en el lavabo y se aplicó un poco más a darse placer a
sí misma, consciente de que su patrón no era el más lentos de los amantes. Muchas
veces ella había perdido la carrera del clímax con él; ahora se aseguraba tener una
buena salida. Soltó un pequeño gemido y cerró los ojos.
Tucker la estaba contemplando desde la abierta puerta del baño, disfrutando con
la visión. Le gustaba que ella se lo hiciera a sí misma, mientras le guardara el mejor
bocado para él. Eso le ahorraba un montón de trabajo preliminar.
Paula le confundía, porque su humor parecía cambiar de un día para otro. Y era
también, preocupante: en sus días realmente malos se percibía algo más que un poco
de histeria en sus actos. Cuando le gritaba, no parecía preocuparle mucho quién
pudiera oírla, y por dos veces había sugerido incluso que no le importaría a la larga
que Marcia se enterara de su asunto. Estaba harta de ser tratada como una ramera.
Tucker se preguntó de qué otra manera se trataba a una ramera.
Pero hoy y ayer ella había sido todo dulzura y estaba auténticamente encantada
con la buena fortuna personal (o inminente buena fortuna) de Tucker. Quizá
simplemente se había contagiado de la atmósfera de carnaval del pueblo. O quizá
quería un papel en sus nuevos planes.
El recién lavado pene de Tucker revelaba su impaciencia presionando
incómodamente contra sus calzoncillos. Como él no era una persona a quien le
gustara tener a un amigo esperando, se dirigió a la cama en donde los movimientos de
Paula empezaban a hacerse un poco demasiado frenéticos. La mujer abrió los ojos, le
sonrió lascivamente, y su mano empezó a moverse con más lentitud.
—¿Disfrutando sola? —dijo Tucker, desabrochándose la camisa y dejándola
sobre sus pantalones colgados en el respaldo de una silla cercana. El rojizo pelo de su blando pecho asomó a través de la camiseta de hilo como el relleno de un viejo sofá.
—Sólo esperándote, amor —replicó ella y, lentamente, apartó la ropa para él. Le
permitió una excitante mirada a su desnudo cuerpo, y luego dejó caer nuevamente las
ropas—. Quítate la camiseta, amor —dijo ella mientras Tucker se encaramaba a la
cama. A Paula no le gustaban las marcas del tejido que aquél la dejaba en sus pechos
y estómago.
Él se puso de cuclillas en la cama y luchó por quitarse la camiseta; la liberada
grasa se balanceó en torno a la cintura de sus calzoncillos durante un segundo antes
de encontrar su nivel. «¡Dios mío —pensó Paula—, es como ser poseída por una
ballena!»
Apagando el aplique de su lado de la cama, aunque dejando encendido el de
Paula, se deslizó bajo las mantas. Sin preámbulo alguno, una fría mano se cerró en
torno al seno derecho de la mujer como la garra de metal de una caja de sorpresas en
una galería de atracciones.
—Espera, Rod —dijo ella en tono de súplica—, no hay prisa. —Se retorció contra
él para asegurarse de que él se diera cuenta de que no había rechazo o reproche en sus
palabras—. Además… —añadió riendo tontamente—, tengo un regalito para ti.
Los ojos de Tucker se animaron, y su pene adquirió un nuevo interés. Los
«regalitos» de Paula merecían, por lo general, retrasar un poco la acción.
La mano de la mujer vagó por su pecho, sobre su barriga, y luego se paseó por su
carnosa espalda. Dedos delicados resbalaron sobre la marea de grasa, para irrumpir
luego bajo la goma de sus calzoncillos y extenderse sobre sus nalgas. Él le hocicó el
cuello en agradecimiento.
Ella murmuró algo, y Tucker preguntó:
—¿Qué?
—He dicho que si viste a Southworth esta mañana…
Los dientes de la mujer le mordisquearon un pezoncillo.
Él soltó un gruñido que ella tomó como una afirmación.
Paula se apartó al ver que él no decía nada más y le miró directamente a la cara.
—¿Y bien? —dijo.
—Bien, ¿qué?
—¿Qué ocurrió en la reunión del concejo? ¿Qué se decidió?
—¡Oh, demonios, no quiero hablar de esto ahora!
Gritó al sentir cómo las largas uñas de Paula se clavaban en su carne.
—Ya sabes que estoy interesada en tus asuntos, Rodney.
—Tú eres mi asunto, preciosa.
Volvió a gritar.
—Ya sabes lo que quiero decir —le regañó ella—. Tienes ideas, Rod. Puedes
hacer cosas en esta ciudad.
—Eso es cierto. De todos modos, creo que todo está previsto.
Se volvió y quedó boca arriba, olvidando el sexo por un momento; las ambiciones apartaron la necesidad física.
—¿Han dado vía libre para otra tienda?
—No, no, no se mueven tan deprisa. Pero ahora están escuchando a Southworth;
les está haciendo mover el trasero. Y, tal como van las cosas, amor mío, esto podría
significar algo más que simplemente otra tienda. Podría significar un gran
supermercado, mayor que el que jamás haya tenido.
Soltó una risita, y ella se unió a él.
—De manera que probablemente necesitarás entonces que yo dirija esa tienda por
mí sola, para que tú puedas dedicarte a organizarlo todo —dijo astutamente.
—¡Hum! Bueno, sí… supongo que sí. Es muy pronto para todo eso, mi cielo. Ya
sabes, todo podría ocurrir.
Paula no pudo ver el fruncimiento de su entrecejo.
«Y tanto que podría», pensó Paula. El turismo iba a caer como una nube de
moscas sobre la ciudad si aquel asunto del santuario tenía éxito, y alguien iba a ganar
un buen montón de dinero. Conocía a Tucker lo bastante bien como para saber que él
sería el primero en la cola, con los brazos extendidos para recibir el beneficio. Y ella
tenía intención de estar allí junto a él, con Marcia Tucker o sin Marcia Tucker.
El fruncimiento de cejas de Tucker fue sustituido por una sonrisa cuando éste
revisó la reunión que había tenido con Southworth. El dueño del hotel no era hombre
dado a la exuberancia, pero ni siquiera él podía contener su satisfacción. Nuevos
planes de desarrollo serían presentados al Concejo del Distrito de Horsham durante
las próximas semanas, con una imprudente rapidez que nunca antes se había
permitido. La expansión —la rápida expansión— era una necesidad. El pueblo estaba
embotellado ya por los curiosos, y aunque no volviera a ocurrir nunca más otro
«milagro», la leyenda ya había nacido. Lo había procurado la increíble cantidad de
publicidad a escala mundial.
Soltó otra risita. Únicamente porque Tucker no necesitaba la habitación para toda
la noche, el director del motel se la había facilitado. El establecimiento estaba
atestado, casi todas las habitaciones, tomadas por gente de los medios de difusión, y
el resto, por turistas; él y Paula tendrían que marcharse a las diez para que un equipo
de cámaras holandeses pudiera mudarse a ella.
—¿De qué te ríes? —preguntó Paula, riéndose a su vez.
—Sólo de la idea de las glorias por venir, querida. Banfield no sabe lo que le
espera.
Paula no tenía frío, pero se estremeció. Era casi como si algo helado la hubiera
tocado. Pero no se dejó impresionar por aquella especial sensación.
—¿No estarás demasiado ocupado para mí, verdad, Rod? —Su voz era otra vez
zalamera, y su mano le tiraba de los calzoncillos.
—¿Para ti, mi amor? De ninguna manera. Siempre tendré tiempo para ti. —Soltó
un gemido cuando ella tiró de los calzoncillos hacia abajo y levantó su gordo trasero
de manera que la mujer tuviera facilidades. La necesidad física se imponía de nuevo —. ¡Eh!, ¿dónde está mi regalito especial? —le recordó.
Paula se sentó, y sus senos se balancearon con el repentino movimiento. Tucker
no pudo resistir la tentación de mordisquear su bien formado trasero cuando ella se
volvió y alargó la mano para coger algo al lado de la cama. Ella soltó un pequeño
chillido y meneó el trasero. El hombre lo volvió a besar, preguntándose qué estaría
buscando.
Paula se incorporó con una botella envuelta en un papel, y él imaginó
inmediatamente su contenido. No pudo evitar sonreír cuando Paula desenvolvió el
Freezomint.
—¿Has atracado la tienda otra vez? —preguntó sin malicia.
—Sé que no te importa que me ayude con esto, Rodney. No, cuando es en
beneficio tuyo.
Desenroscó el tapón y tomó un profundo trago de la créme de menthe, la
gargarizó con la boca y garganta hasta que ambas estuvieran revestidas del líquido
verde. Lo tragó y luego volvió a beber, y su lengua ardió cuando ella la agitó en aquel
frío y punzante líquido. Sus ojos estaban seductoramente entornados cuando dejó la
botella en la mesita de noche; y Tucker abrió los ojos de par en par en anticipación.
Su pene, corto, pero robusto, estaba ya hormigueando, pero él sabía que aquello
no era nada comparado con el hormigueo que sentiría cuando los labios y lengua de
la mujer se cerraran en torno a él.
Paula sonreía otra vez, mientras bajaba su cabeza hacia el cuerpo del hombre.
Mirándolo bien, aquél había sido un buen día.
Jueves, primera hora de la mañana
Alice estaba en camisón mirando por la ventana. El sol le dañó los ojos, aunque
era poco el calor que emanaba de él. Detrás de la niña, las ropas del catre de las
monjas aparecían arrugadas como si su sueño no hubiera sido tranquilo. Hasta el
momento no se oían otros sonidos en el convento, porque el sol aún no se había
levantado. Sin embargo, las monjas se reunirían pronto, para la plegaria en la
habitación que’ usaban como capilla, y la madre de Alice estaría entre ellas, dando
gracias a Dios por el honor que le había sido concedido a ella y a su hija. No había
ninguna expresión en la cara de Alice.
Únicamente doce monjas vivían en el convento, porque éste era sólo una gran
casa, adquirida diez años antes a un actor de teatro retirado que se había mudado a
climas más soleados, en el extranjero. Sus paredes estaban pintadas de color crema, y
los marcos de puertas y ventanas, de blanco. Un alto muro de ladrillo mantenía la
intimidad de las monjas, y más allá de las pesadas puertas negras, tan altas como la
pared misma, había un espacioso patio, donde las hermanas aparcaban su
«Morris 1100» y el minibús. El minibús se utilizaba durante la semana para recoger a los niños del pueblo que asistían a la escuela católica, a seis kilómetros de distancia,
en la que enseñaban las monjas.
Las altas puertas, sólidas e imponentes, y la pared que rodeaba el convento,
habían constituido una formidable defensa contra las hordas de reporteros que habían
caído sobre Banfield la semana pasada, porque pronto se supo que la pequeña Alice
Pagett era mantenida en el convento para su propia intimidad y protección.
El convento estaba situado en el extremo sur de la ciudad, cerca de una cerrada
curva donde la carretera principal torcía a la izquierda para dirigirse a Brighton, y
otra carretera, de menor importancia, continuaba recta hacia los Downs. Había un
garaje en la misma curva, y las monjas sabían que el propietario había alquilado sus
oficinas de arriba a los equipos de cámaras y fotógrafos para que pudieran filmar el
convento. No era mucho lo que las monjas podían hacer con respecto a esta situación,
excepto rogar para que la mente de Alice no se perturbara demasiado por toda aquella
frenética atención.
La espartana habitación de Alice daba al patio de la parte delantera del convento.
Aparte la pequeña cama, contenía sólo una silla, una estera de paja y un pequeño
lavabo en un rincón. Un sencillo crucifijo de madera colgaba de la pared. Dos de las
muñecas favoritas de Alice compartían su cama por la noche, pero cada mañana su
madre las encontraba en el otro extremo de la habitación.
Molly Pagett dormía en la habitación de al lado, cerca de su hija, y la mayor parte
de las noches desde que se trasladó las había pasado con las hermanas, despierta,
murmurando oraciones y escuchando cualquier posible ruido procedente de la
habitación de Alice. Tenía los ojos enrojecidos debido a la falta de sueño, y su cara y
toda su figura parecían haber envejecido diez años desde que empezaron los
milagros. Mujer siempre devota y fiel a la Iglesia, ésta se había convertido ahora en
su obsesión. Alice no parecía sentir frío mientras permanecía en la ventana; y
tampoco le interesaban mucho los pájaros que irrumpían en el patio.
Odiaba el convento, odiaba su sencillez, su falta de comodidad. Y le disgustaba el
aburrido color gris de los hábitos de las monjas. Tenía miedo de los médicos que le
hacían pruebas y exámenes, que examinaban su cuerpo y le hacían preguntas,
preguntas, preguntas. Y estaba cansada de las preguntas de los sacerdotes, de las
monjas, de… de… de todo el mundo que hablaba con ella.
Quería marcharse de aquel lugar.
Quería volver a la iglesia.
Quería ver el árbol.
Un movimiento captó su atención a través de la ventana. El gato había saltado
desde la alta pared a un arriate de flores vacío en un lado del patio. Caminaba
majestuosamente y con paso perezoso a través de los húmedos guijarros, y los pájaros
habían huido ya. Se detuvo. Miró hacia arriba. Vio la pequeña figura que le estaba
observando.
Se sentó y miró hacia arriba.
Por primera vez en algunos días, Alice sonrió. Su mano, inconscientemente, tocó
su costado y frotó el pequeño bulto que tenía a unos quince centímetros por debajo
del corazón. Los médicos habían mostrado gran interés en aquella extraña
protuberancia, al comienzo, y su madre explicó que siempre había estado allí, aunque
era muy pequeña, y no era nada de que tuviera que preocuparse, como le había dicho
el médico. Todos estuvieron de acuerdo en que no valía la pena preocuparse por ella,
ni examinarla nuevamente.
Pero ahora escocía, y era más grande —aunque no mucho— que antes. Alice se la
frotó mientras observaba al gato, y su sonrisa no parecía la de una niña de once años.