Santuario

James Herbert · Capítulo 44 de 49

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Santuario

Treinta y siete

 

Pero la vieja aparentaba sólo ser amistosa. En realidad era una bruja maligna.

Hansel y Gretel

HERMANOS GRIMM

 

De acuerdo, Cámara 1, toma un bonito primer plano. Lento zoom sobre Alice.

Eso está bien. Mantenlo lento. Pasaremos a la 2 dentro de un momento para una

toma general. Mantén el primer plano acercándose, 2. Bien, es una buena toma de la

niña… ¿qué está ocurriendo, 1? La imagen se está disolviendo. ¡Oh, por el amor de

Dios, pasa a la 2! Eso está mejor, sigue así. ¿Qué está ocurriendo, Cámara 1? ¿De

dónde viene la interferencia? De acuerdo, arréglalo. Quédate en la 2. Daremos

entrada a Richard dentro de cinco segundos. Cámara 3, prepárate para tomar a

Richard. Lenta panorámica para mostrar a la multitud reunida en el campo cuando

él empiece a hablar. Quiero una buena toma del altar y de ese condenado árbol del

fondo. Vale, Richard, 4-3-2. Cámara 3.

«A medida que la procesión se acerca al campo, ahora llamado por muchos “El

Campo de la Santísima Virgen”, se van oscureciendo todas las luces alrededor.

Pronto, la procesión entrará en este —en lo que se ha convertido— templo al aire

libre, encabezada por el obispo de Arundel, el Reverendísimo obispo Caines, seguido

por sacerdotes, monjes y, por supuesto, la propia Alice Pagett. Parece como si

millares de personas se hubieran unido a esta santa marcha, muchas del pueblo de

Banfield, en tanto que otras han venido de todas partes del país para estar aquí. No

todas profesaban antes creencias profundamente religiosas; realmente, cuando hablé

con algunas de ellas a primera hora de hoy, me dijeron (estática) en este pequeño

pueblo de Sussex —Banfield que ha hecho— realizar una más profunda verdad…»

¿Qué pasa con el sonido ahí? John, estamos perdiendo la voz de Richard. Sigue

hablando, Richard, tenemos problemas, pero seguimos recibiendo.

«Quizás entonces la vasta concentración de esta noche sea un gesto simbólico de

la fe de un pueblo en un mundo… torbellino (estática)… (estática)… prevalece…»

¡Oh, Dios, ahora estamos perdiendo la imagen!

…en memoria (estática) del sacerdote que fue cruelmente asesinado… jueves por

(estática) explosión… los autores de tan… (estática)… sabe, pero…

¡Qué barbaridad! Se han ido la imagen y el sonido.

Fenn se volvió junto con el resto de los reunidos, cuando la cabeza de la

procesión penetró en el campo. Desde todos los ángulos disparaban flashes, que

causaban efectos estroboscópicos sobre los cantores. Aun desde aquella distancia

reconoció al obispo Caines, que iba acompañado por dos curas, con hábito, a cada

lado. Las primeras velas eran gruesos y altos cirios, que llevaban los monaguillos, y sus llamitas vacilaban con la brisa. El canto se hizo más fuerte, y la gente del campo

se unía ya a él. Se oyeron voces cuando Alice entró y los adoradores y curiosos se

levantaron para echarle una mirada. Fenn se levantó con ellos, tratando de atisbar por

encima de sus cabezas. De nada sirvió: todo lo que pudo ver fueron los cirios alzados

y las banderas que llevaban los de la procesión. Sue se puso de pie a su lado, y Ben se

encaramó a un banco para tener mejor visión.

Las emociones de la multitud parecieron crecer como una marea cuando los

cantos se hicieron más fuertes y las cuatro hileras de la procesión fueron penetrando

más en el campo, mientras las balanceantes velas constituían una deslumbradora

demostración de cálida luz. Fenn observó las caras que le rodeaban: aun en la

oscuridad pudo ver cómo sus ojos brillaban y sus labios sonreían en una especie de

éxtasis profundamente sentido. La misma expresión se veía en la cara de Sue. Le tocó

la mano, y la retiró al sentir otra pequeña descarga. Mirándose los dedos, pensó: Todo

el maldito campo está vivo. Sintió otra suave sacudida, esta vez sólo al tocar la tela de

su ropa.

—Sue —dijo suavemente—, hemos de irnos ahora.

Sue le miró con expresión vacía y luego apartó la cabeza.

Ben ahogó un bostezo.

Fenn le tiró del brazo una vez más.

—No, Gerry —dijo ella sin volverse—, es demasiado maravilloso.

La cabeza de la procesión había llegado a la plataforma central, y el obispo

Caines subía los escalones, sonriendo a los inválidos que se hallaban extendidos bajo

él sobre mantas o en sillas de ruedas. Alice Pagett le siguió, y detrás de ella, su

madre, con las manos apretadas y la cabeza inclinada en un gesto de oración.

Las voces fueron elevándose en un crescendo sostenido; el himno subía a los

cielos como si tratara de hacer retroceder las bajas y amenazadoras nubes. A Fenn le

pareció oír el retumbar lejano del trueno, pero no podía estar seguro. El obispo

Caines tomó asiento al lado del altar y pidió a Alice y a su madre que se sentaran

cerca de él, mientras sacerdotes y servidores llenaban la plataforma. Los bancos

situados enfrente de Fenn empezaron a llenarse; muchas de las caras le resultaban

familiares al periodista. Algunos eran los enfermos curados por Alice en las semanas

anteriores, en tanto que otros eran dignatarios y clérigos locales. Observó cómo

Southworth ocupaba su lugar y notó que el hotelero recorría detenidamente con la

mirada a los reunidos; su sonrisa parecía más de satisfacción que de feliz adoración.

Un movimiento en el banco de Fenn captó la atención de éste: una de las monjas

se había desmayado, y sus compañeras estaban levantándola suavemente y sentándola

otra vez. Sintió que Sue se balanceaba, y la sujetó firmemente. Otras personas, acá y

allá, se estaban también desmayando, y sus vecinos las agarraban antes de que

pudieran hacerse daño.

Fenn dejó escapar un suspiro. La histeria flotaba en el aire como un agresivo

germen que saltara de persona en persona.

El himno alcanzó su punto culminante, con las voces, llenas de éxtasis unificadas

en el monótono estribillo, Fenn se sintió extraño: notaba una sensación de ligereza en

la cabeza y un malestar en el estómago. Esta vez fue él el que se sintió mareado y

tuvo que agarrarse a Sue. Ésta casi se cayó, y ambos se hundieron en el banco.

Ben se arrodilló en el asiento y pasó los brazos alrededor de los hombros de su

madre; estiró una mano y rozó la mejilla de Fenn. Inmediatamente, el mareo

abandonó al periodista; era como si hubiera descargado en el muchacho la incómoda

debilidad. Sin embargo, no aparecían signos visibles de molestias en Ben.

El himno terminó, y el repentino silencio produjo casi aturdimiento. No tardó en

ser roto cuando los reunidos empezaron a sentarse, pero se estableció de nuevo

cuando se hubieron instalado. No se oían toses, ni murmullos, ni ruidos de cuerpos

que se movieran. Sólo un silencio tranquilo, reverente.

El joven sacerdote que iba a celebrar la misa se adelantó hacia el atril, con toda

una batería de micrófonos. Levantó los brazos hacia los reunidos y trazó en el aire la

señal de la cruz.

—La paz sea con vosotros —dijo, y la vasta multitud respondió al unísono. El

sacerdote habló durante unos momentos del padre Hagan y de monseñor Delgard. La

misa sería aplicada a los dos sacerdotes, en homenaje al trabajo ejemplar que habían

llevado a cabo en nombre de la santa Iglesia católica. Se vio obligado a detenerse

varias veces, pues los micrófonos empezaron a zumbar y hacer ruidos extraños, y

pareció sentirse aliviado cuando hubieron concluido los preliminares. Hizo un gesto

con la cabeza en dirección al coro, que había ocupado su posición en las gradas

especialmente levantadas para ello, y empezó un nuevo himno.

En todo el campo se encendieron velas, creando un enjambre de miríadas de

estrellas que despedían un resplandor parecido al del sol.

 

En el pueblo de Banfield, a poco más de kilómetro y medio de distancia de la

iglesia de St. Joseph, un anciano caminaba vacilante por la acera. Había sido un largo

camino para él, dieciséis kilómetros, pero estaba decidido a llegar al santuario antes

de que hubiera terminado la misa. Aunque caminar había sido su única ocupación

durante los últimos quince años —en que había recorrido las carreteras más

tranquilas del sur de Inglaterra, sobreviviendo gracias a la caridad ajena, aunque

amargado por la indiferencia de otros—, le dolían los pies, llenos de ampollas, y su

respiración era fatigosa. Brighton era su base, porque en la ciudad costera había

suficientes iglesias y organizaciones caritativas como para mantener alimentada su

barriga y caliente su cuerpo en las noches más frías. Aunque nunca demasiado bien

alimentado y nunca demasiado caliente, pero sí lo suficiente como para mantenerle

vivo. Qué le había conducido a ese nivel de existencia, no era importante… al menos,

no para él. En ese momento, él era lo que era; insistir en el pasado no le hacía

diferente a él o a sus circunstancias. Por otra parte, tal vez lo consiguiera escarbar en el futuro.

La idea de que no era completamente incorregible se le había ocurrido aquella

misma mañana, cuando se había extendido el rumor entre los marginados, el eficaz

sistema de comunicaciones directas de su especie que nunca dejaba de reportarle

«fáciles ganancias». Le habían hablado de la pequeña de los milagros, de la misa de

aquella noche, a la que se esperaba que acudieran millares de personas, gentes de

buena voluntad que no rechazarían las súplicas de los menos afortunados que ellos.

Pero, curiosamente, el viejo estaba interesado en los milagros de la niña, no en la

oportunidad de pedir a los demás.

Había llamado a la puerta de un sacerdote, un hombre de Dios que le conocía, que

siempre se mostraba amable con él, sin hacerle ninguna reprimenda. El cura le había

dicho que era cierto que había una niña en Banfield capaz de realizar ciertos actos

que podían ser descritos como milagros, y que aquella noche iba a celebrarse una

procesión de velas a través del pueblo. El viejo decidió que estaría allí y que vería a

aquella niña con sus propios ojos. Sabía —como lo sabe instintivamente cualquier

hombre que se está muriendo—, que su muerte no estaba lejana; sin embargo, no

quería el milagro de una vida más larga. Deseaba ardientemente la salvación. Una

última oportunidad de contemplar algo que estaba más allá de este mortal y

despreciable mundo. Una oportunidad de creer una vez más, una señal positiva de

que la expiación no sería en vano.

Como miles de otros que acudían en tropel al santuario, buscaba los medios de su

propia redención, un símbolo físico de la inmaterialidad. Un santo viviente que

refutara la omnipotente maldad.

Pero ¿llegaría a tiempo allí para verla?

Se apoyó en un escaparate, una mano descansando en el frío cristal. La Calle

Mayor del pueblo estaba débilmente iluminada, pero había un foco a lo lejos, una

brillante luz que horadaba el cielo, emergiendo de una difusa luz alrededor de su

base. Sabía que aquélla era su primera visión del santuario, un resplandor en la noche

que le invitaba a observar la mayor bondad. Mientras estaba apoyado contra el

escaparate, recuperando fuerzas, con un nuevo brillo en sus legañosos y viejos ojos,

algo tocó su alma y siguió su camino. Algo frío. Algo que provocó un

estremecimiento en sus frágiles huesos. Algo que le hizo caer de rodillas, dejándole

allí doblado. Algo cuyo destino era el suyo. Había sido el suyo.

Bajó la cabeza hasta el pavimento y lloró. Transcurrió algún tiempo antes de que

se arrastrara hasta un oscuro portal y permaneciera enrollado en él en una posición

fetal. Cerró los ojos y esperó.

 

El alto y barbudo barman del «White Hart» parpadeó sombríamente a su único

cliente. Suspiró mientras se apoyaba en la barra. Una maldita pinta de cerveza y un

paquete de raspaduras de cerdo le durarían al viejo actor toda la noche. Dos camareras charlaban ociosamente en el otro extremo de la barra, disfrutando de la

tranquilidad de aquella noche de domingo, por lo general tan ocupada.

Sin embargo —pensó el barman—, el servicio religioso no podía durar toda la

noche. Dentro de una hora más o menos, estarán aquí amontonándose, desesperados

por una bebida, y realmente no podía quejarse por el negocio que estaba haciendo

últimamente: su caja no sólo se había doblado… ¡se había triplicado! Si hubiera

tenido un local mayor, ¡se habría cuadruplicado! Difícilmente la fábrica de cerveza

podía negarse ahora a invertir el dinero en una ampliación de la trastienda. ¡Qué gran

autora de milagros se había mostrado aquella niña!

Por enésima vez pasó un trapo húmedo por la barra y luego se sirvió un zumo de

limón amargo. «¡A vuestra salud —exclamó dirigiéndose a las ausentes multitudes—.

No tardéis demasiado!

Levantando el ala abatible del mostrador, cruzó el local y recuperó dos vasos

dejados por clientes tempraneros.

—Judy —llamó a una de las camareras, mientras dejaba los vasos en el

mostrador. «Que la vaca perezosa haga algo para ganarse el dinero que cobra», pensó.

Se volvió y, con las manos en los bolsillos, se dirigió paseando hacia la puerta. De

pie en el umbral, con un pie apretando la puerta, escudriñó la Calle Mayor. Vacía. Ni

un alma allí donde, menos de una hora antes, estaba atestado con los integrantes de la

procesión. Banfield era como una ciudad fantasma; casi todos sus habitantes habían

ido al santuario. «El pueblo está vacío sin ellos, de acuerdo», pensó, y luego soltó una

risita ante su irrefutable lógica.

La risita cesó, y la sonrisa se congeló en sus labios cuando vio que algo frío

pasaba junto a él. Era como estar en medio de una corriente fría, excepto que ésta

parecía aferrarse al cuerpo, buscaba ocultas hendiduras, cubría cada parte de él como

fría agua antes de ser aspirada, para proseguir luego su viaje hacia quién-sabe-qué-

destino. Las luces de la taberna detrás de él parecieron parpadear momentáneamente,

y luego recobraron su brillo normal.

Miró a la carretera que conducía a la iglesia y vio la repentina brisa como una

sombra que se arrastraba hacia la luz.

El hombre alto se estremeció y se metió en seguida en el local. Tuvo que

esforzarse para no cerrar la puerta detrás de él.

Al norte de St. Joseph, a menos de dos kilómetros de distancia, un automovilista

dio un puntapié a la deshinchada rueda trasera de su «Allegro». Casi habían llegado,

y aquello tenía que suceder, se quejó amargamente para sí.

—¿Es un pinchazo? —preguntó una voz de mujer desde la ventanilla del

pasajero.

—Sí, un maldito pinchazo. Todo el camino desde Manchester, y tenemos un

pinchazo ahora. Y el lugar adonde vamos debe de estar justo al final de esta carretera.

—Bien, mejor será entonces que busques solución. Nuestra Annie se está

durmiendo.

—Es lo mejor que ha podido hacer. Ha sido un largo viaje para ella. Sólo espero

que valga la pena.

—Nuestro John viajó a Lourdes con cáncer.

—Sí, ¡y maldito para lo que le sirvió! —murmuró en voz baja el marido.

—¿Qué has dicho, Larry?

—Pues que no duró mucho después de ello, ¿verdad?

—Ése no es el caso; él hizo el esfuerzo.

«Sí, y eso acabó con él mucho más pronto», pensó el hombre.

—Trae la linterna, ¿quieres?

Su mujer hurgó en la guantera y encontró la linterna.

—¿Qué pasa, mami? —dijo una vocecita desde el asiento trasero.

—Cállate, cariñito, y vuelve a dormir. Tenemos un pinchazo, y tu padre va a

arreglarlo.

—Tengo sed.

—Lo sé. Pronto llegaremos, no tengas miedo.

—¿Veremos a Alice?

—Claro que sí, cariño. Y ella te verá y hará que te sientas mejor.

—¿Y ya no volveré a necesitar más bastones?

—Eso es, cariño. Podrás correr como los otros.

Su hija sonrió y se acurrucó otra vez bajo la manta. Apretó contra la suya la

mejilla de plástico de Tina Marie, y la niña sonreía cuando sus ojos se cerraron.

La esposa bajó del coche, guiando el haz de la linterna hacia su marido mientras

éste abría el maletero y buscaba el gato.

La rueda pinchada estaba en el suelo cuando la luz empezó a desvanecerse.

—Mantén la luz constante, ¡maldita sea! —exclamó el marido.

—Ya lo hago —replicó ella malhumoradamente—. Las pilas deben de estarse

agotando.

—¿Eh? Las puse nuevas.

—Entonces, la bombilla.

—Sí, claro. Acércate un poco más, ¿quieres?

Se inclinó hacia él, y el marido buscó una llave en la caja de las herramientas.

De repente, la mujer soltó la linterna.

—¡Eh, alumbra! —gimió el hombre.

La mano de la mujer se aferró a su hombro.

—Larry, ¿no has notado eso? ¿Larry? ¡Larry!

Pudo sentir como él temblaba.

Al fin, el marido logró decir.

—Sí, lo he notado. Debe de haber sido el viento.

—No, no ha sido el viento, Larry. Ha pasado por dentro de mí, directamente a

través de mis huesos.

Su respuesta tardó en llegar.

—Se ha ido —dijo, mirando hacia el resplandor del cielo, a más de un kilómetro

de distancia.

—¿Qué ha sido?

—No lo sé, chica. Una sensación rara. Como si alguien caminara sobre mi tumba.

Del coche llegaron los lloriqueos de la niña.

 

En la granja Riordan, en las tierras adyacentes al campo donde se estaba

celebrando la misa nocturna, un perro aulló y correteó impotente por la cocina. Al

final de cada vuelta, la perra Biddy se arrojaba contra la puerta, desesperada por salir

al exterior. Sus dueños la habían dejado para que guardara la casa —«demasiadas

personas extrañas vagando por la zona a causa de este bendito santuario»— mientras

ellos, participaban en la misa —«mejor que ir al cine»—, y ahora la perra sentía la

agitación de las vacas en los establos. Sentía y oía, porque los animales coceaban

frenéticamente las paredes en su esfuerzo por escapar, y sus patéticos bramidos

provocaban una gran excitación en el animal.

Biddy arañó la puerta, arrancó la pintura de la madera y aulló desesperadamente.

La perra corría alrededor de la cocina, volvía a la puerta, saltaba, arañaba, empujaba,

ladraba, aullaba y volvía a correr por la cocina. Una y otra vez, una y otra vez…

La conmoción se detuvo, mucho más repentinamente de lo que había empezado.

La perra se quedó quieta en el centro de la oscurecida habitación, con una oreja

levantada y la cabeza ladeada. Escuchaba. No había más sonidos. El animal olisqueó

el aire. No se percibía fuera sonidos extraños.

El animal empezó a gañir.

Algo se movía a través de la granja, silenciosamente, sigilosamente; algo que no

tenía olor, que no emitía ningún sonido, que no tenía forma. La cola de la perra cayó

lacia, y sus patas se doblaron, mientras inclinaba la cabeza. Biddy soltó unos gañidos.

Tembló. Finalmente, se arrastró bajo la mesa de la cocina.

Y, con un ojo, observó la puerta de la cocina, temerosa de lo que estaba allí

afuera.

 

Se deslizó a través de la noche, invisible, intangible, algo sin ninguna sustancia,

que existía, pero sólo en los profundos recovecos de la mente. Ahora fue atraído

hacia dentro, convergió hacia un centro inducido por un poder semejante, se arrastró

a través de la oscuridad como un ansioso reptil hacia un indefenso insecto, guiado

por alguien, algo, que había trascendido lo natural.

Aquello fue aspirado hacia el vértice, para ser absorbido y usado. Pero la

maldad pertenece al individuo, y, al igual que un soldado que desfila puede

perturbar el ritmo de un pelotón, así la maldad individual puede trastornar el

propósito del conjunto.