Santuario
Treinta y cuatro
Y el sueño me obedecerá
y no te visitará jamás,
y la maldición caerá sobre ti
por siempre jamás.
La maldición de Kehama
ROBERT SOUTHET
Fenn se despertó temblando. Se frotó los ojos y luego paseó la mirada por la
habitación.
—¿Delgard? —llamó.
La puerta estaba abierta, y el aire frío penetraba en la habitación. Se apoyó en los
brazos del sillón para levantarse y cruzó la estancia. Atisbando en el oscuro pasillo,
volvió a gritar el nombre del sacerdote. No hubo respuesta. Fenn observó que la
puerta de entrada estaba abierta. ¿Se había dirigido Delgard a la iglesia? El reportero
regresó a la habitación y consultó su reloj. ¡Jesús! ¡Casi la una de la madrugada! Sus
ojos cayeron sobre el pequeño escritorio y los papeles esparcidos encima de él. Con
una última mirada al vestíbulo, cerró la puerta y se encaminó al escritorio. Cogió
algunas hojas del viejo papel pergamino y advirtió que eran los mismos papeles que
habían caído del manuscrito de vitela en la iglesia de la Propiedad Stapley. Los
examinó durante unos segundos como si las palabras pudieran traducirse por sí solas,
y luego los devolvió a la mesa. Las primeras páginas de la libreta de notas de Delgard
estaban dobladas como si el aire las hubiera desordenado. Eliminó los dobleces y
echó un vistazo a las líneas de la primera página. Se sentó lentamente, sin apartar los
ojos de las palabras que tenía ante él.
Hojeando la libreta, observó que el monseñor había traducido la mayor parte —si
no todos— de los viejos papeles, añadiendo y firmando con su inicial sus propias
notas a medida que lo hacía. Su cansancio desapareció rápidamente, a medida que
leía la primera nota de Delgard:
(La letra es poco clara en algunos puntos, y gran parte del texto es casi
ilegible. La escritura es errática, garabateada, a diferencia de la letra clara del
manuscrito en donde fueron hallados estos papeles, aun cuando el autor
parece ser el mismo. La traducción ha sido tan fiel al original como ha sido
posible, pero habrá que recurrir a la propia interpretación y comprensión para
dar sentido a algunas partes del texto. Igualmente, el latín es a veces
incorrecto, quizás esto se deba a la mente trastornada del escritor. D.)
Fenn cogió una hoja del pergamino y frunció el ceño ante los garabatos. ¿Una mente trastornada o asustada?
Dirigió su mirada hacia la puerta, y se preguntó si debería ir a buscar a Delgard.
No tenía forma de saber cuánto tiempo llevaba fuera el sacerdote, pero la traducción
debía de haberle llevado horas, a juzgar por la cantidad de notas. Fenn estaba enojado
consigo mismo por haberse dormido. Era una hora extraña para que Delgard se
hubiera marchado a la iglesia, pero él, Fenn, sabía poco de la vida de hombres como
el cura: quizás era normal para ellos hacer sus oraciones a una hora tan tardía. Por
otra parte, Delgard tal vez había ido a comprobar si los dos jóvenes sacerdotes
cumplían satisfactoriamente su misión de vigilancia nocturna en el campo de al lado.
Con tantos locos rondando por allí, habría sido más juicioso contratar a una agencia
de seguridad, pero —supuso— la Iglesia tenía su propia manera de hacer las cosas.
Aún hacía frío en la habitación, aunque la puerta estaba ahora cerrada. Observó
que el fuego estaba bajo, casi apagado, los leños casi calcinados, con parches de
blanca ceniza que interrumpían la negrura. Se dirigió a la chimenea y arrojó otros dos
troncos; las cenizas brillaron brevemente al caer. Se frotó las manos para limpiarse el
polvo de la leña, y ayudó a los troncos a que empezaran a arder; el frío estaba
empezando a penetrarle hasta los huesos.
La madera chisporroteó cuando escapó el gas, y pequeñas llamas empezaron a
lamer la parte inferior. Fenn lazó un gruñido de satisfacción y se volvió hacia la mesa.
Por alguna razón, sus ojos se sintieron atraídos hacia la ventana y la larga y estrecha
separación existente entre las cortinas; se adelantó para cerrarlas del todo, como si la
noche fuera un siniestro curioso. Se sentó una vez más y cogió la ancha libreta de
notas de Delgard. Empezó a leer, sintiendo aún frío.
Decimoséptimo Día de Octubre del año 1560
Ella está muerta, aunque no mora en el mundo
subterráneo. Por la noche la veo ante mí, un horrible
ser del Infierno que no puede descansar y tampoco me
deja hacerlo a mí; una putrefacta criatura de la
tumba que una vez amé. Pero entonces, su belleza era
inmaculada. Ahora, la dulce y Detestable Elnor no se
marchará hasta que me lleve con ella entre su
corrupta progenie.
Es cierto que merezco dicho destino, porque mis
Pecados claman justicia y no seré perdonado por
Nuestro Dios de los Cielos. Quizá mi locura sea una
Penitencia terrena y esto signifique una elección
mejor que el Infierno al que ella me arrastra. Pero
ella me ha invitado, y seguramente ella, mi Elnor, me
tendrá.
¡Mi mano tiembla porque ella está aquí! ¡La
presencia de su cadáver me envuelve y envicia al aire!
Mi padre, ese noble Señor, me prohíbe que me
confiese a mi obispo, porque ve sólo locura en mis
(La escritura es ojos, y quiere enmudecer mis expresiones de loco. Así
imposible de leer aquí, y que me mantiene prisionero en esta pobre capilla,
no se puede hacer donde sólo los sirvientes y labradores son testigos de
ninguna conjetura. D.) mi debilitación. Ya no soy un hombre libre, porque he
pecado ante sus ojos, y no se le puede censurar por
ello. Pero cuánto tiempo debo oír su sarcasmo
chauceriano:
«Pues si el oro se oxida, ¡qué no hará el hierro!
Porque si un sacerdote no cumple con su deber, ¡no es
extraño que un hombre corriente se enmohezca!»
A pesar de toda su mofa, sé que no comprende la
gravedad de mi pecado. ¡Debo apresurarme ahora!
Aunque mi frente arde y mi mano tiembla como presa
de la fiebre, esto debe ponerse por escrito, de manera
(Líneas garabateadas en que otros puedan leer sobre aquella cuya venganza no
este punto, y muchas tiene límites ni está atada por el tiempo terreno. Dame
tachaduras. Como si el fuerza, Amado Señor, y no me niegues el coraje de
escritor no fuera capaz cumplir con este deber; que otros conozcan su
de poner sus ideas sobre
el papel. D.) malignidad y sean advertidos. Mi culpa se revela en
estas mis palabras. Tú, que las lees, no las deseches
como los desvaríos de un demente. Pero aférrate
estrechamente a la visión de Nuestro Salvador que
está dentro de ti, no sea que tu Alma se manche con
esta confesión.
Serví largos años en la Iglesia de St. Joseph, de
Banefeld, y allí conocí la alegría. El pueblo era mi
casa; los lugareños, mis confiados hijos. Arreglaba
las disputas, y ellos tenían Fe en mi Palabra porque
creían en la Palabra de Dios. Las mujeres
(Se refiere a la Reforma descargaban sus preocupaciones sobre mis espaldas,
y a la Fundación de la y yo me sentía feliz de dar consejo a estas gentes
Iglesia de Inglaterra simples, porque ella daba un sentido a mi vida y
durante el reinado de Gracia a mi Alma. Los niños sentían un ligero temor
Enrique VIII. D.) de mí, porque mi semblante no es agradable. Sin
embargo, el temor del Sirviente de Dios en la Tierra
es propio de los jóvenes. Mi Santidad era
reverenciada, y la Verdadera Fe se mantuvo en mi
Parroquia a través de todos aquellos perturbados
tiempos Heréticos.
Ningún hombre traicionó mi confianza, aunque el
Diablo entró en mi alma y todavía la domina.
Fue la Priora la que me trajo a Elnor, sin saber que
era obra del Diablo. Elnor, esta Maldita Monja era de
aspecto bello y gentil; una niña, una inocente, cuya
traición a Dios y a la Humanidad yo no percibí. Más
negra que el azabache era su Alma, su mente estaba
llena de culpa, y su personaje, bien armado con el
engaño. Su maestra la consideraba animada, pero la
conciencia adaptable de esta buena mujer percibía la
sutil malignidad de Elnor.
Iba a resultar de ayuda en la Iglesia, una ayuda muy
necesaria, porque mis deberes eran muchos. Entonces
me sentí excitado por deseos carnales, apremios de la
carne que no podían ser dominados, sueños
sacrílegos que traicionaban mi Castidad. Y fue como
(Como hijo de un noble si inmediatamente ella tuviera Conocimiento de mi
rico, su aprendizaje bien
pudo haber incluido oculto pecado, porque sus ojos vieron claramente en
temas tan diversos. Pero mi Alma. Ése era su Misterio. Demasiado pronto supe
¿cómo podía aquella que Elnor no era como cualquier otra mujer y que su
monja saber tales cosas? Santa Vocación era sólo una aberración de su
D.)
perversa mente. Sin embargo, fue su mente lo primero
que me desvió de mis deberes. Mis estudios habían
abarcado astronomía, medicina, física e incluso el
antiguo arte esotérico de la alquimia; y de medicina y
alquimia, su conocimiento era mucho mayor.
Pronto quedé demasiado fascinado por su
Conocimiento, y por ello cautivado.
Desde el comienzo, ella se mostró diferente a todas
las otras religiosas que yo había conocido; realmente,
no se parecía a ninguna otra mujer. Elnor cumplía sus
deberes magníficamente bien, pero siempre estaba la
sonrisa que ocultaba algún velado secreto, la mirada
que se detenía demasiado tiempo en mi persona.
Pronto quedé Embrujado, y más tarde consideré que
el término había sido usado adecuadamente. En
aquellos primeros días vi sólo cándida inocencia, no
la verdadera naturaleza que hacía de mí un imbécil.
(Por entonces se Rezábamos juntos, y su adoración se inclinaba más
concebía el cuerpo de la
persona como hacia la Santísima Madre de Cristo, hija de santa
compuesto de cuatro Ana. Hubo por aquel tiempo una enfermedad en el
elementos: Tierra, Agua, pueblo, no la peste, sino una enfermedad que
Aire y Fuego. Tierra, fría obligaba a las gentes a permanecer en su lecho. Dos
y seca: Agua, fría y
húmeda; Aire, caliente y niños murieron, aunque eran de naturaleza frágil
húmedo; Fuego, caliente desde su nacimiento, de manera que Dios fue loado
y seco. La enfermedad por Su Misericordia y por mandar a un mortal tan
era un desequilibrio de diestro en el tratamiento de la enfermedad. Porque
estas cualidades. D.)
sus poderes en medicina pronto se pusieron de
manifiesto, e incluso nuestro médico, un hombre
pomposo, aunque bienintencionado, se permitió
mostrar su admiración. Otras dos jóvenes Santas
Hermanas se unieron a nuestro trabajo. Eran dos
novicias, llamadas Agnes y Rosemund, y se quedaron
en la Iglesia cuando la enfermedad hubo pasado. Se
decía que una Mano Divina guiaba las manos de
Elnor, que mirando a un hombre, fuera fraile o pastor,
podía decir si era seco o frío, húmedo o caliente.
Así administraba ella sus simples y curas
reconstituyentes. También usaba imágenes para llevar
en torno al cuello cuando los planetas se mostraran
favorables; las energías descendían a la imagen, con
gran beneficio para el sujeto. Tuve ahí motivo para
(Aquí aparece más reñir a Elnor por tales prácticas, pero ella sonrió y
escritura incoherente, dijo que era la Fe la que ofrecía la cura y nada más.
gran parte de ella
indescifrable. Aunque el Si yo encontraba esto sacrílego, guardaría silencio
Sacerdote ha dicho que debido al profundo interés que despertaba en mí. Tal
no detallaría sus fue entonces mi Encantamiento inicial con Elnor, que
indecencias con esta
mujer, parece que lo ha no consideré la posibilidad de consultar con la
hecho en cierta medida. Priora. Cuando una misteriosa enfermedad atacó mi
No está claro si es la propio cuerpo, la inminente desgracia se consumó.
culpa lo que le ha hecho Elnor me fue enviada por la Priora para atenderme,
inconscientemente
ilegible la escritura o ha y, en mi delirio sentí sus manos sobre mi cuerpo,
sido el temor, o su propia calmando mis dolores, haciendo desaparecer la
excitación despertada. humedad de la fiebre y despertando un deseo que
Parece haber estado
implicado mucho había estado latente. Tal vez fueron sus propias
sacrilegio y el uso de pociones lo que encendió mi pasión. Así, caí en la
objetos sagrados. trampa y me convertí en su gustoso cautivo. Mi
Algunos nombres acá y abandono era completo; mi afición por sus deleites,
allá, pero que no aportan
ningún sentido. D.) insaciable. Me siento demasiado avergonzado para
contar todo lo que tenía lugar en nuestra pecaminosa
fornicación; baste decir que nuestros actos carnales
se sumían en una bestialidad de tan baja naturaleza,
que temo que mi Alma haya perecido, para no volver
a nacer jamás a la luz de Dios.
A medida que Elnor me abría su carne, me abría
también su mente. Hablaba de cosas antiguas y de
cuestiones que no son aún de esta Tierra. Hablaba de
voces que procedían de los muertos y de fuerzas que
cabalgaban el aire como silenciosas tempestades;
fuerzas percibidas sólo por los Elegidos. Ella
comparaba estos poderes incorpóreos con grandes
mareas invisibles que tratan de penetrar en el
estrecho mundo de los hombres. Furias que, si eran
desatadas, lo destruirían y recrearían a su propia
imagen. Yo le preguntaba si de lo que hablaba ella era
del poder del Diablo, y Elnor se burlaba de mí y decía
que no hay mayor poder que la Voluntad del Hombre.
Yo me acobardaba ante semejante blasfemia, y creía
que ella era una bruja; pero con el transcurso del
tiempo me di cuenta de que era mucho más. Para ella,
la magia era sólo un producto de la Voluntad, y
pociones, venenos y transmutadores, las herramientas
de alquimistas y médicos, no de las brujas.
Yo estaba irremisiblemente perdido en ella; aquella
horrible Monja dominaba mi existencia. Mi frágil
cuerpo, tan exquisitamente atormentado por sus
instrumentos, vivía sólo para gratificarse con sus
placeres. Igualmente buscaba su Conocimiento; sin
embargo, todavía estoy confundido.
¿De dónde viene tu Maldad?, le preguntaba. ¿Y de
dónde tu Bondad? Porque también curaba a los
enfermos. ¿Por qué veneras el Santo Nombre de la
Sagrada Virgen, y sin embargo blasfemas de su
presencia fornicando ante su imagen? ¿Por qué eliges
el recto sendero del servicio de Cristo, cuando tus
actos secretos no son Su Camino? ¿Y por qué has
hecho prisionera a esta pobre Alma? Estas preguntas
se las hice muchas veces, pero ella no las respondió
hasta que hubo transcurrido un año, y, me parece,
hasta que estuvo segura de que no se habían aflojado
las invisibles cadenas que atenazaban mi Voluntad.
Ella curaba a los enfermos para que su nombre fuera
exaltado como lo era el nombre de María; y exaltaba
el nombre de María para que ella, Elnor, fuera como
la Virgen Madre, una intermediaria de poder, aunque
no to talmente comprobado todavía. Soy una Monja,
me dijo Elnor, porque busco tener una posición sobre
los demás, para que pueda ser reverenciada y
obedecida. Como Priora, ganaré esta confianza, y
eres tú, dulce Thomas, quien me ayudará en esto,
porque, ¿no tiene tu noble padre gran influencia en la
Iglesia?
Mientras escribo, la Capilla se ha enfriado, el viento
agita las ventanas y puertas, y los Demonios vienen a
buscarme. ¡Quédate fuera, Elnor! Este lugar es
Sagrado; su Santidad, inviolada. Sin embargo, mis
dedos siguen entumeciéndose con el frío y se vuelven
tan quebradizos como si fueran a romperse. ¡Oh,
Dios, ten piedad de esta miserable criatura y permite
que sea escrita esta Crónica!
Me parece que oigo voces que gritan mi nombre
fuera. Quisiera que fueran los aullidos de algún
animal nocturno, pero me temo que es la voz de mi
amante muerta. La Capilla está oscura, y la lámpara
no puede alumbrar los lugares sombríos. No hay paz
para mí aquí, ni la habrá hasta que ella sea
enterrada. Pero ¿quién realizará esta hazaña? Yo no,
que yo sepa.
En verdad, entonces conocí a Elnor, pero no pude
(Trisulfuro de arsénico y resistir a su Voluntad. Ella se rió de mis palabras y se
disulfuro de arsénico.
D.) burló de mi horror. Habló de veneno para la Priora:
Oropimente o Rejalgar serían el insidioso asesino.
El envenenamiento sería lento, para que no
despertara ninguna sospecha. La Priora sufriría una
larga y devastadora enfermedad, y se vería que
incluso los hábiles y tiernos cuidados de la Hermana
Elnor no podían impedir la muerte de la Monja. ¡Oh,
astuta Bruja! Sin embargo, no eres una Bruja. No eres
ninguna hechicera, tú, Condenada Elnor; eres algo
más, mucho más.
Demasiado tarde me di cuenta de estas ambiciones,
pobre, y corrompido estúpido como era. ¡Débil,
cobarde discípulo del Pecado! Ayúdame, Señor, antes
de que llegue mi muerte.
Sin embargo, tan perdida estaba Elnor para su propia
lujuria, que su caída fue por su propia causa. Y
Bendito sea Jesús por ello. Mi gente la adoraba
porque la consideraban pura de corazón y había
curado a muchos de su enfermedad. Le traían
regalos; algunos, simples baratijas, y otros, de valor.
Estos últimos los guardaba secretamente en la Cripta
de St. Joseph para que la Priora no los descubriera, y
los de poco valor los entregaba a la Priora. Y todos la
consideraban buena y generosa.
Los niños acudían en tropel a la Hermana Elnor, esta
ruin y depravada criatura, adorándola, implorando su
Bendición, porque habían aprendido de sus mayores
que ella era un Santo en la Tierra; y su negro corazón
les acogía con agrado, porque eran como corderos
para un lobo. ¿Qué es lo que hace así a un Alma? No
hay respuesta en este Mundo, sino que ésta reside en
un lugar de oscuridad, donde negros espíritus
conspiran con los diablos para destruir la paz de la
Humanidad.
En la Iglesia rezaba durante largas horas, su cuerpo
postrado ante el altar, para que todos pu dieran ser
testigos de su devoción. Por la noche, cuando no
había observadores, profanaba aquel mismo altar con
prácticas que ahora despiertan en mí náuseas, porque
yo era su gustoso cómplice. Aún no sé qué me indujo
a esta ignominia, qué Espíritu liberó este frenesí
carnal en mí. Me digo que su Voluntad gobernó la
mía, que sus pensamientos controlaban los míos; pero
en el fondo de mi corazón sé que la Voluntad tenía
que surgir primero de mí. Sus tentaciones eran tan
espantosamente dulces, la tortura sobre mi cuerpo tan
tremendamente gloriosa. Su cara de niña, su blanca
carne, aquella puerta del diablo entre sus muslos de
la que ella me mandaba beber, eran demasiado
maravillosas para renunciar a ellas.
Sin embargo, estoy desvariando, mis pensamientos ya
no coordinan. Mi padre, ese constante protector de la
Iglesia, cree que estoy loco; y quizá sea así. Sin
embargo, no tengo la facilidad del loco para escapar
hacia el delirio, y no hay consuelo en mis sueños.
Pero en el segundo año de mi Conocimiento de Elnor,
se fueron extendiendo las sospechas. Mi
comportamiento había cambiado. Yo nunca había sido
un hombre robusto, pero se notaba ahora una
debilidad en mí, un encorvamiento de mi estatura que
resultaba evidente. Mi obsesión por la joven Monja ya
no podía ser disimulada. Peor aún fue la desaparición
de los niños, perdidos a lo largo de varios meses en
los cercanos bosques, para no ser encontrados jamás.
Tres niños en total, cuyos nombres ya he señalado.
¡Cuánto habían creído estos simples niños
campesinos en la dulce Hermana Elnor, y cuánto tuve
(¿Señalado? D.) que sofocar sus gritos cuando ella infligía a aquellos
cuerpecillos su castigo! Amado Señor, no puede haber
perdón para mí en estas espantosas acciones. Ni
siquiera pude orar ante sus ocultas tumbas.
La Priora se había ido debilitando, decayendo más y
más cada día su Espíritu vital. Su derrumbe era lento,
constante, porque Elnor no permitiría que nadie
dijera que intervenía la mano de otro en la muerte de
la monja. Más audaz se volvía esta Hija del Diablo y
más exigente en sus excesos. Mis esfuerzos ya no
(Los nombres deben de bastaban a su lujuria, y con menos frecuencia podían
ser los menciona dos en mis torturas saciar su apetito. Pero se había hecho
el primer pasaje oscuro.
¡El sacerdote y la monja peligroso apoderarse de más niños en el distrito. Sus
mataron a los niños! D.) apetitos se dirigieron ahora hacia las dos jóvenes
novicias que venían diariamente a St. Joseph. Una de
ellas aceptó su degradación gustosamente, porque su
corazón estaba ya perdido para Elnor; la otra se
sometió, pero luego huyó avergonzada. Esta novicia
se quitó la vida en remordimiento, pero antes Confesó
su Pecado Mortal a la enferma Priora.
El ultraje dio a la Madre Superiora una renovada
fuerza. Pero esta mujer era muy astuta, y sabía que
los cofres de mi padre estaban abiertos a la Iglesia.
Su lealtad a nuestro Santo Papa Roma no había
vacilado durante los tiempos heréticos del
Luteranismo de Enrique, ni tampoco durante el
confuso reinado del joven Eduardo. Ahora, mi padre
se veía favorecido por la buena Reina María y
justamente recompensado por su fortaleza y lealtad.
Tenerle como enemigo no habría sido prudente para
la Priora, que muchas veces se había beneficiado de
su generosidad.
Esta juiciosa mujer envió a buscarme y, sabiendo que
todo estaba perdido, me entregué a su misericordia.
La culpa era toda de la vil tentadora, la hermana
Elnor, cuyas mágicas pociones me habían arrebatado
la razón. Lloré y me flagelé ante la Priora; confesé mi
más grave y pecaminosa fornicación con Elnor y
supliqué perdón. Pero no lo conté todo, porque temía
por mi vida.
Aunque me miraba con desprecio en sus ojos, la
Priora me concedió su perdón. El Espíritu de Elnor
estaba oscurecido por espectros que rechazaban la
Vía Cristiana. Era una hija de Satanás cuya brujería
había dominado mi Voluntad. Simple mortal, poca era
la resistencia que podía ofrecer a la sangría de mi
fortaleza y a las mágicas pociones con que
alimentaba mi cuerpo. Ávidamente acepté aquellos
Juicios, sabiendo muy bien que eran mi Salvación,
dispuesto a creer que yo no era más que una
indefensa víctima de su Encantamiento. Aquel día
discutimos el castigo de la Hermana Elnor.
La Priora no dudaba de que Elnor era una Bruja y
Profanadora, y, aunque yo sabía que era algo más,
me mostré en seguida de acuerdo. La buena Reina
María había decretado que tanto Brujas como
Disidentes deberían ser expulsados de su Reino y de
este Mundo Mortal. Corría el rumor de que más de
doscientos herejes habían sido quemados ya en la
hoguera, y el Condado de Sussex había desempeñado
un papel en muchas de estas ejecuciones. Yo mismo
había sido testigo de dos de ellas en el cercano Lewes.
El Convocador fue enviado a buscar, y yo denuncié a
la Hermana Elnor como Hereje y Bruja. La Priora se
mostró encantada con ello, y pareció satisfecha de mi
Contrición. Cuando el Convocador nos dejó para
hacer las disposiciones necesarias para el
confinamiento de Elnor, la Priora me ordenó que
advirtiera a mis feligreses de las malignidades de la
Monja para que no derivara de ello más sufrimiento.
Había un brillo en sus ojos cuando insinuó que Elnor
podría mentir en el juicio y que vendrían a pedirme
cuentas a mí. Yo sabía perfectamente que la verdad
acabaría por descubrirse, y sospeché que la Priora,
mi nuevo guardián, también se daba cuenta. Volví a
Banefeld apresuradamente, mi frente tan
calenturienta como si la verdadera fiebre se hubiera
apoderado de mí. Pensaba en mi propia salvación, y
deseaba proteger también el buen nombre de mi
padre. En el pueblo, conté rápidamente a algunos
miembros de mi Parroquia lo que la Priora y yo
habíamos descubierto de Elnor, y el rumor se extendió
como las llamas en un bosque incendiado. Aquellas
buenas personas estaban llenas de ira, porque veían
que se había denigrado su Fe y de una manera que
(Convocador: alguien ellos no podían soportar. Aquellos cuyos hijos se
pagado para llevar los
pecadores a juicio ante habían perdido clamaban pidiendo venganza, y su
un tribunal eclesiástico.
un tribunal eclesiástico. grito fue escuchado por sus compañeros, que se
D.) armaron de estacas y garrotes. La muchedumbre se
encaminó apresuradamente a la Iglesia de St. Joseph.
Era un tropel de gen te vehemente, amenazadora y yo
les seguía, incitándoles, estimulando con su pasión,
porque, ¿acaso no había sido yo involuntariamente
Seducido para entregarme a su Perversidad? Había
niños entre ellos, aquellos que habían reverenciado
otrora a aquella Santa Monja y que ahora la
despreciaban. Tan repentina fue nuestra incursión en
la Iglesia, que Elnor fue encontrada ante el altar, bajo
la estatua de la dichosa Madre de Nuestro Señor, en
brazos de la novicia, Rosemund, que tan fácilmente
había sucumbido a sus artimañas. Como lo había
hecho yo. Elnor fue sacada a rastras, gritando, de la
Iglesia, mientras su compañera en el deseo era
arrojada a un lado. ¡Oh, cómo me encogí cuando los
ojos de Elnor encontraron los míos! Parecía como si
unas dagas de envenenada punta se hubieran hundido
en mi corazón. Ella supo inmediatamente que yo era
su delator, y había tanta malevolencia en sus ojos, que
caí al suelo. Mi grey pensó inmediatamente que me
había hechizado, y le sacaron los ojos con dedos y
palos. Aun cuando gemía lastimosamente, sin vista,
no tuvieron compasión de ella, sino que la azotaron
por su brujería. Ella gritaba que yo, su guía
espiritual, era cómplice en su iniquidad, y yo negué
las acusaciones rotundamente, ordenándoles que no
prestaran atención a las mentiras de una Hereje e
instándoles a que buscaran la Marca del Diablo en su
persona, porque secretamente sabía que en su cuerpo
había un tercer pezón, una aberración que los
ignorantes creían que era un pecho en el que mamaba
un Familiar de bruja.
La desnudaron de sus ropas de Monja y encontraron
la Maldita Marca. La rabia los consumió. Los
hombres empezaron a golpearla despiadadamente,
mientras que sus mujeres e hijos les incitaban a
seguir, hasta que su desnudo cuerpo chorreó sangre. Y
mientras tanto le decían que Confesara su brujería.
Pero ella no lo hacía; sus únicas palabras eran
maldiciones. Le arrancaron el cabello, engrasado con
su propia sangre, del cuerpo, hasta que se convirtió
(¡Alice!) en una obscena figura sin pelo; pero ella seguía sin
admitir la acusación de hechicería. ¡Oh, cuántas
torturas llegaron a infligirle! Y, sin embargo, mis
súplicas para que terminara el castigo eran débiles y
no fueron escuchadas. Le rompieron los miembros,
aquellos hombres cristianos, y la arrastraron por el
fango mientras los niños y las mujeres la apuñalaban
con bastones afilados. Yo no podía detenerles, y ya no
lo intentaba.
Elnor imploró misericordia, pero no confesaba el
Crimen del que era acusada. Tan furiosos estaban,
que la arrastraron a una acequia cercana, pues el río
estaba demasiado lejos para su hirviente pasión. El
agua corrió escarlata cuando le sometieron a la
Prueba, y su torturado cuerpo dejó paso, finalmente,
a la agonía. Confesó su brujería, y tanto era mi
propio temor y necesidad de venganza, que casi creí
que era cierto. Que el Altísimo me perdone, pero
quería que esto fuera cierto.
Llevaron a Elnor a un joven roble cercano y allí
ataron una cuerda alrededor de su cuello y la
levantaron en el aire. Aún seguía gritando, y aquellos
gritos me llenaron la cabeza hasta que sentí que mi
cráneo iba a estallar. Y cuando encendieron el fuego
debajo de sus desnudos y balanceantes pies, pareció
que su agonía consumía mi propia carne. Aquellas
cuencas sanguinolentas, que una vez fueran el
receptáculo de los más suaves ojos, me miraban
fijamente a través de la multitud cada vez que su
cuerpo se retorcía y se volvía en mi dirección, y sus
partidos labios vomitaban maldiciones sobre mi
cabeza y sobre todos los presentes, cada hombre,
mujer y niño y sus descendientes. Y maldijo también el
nombre de María. Yo no sabía si se refería a la Santa
Madre de Cristo o a nuestra Buena Reina María, y me
pregunto si para entonces aquella desquiciada
criatura lo sabía también. Incluso cuando el
carpintero, un hombre fuerte, de estómago nada débil,
le sacó los intestinos y le arrancó los órganos para
que pudieran asarse con el fuego que ardía debajo,
sus Maldiciones seguían atronando en nuestras
cabezas.
Cuando murió, supe que aquella mujer era real mente
algo más que una Bruja, porque el cielo se oscureció
y la tierra tembló bajo nuestros pies. Los que podían
correr lo hicieron, mientras otros se acurrucaron en el
barro. Yo pensé que mi cercana Iglesia se vendría
abajo, pero su robusta estructura resistió, aunque
cayeron varias piedras. Tan asustada estaba esta
pobre Alma Mortal, que creí ver espectros surgiendo
del cementerio. No sé qué repugnante fuerza del
Infierno había liberado la muerte de Elnor. La tierra
misma pareció abrirse bajo mis pies, y me encontré
mirando el Pozo Negro, y allí vi las retorcidas
criaturas del mundo inferior, desgraciadas Almas
Perdidas, cuyos peca dos tan horribles eran
irremediables, cuyos angustiosos gemidos bajo el
tormento se extendían por el oscurecido paisaje. ¡Qué
clase de criatura era para invocar tales horrores!
Caído al suelo y arrastrándome como un gusano,
aparté mi cabeza de esta visión Infernal y contemplé
el esqueleto chamuscado de aquella que otrora fuera
mi dulce y malvada amante.
La cuerda de la que colgaba se rompió, y su
espantosa carga cayó al fuego que ardía debajo,
donde hirvió y silbó, hasta que fue como madera
carbonizada. Me pareció oír que surgía de aquella
cosa ennegrecida un último alarido, pero eso sólo
podía ser el producto de mi torturada imaginación,
porque, con toda certeza, no quedaba nada humano
del que fuera un hermoso cuerpo.
Todo se oscureció, aunque el día no había terminado,
y yo huí de aquel Lugar Infernal, mientras el
repugnante olor y los inhumanos gritos se levantaban
del Pozo Negro para asaltar mis sentidos. Huí, con
pasos inseguros, porque el suelo seguía agitándose, y
pedí a Cristo Nuestro Señor que me salvara de la Ira
de Satanás. La Cripta de la Iglesia fue mi refugio, mi
Santuario, y me tapé los ojos para no ver los
Demonios que se levantaban desde sus perturbadoras
últimas moradas. Durante tres días estuve oculto en
aquella tumba de oscuridad, acurrucado en el rincón
más oscuro, mi cabeza cubierta con una basta
arpillera, mis ojos estrechamente cerrados contra las
sombras. Tal vez el tiempo pasado en aquel solitario
calabozo me hizo perder la razón completamente,
porque cuando los sirvientes de mi padre me
encontraron, al fin, de mis labios no brotaban
palabras con sentido.
Me sacaron de allí, y mis ojos quedaron cegados por
la luz del día. Eso estuvo bien, porque no sentía
deseos de mirar otra vez aquella desolada escena. Fui
encerrado en una habitación en la casa de mi padre, y
los médicos se esforzaron por sosegar mis desvaríos
con medicinas y amables palabras. Cuando,
finalmente, se hubieron calmado mis delirios, mi
Obispo me llamó y habló tranquilamente conmigo, mi
padre a su lado, cual una inquebrantable roca de
realidad. Me dijeron que la gente de Banefeld, los
labriegos, sus mujeres y sus hijos, no hablaban de
aquel Aciago día, si no era para pedir que Elnor
había confesado su brujería y la matanza de tres
niños, y que los había maldecido con su último
aliento. Una tempestad había sacudido la tierra, y
oscuras nubes se habían acumulado sobre sus
cabezas, aunque no había caído lluvia. Pero nada
dijeron de demonios que se alzaban, ni de negras
aberturas al Infierno. Yo imploraba a mi padre y al
Obispo que me creyeran, pero su réplica fue una
suave reprimenda: Elnor había envenenado mi mente
con sus pócimas, y yo había visto lo que no era, había
vivido sólo en el reino de mis propios pensamientos.
Ante esto, yo me puse a vociferar, y dos sirvientes
recibieron la orden de atarme a la cama.
Transcurrieron las semanas, aunque ignoro cuántas, y
durante ese tiempo se decidió entre mi padre y el
Obispo que mi salud, con lo cual se referían al estado
de mi mente, podría ser mejor atendida si permanecía
lejos de St. Joseph y Banefeld. Sospecho que la Priora
tuvo que ver con ello, porque, aunque no me había
acusado ante mi padre, su Conciencia no le permitía
tener en su Provincia a una persona manchada como
yo. Así, pues, mis días transcurrirían en la pequeña
Iglesia de St. Peter, en la hacienda de mi padre, donde
mis balbuceos serían ignorados por sus sirvientes y
los arrendatarios. Yo serviría como Pastor. Aquí
estaría a salvo, encerrado en mi propia celda de
locura. Mi padre entregó dinero a St. Joseph para
reparaciones de la piedra del edificio, ¡ja! Golpeado
por el rayo, dijeron, y en la pared del Sur instalaron
una nueva vidriera. Me hizo traer algunas de mis
cosas de la vieja Parroquia, ropas y cosas así. El
cofre de la Iglesia fue transportado también a St.
Peter, y creo que esto es lo que tuvo más presente. Me
parece que se habían celebrado conversaciones
privadas entre mi padre y aquella malvada Religiosa,
la Priora, porque él parecía ansioso por conseguir
este cofre en el que se guardaban todos los archivos
de St. Joseph y la parroquia de Banefeld. No tenía por
qué haberse preocupado tanto, porque yo no había
sido tan estúpido como para mencionar en los libros
mis actos carnales con la Hermana Elnor, ni tampoco
nada que pudiera despertar sospechas sobre ella.
¡Cuánto debió de estudiar detenidamente estas cartas
y escritos, buscando cualquier cosa que pudiera echar
vergüenza sobre el apellido Woolgar, y cómo debió de
suspirar al no encontrar nada! ¿Y como consideraría,
entonces, este papel que ahora escribo para futuros
lectores, que permanecerá bien oculto hasta que Dios
decida que debe ser hallado? No muy bien, estoy
convencido.
¡Escuchad ahora! La puerta cruje una vez más, pero
ella ya está dentro. Su aliento se hace más fuerte, y yo
no miraré las oscuras sombras que se levantan al
borde de mi visión. Mi cuerpo está rígido por el frío, y
la pluma con que escribo, rasca profundamente la
página. ¡Sin embargo, mi temor no me dejará
descansar! ¡Debo terminar esta tarea rápidamente,
no sea que me falte el coraje y otros no puedan ser
advertidos! He desempeñado aquí mi servicio todo
este tiempo con diligencia y devoción, sabiendo que
mi Alma está Condenada para siempre. Al cabo de un
tiempo, muchos meses desde luego, aprendí a
contener el temor dentro de mí, dando sólo rienda
suelta a la angustia y el miedo que me torturaban
cuando estaba solo. Ellos pensaban que aún estaba
loco, y su mirada evitaba la mía. Pero ya no se
agobiaban con mis discursos rimbombantes, mis
apasionados alegatos contra fuerzas invisibles. Una
vez más, Nuestro Papa de Roma ha sido negado
ahora que Isabel ha llegado al trono, pero eso me
preocupa poco, porque aquí me dejan en paz. ¡En
paz! ¡Qué absurdas cosas escribo! ¡Gustosamente
cambiaría la persecución de nuestra nueva Reina por
la de este espíritu sin alma! No he visto a la Priora
desde que fui ocultado aquí, y ella hace caso omiso de
los mensajes que le envío a través de los sirvientes de
mi padre (tal vez él los intercepta). Su baile me dijo
que la Hermana Rosemund fue expulsada del Priorato
después de la muerte de Elnor y enviada a vivir a los
bosques cercanos al pueblo. Esto quizá sea cierto; no
me preocupa. Siento compasión sólo por mí. Nadie se
librará de esta desgracia. Noto la respiración de
Elnor sobre mí, ¡y es el fétido aliento del Diablo!
Quiere que mire en estos sanguinolentos ojos, que
caiga en sus brazos de amante. Una arrugada mano
me toca el hombro, y, sin embargo, ¡no miraré!
Todavía no, querida Elnor. No hasta que esté
terminada esta tarea, hasta que estén escritas estas
palabras que otros puedan leer. No dudes de estas
palabras, lector; no las consideres como los desvaríos
de un loco, ¡antes bien préstales crédito! Su Maldad
aún no se ha realizado, y su maligno Espíritu no
reposa todavía.
La puerta está abierta, y el viento aullador penetra en
la iglesia. Trata de arrancarme estos papeles de la
mano. Pero yo resistiré. No los tendrá. Los guardaré,
bien ocultos, y luego me volveré hacia mi Elnor. Y la
abrazaré como la había abrazado en sueños
últimamente, porque mis deseos aún son suyos. Yo veo
sólo su belleza, no esta marcada y ennegrecida
criatura que se inclina sobre mí, cuya boca sin labios
permanece cerca de mi mejilla, cuya…
¡Basta ya! Ella me tiene, porque no hay mentiras
entre nosotros ahora. Fornicaré con ella en mis
pensamientos, y mi pecaminosa lujuria es lo que nos
une para siempre. Dejaré esta advertencia para
aquellos que la busquen. Ella me toca, ¡y yo soy suyo
una vez más!
Guardad vuestra alma. Con este escrito, tal vez yo
consiga alguna Redención. Guardad vuestra Alma. Y
Orad por mí, que ya estoy perdido.
(Final del documento. Sin la menor duda, es su autor Thomas Woolgar,
sacerdote de St. Joseph, de Banfield, y, posteriormente, de St. Peter, Barham,
hijo de Sir Henry Woolgar. D.)
Preguntas:
1. ¿Estaba loco Thomas Woolgar?
1. ¿Estaba loco Thomas Woolgar?
2. ¿Qué quería decir con lo de «Elnor es más que una bruja»?
3. ¿Se está cumpliendo la maldición?
4. ¿Son el padre Hagan-Molly Pagett, los catalizadores?
5. ¡¡¡¿ES ELNOR ALICE?!!!
Fenn se recostó en la silla, pero sus ojos no se apartaron de los papeles. Soltó un
largo suspiro. ¡Jesucristo! ¿Era posible esto? ¿Todas estas palabras, ¿eran la verdad o
los desvaríos de un loco? ¿Podía aquel hecho, aquella terrible y desgraciada quema
de brujas, que ocurrió hace casi quinientos años, ser la causa de todo lo que estaba
ocurriendo hoy en St. Joseph? ¡No, tenía que tratarse de farsas supersticiosas! Las
brujas procedían de los cuentos de hadas, del folklore; eran leyendas que a los padres
les gustaba contar a sus niños alrededor de un alegre fuego en una noche oscura. Pero
Woolgar no pretendía que Elnor fuera una bruja. En realidad, lo negaba. Pero ¿era lo
sobrenatural más real que las leyendas del folklore o los cuentos de hadas? Aunque
él, Fenn, había sido testigo de hechos en Banfield que sólo podían ser calificados de
paranormales, a su mente lógica le resultaba difícil aceptar como una realidad este
vocablo. Pero ¿cómo podía descartar lo que le había ocurrido a él aquel mismo día?
Había algo en la iglesia con él, algo que despedía una maligna aura de perversidad.
Había asustado a Nancy casi hasta hacerla enloquecer, y también a él le había
aligerado las tripas. ¿Qué demonios era aquello? ¿El fantasma de la pobre Hermana
Elnor?
—¡Aaaah! —exclamó en voz alta con disgusto. Sencillamente, no podía ser. No
existían tales cosas—. Deja de decirte eso, Fenn —murmuró.
Se examinó la mano y ya no vio verdugones en ella, ninguna marca del Demonio
en su piel. Pero las tuvo dentro de la iglesia, porque las había visto aparecer. Y no
había tampoco otras marcas en su cuerpo, excepto allí donde el follaje le había herido
durante sus tumbos por la pendiente.
Se preguntó cuál sería la opinión de Delgard. Como sacerdote, lo sobrenatural
formaba parte de su dogma, y el concepto de vida después de la muerte era la base de
su religión. Pero ¿qué hacer con la manifestación de la maldición de una mujer
malvada de otra época? ¿Cómo le afectaría eso? Si creía en todo aquello, ¡tenía que
haber ido a la iglesia a rezar en petición de ayuda!
Fenn sacudió la cabeza. Todo era demasiado increíble. Y, sin embargo, estaba
sucediendo.
Empujó la silla hacia atrás, se puso en pie y se dio cuenta de repente de cuán
rígido y frío se sentía otra vez. El fuego se había vuelto a consumir. Cogió el abrigo,
se lo puso y se subió la cremallera hasta el cuello. Sería mejor ver a Delgard, hablar
con él. El sacerdote no era ningún estúpido, a pesar de su vocación; si él creía que el
documento merecía algún crédito, es que sin duda lo merecía. Y, en tal caso, el
problema consistiría en qué hacer al respecto.
estar muy seguro de si lo que le hacía estremecerse era el frío de la noche o los
papeles que acababa de dejar en la mesa.
Cerró la puerta y anduvo a lo largo del pasillo, sintiendo una fría corriente de aire
que le llegaba de la puerta delante de él. Salió a la noche y, automáticamente, levantó
los ojos al cielo; era claro, como si los vientos del día lo hubieran limpiado de nubes,
y de un azul oscuro, casi negro; los enjambres de estrellas se veían nítidos, vividos.
Se percibía una luz débil a través de las ventanas de la iglesia, y Fenn se encaminó
con paso ligero por el sendero que conducía a ella. Su paso se fue acelerando, hasta
que casi se puso a correr. Había algo extraño en St. Joseph, algo que no podía
comprender. Parecía totalmente negra, más oscura que la noche que la rodeaba;
ningún reflejo de las estrellas en sus paredes de piedra, ningún relieve en su forma,
ninguna sombra de gris. Extraña y misteriosamente negra, con sólo una débil luz
brillando en sus ventanas. Fenn pudo sentir cómo le latía el corazón, y de pronto no
quiso llegar a la iglesia; quería volverse, escapar del lugar, huir de aquel malévolo
edificio. Se sintió como se sintiera en St. Peter a primera hora de aquel día: asustado
y desorientado.
Pero sabía que Delgard estaría allí, solo, desprevenido, inconsciente de la
transformación que se había producido. Fenn tenía que advertir al cura, apartarle de
allí, porque de pronto comprendía que St. Joseph ya no era la casa de Dios, sino el
santuario de algo no santo.
Cuando tocó la puerta, ésta le resultó repelente, como si la madera misma no
fuera limpia. Estaba mortalmente asustado, pero se obligó a sí mismo a empujar la
puerta.