Santuario
Treinta y ocho
Y transcurrió sólo un momento antes de que ella abriera los ojos,
levantara la tapa del ataúd y se incorporará, viva otra vez.
Blancanieves
HERMANOS GRIMM
Fue una escena de pesadilla, un drama de horror que se desarrolló lentamente.
Fenn lo veía, pero no podía comprenderlo.
Alice caminó hasta el centro de la plataforma, y el himno vaciló, y luego murió en
los labios de los cantores. La cara de la niña tenía aspecto beatífico, y hasta él,
sabiendo lo que sabía, había quedado hechizado. Alice miró hacia el cielo y luego
hacia abajo, estudiando a la multitud; y entonces fue cuando él se estremeció. La niña
había sonreído. Y parecía como si sus ojos se hubieran encontrado con los de él. Fenn
vio su sonrisa como un rictus torvo, malévolo y, en cierto modo, ávido. Se burlaba de
él en particular y de la multitud en general.
Sin embargo, era sólo la dulce sonrisa de una niña.
La multitud estaba hipnotizada, y, en el caso de Fenn, era la fascinación de un
conejo paralizado por el miedo ante los mortales ojos de una serpiente. No obstante,
allí había sólo una niña.
Se sentía débil una vez más, su vitalidad extraída de él y de los que le rodeaban,
extraída por aquella cosa maligna que estaba allí de pie bajo el resplandor de los
focos.
Sin embargo, se trataba de una niña demasiado joven para conocer el mal. Las
luces habían parpadeado, y se habían debilitado, y entonces Alice empezó a ascender,
por encima de ellos en un lento pero constante movimiento, con los brazos estirados
hacia fuera como suplicando su amor. Su confianza.
La multitud gimió como en un éxtasis, y se oyeron jadeos y gritos desde
diferentes partes del campo. Fenn sintió que su garganta se cerraba, y el mareo le
invadió una vez más. Era difícil respirar, difícil mantenerse en pie. Fue sólo
vagamente consciente de la persona delgada y rubia que caminaba a grandes
zancadas por el pasillo hacia el altar, y no comprendió nada cuando aquella persona
levantó su brazo y apuntó algo hacia la pequeña figura que flotaba encima de él.
Ni siquiera oyó el disparo… al menos, no se registraron en su cerebro las cuatro
agudas detonaciones; pero vio como salía sangre de cuatro puntos del pecho de Alice,
que brotaron en fuentes separadas para caer sobre su blanco vestido, un tinte carmesí
esparcido sobre un campo de nieve.
Hubo sorpresa, incredulidad y, finalmente, dolor en su carita, antes de caer a la
plataforma para yacer allí en un arrugado montón. La sangre se esparció, fluyó hacia
el borde de la plataforma y manó en dos corrientes espantosamente abundantes.
No surgió ningún sonido de la multitud. Los peregrinos, los curiosos, los
creyentes, los no creyentes… todos permanecían en un absoluto, incomprensible
silencio.
Hasta que el trueno retumbó directamente sobre sus cabezas, y estalló un
pandemónium en el campo.
Fenn cogió a Sue cuando ésta se desplomó contra él.
El alud de ruido era terrorífico, un caótico farfulleo de gritos y alaridos que
pronto se convirtieron en gemidos y lamentos, aunque la angustia afectó a los grupos
e individuos de manera diferente: muchos estallaron en histeria, mientras otros
simplemente se mantuvieron callados; algunos permanecieron en un silencio
paralizado, demasiado sorprendidos para poder hacer o decir algo; la angustia de
otros se convirtió rápidamente en rabia, gritos de denigración contra el asesino
corrían de persona en persona, elevando un vehemente canto de venganza. Pero había
otros que no habían visto el brutal acto y que llamaban la atención de sus vecinos
pidiendo que les contaran lo que había sucedido.
Ben estaba asustado y se agarraba al fláccido cuerpo de su madre. Fenn pasó un
brazo protector en torno a él, mientras seguía sosteniendo a Sue.
Algunas figuras emergieron de la masa para abalanzarse sobre el hombre rubio
que había disparado contra Alice Pagett y que seguía sosteniendo la pistola alemana
contra su costado. El hombre cayó bajo un tumulto de cuerpos y gritó al ser golpeado
por puños y pies. Afiladas uñas le arañaron la cara, le arrancaron un párpado inferior,
le aplastaron los huesos del puente de la nariz, y sintió cómo los aplastados
fragmentos le salían por la ventanilla de la nariz junto con la sangre. Le arrancaron la
pistola de la mano, y los dedos fueron pisoteados por alguien. El ruido de fractura se
perdió entre los gritos de la multitud, pero el tremendo dolor no podía perderse para
su propia conciencia.
Chilló cuando le tiraron de los miembros y los descoyuntaron. Sus lágrimas
corrieron y se mezclaron con su propia sangre cuando un peso imposible, sofocante,
le aplastó el pecho. Algo estaba cediendo allí, y no podía comprender qué. Los
huesos de su pecho se hundían lentamente, presionando su corazón y pulmones,
impidiendo el funcionamiento de su órgano de bombeo y exprimiendo el aire donador
de vida de los delicados sacos. Lentamente empezó a pensar que quizás había
cometido un error.
Cerca, una joven que había ido al santuario a rendir homenaje a la pequeña autora
de los milagros por el regalo que le había sido concedido, se quedó mirando con
fijeza el inmóvil y todavía sangrante bulto delante del altar. La cara de la muchacha
se retorció de repente. Un lado de su boca se movió hacia abajo, contorsionándose
grotescamente en una mueca de gárgola. Un párpado aleteó una vez, dos veces, y
luego ya no se detuvo. Su brazo experimentó una sacudida y luego se estremeció; empezó a moverse espasmódicamente. Luego su pierna se unió a la involuntaria e
incontrolada danza, y la muchacha gritó y cayó al suelo.
Igual que hizo en otra parte del campo un muchacho que había ido al santuario a
adorar a una niña llamada Alice, la santa viviente que le había devuelto el uso de sus
piernas. Su fuerza había desaparecido, y él forcejeaba entre los bancos, gritando de
frustración, temeroso de quedarse tullido de nuevo…
En algún otro lugar, la visión de un hombre empezó a desvanecerse rápidamente;
el rayo de luz que brillaba en medio del campo empezó a convertirse en una borrosa
nube, mientras las cataratas que la niña había limpiado retomaban con una rapidez
que tenía tanto de antinatural como de inexplicable… igual que lo fuera su
desaparición. Se llevó las manos a la cara y, lentamente, se sentó en el banco,
mientras emitía un lento gemido…
Mientras tanto, en otro lugar del campo, una joven comprobó que los sonidos
emitidos por su garganta no podían formar palabras y que su afligida madre no la
comprendía cuando ella preguntaba qué estaba sucediendo…
Y un muchacho, cuyas manos habían empezado a llenarse de espantosas verrugas,
no podía hacer otra cosa sino gemir y golpear los puños contra el banco de delante…
Un banco en el que, más lejos, un hombre sentía cómo en su cara se formaban
llagas abiertas, cómo su piel se cuarteaba igual que la tierra reseca. Jadeó, no porque
le dolieran las heridas, sino porque sabía que se estaba convirtiendo una vez más en
un monstruo, un hombre con hocico de perro, repugnantes desgarrones y supurantes
llagas.
De todo el campo brotaban parecidos gemidos y llantos de desesperación, porque
había unos que caían al suelo; otros cuyos miembros se convertían en inútiles; otros
cuyas lacras, de manera repentina y cruel, volvían para dominar sus vidas. Ellos
habían pensado, habían pedido, que sus curaciones fueran permanentes; creían que
Alice Pagett Ies había concedido una nueva y duradera esperanza, una divina
manifestación de la preocupación de Dios que no sería borrada con el tiempo. Y
ahora se sentían traicionados, perdidos.
Derrotados.
Fenn ya no se sentía debilitado, y el mareo había desaparecido. Sus nervios
estaban tensos, endurecidos, de manera que sus acciones eran rápidas, sus sentidos
estaban conscientes. Atrajo hacia sí a Sue y a Ben, protegiéndoles de la confusión que
reinaba a su alrededor. Sue empezó a revivir, y las piernas soportaron su propio peso.
—¿Gerry? —dijo, aturdida aún.
—Todo va bien, Sue —replicó él, con la cabeza apoyada contra la de ella—.
Estoy aquí, igual que Ben.
—¿Está… está muerta?
Fenn cerró los ojos durante un segundo.
—Así lo creo. Debe de estarlo.
—¡Oh, Gerry ¿cómo ha podido ocurrir? —Sue sollozaba— ¿Cómo ha podido alguien hacerle eso?
Ben se agarró a su madre, esperando consolarla, trastornado, pero aún sin
comprender todo lo que estaba ocurriendo.
—Vámonos a casa, mami. No me gusta quedarme aquí más. Por favor, vámonos a
casa.
Fenn miró hacia el altar por encima del mar de agitadas cabezas.
—¡Señor! —exclamó—, nadie se ha acercado a ella todavía. Están todos
demasiado aturdidos.
Y sabía que también estaban todos demasiado asustados, incluso su propia madre,
como para acercarse al inerte cuerpo. Temerosos, posiblemente, de descubrir que
Alice estaba realmente muerta.
—Tengo que subir ahí —dijo.
Sue se aferró con fuerza a su brazo.
—No, Gerry. Vayámonos de aquí. No hay nada que podamos hacer. Fenn la miró
a los ojos.
—Tengo que asegurarme… —No hacía más que mover la cabeza—. Espera aquí
con Ben; estarás bien.
—Gerry, no es seguro. Presiento que no es seguro.
—Quédate aquí. —Suavemente, la hizo sentarse en el banco—. Ben, cuida de tu
madre; no la dejes marchar. —Se arrodilló junto a ellos, ignorando el caos que les
rodeaba—. Esperadme. No os mováis de aquí, ¿eh?
Sue abrió la boca para protestar, pero él la besó en la frente y luego se fue,
encaramándose por encima de los bancos, abriéndose camino a través de la
desorientada muchedumbre.
Fenn se encontró en el espacio vacío delante de la plataforma, con el suelo
atestado de implorantes inválidos, cual un campo de batalla después de que la guerra
hubiera pasado por él. A su derecha había un tropel de gente gritando, y supo lo que
yacía bajo sus pies; supo que el hombre del arma ya no podía estar vivo. Siempre se
habían sentido impotentes por los pasados asesinatos e intentos de asesinato
proclamados a los cuatro vientos por la publicidad, obligados a contener su ira, su
despecho, contra los autores, frustrados en su pena, despreciando a aquellos que se
burlaban de las reglas de la civilización. Pero ahora el agresor estaba a su alcance,
uno de los de la legión del Diablo yacía bajo sus pies; por una vez, el pueblo tenía la
facultad de tomar venganza.
Fenn se mantuvo lejos de ellos, y se dirigió a las escaleras al lado de la
plataforma. Un hombre, evidentemente angustiado y que llevaba un brazalete de
acomodador, hizo un débil intento de interceptarle el camino, pero el reportero lo
apartó con facilidad. Fenn se encontraba ya casi en lo alto de la escalera cuando se
detuvo.
La mayoría de los monaguillos estaban llorando; algunos rezaban de rodillas, sus
caras húmedas por las lágrimas, mientras otros no dejaban de mecerse a uno y otro lados, con las cabezas enterradas entre sus manos. El sacerdote que había estado
celebrando la misa, con cara cenicienta y labios moviéndose en silenciosa oración,
sostenía a Molly Pagett; la mujer se hallaba sin duda en un estado de máximo shock,
porque tenía los ojos desorbitados y la boca completamente abierta, mientras sus
movimientos eran rígidos. El obispo Caines, vestido con sus mejores galas, ofrecía el
mismo aspecto de insegura torpeza, con la cara mortalmente pálida.
Fenn compartió su pena y se preguntó si no se habría equivocado sobre Alice. Era
imposible creer que pudiera existir maldad alguna en aquel diminuto cuerpo boca
abajo, en una niña que había traído tanta felicidad y renovada fe.
Subió otro escalón, y las luces —hasta las velas— empezaron a debilitarse.
Fenn notó que le fallaban las fuerzas, dobló una rodilla, y tuvo que sostenerse con
una mano en la plataforma para conservar el equilibrio. El mareo se apoderaba de él
una vez más, y luchó contra las náuseas. Fue débilmente consciente del centelleo del
relámpago, seguido de un retumbante trueno.
Sacudió la cabeza y miró al grupo situado sobre la tarima. El obispo Caines, el
sacerdote y los demás que le rodeaban, habían caído de rodillas. Sólo Molly Pagett
seguía de pie, transfigurada, con una mano alargada hacia el ensangrentado bulto que
había sido su hija.
El bulto empezaba a agitarse, a enderezarse. La niña a la que le habían disparado
cuatro veces se estaba poniendo lentamente en pie.
La niña cuya cara ya no guardaba ninguna semejanza con la de un niño terrenal,
que miraba a su alrededor con malévola intención y sonreía. Y reía burlonamente.