Santuario
Veintitrés
Tu vida ha terminado, y la tiró al suelo, arrastrándola por el pelo a la habitación, le cortó la cabeza en el
tajo y la hizo pedazos, de manera que su sangre corría por el suelo. Luego la arrojó tina con todos los
demás.
El pájaro del turonero
HERMANOS GRIMM
Alguien le sacudía. Lanzó un gemido, pero el esfuerzo de abrir los ojos era
excesivo. Su mejilla seguía apoyada contra algo duro.
Una voz empezó a filtrarse a través de la cacofonía de sonidos, sonidos que no
sabía dónde estaban, si dentro o fuera de su cabeza. Gimió. ¡Señor, le dolía la cabeza!
Cautelosamente obligó a sus ojos a abrirse, un esfuerzo que le dejó exhausto, como si
tratara de despertarse de una pesadilla. Había una cara cerca, una cara de mujer,
alguien a quien vagamente reconoció.
—Fenn, ¿está usted bien?
No estaba dispuesto a responder.
Unas manos le rodearon los hombros y le apartaron del volante, echándole hacia
atrás en su asiento. Sintió que le agarraban la mandíbula y le sacudían la cabeza.
Abrió otra vez los ojos, y ahora casi no le costó trabajo. Había algo que no
funcionaba en la cara de Nancy, pero no podía averiguar qué. Estaba manchada de
rojo; un espeso jugo de cereza, o quizá tinta rojo oscuro. No, sangre. Su cara estaba
sangrando. Se esforzó por enderezarse.
—Gracias a Dios —oyó que decía ella.
—¿Qué ha ocurrido? —consiguió, finalmente, jadear, y todo fluyó a su cabeza
aun antes de que ella respondiera. El fugitivo «Capri», el autobús verde, el camión
cisterna—. ¡Oh, Jesús, toda aquella gente!
Su mente recuperó en seguida la atención.
El parabrisas del «Mini» era una telaraña plateada de cristal astillado, pero a
través de la ventanilla lateral pudo ver las relucientes carrocerías de los modelos del
año. Sin embargo, reinaba allí una oscuridad que le dejó perplejo, hasta que pudo
darse cuenta de que era a causa del humo negro y turbulento que flotaba. Una figura
cruzó por delante de la ventanilla, agitando los brazos y gritando de manera
incoherente. Fenn se volvió hacia la mujer que estaba a su lado.
—No es nada. Me golpeé contra el parabrisas cuando atravesamos el escaparate.
—Se llevó una mano a la frente y la retiró manchada de sangre—. No me duele. Creo
que es sólo un corte. —Apretó el brazo de Fenn—. Tenemos que salir de aquí, Fenn.
El camión cisterna… explotó. Todo está lleno de llamas…
Fenn abrió la portezuela del conductor, y la terrible vaharada de calor lo asaltó en
seguida, aunque el escaparate de coches estaba parcialmente resguardado por una pared lateral. El humo se hacía más espeso a cada momento, y empezó a toser cuando
los acres vapores se le metieron por la nariz y la garganta.
—¡Vamos, rápido! —gritó a la mujer.
—¡Mi portezuela está atascada! ¡No se puede abrir por culpa del coche contra el
que chocamos!
Fenn empujó su portezuela tanto como pudo, abollando el panel lateral del
«Rover» nuevo que había junto al aplastado «Mini». Saltó fuera y alargó la mano
para ayudar a Nancy a bajar. La mujer salió como pudo, arrojándose casi por la
abertura. Fenn la sostuvo con firmeza, y rápidamente echó una mirada alrededor.
No quedaba mucho del escaparate que su coche habría destrozado; enormes
trozos de cristal de aspecto amenazador colgaban del techo como transparentes
estalactitas. El humo penetraba por la abertura, haciendo irrespirable el lugar, y el
fuego se extendía a través de la amplia ventana destrozada. Las llamas atacaron la
puerta de cristal del lado de la ventana y ésta estalló de repente hacia dentro a causa
del calor. Fenn se dio cuenta de que debía de haber petróleo ardiendo esparcido por
todo el antepatio del garaje y que el líquido atacaba cuanto era inflamable.
Empujó a Nancy hacia atrás y cerró la puerta del «Mini», de manera que pudieran
deslizarse por entre los coches hacia la parte trasera de la tienda.
—¡Manténgase agachada! —gritó—. ¡Siempre bajo el humo!
En la parte trasera de la tienda había una oficina, separada del local por una
mampara de cristal, y Fenn se cercioró rápidamente de que no había allí ninguna
salida trasera. En la oficina no había nadie; probablemente la figura que viera antes
andando apresuradamente era la del vendedor o el director de ventas que ocupaban la
sala. Nancy llegó a su lado, con el cuerpo sacudido por toses de asfixia.
Sosteniéndola estrechamente, Fenn miró a su alrededor en busca de otros medios
de escape. Dio gracias a Dios cuando vio la puerta a su izquierda.
Nancy casi cayó de rodillas cuando él trató de arrastrarla hacia la puerta. La dejó
reposar durante unos momentos y luego se arrodilló a su lado, esperando que la mujer
dejara de toser espasmódicamente. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y su cara era
una máscara roja de sangre sucia.
—¡Hay una salida, allí! —gritó Fenn por encima del retumbante ruido de las
llamas y el chasquido de los cristales al romperse y de la madera al arder.
—De acuerdo —jadeó Nancy, dominando, al fin, el acceso de tos—. ¡Estaré bien!
¡Pero sáqueme de aquí!
Fenn medio la levantó para ponerla en pie, y Nancy se apoyó en él cuando se
dirigían a la puerta. Tanta era su inercia, que chocaron contra ella, y Fenn alargó una
mano para suavizar el impacto. La retiró en seguida. La madera estaba ardiendo.
Apartó a Nancy a un lado y apoyó la espalda en la pared junto al marco de la
puerta. Ella le miró interrogadoramente, mientras Fenn le gritó:
—¡Échese atrás!
Agachándose, Fenn alcanzó el pomo; también ardía, pero el periodista ignoró el dolor mientras lo giraba y abría la puerta.
Nancy gritó cuando las llamas salieron rugiendo al local de exposición, como
exhaladas por las fauces de un dragón. Ambos cayeron hacia atrás para escapar del
intenso calor y yacieron, jadeando, en el suelo, mientras el fuego se retiraba para
lamer los bordes de la abertura. Segundos más tarde, la puerta estaba también
ardiendo.
Se levantaron y retrocedieron tambaleándose, chocando contra el capó de un
«Maxi». Ahora tenían náuseas, y su visión estaba empañada por las lágrimas. Fenn se
arrancó el abrigo y lo colocó sobre sus cabezas mientras se apoyaban contra el capó.
—Tendremos que salir por la parte delantera… ¡a través de la ventana! —gritó.
—¡Hace demasiado calor allí! ¡Nunca lo conseguiremos!
Pero a estas alturas, hasta aquella elección les fue negada.
Levantaron la cabeza y miraron con incredulidad hacia la amplia ventana del
escaparate. La rota, la que el «Mini» de Fenn había destrozado, estaba totalmente
llena de espantosas llamas rojo-amarillas, y lenguas de fuego lamían el techo del
local. Una gruesa columna de hormigón la separaba de la ventana adyacente, donde el
vidrio empezaba ya a resquebrajarse por el calor. El fuego se había extendido al
menos por la mitad de su superficie, y hasta el suelo se fundía a medida que el
petróleo ardiente seguía penetrando a través del vestíbulo exterior.
—¡Oh, Dios mío, estamos atrapados! —gimió Nancy.
Fenn miró salvajemente a su alrededor. ¡Tenía que haber otra salida! El techo, una
claraboya. A través del ondulante humo pudo ver que el techo era sólido, pero
también que había oficinas arriba, no tejado. Entonces una escalera, tenía que haber
un camino que condujera arriba. Ninguna escalera. Tenía que ser a través de la puerta
situada detrás de ellos, la cual ahora no era más que una abertura que daba a un horno
espantoso. El fuego avanzaba, precipitándose poco a poco sobre las duras baldosas de
plástico de la sala de exposición, y produciendo humos que eran aún más asfixiantes
y letales que los de arriba.
El escaparate era el único camino de salida.
Ayudó a la periodista a levantarse, y le gritó al oído:
—¡Vamos a salir por delante!
Ella sacudió la cabeza.
—¡No lo conseguiremos jamás!
Fenn se pasó la manga por los ojos, buscó un pañuelo, y se lo puso ante la boca y
la nariz. Tiró luego del cuello de cisne del jersey de la mujer y desdobló para cubrirle
la parte inferior de la cara. Apartándola del capó y sosteniendo el abrigo como un
escudo ante ellos, la condujo hacia la parte anterior de la habitación, en una
tambaleante carrera. La dejó acurrucada entre el «Mini» y el «Rover» aparcado a su
lado, y corrió hacia la ventana que aún no estaba rota. Se agachó cuando una larga e
irregular grieta apareció en el cristal y se oyó un ruido como de un disparo. Durante
un largo y espantoso momento, pensó que la ventana iba a estallar hacia dentro y atravesar su cuerpo con trozos de cristal como dagas; pero los enormes paneles
resistieron. Prosiguió su camino, sosteniendo el abrigo con un brazo para protegerse
del terrible calor. Las ventanas eran de deslizamiento lateral y se introducía una en
otra, según qué lado quisiera el vendedor cruzar con un coche, y Fenn se dirigió al
otro rincón, al lado que había estado más alejado del fuego; sólo que ahora la escena
exterior quedaba casi borrada por las llamas que se esparcían.
Cogió el pomo y lanzó un grito cuando el metal al rojo vivo le quemó los dedos.
Utilizando la tela del abrigo para protegerse las manos, lo volvió a intentar, pero sin
resultado; la ventana estaba atascada, o el armazón de metal se había hinchado con el
calor, encajándose sólidamente con su marco. Lanzó un juramento, más un grito de
frustración que una maldición.
El calor y el miedo de que el cristal explotara hacia dentro le hicieron retroceder.
Regresó adonde estaba su compañera, desplomada contra la puerta del «Rover».
—¡Es inútil! ¡No se abre la ventana!
Ella le miró asustada y gritó:
—¡Mierda! —Le cogió por la solapa y le atrajo hacia sí—. ¿No puede romper la
maldita ventana?
—Aunque pudiera, el fuego del exterior nos asaría… —Se interrumpió—.
¡Imbécil! —se gritó a sí mismo.
Apartó a la mujer de la portezuela del coche y abrió ésta con violencia, lanzando
un gemido de decepción cuando vio que no había llaves en el contacto. Se puso en
pie rápidamente y, saltando por encima del capó del «Rover», se dirigió al «Marina»
que estaba a su lado. Tiró de la puerta y sufrió otra decepción: no había llaves. Pasó
otra vez por encima del capó del coche y aterrizó cerca de la mujer.
—¡Las llaves deben de estar en la oficina! —gritó—. ¡Espere aquí!
Echó a correr, acurrucándose detrás de un coche cuando cruzaba por delante de la
puerta abierta, donde el fuego crepitaba y observando que el suelo alrededor estaba
ahora ardiendo. Tosiendo y escupiendo en el pañuelo, Fenn llegó a la oficina trasera.
Abrió los cajones apresuradamente, vaciando el contenido en el suelo. Ninguna llave,
ninguna llave, ¡ninguna maldita llave! Miró a su alrededor, frenética y
desesperadamente. ¿Dónde coño…? Lanzó un gemido al ver los ganchos en un
tablero de corcho de la pared; llaves etiquetadas colgaban de cada uno de los
ganchos. Se abalanzó sobre ellas, examinó las etiquetas, encontró dos con la
indicación de «Rover». Tomando ambos juegos salió precipitadamente a la tienda.
El calor sofocante le asaltó una vez más y advirtió que no tardaría en arder todo el
local. Su respiración era trabajosa, en cortos y bruscos jadeos. El oxígeno era
consumido por el calor, y lo que quedaba de él estaba lleno de humo. Tambaleándose,
llegó adonde estaba la mujer.
Se encaramó al «Rover», mientras Nancy se acurrucaba junto a la portezuela
abierta a su lado.
—¡No debe de tener gasolina! —gritó ella.
—¡Claro que habrá! ¿Cómo demonios cree que los traen? —gruñó furioso.
Introdujo la primera llave, rezando para que fuera la correcta. Lo era. El motor rugió
al ponerse en marcha—. ¡Métase detrás y agáchese! —gritó a la mujer por encima del
ruido.
Sin decir una palabra más, ella cerró la portezuela de golpe, abrió la otra y saltó al
interior del vehículo. El coche empezó a moverse antes de que ella se hubiera dejado
caer en el asiento trasero. Encogió las piernas en el momento en que la inercia del
«Rover» cerraba de golpe la puerta del pasajero.
Los neumáticos chirriaron contra el suelo de plástico cuando Fenn apretó con
fuerza el acelerador. El coche salió zumbando hacia la ventana, y Fenn levantó el
brazo para protegerse la cara, esperando que fuera, más allá de las llamas, no hubiese
nada sólido.
Nancy gritó cuando el «Rover» cruzaba, en medio de un gran estruendo, los
enormes paneles de cristal.
Trozos de cristal chocaron contra el parabrisas, pero éste resistió la embestida. El
coche fue engullido por el fuego, y Fenn mantuvo el pie en el acelerador, sujetando
recto el volante, esperando a cada momento que el vehículo estallara en una
llamarada.
No transcurrieron más de dos segundos antes de que hubieran salido del fuego,
pero a los dos les pareció una eternidad. Eran abrumadores, el olor, el calor —y el
miedo—, y la visión de cegadoras llamas que se retorcían por todas partes era como
una pesadilla que jamás olvidarían. El instinto de conservación, más que la frialdad,
fue lo que le hizo a Fenn mantener el pie en el acelerador.
Lanzó un grito de triunfo cuando emergieron del infierno, pero su grito se
transformó en otro de pánico al ver el coche que le cerraba el camino. Giró
bruscamente el volante a su derecha, y el «Rover» patinó de costado, estrellándose
contra el otro vehículo. El metal aplastado hizo un tremendo ruido de desgarramiento,
y el coche experimentó una violenta sacudida mientras se paraba el motor. Fenn, con
una de las manos todavía en el volante, enderezó éste. Sin pensarlo un momento,
cerró la llave de ignición.
Aspiró profundas bocanadas de aire; aún se notaba el ardiente hedor, aunque no
tan espantoso como antes. Sus ojos se ensancharon al ver el terrible espectáculo.
Bolas de llamas ascendían al cielo en medio del aire lleno de un humo negro, y su
resplandor y calor le escocían en los ojos. El camión cisterna estaba totalmente
engullido por el fuego, y sólo cuando las llamas se agitaban, podía distinguirse su
forma durante breves instantes. La mayor parte del antepatio estaba en llamas, y el
ardiente líquido seguía esparciéndose, devorándolo todo ávidamente en su camino. El
local de venta de coches estaba totalmente oculto bajo una pared de fuego, y la parte
superior del edificio, donde se hallaban las oficinas, se hallaba ya chamuscada. Había
caras en las abiertas ventanas, aterrorizadas caras que gritaban, y ojos que imploraban
a los de abajo que les ayudaran, ¡por favor, por favor, socorro!
El suelo resplandecía a causa del calor, y había en él gente arrastrándose y
tratando de salvarse de la devastación. El autobús verde se veía encajado en el
costado del camión cisterna, y la mitad de él ardía; la mayor parte de las ventanillas
estaba destrozada, y aún quedaban pasajeros en él; los que no habían muerto
instantáneamente quemados o habían quedado imposibilitados de moverse debido al
choque inicial, luchaban por abrirse camino a través de las llamas, unos cuerpos
cortados por los restos de los fragmentos de cristal, la carne quemada por el intenso
calor. El «Capri» gris plata estaba a unos metros de distancia de los dos vehículos en
llamas, como si hubiera salido rebotado por el impacto, pero se hallaba rodeado de
llamas, que lamían su cuerpo de metal y fundían el cristal de las ventanas.
Fenn parpadeó, los ojos contra el resplandor. ¿Se había movido algo en la parte
trasera del coche?
Por todas partes corrían personas tambaleantes, escapadas de la destrucción, pero
una o dos se movían hacia delante, como fascinadas por el peligro. Los que estaban
paralizados por el temor se acurrucaban contra las paredes o se protegían con los
coches.
De pronto apareció una cara junto a la suya, una cara llena de lágrimas y
manchada de sangre, que, por unos instantes, no logró reconocer, a causa del shock.
—¡Lo ha conseguido, Fenn! —gritó Nancy, con voz rota y casi llorando.
Pasó su brazo alrededor del cuello del reportero y apretó su mejilla contra la de él,
en un abrazo que hizo guiñar el ojo a Fenn. Pero también le ayudó a recobrar los
sentidos. Se puso en pie y tiró de la manecilla de la puerta.
—¡Tenemos que conseguir salir! —gritó—. ¡Hay más tanques de petróleo
subterráneos que no ha tocado el fuego todavía! Cuando llegue a ellos…
Dejó la frase sin terminar, pero Nancy comprendió lo que significaba.
Cuando salieron del coche, el seco y ardiente aire les azotó el rostro como una
onda de choque emergiendo de un horno, y ambos levantaron los brazos para
protegerse. Era difícil respirar, porque todo estaba lleno de humos asfixiantes. Como
un acto reflejo, Fenn apartó la mirada de la escena, e inmediatamente deseó no
haberlo hecho.
La tienda de comestibles del pueblo estaba a su izquierda, y las enormes ventanas
de vidrio cilindrado habían estallado hacia dentro. Cuerpos de mujeres que habían
sido arrojadas por la onda de choque contra las ventanas, yacían esparcidas entre los
restos, con las latas y mercancías almacenadas cubriéndolas como trozos de
albañilería. Algunas permanecían inmóviles; otras se retorcían de dolor. Fenn se
preguntó por qué las piernas de una de las mujeres no se movían al unísono con el
tronco que se retorcía, y en seguida advirtió que casi las habían cortado por los
muslos los fragmentos de cristal. Otra mujer, joven y que había sido hermosa de no
haber tenido la cara desfigurada por la agonía, estaba sentada, erguida ante la
ventana, con la cabeza apoyada contra la pared que había debajo del marco, y sus
manos se tocaban un profundo corte en la garganta, tratando desesperadamente de apretarse los labios del corte para impedir que la sangre escapara a chorros junto con
su vida. El líquido rojo empezaba a brotar por entre sus dedos, mientras él miraba.
El ruido, la confusión —los gritos que pedían ayuda— golpearon su cerebro presa
del vértigo. Se apoyó contra el «Rover» para recuperarse, y notó que el metal estaba
caliente.
Una mano le tiró del hombro, y oyó gritar a Nancy.
—¡Fenn, alguien se mueve en el otro coche!
Se volvió, protegiéndose los ojos, y miró hacia los ardientes restos. La mujer
tenía ahora razón, y él la había tenido unos momentos antes: algo se movía en la parte
trasera del «Capri»; unas manos golpeaban contra la ventanilla trasera.
—¡Oh, es Pagett!
Estas palabras le brotaron como un gemido, porque Nancy lo estaba mirando
también, y Fenn supo lo que ella iba a decirle.
—¡Tiene usted que ayudarle!
—¡De nada serviría! ¡No conseguiría acercarme!
—¡No puede dejar que se quede ahí quemándose!
—¿Qué puedo hacer? —Fenn gritaba, casi gemía—. ¿Qué demonios quiere que
haga?
—¡Algo! ¡Haga algo!
—¡Hay una mujer! —Señaló desesperadamente hacia la ventana del
supermercado—. ¡Se está muriendo desangrada!
—¡Yo me ocuparé de ella! —Nancy le empujó fuera del «Rover»—. ¡Por favor,
Fenn, inténtelo! —suplicó.
—¡Todo sea por el condenado Movimiento de Liberación Femenino! —gritó a la
mujer, y luego se dirigió corriendo hacia el fuego, irritado con ella, y muerto de
miedo por él mismo.
Cuando se acercaba a los vehículos en llamas, un muro de fuego aún más intenso
cayó sobre él, obligándole a quitarse la chaqueta y a sostenerla frente a él. Le pareció
que podía oler el tejido chamuscado. Fenn siguió avanzando, sintiendo que se
sofocaba y que tenía la piel seca y caliente. Era difícil respirar; caminar, una agonía.
No sólo sus piernas sentían el calor, sino también sus pulmones. Fenn bajó la guardia
sólo un momento para mirar al «Capri».
Pagett tenía la cara apretada contra la ventanilla trasera; los rasgos, aplastados, y
las palmas de las manos, blancas contra el cristal. Trataba de abrirse camino a través
del portón trasero, evidentemente cerrado, con la boca muy abierta para aspirar el
escaso oxígeno, y los ojos exorbitados por el terror.
Fenn se vio obligado a ponerse otra vez la chaqueta sobre la cabeza, pero no
supuso gran cosa. Sintió cómo le envolvía el aire caliente, y luego se vio sumergido
en la oscuridad, cuando una espesa nube de humo negro invadió el antepatio. Hasta el
viento invernal desempeñaba su papel en aquella pesadilla.
Se tambaleó, con los ojos llenos de lágrimas y los pulmones palpitando, mientras expulsaba el venenoso humo. Se cayó y sintió cómo la espalda se le despellejaba al
quedar expuesta al intenso calor. Tenía la piel de la cara y manos increíblemente
tirante, como si estuviera apergaminándose. Tenía que escapar de allí. No servía de
nada. No podía acercarse más. Quedaría asado vivo si lo intentaba.
Se impulsó hacia atrás, apoyándose con los talones sobre el hormigón y utilizando
un codo para ganar inercia. Sostenía la chaqueta ante él para protegerse la cara, pero
la verdad es que la prenda estaba tan caliente, que parecía como si fuera a encenderse
de un momento a otro. Después de avanzar unos centímetros, se levantó apoyándose
en una rodilla y se arriesgó a echar otra mirada al «Capri» en llamas. Lo que vio era
tan horroroso, que le hizo olvidarse de su dolor.
Sólo pudo captar breves vislumbres a través de los remolinos de humo, y al
principio no podía comprender lo que estaba sucediendo. Una forma extraña,
confusa, emergía de la ventanilla trasera del «Capri». Parecía como si fueran sus
propias lágrimas las que le dieran aquella impresión de forma borrosa. Fenn parpadeó
y se dio cuenta de que sus ojos estaban ya secos. Entonces comprendió.
Pagett se abría camino a través del coche, pero el cristal no se había roto. Se
estaba fundiendo, aferrándose a su cara y manos como un espeso y viscoso líquido,
ardiendo y mezclándose con su carne, convirtiéndose en parte de él. Pagett se había
convertido en un retorcido y deformado monstruo, una larva humana que se liberara
prematuramente de su brillante y ajustada crisálida. En la retorcida cabeza se le
podían ver los ojos dirigidos hacia Fenn, pero nada podían ver ya, porque el cristal
líquido había quemado las retinas. Parte de su cara y nariz estaban aún aplastadas,
moldeadas en aquella forma y paralizadas por la pegajosa sustancia. Mientras él
emergía lentamente, el cristal se estiró, adelgazándose, y empezando a romperse. Una
rendija apareció cerca de su cuello y hombro, y de sus ropas brotó humo, mezclado
con vapor del cuerpo. Gritaba, pero el sonido quedaba enmudecido por la blanda
pantalla transparente que cubría su boca.
No era sólo el calor lo que le hizo a Fenn cubrirse los ojos.
Trató de levantarse, pero se sentía demasiado mareado y débil para ponerse en
pie. Empezó a arrastrarse, jadeando y sollozando mientras lo hacía. Tenía que huir de
aquella horrible criatura agonizante.
Era demasiado; el calor le estaba ahogando. Sus manos cedieron debajo de él,
rodó y quedó de espaldas.
Pagett estaba ahora en llamas. Azotaba el aire con los brazos, con una mano
golpeando contra el maletero del «Capri» como en un gesto de frustrada ira. El pelo
le ardía, y el cristal de su cara corría ahora por su piel en arroyuelos de un rojo
brillante, por entre las llamas de las ropas. Cayó hacia delante y siguió moviéndose,
emergiendo de la ventanilla como un autómata, figura de carboncillo que carecía de
razón, no empujado por ninguna fuerza inteligente; sólo un movimiento causado por
el pánico.
El depósito de gasolina del «Capri» estalló, y desapareció la espantosa visión.
Una nueva vaharada de aire tórrido cayó sobre Fenn, que rodó rápidamente a un lado,
pedaleando con las piernas en un desesperado movimiento, como si temiera a cada
momento verse también envuelto en llamas. Había otras personas a su lado, los que
habían saltado de las ventanillas del autobús, los que habían sido sorprendidos
paseando cerca del garaje, los que se habían acercado demasiado al fuego para ayudar
a los demás. Todos se arrastraban o andaban tambaleándose, todos trataban de llegar
a algún lugar seguro donde el fuego no pudiera alcanzarles, donde pudieran respirar
aire fresco, húmedo. Pero el fuego no cedía. Había encontrado nueva sustancia, más
material que quemar, más líquido inflamable que reforzar su energía. Los vehículos
del interior del garaje empezaron también a hacer explosión; latas de aceite y gasolina
formaron incandescentes bolas de fuego al estallar. El calor en los depósitos
subterráneos fue aumentando hasta el punto en que se hizo inevitable la combustión.
Fenn se maldijo por no haber escapado, por no haberse refugiado en algún
agujero hasta que el fuego hubiera terminado. Se aplastó sin fuerzas contra el suelo.
El aire frío cayó sobre él y pareció cerrar cada uno de los poros de su cuerpo. El
calor desapareció de su piel; la comezón, de sus ojos. Fenn levantó los hombros del
suelo y se apoyó sobre un codo para ver lo que estaba sucediendo, mirando hacia las
llamas, sin creer en lo que veía.
El humo iba desapareciendo en tremendos remolinos, empujado por el viento,
oscureciéndolo todo durante un instante, y levantándose para descubrirlo, al
siguiente. Las llamas se iban apagando. Parecían encogerse, convirtiéndose en
pequeñas lenguas, perdiendo su fuerza a cada segundo. Flaqueando. Desapareciendo.
Los restos de los vehículos eran ya sólo humeantes esqueletos y la estación de
servicio, una ennegrecida y humeante ruina.
Y a través de aquellos remolinos de humo venía una figurilla, una niña de rubio
cabello, que caminaba lentamente, sin temor, por entre la mortandad. Su pajizo
cabello era desgreñado por el viento mientras la niña alargaba las manos, y lo que
quedaba de las llamas se enfriaba y moría completamente.