Santuario

James Herbert · Capítulo 46 de 49

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Santuario

Treinta y ocho

 

Y transcurrió sólo un momento antes de que ella abriera los ojos,

levantara la tapa del ataúd y se incorporará, viva otra vez.

 

Blancanieves

HERMANOS GRIMM

 

Fue una escena de pesadilla, un drama de horror que se desarrolló lentamente.

Fenn lo veía, pero no podía comprenderlo.

Alice caminó hasta el centro de la plataforma, y el himno vaciló, y luego murió en

los labios de los cantores. La cara de la niña tenía aspecto beatífico, y hasta él,

sabiendo lo que sabía, había quedado hechizado. Alice miró hacia el cielo y luego

hacia abajo, estudiando a la multitud; y entonces fue cuando él se estremeció. La niña

había sonreído. Y parecía como si sus ojos se hubieran encontrado con los de él. Fenn

vio su sonrisa como un rictus torvo, malévolo y, en cierto modo, ávido. Se burlaba de

él en particular y de la multitud en general.

Sin embargo, era sólo la dulce sonrisa de una niña.

La multitud estaba hipnotizada, y, en el caso de Fenn, era la fascinación de un

conejo paralizado por el miedo ante los mortales ojos de una serpiente. No obstante,

allí había sólo una niña.

Se sentía débil una vez más, su vitalidad extraída de él y de los que le rodeaban,

extraída por aquella cosa maligna que estaba allí de pie bajo el resplandor de los

focos.

Sin embargo, se trataba de una niña demasiado joven para conocer el mal. Las

luces habían parpadeado, y se habían debilitado, y entonces Alice empezó a ascender,

por encima de ellos en un lento pero constante movimiento, con los brazos estirados

hacia fuera como suplicando su amor. Su confianza.

La multitud gimió como en un éxtasis, y se oyeron jadeos y gritos desde

diferentes partes del campo. Fenn sintió que su garganta se cerraba, y el mareo le

invadió una vez más. Era difícil respirar, difícil mantenerse en pie. Fue sólo

vagamente consciente de la persona delgada y rubia que caminaba a grandes

zancadas por el pasillo hacia el altar, y no comprendió nada cuando aquella persona

levantó su brazo y apuntó algo hacia la pequeña figura que flotaba encima de él.

Ni siquiera oyó el disparo… al menos, no se registraron en su cerebro las cuatro

agudas detonaciones; pero vio como salía sangre de cuatro puntos del pecho de Alice,

que brotaron en fuentes separadas para caer sobre su blanco vestido, un tinte carmesí

esparcido sobre un campo de nieve.

Hubo sorpresa, incredulidad y, finalmente, dolor en su carita, antes de caer a la

plataforma para yacer allí en un arrugado montón. La sangre se esparció, fluyó hacia

el borde de la plataforma y manó en dos corrientes espantosamente abundantes.

No surgió ningún sonido de la multitud. Los peregrinos, los curiosos, los

creyentes, los no creyentes… todos permanecían en un absoluto, incomprensible

silencio.

Hasta que el trueno retumbó directamente sobre sus cabezas, y estalló un

pandemónium en el campo.

 

Fenn cogió a Sue cuando ésta se desplomó contra él.

El alud de ruido era terrorífico, un caótico farfulleo de gritos y alaridos que

pronto se convirtieron en gemidos y lamentos, aunque la angustia afectó a los grupos

e individuos de manera diferente: muchos estallaron en histeria, mientras otros

simplemente se mantuvieron callados; algunos permanecieron en un silencio

paralizado, demasiado sorprendidos para poder hacer o decir algo; la angustia de

otros se convirtió rápidamente en rabia, gritos de denigración contra el asesino

corrían de persona en persona, elevando un vehemente canto de venganza. Pero había

otros que no habían visto el brutal acto y que llamaban la atención de sus vecinos

pidiendo que les contaran lo que había sucedido.

Ben estaba asustado y se agarraba al fláccido cuerpo de su madre. Fenn pasó un

brazo protector en torno a él, mientras seguía sosteniendo a Sue.

Algunas figuras emergieron de la masa para abalanzarse sobre el hombre rubio

que había disparado contra Alice Pagett y que seguía sosteniendo la pistola alemana

contra su costado. El hombre cayó bajo un tumulto de cuerpos y gritó al ser golpeado

por puños y pies. Afiladas uñas le arañaron la cara, le arrancaron un párpado inferior,

le aplastaron los huesos del puente de la nariz, y sintió cómo los aplastados

fragmentos le salían por la ventanilla de la nariz junto con la sangre. Le arrancaron la

pistola de la mano, y los dedos fueron pisoteados por alguien. El ruido de fractura se

perdió entre los gritos de la multitud, pero el tremendo dolor no podía perderse para

su propia conciencia.

Chilló cuando le tiraron de los miembros y los descoyuntaron. Sus lágrimas

corrieron y se mezclaron con su propia sangre cuando un peso imposible, sofocante,

le aplastó el pecho. Algo estaba cediendo allí, y no podía comprender qué. Los

huesos de su pecho se hundían lentamente, presionando su corazón y pulmones,

impidiendo el funcionamiento de su órgano de bombeo y exprimiendo el aire donador

de vida de los delicados sacos. Lentamente empezó a pensar que quizás había

cometido un error.

Cerca, una joven que había ido al santuario a rendir homenaje a la pequeña autora

de los milagros por el regalo que le había sido concedido, se quedó mirando con

fijeza el inmóvil y todavía sangrante bulto delante del altar. La cara de la muchacha

se retorció de repente. Un lado de su boca se movió hacia abajo, contorsionándose

grotescamente en una mueca de gárgola. Un párpado aleteó una vez, dos veces, y

luego ya no se detuvo. Su brazo experimentó una sacudida y luego se estremeció; empezó a moverse espasmódicamente. Luego su pierna se unió a la involuntaria e

incontrolada danza, y la muchacha gritó y cayó al suelo.

Igual que hizo en otra parte del campo un muchacho que había ido al santuario a

adorar a una niña llamada Alice, la santa viviente que le había devuelto el uso de sus

piernas. Su fuerza había desaparecido, y él forcejeaba entre los bancos, gritando de

frustración, temeroso de quedarse tullido de nuevo…

En algún otro lugar, la visión de un hombre empezó a desvanecerse rápidamente;

el rayo de luz que brillaba en medio del campo empezó a convertirse en una borrosa

nube, mientras las cataratas que la niña había limpiado retomaban con una rapidez

que tenía tanto de antinatural como de inexplicable… igual que lo fuera su

desaparición. Se llevó las manos a la cara y, lentamente, se sentó en el banco,

mientras emitía un lento gemido…

Mientras tanto, en otro lugar del campo, una joven comprobó que los sonidos

emitidos por su garganta no podían formar palabras y que su afligida madre no la

comprendía cuando ella preguntaba qué estaba sucediendo…

Y un muchacho, cuyas manos habían empezado a llenarse de espantosas verrugas,

no podía hacer otra cosa sino gemir y golpear los puños contra el banco de delante…

Un banco en el que, más lejos, un hombre sentía cómo en su cara se formaban

llagas abiertas, cómo su piel se cuarteaba igual que la tierra reseca. Jadeó, no porque

le dolieran las heridas, sino porque sabía que se estaba convirtiendo una vez más en

un monstruo, un hombre con hocico de perro, repugnantes desgarrones y supurantes

llagas.

De todo el campo brotaban parecidos gemidos y llantos de desesperación, porque

había unos que caían al suelo; otros cuyos miembros se convertían en inútiles; otros

cuyas lacras, de manera repentina y cruel, volvían para dominar sus vidas. Ellos

habían pensado, habían pedido, que sus curaciones fueran permanentes; creían que

Alice Pagett Ies había concedido una nueva y duradera esperanza, una divina

manifestación de la preocupación de Dios que no sería borrada con el tiempo. Y

ahora se sentían traicionados, perdidos.

Derrotados.

Fenn ya no se sentía debilitado, y el mareo había desaparecido. Sus nervios

estaban tensos, endurecidos, de manera que sus acciones eran rápidas, sus sentidos

estaban conscientes. Atrajo hacia sí a Sue y a Ben, protegiéndoles de la confusión que

reinaba a su alrededor. Sue empezó a revivir, y las piernas soportaron su propio peso.

—¿Gerry? —dijo, aturdida aún.

—Todo va bien, Sue —replicó él, con la cabeza apoyada contra la de ella—.

Estoy aquí, igual que Ben.

—¿Está… está muerta?

Fenn cerró los ojos durante un segundo.

—Así lo creo. Debe de estarlo.

—¡Oh, Gerry ¿cómo ha podido ocurrir? —Sue sollozaba— ¿Cómo ha podido alguien hacerle eso?

Ben se agarró a su madre, esperando consolarla, trastornado, pero aún sin

comprender todo lo que estaba ocurriendo.

—Vámonos a casa, mami. No me gusta quedarme aquí más. Por favor, vámonos a

casa.

Fenn miró hacia el altar por encima del mar de agitadas cabezas.

—¡Señor! —exclamó—, nadie se ha acercado a ella todavía. Están todos

demasiado aturdidos.

Y sabía que también estaban todos demasiado asustados, incluso su propia madre,

como para acercarse al inerte cuerpo. Temerosos, posiblemente, de descubrir que

Alice estaba realmente muerta.

—Tengo que subir ahí —dijo.

Sue se aferró con fuerza a su brazo.

—No, Gerry. Vayámonos de aquí. No hay nada que podamos hacer. Fenn la miró

a los ojos.

—Tengo que asegurarme… —No hacía más que mover la cabeza—. Espera aquí

con Ben; estarás bien.

—Gerry, no es seguro. Presiento que no es seguro.

—Quédate aquí. —Suavemente, la hizo sentarse en el banco—. Ben, cuida de tu

madre; no la dejes marchar. —Se arrodilló junto a ellos, ignorando el caos que les

rodeaba—. Esperadme. No os mováis de aquí, ¿eh?

Sue abrió la boca para protestar, pero él la besó en la frente y luego se fue,

encaramándose por encima de los bancos, abriéndose camino a través de la

desorientada muchedumbre.

Fenn se encontró en el espacio vacío delante de la plataforma, con el suelo

atestado de implorantes inválidos, cual un campo de batalla después de que la guerra

hubiera pasado por él. A su derecha había un tropel de gente gritando, y supo lo que

yacía bajo sus pies; supo que el hombre del arma ya no podía estar vivo. Siempre se

habían sentido impotentes por los pasados asesinatos e intentos de asesinato

proclamados a los cuatro vientos por la publicidad, obligados a contener su ira, su

despecho, contra los autores, frustrados en su pena, despreciando a aquellos que se

burlaban de las reglas de la civilización. Pero ahora el agresor estaba a su alcance,

uno de los de la legión del Diablo yacía bajo sus pies; por una vez, el pueblo tenía la

facultad de tomar venganza.

Fenn se mantuvo lejos de ellos, y se dirigió a las escaleras al lado de la

plataforma. Un hombre, evidentemente angustiado y que llevaba un brazalete de

acomodador, hizo un débil intento de interceptarle el camino, pero el reportero lo

apartó con facilidad. Fenn se encontraba ya casi en lo alto de la escalera cuando se

detuvo.

La mayoría de los monaguillos estaban llorando; algunos rezaban de rodillas, sus

caras húmedas por las lágrimas, mientras otros no dejaban de mecerse a uno y otro lados, con las cabezas enterradas entre sus manos. El sacerdote que había estado

celebrando la misa, con cara cenicienta y labios moviéndose en silenciosa oración,

sostenía a Molly Pagett; la mujer se hallaba sin duda en un estado de máximo shock,

porque tenía los ojos desorbitados y la boca completamente abierta, mientras sus

movimientos eran rígidos. El obispo Caines, vestido con sus mejores galas, ofrecía el

mismo aspecto de insegura torpeza, con la cara mortalmente pálida.

Fenn compartió su pena y se preguntó si no se habría equivocado sobre Alice. Era

imposible creer que pudiera existir maldad alguna en aquel diminuto cuerpo boca

abajo, en una niña que había traído tanta felicidad y renovada fe.

Subió otro escalón, y las luces —hasta las velas— empezaron a debilitarse.

Fenn notó que le fallaban las fuerzas, dobló una rodilla, y tuvo que sostenerse con

una mano en la plataforma para conservar el equilibrio. El mareo se apoderaba de él

una vez más, y luchó contra las náuseas. Fue débilmente consciente del centelleo del

relámpago, seguido de un retumbante trueno.

Sacudió la cabeza y miró al grupo situado sobre la tarima. El obispo Caines, el

sacerdote y los demás que le rodeaban, habían caído de rodillas. Sólo Molly Pagett

seguía de pie, transfigurada, con una mano alargada hacia el ensangrentado bulto que

había sido su hija.

El bulto empezaba a agitarse, a enderezarse. La niña a la que le habían disparado

cuatro veces se estaba poniendo lentamente en pie.

La niña cuya cara ya no guardaba ninguna semejanza con la de un niño terrenal,

que miraba a su alrededor con malévola intención y sonreía. Y reía burlonamente.